CADA VEZ HAY MÁS AVIVADOS. Y CADA VEZ SON MÁS TAIMADOS.

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CADA VEZ HAY MÁS AVIVADOS.

Y CADA VEZ SON MÁS TAIMADOS.

 

POR CARLOS SCHULMAISTER

En los últimos 20 años la televisión argentina viene mostrando ciertos hechos y situaciones de la vida cotidiana que, convertidos en noticias, se presentan como un fresco del horror que no acaba de constituirse y del cual no cabe imaginar cuando concluirá una vez que se desencadena.

Ocurre que al catálogo creciente del mal, representado cada vez más en las cimas de la escatología cultural por perversiones inimaginables, crímenes horrorosos, violaciones, asesinatos de criaturas, adolescentes y mujeres, junto con un largo etcétera de la abominación que asombra y estremece todavía a buena parte de la sociedad, se le suma sin solución de continuidad la segunda parte de la noticia, la que se produce como efecto aparentemente natural de la primera: aquella que aparenta expresar las reacciones colectivas desatadas en cada caso.

Algunas décadas atrás las reacciones de indignación y los estallidos colectivos, prácticamente excepcionales, eran comprendidas y justificadas por la natural, espontánea y masiva conmoción provocada por hechos delictivos, inmorales, crueles u horribles, o que resultaban ser fruto de tremendas irresponsabilidades por parte de quienes, precisamente, debían ser garantes de una tranquila y normal seguridad social. Por eso la producción de noticias distinguía claramente entre lo principal y lo accesorio, por ejemplo entre un reclamo social y los efectos no deseados de una movilización, ciñéndose lo más posible a la cobertura de los hechos estrictos y a los intereses cercanos afectados. 

El  tiempo pasó y hoy las reacciones colectivas no constituyen lo accesorio de los hechos originales sino un nuevo proceso de producción mediática con crecientes efectos en cadena que -convertidos en “otras” noticias- desplazan a las que las desencadenaron. Pero estas segundas partes ya no son tanto frutos espontáneos de la indignación popular como actos planificados, con lo cual se van convirtiendo en desempeños colectivos previsibles dadas ciertas condiciones.

Claro que en estos también habrá cronistas y medios de comunicación al igual que en los de la primera clase, o sea en los sucesos originarios, pero ello es  comprensible porque la razón de sus presencias es laboral o profesional. Pero he aquí que también se viene observando la emergencia de una nueva actividad, con visos de función y de sector social, con actores no tradicionales que parecen andar “buscando un cacho e´sol en la vereda”.

Se trata de personas que están siempre disponibles y atentas a la ocurrencia de actos de protesta colectivos, lo cual habla de su condición de desocupados. Y como estas personas son cada vez más numerosas, cabe inferir el consiguiente aumento de la desocupación. Sin embargo, se sabe que la desocupación se sostiene indefinidamente, y paradójicamente, con la “ayuda social”. Por esto mismo ya no se entiende de qué se pueden jactar los gobernantes: si del aumento de la desocupación, del aceitado asistencialismo aplicado a su conservación, o de ambas cosas a la vez, lo que demostraría una vez más la opción consciente y voluntaria (no ya  irremediable) de nuestros pensadores y gobernantes oficiales por el populismo de Laclau, en el sentido de afirmación singular y entusiasta de nuestra identidad sociológico política, digo, la de los representantes actuales del nacional peronismo.

Claro que esta abundancia de protestadores y colaboradores solidarios con todas las causas y reclamos de las multitudes, micro expresión del Pueblo (con mayúscula), es decir considerado como esencia metafísica, excede habitualmente el número de los afectados originales de algún hecho o tragedia social anteriormente producida.  Ya no se trata de las víctimas de ésta ni de sus parientes y vecinos directos, ni siquiera de potenciales perjudicados como podría ser en caso de peligro real y concreto de contaminación ambiental localizada. Sin embargo, los veremos allí presentes con sus coloridos chalecos identificatorios provistos por desconocidos mecenas sociales, munidos de pancartas y banderas con consignas de máxima que representan a los desheredados del mundo, a lo que se suman cohortes de estudiantes universitarios volcados a la lucha a favor de los innumerables y potenciales nichos de mercado de las actuales protestas sociales; y con las más diversas modalidades, a favor de esto o en su contra, en solidaridad con las víctimas de esto o aquello, o para reclamar que vayan presos los culpables, para hacerles un escrache, para cortar las calles o las rutas, para linchar a reputados asesinos, para incendiarles las casas con sus familias adentro, etc, etc.

Y como ya dijimos, estos personajes ahora fungen de protagonistas, es decir, de primeros o principales luchadores que se mueven ante las cámaras como actores especializados en tumultos…  cámaras que acudieron a los llamados realizados con suficiente anticipación por aquellos a la hora y lugar fijados para dar comienzo a las acciones de la agenda que tenían preparada.

Hay que dejar de ser hipócritas y reconocer que muchas manifestaciones callejeras que pasan por fruto de la natural y espontánea indignación popular tienen procesos de producción que se parecen cada vez más a la producción de eventos socioculturales. Pero esto no es nada nuevo, ya en los años ´70 se avisaba a los periodistas de los diarios locales que en tal lugar y a tal hora iba a producirse una manifestación estudiantil universitaria… ¡cosa de que sacaran una fotografía y escribieran unas líneas con el nombre de la agrupación que ese día hacía el gasto!

Como aquello ya pasó es más importante desbrozar, en los ejemplos de la actualidad, qué ganan estos personajes que en los hechos originarios o primeros devenidos en noticias no pasaban  de ser parte del decorado, o a lo sumo miembros del coro, pero que en la fase siguiente ya interpretan roles destacados, a menudo de carácter, con planteos corporales y gestuales marciales, bizarros, hieráticos, justo en el centro de la escena, allí donde los capta la cámara de televisión que grabará sus expresiones y sus conceptos sociopolíticos con una estética revival, aburrida como película social de los años ´70, con la diferencia que antes los agonistas exponían sus caras asumiendo los riesgos consiguientes… en cambio hoy usan el pasamontañas…

Téngase en cuenta que la bizarría cotiza en plaza. La actuación dramática de un energúmeno violento, con las facciones descompuestas como la famosa cara de loco de Maradona cuando hizo un gol muy recordado puede interesarle a ciertos “cazadores de talentos” que buscan nuevos valores actorales.

Si además se les brinda la oportunidad de recitar un parlamento más jugado expresiva y conceptualmente ante las cámaras, y hasta -¿por qué no?- una entrevista inteligente al calor de las acciones de la lucha popular de que se trate obtendrán un mayor grado de exposición ante esa teleaudiencia integrada también por tipos parecidos a ellos y situados en todos los puntos del país.

En suma, si los registros de las actuaciones de estos temperamentales personajes que a esta altura del relato ya se nos vuelven entrañables, son tenidos por nuestros actuales pensadores nacionales como metáforas perfectas de la contradicción principal que caracteriza hoy al mundo, la cual, por otra parte, la mayoría de los otros intelectuales no han vuelto a elucidar después de los fracasos ideológicos de los años de plomo, tenemos allí potenciales candidatos  a algo. ¡Y ellos lo saben!

Podríamos estar en presencia de próximos “cuadros políticos” en el contexto de las “nuevas formas de hacer política”, o de punteros políticos de partido o de Ministerio con posibilidad de integrar una nómina y todo. En suma, en lugar de viejas, cansadas e inútiles Armadas Brancaleone del setentismo supérstite tendríamos operadores políticos renovados para los tiempos K. 

¡Más aún, podríamos tener allí talentos actorales en ciernes! ¿Y por qué no podría constituir esta nota un acicate para la “televisión popular alternativa”, interesada en promover que los estudiantes de teatro hicieran sus primeros bolos en las calles y luego, tras las filmaciones correspondientes el público de todo el país votara las mejores actuaciones en contextos colectivos, en lugar de egoístas expresiones individuales, para seleccionar a los “actores del pueblo” democrática y participativamente?

Como podemos ver estas apariciones/presentaciones muestran una  abundancia de vocaciones, de talentos actorales innatos, de esfuerzos y sacrificios sobrehumanos calladamente realizados para sobresalir y destacarse en la vida, y sin contar con la mínima ayuda del resto de la sociedad, empeñada como siempre en la persecución de rastreros fines materiales.

Por eso no es descabellado sugerirle a las universidades argentinas -tradicionalmente consustanciadas con la realidad nacional y vinculadas al mundo del trabajo y la producción-, la realización de cursos intensivos de Militancia Social (con varios niveles, a cual más comprometido con las transformaciones anheladas) y con otorgamiento de certificados de “Luchador Social” que habiliten a sus portadores para obtener algunas horas de cátedra en Formación Cívica en los colegios secundarios de  la provincia de Buenos Aires. ¡Y eso tan sólo para el Nivel I! (¡…!). 

La televisión es una innegable escuela de desvalores y anomia toda vez que expone la inacabable variedad de reacciones colectivas que giran en torno a las formas y grados de la violencia empleada, prometida, esperable y previsible, pero de un refinamiento, una magnitud y un carácter deletéreo crecientemente superiores a los ya conocidos.

El desborde, la incontinencia, el descontrol, la magnitud de los nuevos horrores generados suelen transformar esas reacciones colectivas en melodramas y tragedias que hacen olvidar la conmoción provocada por los sucesos precedentes.

Cada vez más estas reacciones tienen lugar ante autoridades gubernamentales y administrativas que asisten impávidas y sin intervenir ante hechos que aquí y en cualquier lugar del mundo constituyen un regreso a la barbarie social, pese a lo cual nuestro pensamiento oficial las exhibe y reformula como expresión de “libertades” y “garantías” de la Nueva Era K.

Cuando -como ocurre hoy en Argentina- las autoridades fogonean el mito de la voluntad popular (precisamente en lo que ésta tiene de mito y no en lo que representa como fruto de la civilización), y cuando la consiguiente violencia de colectivos descontrolados no es castigada sólo cabe esperar delitos cada vez peores. Sin embargo, acá son presentados como “justicia popular”.

Obviamente, no asistimos a algo nuevo sino a la eterna manipulación, neutralización y desvío de energías colectivas que desde el poder es necesario desactivar disimuladamente. Actualmente se ve cómo la mayoría de los violentos que disponen de tiempo para estas representaciones callejeras se transmutan en “voceros del pueblo”, en sus representantes morales, en “luchadores sociales” como se designan a si mismos para acumular poder corporativo y obtener la anhelada satisfacción de sus “patrióticos merecimientos”, las cuales les producen un feliz desclasamiento inmediato. Desclasamiento que ellos no permitirán que se extienda a los sectores desprotegidos pues en ese caso se acabarán sus privilegios. Como ya se ha dicho acertadamente: Chávez quiere tanto a los pobres que los multiplica constantemente, y eso también se aplica a nuestros gobernantes.

Las cámaras muestran también un fenómeno constante que aparece junto a los titánicos desempeños de estos nuevos apóstoles sociales, que no es peligroso pero sí bochornoso por su vulgaridad. Se trata de la desesperación que exhiben víctimas y parientes por los famosos 15 minutos de fama ante las cámaras que reproducirán sus rostros y sus alaridos en cadena por todo el país y a lo cual se sumarán los medios gráficos.

En otros tiempos las personas y las familias directamente afectadas por sucesos de esta clase estaban tan mortificadas que no tenían fuerzas ni interés en exhibir su sufrimiento. En general, los sufrimientos del cuerpo y del alma eran pudorosamente ocultados y reconvertidos en experiencia y reaprendizaje. Hoy, en cambio, la reacción del dolor legítimo ya no suele ser espontánea sino mercantilizada -con o sin remuneración de por medio-. Estas gratificaciones, o “contenciones” en la jerga al uso, sobre todo en la política, integran las modalidades operativas habituales de cierta competencia mediática que encauza y adocena los comportamientos sociales de ciertos sectores clientelares.  

De ahí que muchos entrevistados se esmeren por “estirar” sus presentaciones, devenidas inexorablemente en “actuaciones”, que aumentan su exposición y su referenciamiento como representantes de algo, de alguna clase de perjuicio que los convierte mágicamente en víctimas sociales o “perjudicatarios” de algún particular, empresa o corporación con bienes o fortuna suficientes como para garroneárselos, y cuando ello no es posible se agraviarán por el sistema, en consecuencia por el gobierno o el Estado, ante los cuales interpondrán oportunas demandas buscando toda clase de satisfacciones, las que a la postre no pagarán los gobernantes sino toda la sociedad.

Le consta a todo el mundo, y no sólo a los abogados y a la policía, el grado creciente de astucia y viveza que presentan actualmente los nuevos “avivados”, como es el caso de aquellos que estando en una esquina observan los vehículos que se aproximan y sabiendo que no traen mucha velocidad o que deberán frenar por el cambio del semáforo eligen uno y se lanzan delante del mismo para ser embestidos a sabiendas de que con toda probabilidad no habrán de experimentar daños físicos de gravedad. Abogados expertos sabrán crear luego una montaña de agravios para habilitar su indemnización, operación de la cual coparticiparán a proporción.

El cine argentino ha recogido recientemente esta tendencia en la película Carancho. En otros tiempos, la corporación de abogados reaccionaba con afectación y dolor ante las infamias vertidas por periodistas o intelectuales “miserables”, lo cual frenaba o moderaba las reacciones de protesta social consiguientes. Esos miedos de la ciudadanía le hicieron el campo orégano a la corporación, incluso a muchos jueces venales, en cuyos juzgados caían como maná del cielo los juicios correspondientes. En consecuencia, el comportamiento desviado del sistema judicial se convirtió en modelo estructural.

La moraleja fue, en consecuencia, que la realidad no sólo sirve para conocerla y/o criticarla, como dicen los “progres”. La realidad también educa sin necesidad de palabras, también atemoriza, paraliza y genera rechazo en lugar de interés por conocerla pues para muchos el “transformarla” cuando es injusta es sólo una frase.

La realidad, cuando no es mejorada por el juego de la vida democrática institucional, disciplina y neutraliza las rebeldías justas y lógicas de las personas honestas, junto con las ganas y el coraje necesarios para reclamar por la reposición de la justicia ausente.

Ante esta situación, esas energías son apropiadas por los avivados, por los aprovechados, en general los mediocres de la sociedad que paradójicamente son expertos en “hacer buenas diferencias” sin trabajar, mediante la industria del juicio, las moratorias de las agencias de recaudación (la AFIP y las direcciones provinciales de rentas), las ventas directas al Estado, las licitaciones fraudulentas, las coimas a funcionarios y las falsas denuncias tan frecuentes para forzar ciertas decisiones judiciales.    

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