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Así morirá Maduro

Jamás he tenido problema en admitir que soy una persona pesimista. Siempre he esperado lo peor de la vida. Las alegrías siempre me parecieron cosas fortuitas y casuales que no eran más que meros espejismos en una vida sin mucho sentido. Así de intensa soy. Así de intensa he sido. No es algo que me haga sentir orgullosa, pero tampoco es algo que me avergüence. No me causó gran impresión cuando el médico me dio el mala parte. De alguna manera lo suponía. De alguna manera lo esperaba. Su cara lastimera ya me lo había dicho todo sin pronunciar una sola palabra. Pero la lástima no me gusta. Me parece una de las peores condiciones del ser humano. No me extrañó tampoco que me lo dijese. Ya me lo esperaba. De hecho, me extrañaba el pertenecer, durante tanto tiempo, al mundo de los sanos. No sé si fue Venezuela la que me enseñó a ser pesimista o fue algo que, de algún modo, ya estaba impreso en mis genes.

No sabía si valía la pena decírselo a alguien. ¿Para qué dar malas noticias? ¿Para qué terminar de amargarle la existencia a los demás? ¿No es suficiente con la mía? No es que mi enfermedad fuese terminal en condiciones normales. El problema radicaba en que no disponía de las medicinas. Cualquier persona se podía morir con el achaque más estúpido. Era una suerte de retroceso a la edad media. La capacidad de impresión estaba totalmente desfasada. Se había perdido para siempre. Una persona, camino al trabajo, no hacía ninguna mueca cuando le tocaba bajarse del carro y recoger un cadáver que yacía, tiroteado, en medio de la carretera. Eso con la suerte de que, moviendo el cuerpo en cuestión, no le robasen a él el carro. El trabajo se había convertido en una distracción para todos. Los cobros y los pagos eran simbólicos. En Caracas ya no se manejaba dinero. La alimentación, en su totalidad, dependía de algunas migajas que lanzaba el gobierno y para las cuales había que realizar infinitos trámites. El hambre arrasó con todo vestigio de dignidad. Todos se habían vuelto chavistas por conveniencia. El patrioterismo estúpido fue olvidado. Era olvidarlo o morir tísico y chupado, como un imbécil.

Se rumoreaba, en algún de boca en boca clandestino, que ciertos rescoldos de la oposición quedaban por allí. Eran casi legendarios. Los antiguos «líderes» de la oposición, cuando aún podía expresarse en algún lugar, se habían revelado como cómplices absolutos del gobierno. Henry Ramos Allup había muerto en la opulencia. Sus últimas palabras habían sido «Chávez, corazón del pueblo». Fue velado en una ceremonia fantástica y esplendorosa en la Asamblea Nacional, que nuevamente era chavista (aunque, técnicamente, nunca dejó de serlo).

Yo siempre había fantaseado con matar a Maduro. Todos mis amigos habían fantaseado con matar a Maduro. Creo que todos los venezolanos habían fantaseado con matar a Maduro. Pero insinuarlo era motivo de un castigo que, en la gran mayoría de los casos, era la desaparición o la muerte. Ya Maduro, canoso, obeso mórbido y anciano, no podía sostenerse en pie. Se desplazaba gracias a una suerte de gran silla de ruedas eléctrica que tenía la capacidad de elevarlo ante los micrófonos. Se había afeitado el bigote, que se había vuelto primero gris y luego blanco. Su limitación mental seguía igual. Aunque era lógico (y sigue siendo lógico) pensar que era una limitación mental simulada. Que se hacía el imbécil, pero que en el fondo, quizás, era alguien astuto. O una marioneta. Es una suposición que tardará décadas en ser despejada.

Felipe me abrazó cuando le dije la noticia. Estaba condenada a muerte, pero, de algún modo, todos lo estábamos. Ya las madres no lloraban a los hijos. Nadie lloraba a nadie. Irse al otro mundo era una especie de consuelo. Al menos en el cielo (o en el infierno), no existía el PSUV. Venezuela estaba totalmente aislada. El aeropuerto de Maiquetía, al ser inútil a razón de que todas las líneas se habían ido, se había convertido en un conjunto residencial miserable en donde existían tontos útiles que, a cambio de un trozo de pan, daban su vida por el gobierno. Al fin y al cabo, toda la filosofía del mundo es capaz de rendirse cuando las tripas suenan.

No sabíamos el tiempo que me quedaba, pero suponíamos que no era mucho. Unos dos meses, tal vez. ¿En qué gastar ese tiempo? Daba igual. El mayor entretenimiento de Caracas se había convertido en buscar velas para iluminarse durante la noche. La velas debían durar la mayor cantidad de tiempo posible. Se reciclaban y se reciclaban una y otra vez, utilizando el esperma. Algunos afortunados conseguían una especie de parafina que hacía rendir el tiempo útil aún más. A veces pasábamos noches enteras contando historias a la luz de las velas. Uno debía quedarse haciendo de centinela, mientras tanto. Habían proliferado muchísimo (pero muchísimo) los «escaladores», bandidos que, amparados en una ciudad sin electricidad, subían en rapel a los apartamentos, violaban a las chicas, mataban a los chicos y se llevaban, en viejos sacos de cemento usados, tesoros como frutas, sal y botellas vacías de cerveza.

«Hay una esperanza», me dijo un día mi mamá. «La señora del Cuarto «C» me dijo que tiene un tío con el que mantiene una especie de correo clandestino desde Panamá. Ella le da algo a los guardias y le dejan pasar algunas medicinas. Puedo preguntarle si puede conseguir las que tú necesitas», continuó. No voy a negar que eso me brindó cierto diminuto alivio. Pero era casi una utopía. Además, con el tiempo de espera y el nulo tratamiento hasta entonces, la enfermedad había avanzado bastante, me había jodido parte de los pulmones. Lo notaba cuando respiraba. A veces, me dolía muchísimo. Había días en los que echaba un chorro asqueroso y casi negro de sangre por la nariz. Estaba jodida.

Obviamente, y menos en un país como Venezuela, un favor jamás se hace por amistad. La señora del Cuarto «C» no le había informado a mi mamá sobre eso por su cara bonita o porque yo me estuviese muriendo. Había que darle una serie de cosas que no teníamos. O que sí teníamos, pero que entregarlas nos dejaría aún más miserables de lo que ya estábamos. Mi mamá quería jugarse el todo por el todo. A mí me daba igual. No era que me dara igual igual, sino que me daba paja dejarla con media vida empeñada y con una hija muerta. Lo segundo era casi inevitable. Lo primero, no tanto.

No voy a explicar muchos detalles de cómo ocurrió, de cómo llegamos a esa conclusión. Creo que fue un exceso de romanticismo o un desprecio total hacia la vida. La ideología del gobierno, la única al fin y al cabo, se había basado y le había exprimido tanto jugo a los mártires, que, de alguna manera, eso medró en nosotros. ¿Para qué perder la vida sin un propósito? Si vamos a morir, ¿por qué no utilizar la muerte para algo? ¿Por qué no sacarle algún provecho? Yo, como tenía los días contados, me ofrecí como voluntaria. Por fin cumpliríamos nuestra fantasía. Mataríamos a Maduro.

A Maduro, de todas formas, no le quedaba mucho tampoco. Quizás unos pocos años. Era una mole que, al igual que yo pero por distintas razones, respiraba con dificultad. En algunas entrevistas privadas, no tenía problema en exhibir, junto a su silla de ruedas, un tanque de oxígeno que, a través de un tubito de goma transparente, llevaba oxígeno hasta su nariz. En los actos públicos no lo utilizaba, prefería roncar e inhalar lentamente, como si tuviese asma. Frente al «pueblo llano» pretendía seguir siendo el «hijo perfecto de Chávez», en perfectas condiciones de salud. Las personas, acorraladas al fin y al cabo por las promesas de algunas comidas que se rifaban, aplaudían sus palabras sin mucho entusiasmo. El discurso no había cambiado mucho. Aún Estados Unidos, Colombia, el imperialismo, la CIA, la burguesía, España y la guerra económica eran los culpables de todo el mal que sucedía en el país. Aún los colectivos eran los perros de ataque, con licencia para aniquilar a quien los mirase mal.

Todo comenzó con varias solicitudes que llevaban un poco de prisa. Cada vez, todos estábamos más convencidos de que, en cualquier momento, me daría un paro respiratorio o una vaina así. Por fortuna, yo nunca había tenido rastro de disidencia en las redes sociales o en mi comportamiento. Nunca expresaba mis opiniones en público. Nunca fui una muchacha de ir mucho a marchas o esas cosas. Siempre me dio miedo morir a balazos. No tanto por el miedo a morir como por la grima que me daba la imaginación de ver un proyectil perforando mi piel y mis órganos. Mi piel me encantaba. Era tersa, blanca y con pequitas.

Creo que fue el secretario de un viceministro el que me contestó. Se había conmovido con mi historia y con mi enfermedad, que no era ninguna mentira. La única mentira consistía en que yo pedía cumplir uno de mis sueños, el de estrechar la mano y abrazar al «hijo de Chávez», a nuestro presidente «obrero». Hubo mucha repercusión en los medios propagandísticos. Los anclas de Zurda Konducta, que ya no eran ningunos jóvenes, dedicaron un programa entero a mi caso en todos los canales de televisión. Encomiaban mi decisión. En mis tantas cartas, maldije una y otra vez a la guerra económica y a la intervención extranjera, las que, para cobrar coherencia, según yo, eran las verdaderas culpables de mi condena.

La idea era inmolarme junto a él. Una solución un tanto ficticia, de película. Ya se habían visto cosas parecidas en películas viejas como Bastardos sin gloria, o cosas parecidas. Conseguir los explosivos sería lo más fácil. Caracas era una ciudad en donde conseguir tres kilos de T.N.T. era más fácil que conseguir tres kilos de carne o de cualquier proteína. Felipe, mediante un contacto que era un negrito simpatiquísimo, consiguió todo lo que hacía falta, incluso los detonantes. El negrito, que ya no era ningún negrito, sino un negro cuarentón medio con pinta de zagaletón (que le decían «el negrito» porque medía menos de un metro sesenta), echaba historias aburridísimas sobre los días de la resistencia, cuando aún la gente ingenua pensaba que existía una salida, una alternativa. Nos hablaba de Leopoldo López, un personaje casi legendario que ahora vivía, divorciado, en Cincinatti junto a su esposa María Corina. Creo que antes tenía una esposa que era rubia, pero se separaron por un asunto de egos y de poder y de no sé cuáles estupideces de partidos y politiquerías.

Ya habían fechado un día. Me pidieron confirmación. Por «confirmación» entiéndase obligación. El presidente había aceptado, y yo no podía dejarlo mal. Sería una afrenta en medio de toda la parafernalia propagandística del gobierno. Sería en el Teresa Carreño. Me daba paja joder al Teresa Carreño, o a lo que quedaba de él. Era un sitio descascado y maloliente. Ya nunca había conciertos ahí, sólo actos del gobierno. Aunque, a veces, tocaba Roque Valero, un poco calvo, algunas canciones que coreaba el partido. A Roque Valero lo llamaban el «único chavista limpio». Todas las personas más o menos mediáticas relacionadas al chavismo tenían mansiones o grandes cantidades de dinero afuera. Roque Valero tenía un apartamento en un edificio de Misión Vivienda cerca de Carapita.

Había un lleno total. No era entusiasmo, era, al igual que yo, obligación. Ningún seguridad se atrevió a catearme. Hubiese sido el fin. De hecho, nunca pensamos que nuestro plan podía caerse por habernos pasado por alto algo tan obvio. Mis pañuelos repletos de mocos sanguinolentos les daban como asco a todos. Además de asco, la veracidad necesaria de que no estaba mintiendo, de que realmente estaba mal. Me dolía mucho toda la tráquea. Sentía tener una metra atorada entre la garganta y la nariz. Uno solo me preguntó por qué mi chaqueta era tan grande. Le expliqué que mi enfermedad me había jodido los pulmones casi en su totalidad, que debía proteger lo poco que quedaba de ellos hasta de la brisita más inofensiva. La expresión de su cara era de compunción, pero una compunción leve. No es que yo había tocado fibra alguna en su corazón o había cambiado su vida. Yo no debía hacer nada. Felipe activaría el botón.

Paula Matisse

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