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¿Orwell en Venezuela?

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“La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo
demás vendrá por sus pasos contados.”
Orwell 1984

Por esos extraños sucesos que la edad implica, la constante reflexión de un país que no es el que sueñas, La innumerable cantidad de rostros sumergidos en el silencio complaciente, fanatizados en la estúpida ignorancia efímera de la felicidad. Mágicamente te encuentras con ese extraño y vetusto objeto llamado libro, con el cuál no se come (menos aquí), pero en la negación obstinada de querer de alguna manera sentirte bien al menos contigo mismo, así los linderos de la muerte y los sacerdotes de la verdad acechen cada día tus pasos, lo horroroso se convierta en lo bello y el gusto hasta por una buena conversación se diluya en un vaso de agua. Sigues en esa búsqueda, en el escape amargo, difícil y hasta solitario, te encuentras maravillas que te permiten seguir soñando, y bajo la premisa que no existen verdades sino interpretaciones que lo enseñó Nietzsche, al lado de la sospecha hacia el poder de Foucault y sus microfísicas para encasillar el pensamiento, la lectura de nuestras leyes, su historia y presente, te das cuenta que la ficción de muchos, realidad de otros, hoy nos toca a nosotros.
Salta a la vista una interrogante crucial, sin aparente nexo con lo anterior, ¿cuántos ministerios existen en Venezuela, que representan el Estado-partido-gobierno?, no hay más que 4 diría yo, siguiendo a Orwell, y sin sentido a la importancia en el orden de aparecimiento, porque al final todos representan una misma línea, y que no es sólo idea nuestra, sino que se reparte a nivel mundial en todos los órdenes, de allí que unido al patriotismo y el nacionalismo exacerbado, el militarismo tienes al perfecto cercenador del pensamiento, imposición e invasiones.
En ese sentido, salen “El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, a los espectáculos, la educación y las bellas artes. El Ministerio de la Paz, para los asuntos de guerra. El Ministerio del Amor, encargado de mantener la ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia, al que correspondían los asuntos económicos”. De allí al discurso único y la interpretación literal de palabras claves dentro del quehacer político, todos según el don de oficialidad que tiene el estado-partido-gobierno. Pueblo, verdad, tradición, revolución y patria son lo que el poder y sus representantes quieran que sea. Por eso, la prohibición hasta de lo más ínfimo y absurdo entra en la categorización impuesta por el poder, la libertad se disgrega, no en la responsabilidad que tiene el ciudadano con los demás y las cosas, sino que se asume como elemento perjudicial para la moral y las buenas costumbres del poder.
Cualquier texto que en ella se levante la crítica al poder, que permita soñar con una mejor humanidad, (al menos con pocos lectores) prevalecen las generaciones, de allí que los adulantes, y posiciones cómodas, aún en el silencio complaciente se esfuman nada más pase su tiempo de moda. Lo interesante de éste rompimiento de su historicidad, del autor del texto, que aún a riesgo de caer en errores el asunto es que en ese transcender la aplicabilidad se puede llevar a diversos terrenos, en cualquier espacio sobre todo donde el estado funcione en su máxima capacidad para controlar hasta en lo más mínimo a sus habitantes, ya sea por seguridad nacional, en nombre de la libertad y por su puesto en tiempos de revolución.
“El ideal del Partido era inmenso, terrible y deslumbrante; un mundo de acero y de hormigón armado, de máquinas monstruosas y espantosas armas, una nación de guerreros y fanáticos que marchaba en bloque siempre hacia adelante en unidad perfecta, pensando todos los mismos pensamientos y repitiendo a grito unánime la misma consigna, trabajando perpetuamente, luchando, triunfantes, persiguiendo a los traidores…” Orwell 1984
No solamente la gran capacidad inventiva de la inteligencia humana con sus bombas, sino hasta la forma para eliminar cualquier rastro de autonomía de la persona, cualquier indicio que pueda generar algún tipo de crimen que atente contra quienes detentan el poder, de allí su importancia, wiston protagonista de ésta historia, liderado por ese mismo cerebro que usan los asesinos, lo hizo tener la ingenua sensación de libertad, más cuando todo el sistema se encontraba precisamente dándole todos los elementos para sublevarlo y luego acusarlo tajantemente de su crimen. Torturado, y con gran valentía de la resignación aceptó al final la revelación, empresa que de nuestra parte hasta que el cuerpo aguante se hará con resistencia.
El espionaje, característica fundamental del poder, tiene como blanco sus contrarios y todo lo que pueda considerarse sospechoso o antipatriota, aunque la ficción-realidad que establece Orwell tiene su dirección a los comunistas que resultaron peores que los capitalistas, tanto así que parece un ejercicio de premonición hacia donde iban la Rusia zarista “soviética”, camarada era el único adjetivo que sustituía a los nombres, de allí lo curioso de hasta el olvido del mismo sufrido por el personaje, él más que nadie lo sabía, trabajaba en el ministerio de la verdad, su papel dentro del departamento de publicidad y el maquillaje de todas las cifras le decía mucho.
La neolengua es parte de ésta empresa, así como el retoque tendencioso del pasado, la negación absoluta de lo anterior e incluso de otras formas de dominación, salen como muestras de ¿ingenio eufemístico? Para darle vuelta a lo absurdo, lo grotesco y su misma incapacidad para solventar el problema más elemental. El gran Hermano presente durante toda la obra, parece un efecto real de nuestra realidad, él antes se encontraba en cada hogar, cada calle, cada propaganda tal y cual efecto de una sociedad teocrática, finado el hombre, ahora viene con un asunto de ultratumba que no sólo será capaz de presenciar tu verdadera acción revolucionaria, sino que aún más grande que Bolívar y Páez juntos, las prisiones, las calles, la televisión, paredes, camiones su presencia se hace cada vez mayor, el pasado ya no existe o al menos el ministerio propone que recordar, por eso la diferencia entre los legítimos y los usurpadores de las instituciones “recuperadas” radican en la simpatía con el presente que propone el gran hermano y sus lacayos. Hasta los chulos en los burdeles bolivarianos dirán con orgulloso tono “Ahora si tenemos putas”.
De allí, resulta congruente hablar incluso de la misma ceguera puesta y auto impuesto de los humanos que se encuentran en un pedacito de tierra particular, los mecanismos de represión, de propaganda hacen que la estupidez y repetición de consignas pro partido, a veces por omisión hacen de ellos sin quererlo, parte de la sociedad de cómplices de la historia, participe desde un púlpito que tienen no por azar del destino, sino por una incansable lucha de otros que hoy apaciblemente se empeñan en regalar. No es casualidad por ejemplo que los discursos escolares (causado por el político-militar) sean fuertes, el rito de la efeméride y la ignorancia anclan el misticismo patriótico del poder, los estudios son pasado y no existe la reflexión. Por eso abundan los murales, verdades y verdades enseñando el nuevo evangelio que por su carácter implícito de lo mítico – religioso no acepta discusión alguna.
Pero ubiquemos un parecido que puede ser un hecho tomado de la realidad, el que pueda tener capacidad para ubicar, al menos se encuentra parado en la acera del presente.
“Era un hombre muy grueso, pero activo y de una estupidez asombrosa, una masa de entusiasmos imbéciles, uno de esos idiotas de los cuales, todavía más que de la Policía del Pensamiento, dependía la estabilidad del Partido.
En el Ministerio estaba empleado en un puesto subordinado para el que no se requería inteligencia alguna, pero, por otra parte, era una figura sobresaliente del Comité deportivo y de todos los demás comités dedicados a organizar excursiones colectivas, manifestaciones espontáneas, las campañas pro ahorro y en general todas las actividades «voluntarias»”
Como se trata de un discurso, por demás intencionado y viviendo dentro de un presente escabroso, cuyo sentido parece ese (a menos que sea posible vivir el despertar), y a la expectativa de ser acusado “criminal mental” por la policía del pensamiento, no queda más que preguntarse lo que wiston escribía en sus notas, como símbolo de su creciente disidencia, presentes en la ficción-realidad de Orwell:
“Volvió a preguntarse para quién escribía el Diario, para el pasado,
para el futuro, para una época imaginaria? Frente a él no veía la muerte, sino algo peor— el
aniquilamiento absoluto”.

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