CATARSIS

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Iván está tendido sobre su colchón, tirita, el frio de nuevo lo hizo encogerse.  Desde hace tiempo no precisa si la fiebre lo embarga cuando duerme o cuando se llena nomás de los extraños sueños que lo acosan por la noche; o es que la fiebre está adherida a él todo el tiempo, y sólo siente su dimensión de esta terca calentura, cuando deja la actividad corporal y se relaja un poco al dormir. Para luego, sentir el malestar horrible en todo su cuerpo al despertarse, como si hubiera sido apaleado o triturado por una máquina de moler; y aun despierto se queda con el recuerdo nítido de las pesadillas que lo minan más. Pesadillas oscuras como sus vicios.

Últimamente está malogrando su salud más de lo debido. La actividad en algún oficio  bueno o algún deporte que lo desintoxiquen está de lado para él. Y el abuso a las drogas lo merman en todo sentido. A todos los vicios le está entrando con fuerza… la cocaína, siente que le cae mejor que las anfetaminas; ya que cada esnifada, le recupera la energía, los pitillos de moños de marihuana, le hace perder el sentido del tiempo… de su mal tiempo. El coctel de pastillas relajantes con aguardiente, que también lo calman siempre; poco o casi nada pueden quitarle lo “duro y paranoico” de este estado. Lo duro y tieso de sus músculos o nervios, por efecto de las drogas; es él el resultado de los estragos por el exceso de sus vicios.

La últimas semanas las está pasando en vela; rayadas completas de madrugadas. Su vida consta de está manera: irreal y terca. Y se acerca más a esos extraños submundos sueños, y a su rara fiebre con sudor pegajoso y escalofríos. Pero él siempre se dice, que no es por su adicción descontrolada a las drogas, que mantiene estos síntomas; sino, más bien, por su complicada manera de ver o comprender la realidad de cómo se le presenta ésta vida. Amanecidas completas de madrugadas frías, con amistades viciosas y nerviosas, que parecen sombras humanas desequilibradas y, buscan lo mismo que él, le dan a su existencia y comprensión una rara tregua de pensar que su manera de ser se desarrolla normal a la de cualquier persona o individuo un poco rebelde a la sociedad o a la vida.

Su habitación vaciada de todos los muebles, por mantener su vicio, contienen únicamente el colchón de dos plazas, sobre unos periódicos polvorientos en el piso frío y, una biblia antigua de la familia, que su madre colocó allí para que iluminara su conciencia, en la que a veces, en su momentos lúcidos de remordimiento de sus malas acciones, recurre a refugiarse y a leer  algunos versículos que a la deriva busca, para incentivarse a lo bueno y a la poca contrición que le queda en el corazón. Pero más de las veces utiliza, de aquella biblia, sus hojas finas y delicadas como papel apropiado para armar sus pitillos de marihuana. La sobrecama y las sábanas, fueron las que sirvieron para unos tiros de cocaína, días pasados. El ambiente del cuarto; saturado de humedad descompuesta del berrinche de sus orines y humo de tabaco, droga y alcohol, emerge fuertemente del piso, paredes y esquinas del malogrado dormitorio, que mas se parece a un abandonado calabozo policial.

Iván siente preñar más su cavilado y entorpecido cerebro con más disparatados pensamientos contradictorios, chocantes a él, que no puede controlarlos  y que le remueven hasta el tuétano, y por ahora como nunca lo envuelven todavía más. Se siente ansioso, incontrolable, sulfuroso e ilógico y, a la vez tan frágil como un vaso de vidrio que va a reventase contra el piso. El no se percata que su figura es el horror y la pesadilla; a quién viera su aspecto. Busca su cuaderno usado que utiliza como diario de vida, quiere anotar algo: “un pensamiento que se le cruza por su cabeza, y que no desea perderlo, en las lagunas de su entumecido cerebro”. Tantea con sus dedos en el piso, la carga de lapicero que encontró una tarde de vagancia en una vereda de la calle. Con la carga delgada entre sus dedos nerviosos, trata de escribir algunas líneas en su diario; algo puede lograr, pero le falta voluntad, esa fuerza normal a todos los hombres sanos y espontáneos…  no puede completar su pensamiento, ordenar y terminar de rematar su inspiración, sobre lo ya escrito. La verdad: le es imposible concentrarse; más que todo ordenar la balumba de sentimientos, pensamientos alterados y persistentes, que lo dominan a cada instante,  mucho peor cuando trata de escribir algunas reflexiones apurados con frenesí; entra en determinada e incontrolable desesperación. Además el dolor del pecho, como en otros momentos descontrolados de su persona, siempre se afirma en estos momentos, y se extiende: a los hombros, a los brazos y finalmente a sus dedos que le dejan caer la carga al vacio, sin permitirle escribir ese algo en su diario. La pesada angina de pecho, a veces – cuando no está drogado – le preocupa en serio… “tiene que ser el corazón, que está fallando en sus latidos”, siempre piensa, con gotas de sudor en la frente y con las manos húmedas, que las seca frotándolas en sus pantalones.

Apresurado desprende del centro de su diario unas hojas, las arruga con sus manos, las suaviza, y apurado sale corriendo con dirección al baño; para que no le gane la diarrea, que se le ha vuelto crónico: “¡carajo, son los nervios que los traigo de punta, lo que me tiene flojo el estómago!”. Después lava sus manos, lava su cara y se mira al espejo; nota su demacrado rostro y, como sus ojos claros y cansados se mantienen hundidos en unas ojeras moradas y oscuras. Termina por mojarse la cabeza y arreglarse el cabello con los dedos de la mano a modo de peine, y sale lo más rápido que puede llevando urgencia… fuera de su casa, con dirección a la avenida. Sus pasos conocen el recorrido repetido; la dirección: “La Bodega Preferida”. Sus manos sujetan como de costumbre su bolsita negra de plástico, que contiene su botella vacía; va en busca de más aguardiente mesclado, y de dudosa procedencia que puede intoxicarlo mortalmente; a él poco le importa esto. Este licor le ayuda a bajar lo duro y estresado que está. El dinero que robó esta vez a su madre (una anciana jubilada) le alcanza para la mitad de la botella, para unos cuantos cigarros baratos y para un par de velas.

Estando en la avenida, ya de regreso la angustia aumenta, tiene ganas de vomitar, de arrojar lo que contuviera su estómago, de arrojar también con su nausea, esa mala y horrible sensación incontrolable que lo embarga.  Vomitar con todas sus fuerzas y botar si le es posible hasta su mala vida y hasta arrojar su alma por la boca; desea que todo su ser se mescle  con los fluidos biliosos que salpican sus zapatos. Ya sin fuerzas por las nauseas, cruza una berma y se apoya en un árbol; es un faique seco. Iván se abraza como puede en aquel árbol; hasta reponerse en algo. Luego recuerda que semanas atrás; los sucesos fueron parecidos a los de estos momentos. Tan repetitivos, y que también se abrazó a un faique de olor verdoso y lleno de vitalidad. Así pasa un rato abrazado al árbol y ve que lo contemplan algunas gentes. Iván apenas repuesto en estos momentos, se ubica en el lugar donde se encuentra, para dirigirse a su cuarto. Para sorpresa de él, descubre, que éste árbol seco es el mismo faique, verdoso que semanas antes también abrazó con desesperación. Recordó que en aquella ocasión su malestar era insostenible; como ahora. Dedujo que, tal vez ese hermoso árbol de aquella ocasión y, que ahora arruina la avenida con su presencia muerta; de alguna manera en esos momentos absorbió de él todo su malestar: su estrés, su flato y hasta sus ideas negativas de suicidarse. Siempre con este pensamiento, acepta que aquel faique falleció por salvarlo en esa ocasión a él. Iván levantó su rostro para contemplar la dimensión de su angustia en éste árbol tan arruinado, enjuto, sin hojas, parecido al sistema nervioso de una persona sumamente enferma. Iván asombrado concluye: que los árboles, como seres especiales, tienen la bondad, también, aparte de limpiar el smog de la ciudad; salvar degenerados como él, y además, tienen la valentía de demostrar, con su ejemplo, a los cobardes como él, que los árboles en silencio mueren de pie. Iván soltó el árbol, pero esta vez, ya no está el árbol fresco, que absorbió su mal estado y desdicha de por esos entonces y ahora se encuentra, él enfrentando todas las consecuencias de sus vicios, cara a cara. Es más, se siente horriblemente culpable de haber matado a un ser: “algo de conciencia le queda”; además este árbol refleja como un espejo la condición en el que tal vez, también él se encuentra: “seco y muerto por dentro”.

Iván presuroso regresa a su habitación, y se encierra con seguro en la puerta; se siente perseguido, por una fuerza oscura y poderosa que desea hacerle daño; está paranoico y piensa que tal vez tiene que pagar todo el daño que ha hecho en su vida. La oscuridad de la noche está llegando, se afirma en el espacio de su dormitorio. Su corazón suena duro en el pecho con dolor. La negrura, el silencio y la soledad ya están en su habitación; y dentro de él. Con temor toma conciencia de su momento, una noche que no es otra común, sino una noche peor a las demás, cargadas de malditos pensamientos neuróticos y, sombras deformadas que repentinamente se le presentan y le dan sobresaltos, como si tuviera los inicios del delirium tremens, o de una demencia que ya se define.

Después se controla, saca fuerzas, no sabe de que parte de él y vuelve a lo suyo. Coloca la vela encendida en el piso, sorbe unos tragos de licor y espera el efecto de embriagarse, luego prende su cigarro para entrar en calor y relajarse con la nicotina, y se desploma sobre su colchón polvoriento. El dolor que siente en el pecho, hace dalearse aun lado, sobre su hombro derecho; justo para ver en la penumbra su diario. Coloca su mano sobre el, como diciendo: “contigo todavía no he terminado”, y se duerme.

El frio lo despierta. Como siempre, está mojado en sudor y con escalofríos. Tiene las mismas pesadillas y las mismas fiebres. Como puede prende otro cigarro el humo lo ahoga esta vez, tose secamente. Trata de tomar otro buen trago de su aguardiente, no puede pasarlo, arde en su boca como alcohol de alta graduación o agua hirviente, y escupe el contenido maldiciendo. Después se abstrae por un rato y ya algo seguro de sí, coge nuevamente su diario y trata de volver a lo que estaba escribiendo.

Iván recordó que adquirió la costumbre de escribir desde pequeño, cuando su madre le hacía copiar las oraciones del padre nuestro, las aves marías o la oración al ángel de la guarda y oraciones de todos los santos conocidos; también lo incentivaba a hacer poemas y cuentos a todo lo hermoso que él viera o que sintiera que le brotara de su inspiración. Se motivaba a escribir a las estaciones, a la luna, a las estrellas, a las mariposas, a las flores y mesclaba sus cuentos infantiles creados por él con cuentos clásicos de sus libros, que resultaban ser un plagio especial, que al final únicamente él leía, para adormecerse y dormir por esas noches soñando con lugares azules y preciosos de hadas, princesas hermosas y duendes buenos. Ni cuando la mala adicción a las drogas -por copiar los vicios de otros malos adolescentes- pudieron hacer dejar esta costumbre arraigada a él; como era la de escribir siempre algo, lo que fuera que le interesara. Aunque sus poemas y cuentos se convirtieron ahora en tramas oscuras, como la vida que lleva, y al final esa inspiración escrita fueron a dar al baño, arrugados como papel higiénico.

Entonces se fue disolviendo su pasado y su niñez nostálgica; volvió en sí, a su mal presente. Y él, fiel  tembloroso como un perro con distemper en estos momentos coge su carga y decide terminar de escribir en su diario:

“Y ésta vida me mira de soslayo, volteo y regreso la mirada; y se me aglutina un otoño eterno. Deduzco que son mis años inútiles, comparados a una ruma de hojas secas que el viento se ha cansado de arrastrar. Mientras tanto mi ser se reparte en un interior  confuso y una realidad concreta. Lo de afuera crispa y lo de adentro arremolina.

Algo estaré pagando; me sentencio: empezó con mis pasos, al avanzar, al romper el tiempo. Lo turbio se transformó en confuso, y lo confuso da miedo: así de feos son mis duendes; como una demencia por definir. Por ejemplo: de los elementos que conforman el paisaje brotan saetas que me llegan y hieren mis sentimientos. Y remato al decir con este dolor ceñido al cuerpo: que es el paisaje… esa terrible realidad, tan parecido a la amargura que siento que inevitablemente me devora. Como si fuera un cáncer que desconoce el sentido de mi trauma y avanza. Concluyo por decir con esa desesperación abarcadora, que todo se da con el maldito sentir de mi ser.

Es que mi ser es, esa esencia desconectada, capaz de estar ya condenada en algún infierno. Y que está hecho aún de barro, tal vez primitivo… que sigue en cuclillas, y que tantea siempre un padre nuestro; por vislumbrar a un Dios tan complejo. Y tal vez finge que reza para sosegarse, y a veces en las oraciones busca un manoseo de mi alma entera, con las manos casi muertas. Entonces reparo que aún no estoy conforme que hay algo que me falta o que me sobra; ese algo que me maltrata y me hace cobarde. Pienso que una existencia así que pende de un hilo no es existencia. Por que ahora me encuentro estropeado, con simples hebras de lo que he sido; halla lejos e quedado con estos rastros. Rezando eternamente, me quedo a ratos; sin poderme armonizar.

Hasta el cielo oscuro me vomita no me digiere ni me acepta; cielo raro sin aves sin golondrinas, ni nubes blancas. Quizás las graciosas y escurridizas aves han huido a otros cielos llenos de armonía. Si pudiera con mi imaginación, volar y desplegarme a esos estados que no alcanzo a intuir y donde todo se dice que es ideal y perfecto, que me daría hoy bastante sosiego; pero me apena reconocer que mi imaginación es esclava de todos los vicios irreversibles y corta esa esperanza: pequeña en luz y fe, y creo que como ave nunca alcanzaré esos cielos, ya que me encuentro con las alas quebradas.

A veces quisiera centrar mi visión en la nada, quisiera desecharme de esta realidad que me lastima. Si pudiera – en estas veces– borrar este remirar del nítido paisaje, el sol confuso, que rojo se esconde en el horizonte. O si pudiera borrar la visión  de la luna andrajosa, todavía por llenar; y que se deja pasar por las nubes oscuras. Si pudiera borrar tantas sombras que brotan de la oscuridad, de mi destino. Al paralelo llego a la conclusión que dentro de mí hay un ser que también corre, huyendo de toda la confusión que me ha alcanzado, pero que sigue corriendo. Corre como esas nubes oscuras; y que se arrastra como un reptil; una sombra que a ratos pierde definición. Y más que una sombra o un ser, es un sentir de impotencia.

Yo se que mi esencia es mi cuestión, que me encuentro postergado a una vida consiente sufrida, sin buenas vivencias espontaneas. Donde únicamente rozan en el silencio el restregón de todos mis pensamientos tan extraños y exactos en destruirme. Lo trivial, lo no dado cuenta, vivir a lo medianamente; sería a estas alturas un baño de alegría. Y he aprendido a ver mi fe en la religión a la que también me arrimo, como la creencia obtusa de una felicidad prometida que no vendrá. Y rebeldemente miro con indiferencia esa fe, que podría darme mi momento de miel, donde se dice que impera la paz profunda del ansiado paraíso. La verdad es que nunca logré uniformarme con esto. Ni aprendí nunca a contemplar y darle el chance a alguna ingenua rosa, ni fundirme con el aroma de la naturaleza, ni aprendí a escuchar las voces de este corazón que aprendió a mancharse en culpas, y que ahora oscuramente arde.

Y he aprendido también ha despertarme en mis sueños, a tener este recuerdo desastroso de mí. Y han sido tan monstruosas mis somnolientas aventuras, tanto como mi vida consiente. Por ejemplo, en mis sueños, distraído miro las cosas, las gentes, luego voy descubriendo la realidad que de ellas en estampida irradian, me atropellan y siempre mal herido me dejan, sin darme el tiro de gracia.

En este mundo mío diferente a los demás, sin suspiros, ni treguas en el aire, me pregunto: ¿A qué final estaré llegando? ¿En qué momento de mi paso me desplomaré? y no comprendiendo mis ideas sin sonido, termino por llorar. Es que me digo en estas pesadillas con un eco repetido, que es mi muerte con algún juicio del bien y del mal que se anuncia… que se anuncia pero todavía por hacerme sufrir, no llega.

Y de corazón pido descansar, morir, cortar todo esto con un rápido suicidio. Y averiado así, me digo: ¡No puedes remediarlo ya,… no puedes! aun así ya dominado y decidido, sin tratar de comprender por qué trato de destruirme, determino mejor por callarme, buscar el silencio, esparcirme en mis células instintivas y que ellas decidan el fin… ya que a mis sentidos se les ha dado por aceptar guiñapos y quimeras.

Y mi alma ajada, mascada y triturada por mi sentir, escucha este terrible esbozo de palabras, que no entiendo su principio; pero que me corta la intención: “¡Demora… demora un poco más, demora en esta vida; seguramente algo de lo que debes ya habrás pagado a estas alturas!” y así he aprendido a vivir… en preparar mi muerte y a cargar con este ser profundamente imperfecto.

Y a veces resulta inoportuno y tan vergonzoso escribir con desesperación esto; ya que las conclusiones se dan solas: ¡Loco pareces tú! Cabellos en desorden, lamentos y quejidos. Y entre dientes me interrogo: ¿seré yo? La demencia… palabra tan borrosa, y cuán cerca al hombre… mejor dicho a mí.

Y al regresar la mirada, unido a toda esa hojarasca en putrefacción, ya sin poderme dividir, descubro desde aquí, que todo ha sido pura mala intuición por vivir: el cundir de los grillos en las oscuras madrugadas y la bulla de esos lejanos horizontes, el miedo a estar echado o muerto, el estar parado sin ser una estatua o un árbol seco de pie, o el andar peleando con el tiempo y el espacio; la verdadera y real confusión al todo y a la nada”.

Al terminar de escribir esto; Iván cogió su último cigarro. Ya no deseaba licor. El dolor del pecho se afirma con fuerza. Se recuesta nuevamente sobre su colchón, se va adormeciendo con la luz de la vela que ya mismo se apaga. El dolor del pecho se mezcla con su sueño pesado. Profundo es su cansancio. Para cuando se consume la vela, las manos de Iván pierden su tibieza. Después todo su cuerpo coge el mismo frío de la noche.

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