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Con desarraigo en el corazón cubría sus expectativas venideras “la nostalgia por el nicho donde había adquirido notoria estabilidad” eso acompañado de ron, ese alcohol fuerte que calienta la sangre y sus cigarrillos sin filtro que tanto amaba. Pero haber sido testigo de un asesinato lo condujo ineluctablemente a una frenética revolución en su vida. Debía ser un extranjero en su propia mente. Lograr eso o volverse loco, eran soluciones que se le presentaban ante la mesa como barajas de un juego antiguo.

De un juego de pelota con sus hijos había adquirido la maña de pronunciar la r con maledicencia. Es que su primogénito conserva un frenillo que lo pone en ridículo ante sus compañeros de clase. Estos lo intimidan constantemente, dejando al chiquillo desarticulado ante las palabras ferrocarril, rieles, rocanrol o rabia. Para Benny era un prejuicio enquistar la violencia en sus hijos, con el típico “diente por diente” pero con los frágiles que eran, por lo menos les condicionaba para una respuesta útil.

Benny tenía un puesto golosinas en el baño de hombres de un afamado club nocturno de Caracas. Si, por lo demás era un sitio de mala muerte, eso corresponde a la prensa amarilla o los malos presagios de un cliente mal atendido. Con lo poco que cubría su ingreso semanal le daba de comer a sus pequeños. Padre soltero echado a la suerte como alma que lleva el diablo, la madre de los niños era una bailarina exótica que conoció en el susodicho establecimiento. Ahogada por la situación económica rompió relaciones con Benny y lo mandó a freír mono.

Un asesinato de esa índole puede no romper el silencio o atmosfera demencial que exalta un club, lo que sí es delicado es el contexto. Trasciende el hecho fortuito de nuestro afamado vendedor Benny, que si bien no era el testigo que mejor se adapta a estos acontecimientos, podría convertirse en un ratón aprisionado en un laberinto. Por la simple razón de que es un don nadie. Estos sujetos, los oficiantes del crimen son tipos pesados que mantienen la clientela a punto, con o sin permiso del dueño.

Nunca fue un tipo violento ni mucho menos, cuadrado hasta decir basta. Conservador de las buenas costumbres, dijo en una oportunidad “no soy hombre de lucha sino de oración”. Esto le hizo ver como un pastorcillo entre tantos lobos, el club tenía chicas desnudas por doquier, droga a montones y proxenetas contando fajas de efectivo. Indiferente al ambiente, nuestro héroe se mantenía al margen de todo ello.

La noche del sábado 18 de febrero del año… Benny entro temprano a su cubil en los baños del club La viuda negra; el olor a orines y semen estaba radiante. Pensó para sus adentros que era una típica noche de una típica jornada de trabajo. Incisivo con la mercancía, determino las cantidades exactas que poseía en inventario: 5 cajas de cigarrillos Pontiac, 10 paquetes de chicles mentolados para el aliento de fumador, tres encendedores con mujeres desnudas impresas, chupetas en su bolsa original 24 unidades en total, y una navaja en su tobillo izquierdo, por si las cosas se salen de control. Benny es o era tonto pero no pendejo, un proverbio venezolano incondicional.

Con la reverberación de las luces en el local los consumidores comenzaban a llegar. Caras ansiosas en cuerpos a punto de estallar, como bombas de nitroglicerina, una pequeña chispa podía hacerlos perder la cabeza y los riales. Con esta puesta en escena, a eso de las 10 p.m. los bartenders servían cerveza, whisky y ron a los comensales que interpretaban sus papeles al pie de la letra: gastar grandes sumas de dinero. Las chicas con su ropa ajustada y senos al aire dejaban muy poco a la imaginación. Como cosa rara Roxanne no había asistido hoy, era su noche libre o estaba enferma, no sé.

Las condiciones para entrar el club decían “ropa semiformal, prohibido el porte de armas, peleas y propasarse con las strippers”. Esto les venía de muy mala gana a la mayoría de los clientes, los cuales se propasaban de la raya la mayor parte de las veces con resultados poco convencionales.

Entre las chicas se propago el chisme de que Roxanne había contratado para servir a un proxeneta que frecuentaba el local. Lo que se sabe hasta este punto es la condición en que se encontraba luego de largas jornadas laborales sin descanso. Esta mujer de piel canela prorrumpió en el Viuda Negra el día en que estaba libre. Iba del brazo con Ramiro el susodicho apoderado, dicho sea de paso con dos gorilas que eran sus acompañantes de costumbre. Estos tipos atraían una clientela de lujo luego de la medianoche, solo fajas de dólares que se gastaban en las putas cinco estrellas.

Roxanne iba vestida de una manera atrevida y estrambótica, casi dejaba a la vista sus senos grandes y sus curvas de carro deportivo. Para Ramiro esto era como ir a una exposición de mercancía, pero muñeca de turno le impacto de pronto un vaso de vidrio en la cara, sin proferir explicación. La rabia y la venganza azolaron el rostro de la piltrafa y condujo a la joven al baño de hombres con intenciones de hacerle algo espantoso o por lo menos que no se le borrara de la mente en mucho tiempo.

Con las condolencias de Benny fue vista por última vez Roxanne, los ojos perplejos ante la abominación que acababa de presenciar, la boca entreabierta y la determinación de abandonar su trabajo, su casa y la ciudad lo antes posible no lo dejaban dormir. Con el insomnio vinieron las interminables yuxtaposiciones de imágenes sin sentido, que queriendo dar definición a un acto terrible solo empeoraban el doloroso estado de nuestro héroe.

Sin embargo, fiel a los enredos en que caía por ser tan buena gente, Benny quiso hablar con la policía. Les contó todo, de la A  la Z; dejando entre detalle y detalle un sollozo comparado con el de los sobrevivientes a la guerra. Los sempiternos gritos de dolor de la joven Roxanne no lo dejaron dormir nunca más.  Se repetían una y otra vez en su mente como un clavo que se hunde en las profundidades de la vigilia más espantosa. Se convirtió en un muerto vivo al que responde en monosílabos, sus hijos cuidan de que no intente alguna locura, siempre dispuesto a atacar con su hermosa y pulida navaja de doble filo aprisionada entre sus dedos.

 

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