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¿Homofobia homosexual?

El artículo -si es que le cabe en justicia ese calificativo- escrito por Roberto Simancas a propósito de los homosexuales, en pocas horas generó dos artículos más, escritos por Chamán Urbano y por Alfonso Carril. Ambos artículos desmontan por completo los desafueros escritos por Simancas, usando una argumentación sólida en una buena redacción. Ahora bien, leyendo ambos artículos, no pude evitar traer a la memoria a quien estimo como uno de los escritores de mi especial predilección: Reinaldo Arenas. Lamentablemente la figura y la obra de Arenas no son lo suficientemente conocidas en muchos círculos, pese a que su nombre está registrado en el «Diccionario Enciclopédico Letras de América Latina» y que su obra, «Antes que anochezca», fue llevada a la pantalla gigante en una película, del mismo nombre, protagonizada por Javier Bardem. No quiero hacer aquí una síntesis biográficas de Reinaldo Arenas. Sólo quiero destacar que se trató de una de las mentes literarias más brillantes y prodigiosas de la Cuba de Fidel Castro. Tengo para mí que Reinaldo Arenas fue un artista en sentido estricto de la palabra, porque no tiene otra explicación el hecho de que haya sido un genio de las letras sin apenas haber acudido a la educación formal. Amigo de José Lezama Lima y de Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas se sitúa en la línea de los grandes escritores que, no de no haber sido por la genocida dictadura castrocomunista, hubiera sobresalido entre los mejores de América Latina. Si siendo como fue víctima de esa terrible dictadura hizo lo que hizo y escribió lo que escribió, no cabía esperar menos de él si sus circunstancias hubieran sido otras.

El texto que coloco a continuación forma parte de «Antes que anochezca», la autobiografía escrita por Reinaldo Arenas y titulada de esa forma porque, en su mayoría, fue escrita en el Parque Lenin, cuando su autor se encontraba en plena huída de los esbirros de Fidel Castro. Al darse cuenta del fiasco de la revolución castrista, Reinaldo Arenas se separó completamente de ella, hasta el punto de ser considerado -junto con Lezama Lima, Piñera y Padilla- como un peligroso enemigo de la revolución castrista. Como es propio y característico en estos totalitarismos, el régimen se valió de la argucia de acusar a Arenas de pederastia y del asesinato de una anciana para poderlo poner preso. Arenas huyó y se internó en el Parque Lenin, donde sus amigos lo visitaban y le daban hojas de papel para que escribiera. «Antes que anochezca» la tituló porque sólo podía escribir hasta que la oscuridad de la noche se lo permitiera. Similar situación a la de Oscar Wilde, preso por sodomía en la Inglaterra victoriana, y que escribió el «De profundis» con las pequeñas hojas de papel que le pasaba el guardia caritativo.

Coloco este texto de «Antes que anochezca» porque me parece esencial la pregunta por la visión que de sí tiene la persona homosexual y la visión que tienen los homosexuales entre sí. Con frecuencia noto mucha vehemencia en las reacciones de los homosexuales a la hora de hacer frente a manifestaciones de homofobia. ¿Pero qué visión tienen los homosexuales de sí mismos y qué visión tienen los homosexuales entre ellos mismos? Aunque pueda parece una contradicción en los términos, ¿será que al interno de los colectivos de personas homosexuales existe una homofobia a la hora de considerarse unos y otros? ¿Por qué suele ser tan vehemente el ataque de los homosexuales entre sí en ocasiones concretas? Mi intención con esta preguntas no es polemizar, pero sí invitar a la reflexión y quizá a caer en la cuenta que toda moneda -también la homofobia- suele tener dos caras y que todo término suele tener una dirección de ida y de vuelta.

Como cosa bien curiosa, por cierto, quienes permanecieron fieles hasta que murió, no fueron los amigos homosexuales de Reinaldo Arenas… Más aún, fueron algunos de sus amigos homosexuales los encargados de tirarlo al despeñadero de las acciones asesinas de Fidel Castro, mientras permaneció en Cuba. Pero cuando pudo huir al exilio y residenciarse en Estados Unidos, no fueron precisamente sus amigos homosexuales los que estuvieron con él hasta que el suicidio cortó súbitamente una vida que ya estaba muy afectada por el SIDA. No quiero incurrir yo en la tremenda falacia que es considerar que una persona es «buena» o «mala» por razón de su orientación sexual. La orientación sexual no hace a nadie ni bueno ni malo. ¿Pero qué pasa al interno del mundo homosexual, en el que la solidaridad debería ser la primera cualidad, y en el que suceden, sin embargo, estas cosas? Dicen que Lázaro Gómez Carillo -el amigo heterosexual de Reinaldo Arenas- estuvo presente en el momento en que éste se suicidó. Eso es cosa que no se sabe a ciencia cierta, lo que sí es cierto y está fuera de toda duda es que Lázaro Castillo, durante muchos años, se convierte como en el ángel guardián de Reinaldo Arenas, hasta el punto de ser su secretario cuando ya no podía escribir por razón de su enfermedad.

A continuación el texto de Reinaldo Arenas:

Atendiendo a aquellas diferencias tan grandes entre unos y otros homosexuales, establecí unas categorías entre ellos. Primero estaba la loca de argolla; éste era aquel tipo de homosexual escandaloso que, incesantemente, era arrestado en algún baño o en alguna playa. El sistema lo había provisto, según yo veía, de una argolla que llevaba permanentemente al cuello; la policía le tiraba una especie de garfio y era conducido así a los campos de trabajo forzado. El ejemplo máximo de este tipo de loca era Tomasino La Goyesca, un joven que trabajaba en la Biblioteca Nacional y la cual bauticé con ese apellido porque era como una figura de Goya; enano, grotesco, caminaba como una araña y tenía una voracidad sexual incontrolable.

Después de la loca de argolla venía la loca común. Es ese tipo de homosexual que en Cuba tiene su compromiso, que va a la Cinemateca, que escribe de vez en cuando algún poema, que nunca corre un gran riesgo y se dedica a tomar el té en casa de sus amigos. Ejemplo típico de esa loca era mi entonces amigo Reinaldo Gómez Ramos. Las relaciones de estas locas comunes, generalmente, son con otras locas y nunca llegan a conocer a un hombre verdadero.

A la loca común le sigue la loca tapada. La loca tapada era aquélla que, siendo loca, casi nadie lo sabía. Se casaban, tenían hijos, y después iban a los baños, clandestinamente, llevando en el dedo índice el anillo matrimonial que le hubiese regalado su esposa. Era difícil a veces reconocer a la loca tapada; muchas veces condenaban ellas mismas a los homosexuales. Los ejemplos de este tipo de locas son miles, pero uno de los más típicos es el caso del dramaturgo Nicolás Díaz, quien, una vez, en un acto de desesperación, terminó introduciéndose un bombillo en el ano. Y aquel hombre, que era militante de la Juventud Comunista, no tuvo forma de explicar cómo aquel bombillo había ido a parar a aquella parte de su cuerpo. Fue expulsado de esa organización con gran escándalo.

Después estaba la loca regia; una especie única de los países comunistas. La loca regia es esa loca que por vínculos muy directos con el Máximo Líder o una labor extraordinaria dentro de la Seguridad del Estado o por cosas semejantes, goza del privilegio de poder ser loca públicamente; puede tener una vida escandalosa y, a la vez, ocupar enormes cargos, viajar, entrar y salir del país, cubrirse de joyas y de trapos y tener hasta un chofer particular. El ejemplo máximo de esta loca es Alfredo Guevara.

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