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Juan Domingo Perón, o esto ya lo había vivido

 

Indro Montanelli fue un gran escritor y periodista italiano, nacido en 1909. En su juventud fue fascista, cuando Mussolini estaba en su apogeo; sin embargo, por avatares de la vida tuvo la oportunidad de conocer al monstruo por dentro y se asqueó, tomando una posición netamente contraria a partir de ese momento. Fue tan independiente como para ser acusado a la vez de fascista y de comunista; por su parte, se definía anarco-conservador. Logró ser amado y odiado por igual a través de su larguísima carrera; como muestra de ello, basta señalar el atentado del que fuera víctima en el año 1977, cuando una célula de las Brigadas Rojas lo marcó como objetivo político y lo abaleó. Tiene en su haber unos 70 libros, de historia y crónicas por lo general, más un enorme número de artículos de prensa, acumulados en sus más de sesenta años de carrera activa.

Uno de sus mejores libros, en mi opinión, se llama «Los encuentros (Gli incontri)». Si se quisiera reconstruir la historia mundial de la primera mitad del siglo XX, yendo de lo particular a lo general, ese libro daría material suficiente. Se trata de centenares de semblanzas de personajes de toda índole y de todas las nacionalidades, que Montanelli tuvo la oportunidad de conocer en muchos casos a profundidad.

En estos días me invitaron a participar en un proyecto literario, y acudí a ese libro para buscar documentación. Debo aclarar que el volumen llegó a mi casa cuando era un pre-adolescente, tal vez a finales de los años 60, y fue una de mis primeras lecturas serias. El libro en cuestión es, o mejor dicho era, una estupenda edición, encuadernado en cuero y con una sobrecubierta dura que protegía las páginas; me llamó la atención por la forma antes de que por el fondo; lo intuía importante y solemne, gracias a sus caracteres en oro y sus más de mil páginas de papel biblia. Claro que hoy en día su antiguo esplendor desapareció, perdió una de sus tapas y parte del índice al final del volumen, pero su
contenido está relativamente intacto. Lo he retomado en diversas etapas de mi vida, para reconfirmar hechos y datos, y contrastar visiones. Para mí es una especie de referencia rápida, y puedo encontrar con relativa facilidad ciertos artículos por los cuales he pasado antes repetidas veces.

Como es mi costumbre cuando lo tomo de la biblioteca, lo abro al azar en cualquier parte y dejo que me lleve a través de sus páginas; casi nunca me defrauda, pero también casi nunca llega a sorprenderme, dada mi familiaridad con él. Pero esta vez ocurrió algo diferente: conseguí una semblanza que me iluminó como un relámpago en una noche sin luna. Voy a tratar de traducirla de la mejor manera que me sea posible, pero consciente del adagio «traduttore, traditore». Yo saqué mis propias conclusiones, espero que quienes lean el artículo hagan lo propio.

Perón

Desde el balcón de la Casa Rosada, Perón le habla esta mañana al pueblo. Por más que se haya vuelto fastidioso, como tenor, todavía no tiene rivales. Y un tenor hace falta, en Argentina. Todos bostezan, aburridos. Pero nadie se resignaría a no tenerlo.

La fuerza de Perón está en su logorrea, en la sorprendente facilidad que tiene para reducir todas las cuestiones a términos simples, de divertirse él mismo con sus lados ridículos y de conmoverse con los patéticos. ¿Se trata de responderle a los que lo acusan de haber depauperado el Tesoro de las monedas valiosas y sobre todo de los dólares que antes abundaban? Perón se asoma al balcón, abre los brazos como para abarcar toda la multitud que lo aclama, y se encadena: «Hermanos míos, dicen que nuestras finanzas están mal porque se acabaron los dólares. Yo soy un hombre del pueblo, un hombre como ustedes, y de estos asuntos no entiendo mucho. Tal vez sea cierto que hoy no tenemos dólares. Tal vez sea cierto que ayer teníamos. ¿Pero cuantos de estos legendarios dólares, hermanos míos, fueron a parar a sus bolsillos?» Grito de la multitud: «¡Ninguno!»

Y Perón continúa: «¿Cuantas veces, en los tiempos en los cuales se dice que Argentina los regurgitaba, vieron ustedes un dólar?» Grito de la multitud: «¡Nunca!» Y Perón sigue: «Ni siquiera yo, que soy un hombre del pueblo como ustedes, los he visto. Y cuando voy a comprar un kilo de pan, no es con dólares que pago, sino con pesos. ¿Y ustedes?» Grito de la multitud: «¡Nosotros también!»

Y entonces Perón, siempre en el mismo estilo y con los mismos argumentos, se presta a desarrollar sus concepciones económicas. Y todo está claro. No hay problema, como dice. Y los descamisados desalojan la plaza, después de un derroche de osannas y de aplausos, convencidos de ser la gente más rica sobre la tierra y de saber más, sobre economía, que Ricardo y Pareto.

Fue con esta misma simplicidad que enfrentó hace algunos meses el problema de las relaciones con la iglesia y respondió a los que trataron de disuadirlo de llevar a cabo las acciones peligrosas que estaba a punto de acometer. Pero no lo hizo solamente desde el balcón y para uso de los descamisados. Lo hizo en su despacho presidencial de Casa Rosada, con cuantos acudieron a consultarlo y a aconsejarlo. «¿Yo, anticatólico?» Le dijo al nuncio apostólico. «¡Mire!» Y señaló hacia el crucifijo que le cuelga encima de la cabeza. «Tengo otro en la cabecera de la cama, en mi quinta. Y todas las noches me arrodillo delante de él y rezo. Rezo por el alma de mi inolvidable compañera…» y en ese momento
la voz se le rompió en un sollozo que a su vez le rompió el corazón al prelado. Quien regresó a casa convencido de que se trataba de habladurías. El presidente había respondido a todas sus peticiones: «¡Cómo no!, no hay problema… Pero claro, es sencillísimo…». Y, después de que saliera el nuncio, firmó la ley que ordenaba  exactamente lo opuesto a lo que había prometido.

Sin embargo Perón no es un mentiroso, y ese es su secreto. Él actuaba de completa buena fe cuando le decía al nuncio que cada noche reza por su alma y por la de su inolvidable compañera. Tal vez lo hace realmente, cuando se encuentra entre el crucifijo y el retrato de Evita. Tal vez se da golpes de pecho y llora. Pero después le vienen a decir que un un cura en Córdoba o Entrerrios habló mal de él o lo que es peor, de la difunta; entonces regresa furioso a Casa Rosada, abre violentamente las puertas del balcón, y a los descamisados que acudieron en masa anuncia la reforma laica con un lenguaje digno de Martín Lutero, se calienta, se exalta, trasciende en la herejía y sobre la ola de aclamaciones que surgen desde la plaza anuncia, o hace anunciar, la cruzada contra la iglesia: «¿A quien prefieren, hermanos? ¿Al hombre que les habla en un idioma incomprensible, dándoles la espalda, o el que les habla en su mismo idioma mirándolos a los ojos?».

Naturalmente, una vez que se formula el problema en estos términos, no pueden existir dudas sobre la respuesta.

Algún bienintencionado trata de advertirlo: La Argentina es un país, si no de profunda fe, ciertamente de arraigadas costumbres católicas, garantizadas por la férrea unidad familiar, por la severa y susceptible monogamia, por el crédito que todavía tiene la virginidad de las mujeres solteras. Es un país, Argentina, en donde los cafés, hasta aquellos iluminados con luces de neón, con pretensiones modernistas, tienen dos
compartimientos: para las familias, y para hombres solos. Pero Perón no le da importancia, dice «no hay problema» y ordena combatir la familia introduciendo el divorcio, y mortificar la austeridad instituyendo los prostíbulos, el comercio de pornografía y los shows de «streep tease».

El nuncio regresa con la cara contraída por el esfuerzo de parecer severo. No lo logra completamente, porque es un hombre dulce, de pálidas mejillas debajo de la canosa cabellera, iluminadas por dos grandes ojos azules. Y delante de ese prelado, que se encuentra más a gusto en la indulgencia que en el anatema, el crucifijo es tomado por Perón con ambas manos, y con un largo monólogo, salpicado de «pueblo, popular,
justicia social, verdad» demuestra que todo lo que hace lo hace por y para el Evangelio. Se vuelve a conmover, llora, besa el crucifijo. Besa el anillo del nuncio. Y cuando éste le pide reconsiderar ciertas decisiones, que desorientarían las conciencias de los católicos argentinos, responde «¡Cómo no, cómo no! No hay problema…».

Es la respuesta que le diera también a los generales la mañana del 16, cuando, justo después del primer bombardeo, Lucero lo hizo conducir (los maliciosos dicen: traducir) frente a ellos, al Ministerio de Guerra. El golpe de los Comandos de Marina había fallado, pero podía renovarse como de hecho sucedió un par de horas después, y por las calles estaban disparando. El vicesecretario de la Confederación General del Trabajo, De Pietro, había radiado a los descamisados la orden de dirigirse a Casa Rosada para apoyar al padre del pueblo, al Hermano de todos. Decomisando todos los medios de transporte, a costas de la vida de sus conductores de ser necesario. Pero la situación estaba en
manos del Ejército, es decír, de quienes lo tenían detenido. Entre las condiciones que le impusieron para respaldarlo estaba también la de echar para atrás la lucha contra la Iglesia. Pero Perón pareció caer de las nubes ante esa petición. ¿Había él luchado contra la Iglesia? ¿Cuándo? ¿Él, el hombre del crucifijo, el viudo de Evita la Santa? Lo generales lo conocen porque es uno de ellos, aunque haya sido un poco olvidado; y no se contentaron con su palabra, quisieron garantías. «¡Cómo no!», respondió Perón, «no hay problema…». Y tomó el bolígrafo para firmar sobre cualquier declaración que le fuera presentada.

Si, lo conocen, los generales. Sin embargo, ni siquiera ellos pudieron resistir a la capacidad oratoria de Perón, a su ametrallamiento de «patria, unidad, grandeza nacional, honor, gloria…». También porque Perón, pronunciando esas palabras, se conmovió, se exaltó, lloró recordando los tiempos de la Academia Miltar y del Regimiento, los desfiles con la bandera. Y las batallas. Si, también las batallas: no las que el combatió, porque no combatió ninguna, sino aquellas que podría combatir y que tal vez combatirá con sus queridos hermanos generales. Y concluyó aceptando todas sus condiciones: «¡Cómo no!, ¡Cómo no!, no hay problema…».

Si sus interlocutores le creyeron, eso no se sabe. Pareciera imposible, dado que es la tercera o la cuarta vez que ellos se enfrentan con Perón, y le escuchan repetir que en ninguna de sus peticiones hay algún problema, y por lo tanto, como no, serán satisfechas. Y después todo vuelve a ser como antes. Es decir, no todo, precisamente. Algo sustancioso y perdurable, de todas esas crisis, aparece siempre. El «Estado de emergencia», por ejemplo, que una vez decretado, a Perón se le olvida derogar y de hecho está en vigor, ininterrumpidamente, desde hace dos años, y que contempla doble remuneración para tropa y oficiales. Porque también con esto, en el fondo, no hay problema…

¿Sucederá también esta vez, después de la crisis del 16 de junio  que, a decir verdad, fue bastante más seria que las anteriores? Están de por medio cientos de cadáveres, esta vez, media flota aérea fugada a Montevideo, dos almirantes presos, y muchas firmas en muchos papeles. Sin embargo Perón siempre puede objetar, a quien le exija mañana honrar los compromisos, que hay que mantener la plaza en paz, es decir,  la Confederación del Trabajo, acostumbrada a ver en él el hombre para el cual no hay problemas a la hora de realizar reformas sociales. Y solamente él puede hacerlo, porque en el mito popular es «el jefe que cumple».

¿Con quien está, Perón? ¿Con los generales a los cuales garantiza el orden de la plaza, o con la plaza a la cual le garantiza el apoyo de los generales? Tal vez ni siquiera él lo sabe, que le llora lágrimas igualmente verdaderas, con la misma conmoción, a los unos y a la otra, y cierra sus días de lucha contra la iglesia dándose golpes de pecho arodillado delante del crucifijo. Él sabe solamente esto: que nadie, a largo plazo, puede resistirse a sus sollozos, a su sonrisa cordial, a su simpatía humana, a su inquebrantable convicción de que en este mundo no hay problema. Y de hecho verán lo que sucederá también después de los últimos acontecimientos: el prisionero de los generales se embolsillará a sus carceleros, uno a uno, con una simple prórroga indefinida del «Estado de emergencia».

Solo una revuelta inesperada, que le permita a los insurgentes no mirarlo directamente a los ojos y no le de tiempo a él de acudir al balcón, podrá defenestrarlo.

 

 

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