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Ettore Majorana – La posibilidad de un discípulo de Fermi en Venezuela

El anuncio de un correo entrante hace que gire y fije mi atención en la pantalla que aún no ha entrado en modo suspensión. El fondo de escritorio aleatorio se ha detenido en un paisaje marino del siglo XIX. Una flota de bergantines ha quedado atrapada en medio de una feroz tormenta, están tan inclinados por el viento y el fuerte oleaje que es fácil intuir que están a punto de naufragar. Con el paso del tiempo los colores se han vuelto tenues, macilentos, desvaídos, las naves parecen ya esqueletos de peces espada flotando a la deriva. Es una escena que me produce un profundo desasosiego.

Siempre le he tenido miedo a las aguas profundas. Mis primeras experiencias en ferris, peñeros  y esas chalanas cruzando al Orinoco las recuerdo ahora como horribles pesadillas,  y si tuviese que hacer una lista de las cosas que miro con recelo seguro empezaría con las piscinas olímpicas, con esos ríos que dan la impresión de no tener fondo, con esas ensayos de fosa de Las Marianas  que siempre están a unos metros de la playa, y claro, por qué no, los cenotes mayas.

Hace ya demasiado tiempo que desistí de usar como muletilla alguna impostura freudiana, así que lo asumo como una aspecto de mi personalidad que no me llevará a convertirme en asesino serial; en algo molesto pero tan banal como el lunar que tratamos de ocultar, un sarpullido inocuo pero  recurrente del ser, por ponerle algún nombre; el motivo por el cual me cago más del susto viendo La Tormenta Perfecta, que frente a un Freddy Krueger, un Jason o una sierra eléctrica en Texas. En fin, si tuviese que hacer una lista definitiva de las pocas cosas de las que estoy seguro, de las que tengo absoluta certeza, sin duda la encabezaría en triste hecho de que nunca practicaré el buceo recreativo.

En los años ochenta, Elaine Morgan, una venerable anciana galesa se hizo famosa al lanzar la hipótesis seudocientífica del mono acuático, que afortunadamente no avalaron ni los biólogos ni los antropólogos, y cuyos libros supongo sólo compraron algunos despistados deseosos de contribuir en forma altruista a su fondo de retiro, y seguro, me atrevo a pensar, uno que otro profesor de alguna universidad latinoamericana con fuertes deseos de sobresalir y posar de postmoderno. Es difícil a estas alturas de la vida acariciar la idea que provenimos de un homínido que huyó del charco, rechazó el cobijo de los manglares y la vista idílica y reconfortante de lotos y nenúfares, para adentrarse en las interminables sabanas africanas, donde sólo encontró a la insolación, la sed agobiante y el salto  constante a los árboles para evitar ser la cena de alguna fiera salvaje. Es obvio, me niego a esa posibilidad y aplaudo los científicos que rechazaron la idea por absurda y poco probable.

Es por esa razón, tal vez, el morboso interés que tengo por  aquellas personas que han escogido las profundidades acuosas para suicidarse: Alfonsina Storni, Arthur Cravan y Harold Crane, por mencionar sólo algunos. Para las razones de sus suicidios existen demasiadas teorías: las hay de todo tipo, desde las policiacas hasta las ontológicas, deteniéndose de vez en cuando en estaciones poéticas como la bilis negra (la melancolía, pues), el saudade moderno o el decimonónico esplín de los poetas malditos (ah! el spleen, qué extraña obsesión por el bazo, y haciendo una asociación libre y fácil, no hay que olvidar que ese órgano duele cuando se bebe mucha agua). Pero para explicar el por qué escogieron el medio líquido como arma para detener el mundo y bajarse, existen pocas.

Me imagino que las razones son sencillas, el por qué siempre alimenta la narrativa, le da sustancia al mito, despierta nuestra imaginación. El cómo sólo parece interesar a lo forense, ha sido relegado al aburrido rol de llenar folio tras folio en los juzgados y las avarientas oficinas de seguros. No obstante, es difícil apartarse del determinismo y señalar detalles que pueden ser fundamentales. Si conocemos la vida de Hemingway, ¿no es acaso consecuente que para terminar con sus días haya elegido una escopeta? No lo imagino cortándose las venas o lanzándose por un balcón, no va con él. ¿Y Malcolm Lowry? No hay mayor coherencia con su vida y obra que despedirse de este mundo deslizando unos barbitúricos en un vaso lleno de su whiskey preferido, es una coda que raya casi en lo poético.

El mar fue un leitmotiv en la obra de Alfonsina Storni, no es extraño que decidiera poner fin a sus días yéndose a recostar arrullada en el canto de las caracolas marinas, como dice la famosa canción. Athur Cravan, cansado tal vez de recibir tantos knock outs en su vida, decidió sostener al final un último gran round con Poseidón, sabiendo que sería derrotado de nuevo pero a lo grande.

No se trata entonces de lo casual, del azar, de lo fortuito, ese razonamiento llano de que si tenemos un arma en casa, para qué ir a la farmacia a comprar veneno para las ratas. O si  vamos en un barco y tenemos el suicidio agendado, aprovechemos y saltemos por la borda, las corrientes marinas servirán de cómplices, borrarán cualquier rastro, cualquier huella. O algo así como un conato de sesgo cognitivo, como cuando te quieres dormir y te tomas 60 pastillas para escapar sólo unas horas, y te las va la cama convencido que te has tomado sólo dos pastillitas.

 ***

Pocos años después de la muerte de Gardel, empezó a circular en cafetines y reuniones de salón bonaerenses la historia de que por los barrios de Medellín deambulaba un hombre con el rostro y otras partes del cuerpo desfiguradas por quemaduras  cantando tangos con la misma voz del zorzal criollo. No pasó mucho tiempo para que amigos del cantante, periodistas ávidos de noticias y hasta la famosa Sofía Bozán, se interesaran por la leyenda urbana y patrocinaran expediciones a Colombia para verificar su autenticidad. No es de extrañar que no encontraran nada.

Algo parecido sucedió con el Mariscal Ney. Después de su fusilamiento, empezaron a surgir teorías conspirativas que aseguraban que sus amigos masones, junto a oficiales y soldados aún napoleónicos fervientes, habían fraguado una ejecución falsa, y le habían ayudado a escapar de Francia. Se sabe por lo menos de dos Mariscales Ney en Estados Unidos, objeto de investigaciones, libros y ensayos, que tratan de esclarecer la veracidad delos hechos desde el siglo XIX.

Como diría el famoso filósofo argentino Santos Discépolo, qué falta de respeto, qué atropello a la razón. Gardel no murió en un hospital, ni perdido en la selva o el mar. Falleció en un accidente presenciado por numerosos testigos, tanto funcionarios del gobierno y personajes famosos como personas del común, que sustentar que logró escapar de las llamas del avión o de algún hospital se hace bastante difícil y que los exámenes forenses de los cuerpos fueron una patraña. En aquella época los hermanos Castro aún no estaban en el poder en Cuba, no existía la CIA y los primeros bosquejos de la futura KGB en Rusia estaban muy ocupados enviando  a miles de sus coterráneos en viajes de turismo a Siberia, amén de que el aeropuerto de Medellín era casi un potrero, como muchos en el mundo, donde las personas simplemente se hacían a un lado de la pista a esperar el aterrizaje de los aviones, en fin. El Mariscal Ney fue fusilado después de un largo proceso, y su ejecución fue presenciada no sólo por sus simpatizantes, sino por sus enemigos más acérrimos, éstos últimos seguramente muy interesados en comprobar que las balas dieran en el blanco y exigir un tiro de gracia si hubiese sido necesario.

Si existen innumerables leyendas urbanas sobre las falsas muertes de personas cuando se tienen sus cuerpos enterrados bajo tierra, no es de extrañar que sean más abundantes cuando las personas se han perdido o han desaparecido. Aún hoy en día existen nietos, bisnietos, tataranietos de americanos y nativos de las islas del Pacífico que aseguran haber oído alguna historia de sus mayores acerca de Amelia Earhart siendo apresada por japoneses, raptada por alguna tribu, o sobreviviendo de la pesca en alguna isla paradisiaca. Y como siempre, las pruebas son fehacientes, como las de los ovnis: alguna foto fuera de foco, ajada y borrosa, alguna película de baja definición demasiado granulada, con tantos cortes y movimientos bruscos que entrever alguna figura se convierte en acto de fe, o el testimonio incontestable de haber escuchado a alguien decir que alguien escuchó a alguien decir algo, con una mano en la biblia y la otra en el corazón. Es decir, todos requieren una calistenia de la imaginación demasiado extrema, como cuando te paras frente a una obra de arte moderno y tratas de entrever su significado.

El caso de Ettore Majorana es otro ejemplo. Aún en pleno siglo XXI, después de 75 años, siguen surgiendo teorías tratando de dar cuenta de su desaparición. Y en cierto sentido no es extraño, si tenemos en cuenta que sus trabajos sobre física cuántica y de partículas aún hoy son objeto de las más rigurosas y serias investigaciones científicas: se habla de espinores de Majorana, masa de Majorana, osciladores de Majorana, de “majorones” (majorons), tanto como de las diferentes variantes de la salsa bolognesa.

Majorana era todo lo contrario a esa imagen popular que tenemos de los italianos: era bastante feo, desgarbado, con un cerebro de genio. Había nacido en 1905 en Catania, Sicilia, y desde muy temprana edad asombró  a sus profesores con su gran dominio de las matemáticas más complejas.  En los años treinta, cuando la física nuclear  y de partículas se hallaba aún en su infancia, fue él precisamente uno de los físicos teóricos que tuvo el privilegio de amamantar y cambiar pañales a la joven disciplina, aunque no vivió para verla ya crecidita pariendo engendros (bajo la tutela de Fermi, entró a formar parte del selecto grupo conocido hoy como los Ragazzi di via Panisperna, famoso por el descubrimiento de las propiedades de los neutrones lentos, que llevó al primer reactor nuclear y después a la bomba atómica).

El 25 de marzo de 1938, Majorana abordó un paquebote de la sociedad Tirrenia que hacía la ruta Napoles-Palermo y despareció para siempre, al menos oficialmente. Al pasar de los días, y sin tener noticias suyas, Enrico Fermi se preocupó seriamente y le pidió personalmente ayuda al Duce para encontrarlo, aunque su esposa Laura cuenta que le comentó que Ettore era demasiado inteligente y que si estaba decidido a desaparecer nadie sería capaz de encontrarlo, pero que sin embargo había que considerar todas las posibilidades. Se hizo una investigación a fondo, avisos en periódicos, revistas, en postes y oficinas, se ofreció una fuerte recompensa, sin obtener ningún resultado.

No pasó mucho tiempo para que empezaran a aparecer las más variadas hipótesis sobre su desaparición. Majorana era un hombre profundamente religioso, así que empezó a circular la historia que se había internado en un monasterio para alejarse del mundanal ruido. No faltó el viajero casual, buen observador, que creyó reconocer al físico entre un grupo de monjes en algún rincón escondido de Italia.

En 1975 el escritor da Leonardo Sciascia publicó un libro en el que apoya esta teoría, y me atrevo a sugerir que coincide con la más reciente del físico portugués Joao Magueijo (sí, el mismo que sostiene que la velocidad luz no ha sido constante  a través de la historia del universo), que sugiere la homosexualidad del físico desaparecido, la cual había sumergido al nervioso e inseguro Ettore en una profunda crisis que lo llevo a encerrarse por meses en su casa, alejándose de una madre despótica y de un fuerte sentimiento de no encajar en el mundo de los chicos de la vía Panisperna.

La posibilidad a ser descubierto por sus colegas y la mirada viril y asesina de los Camicie Nere debió ser bastante aterradora. No es entonces difícil pensar en la posibilidad de la vida monástica, al fin y al cabo durante toda la historia muchos homosexuales han hallado refugio y complicidad en los brazos amorosos del Vaticano. Bueno, las lesbianas también, y las pobres exseñoritas embarazadas que fueron internadas en conventos contra su voluntad (en la demolición de conventos alrededor del mundo se han encontrado zonas dedicadas exclusivamente al enterramiento de fetos y neonatos, religiosamente beneficiados para ser acogidos en el reino del Señor para ocultar el pecado de sus progenitoras, que dedicaron el resto de sus vidas al ejercicio a la oración y la divulgación de las bondades de la moral cristiana).

Sin embargo es una hipótesis bastante débil, tambalea desde sus bases, y no precisamente por el tema de la homosexualidad. En un país con la sede de la santa iglesia apostólica romana incrustada en las entrañas, ¿qué sentido tiene ocultar que se ingresa en la vida monástica? Majorana no era una persona célebre en la época, sus colegas lo hubiesen extrañado un poco pero hubiesen seguido adelante sin él, como de hecho lo hicieron, su familia lo habría apoyado.  José Mojica, en México, decidió vestir las faldas franciscanas en la cúspide de su carrera, alejándose del cine y de los escenarios mundiales (y de la cama de muchos machos mexicanos). Sus fans lo apoyaron, y las ancianas beatas lo admiraron aún más.

La idea de un físico de la talla de Majorana en el seno de la iglesia Católica es demasiado atractiva desde el punto de vista del pensamiento contrafáctico: hubiese podido hallar por fin la relación del entrelazamiento cuántico y la santísima trinidad poniéndole fin a siglos de discusiones teológicas, o explicar de una vez por todas las levitaciones místicas y el don de ubicuidad de tantos santos y santas desde el punto de vista de los saltos cuánticos. Hubiese podido también dar por fin la razón a Newton de que los milagros sí son posibles, haciendo la entropía a un lado y callando de paso a los fastidiosos Spinoza y Hume, entre otros.

Debido a su estadía de varios meses a principio de los años treinta en Alemania, los teóricos de la conspiración han elaborado la hipótesis quizás más oscura e infame sobre su desaparición: había huido, de incógnito claro, para colaborar con los nazis en un incierto proyecto nuclear del que no se sabe nada. Sin embargo, en una época en que el Führer y el Duce sostenían un apasionado romance y sus pueblos compartían la misma fe (además de la católica), es poco probable que hubiese tenido que ir a trabajar por la puerta trasera cuando ya lo había hecho a la vista de todos.

A pesar de todo, y en pleno siglo XIX, se retomó ésta posibilidad al aparecer una foto de Adolf Eichmann a su llegada a Buenos Aires. Los Conspiranoicos sostienen que trabajó todos los años de la guerra bajo órdenes del régimen nazi, y que posteriormente huyó con algunos jerarcas alemanes a la Argentina, y después a Venezuela.

El supuesto Majorana (izquierda) al lado de Eichmann

En el 2008, durante la transmisión en Italia de un programa de TV llamado «Chi l’ha visto», un hombre llamó afirmando que había conocido a Majorana en Venezuela. Según su testimonio, había conocido a Bini (Majorana) en Valencia, gracias a un amigo mutuo argentino, que le aseguró que se trataba del famoso físico y que se habían conocido en Buenos Aires.

Los tres Majoranas: al centro el verdadero, a la izquierda el recién llegado a Argentina, a la derecha el Bini de Venezuela

El antiguo inmigrante cuenta que Bini tenía el cabello blanco, pero aclara que era el cabello blanco de alguien que alguna vez lo han tenido negro. Hablaba con acento romano pero se veía que no era romano, de 50 o 55 años, parecía un príncipe, educado, aunque bastante tímido, siempre en silencio, y se le invitaba a salir a algún centro nocturno nunca iba. Y que había obtenido la foto como respaldo a un préstamo de 150 bolívares. La descripción que hace da la impresión de ser el esfuerzo por hacer coincidir la información que ha adquirido recientemente de Majorana con el recuerdo de un Bini que conoció en Valencia: Bini tenía acento romano, Majorana era siciliano, Bini tenía el cabello blanco, Majorana tenía el cabello negro y su piel era bastante morena, etc.

De hecho todas las hipótesis son verosímiles porque se basan en premisas verdaderas, en detalles reales que pueden adquirir nuevas dimensiones al ser manoseados exponencialmente:  era demasiado callado, trataba siempre de no llamar la atención, de pasar desapercibido, vestía siempre correctamente, era muy religioso, se educó con jesuitas, alguna vez hizo comentarios antisemitas, en una carta se refirió a sí mismo en términos femeninos, su tez era tan oscura que sus amigos lo comparaban con un sarraceno, había trabajado en Alemania, etc.

Sin embargo no se puede dejar de sentir la necesidad de recurrir a la navaja de Occam y no precisamente para cortarse las venas: en una de sus cartas a su amigo Carreli le dice que ha tomado una decisión que era ya inevitable, que no hay ningún egoísmo en ella y que comprende los problemas que acarreará su  improvisa desaparición. A sus familiares les escribe subrayando que tiene un solo deseo: que no vistan de negro, y que si se quieren ajustar a las costumbres, usen algún signo de luto pero no más de tres días, y que luego lo recuerden, si pueden, en sus corazones y le perdonen.

Para terminar, disculpen la licencia, recurriré a la ayuda del querido Vonnegut, recordando el grafiti que leyó en un baño público y que usó al final de su Deadeye Dick y que parece bastante pertinente en este momento:

 “To be is to do”—Socrates.
“To do is to be”—Jean-Paul Sartre.
“Do be do be do”—Frank Sinatra.

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