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Yva las Vegas: «Yo no soy una de las elegidas que va a ser millonaria»

© foto de Mérida Marquina

Son cerca de las nueve de la noche del jueves 31 de mayo, en la plaza de La Castellana un grupo de señoras hacen bailoterapia, mueven sus caderas y sus glúteos esperando alcanzar una solidez en las carnes que el tiempo, implacable con todo, sobre todo con el cuerpo, les ha quitado para siempre. Al fondo, una mujer de la misma edad conversa con tres personas, con Noelia Depaoli, que acaba de entrevistarla y con Ernesto Soltero y Mérida Marquina, promotores culturales, ambos de la Organización Corriente Alterna, quienes nos facilitaron todo para que esa entrevista pudiera darse. La mujer me pide lumbre para su cigarrillo. Viste unos jeans rotos y una camisa negra, tiene un bolso colgando de sus hombros. Al igual que las mujeres de la plaza también atestigua el paso del tiempo, su estampa representa uno de los grandes crímenes del rock: envejecer. Tal vez por eso confiesa en la entrevista que hace mucho tiempo se le quitaron todas las ganas de ser estrella de rock.

Yva Las Vegas habla con el gangueo musical de los caraqueños de hace tres décadas, su léxico es una combinación de modismos y anacronismos, de caraqueñismos que pueden sonar cómicos por su desuso. No teme hablar de sí misma y sus gestos buscan enfatizar sus palabras. Lugo de despedirnos de quienes nos facilitaron el encuentro, nos propone irnos a cenar a algún sitio. Está cansada, tiene hambre y sin embargo en ningún momento deja de ser amable con nosotros.

Se relaja y nos empieza a soltar anécdotas. Nos cuenta que vio a Layne Staley un par de semanas antes de morir: “estaba flaquito ya”, dice. Nos habla de Chris Cornell, a quien admira como cantante aunque no tanto como persona. Y aunque le pese el estigma de ser “la que tocó con el bajista de Nirvana luego del suicidio de Kurt Cobain”, no deja de recordar esa época y soltar un cuento: “Krist estaba muy frustrado, porque no fue él que se murió y tampoco el que tuvo éxito después de Nirvana. Dave Grohl supo dejar atrás la leyenda de Nirvana y tuvo éxito con Foo Fighters, Krist no, y eso lo frustró mucho, porque él era quien había empezado en el grupo con Cobain.”.

Noelia la interrumpe y le pregunta por el incidente ocurrido en Discovery Bar hace días cuando, finalizando su presentación, Yva se dirigió a los asistentes para defender su lesbianismo, “Las bolas no las necesito y el güevo me lo mando a hacer”, dijo Yva. Nada muy grave, seguramente a cualquier otro el gesto se le habría perdonado; pero Yva no es una estrella de rock, por tanto no está autorizada a ser, como ella misma se define, “grosera y honesta”. La insolencia en tarima es un privilegio de las estrellas e Yva no es una estrella, por favor tengan eso en cuenta mientras sigan leyendo. También tengan en cuenta que esta no es la historia de una «venezolana que triunfa en el exterior»

Mientras la escucho recuerdo dos cosas: una entrevista de Bono, el vocalista de U2, quien dijo que el gran problema del rock es que si no te mueres joven la gente se siente estafada y empiezan a pedir que le regresen el dinero, y una presentación de The Who en un concierto benéfico a favor de las víctimas del 11 de septiembre, con el grupo en tarima interpretando Who are you, tema que acompaña los créditos iniciales de C.S.I. Las Vegas. La imagen de un envejecido Roger Daltrey, esforzando una voz que ahora no se sabía si era áspera por ser roquera o por el paso del tiempo y el recuerdo intercalado, mientras veía a Daltrey, de aquella legendaria frase del tema más emblemático de la banda: “I hope I die before I get old”. Y me da por pensar, no sólo en Daltrey que no murió antes de envejecer, sino en todos los roqueros que envejecen en Venezuela, en la extraña dignidad que hay en ellos. Después de todo, los que tocan rock en el país saben que nunca serán dioses (elegidos, dirá Yva en la entrevista), nunca serán millonarios, nunca alcanzarán el estatus que les permita montarse en una tarima a ser groseros con el público mientras la mitología del rock te lo celebra y te hace más rico y más famoso. Y sin embargo, a pesar de esto, hay quienes insisten y se presentan en locales diminutos, se someten a burlas, dejan que la pérdida de la gracia y la velocidad, cosas fundamentales en todo cantante de rock, los convierta en el blanco de las risas de un público implacable que, a diferencia de ellos, si supo dejar atrás eso que no era más que una etapa pero que para ellos es una forma de vida. Y no sé, con toda la cursilería del caso, me empieza a parecer medio estoico eso de estar a esa edad tocando en las calles, vistiendo como un punk, viviendo en una pequeña comuna de Nueva York, y seguir rodando, a pesar de dos derrames cerebrales y un infarto, éste último en plena gira.

Ya en la cena, la propia Yva me calla la boca cuando le pregunto por eso. Me dice que la mitología del rock es puro marketing, que no hay nada de real en Bob Dylan o Bruce Springteen. “No es que uno pierda el mensaje. Uno cambia, evoluciona, madura. El mito del rock es un producto hecho por gente que jamás tocó rock. Ellos se aprovechan de un sentimiento, el que tenemos cuando somos adolescentes y escuchamos la radio y de pronto todas las canciones hablan de ti, te hablan a ti, de lo que te está pasando. De ahí crean un mito, que es imposible de sostener. Claro, Dylan y Springteen podían ser “rebeldes” para vender, siempre fueron privilegiados, nunca les faltó nada, estaban cómodos. Pero yo no puedo hacer eso, porque no es honesto. Yo canto, me subo y canto de lo que siento. No quiero que la gente se sienta mal porque tú eres más iluminado y le vas a decir a tu audiencia cautiva lo que tiene que pensar. Yo estoy aquí por el medio, por todo el corazón”. Y luego sigue cenando.

 

A Venezuelan-Born Seattle Native. A Motherfucker.

 

© foto de Mérida Marquina

¿Cuéntame de ti, cuando empezaste a tocar y te diste cuenta que esto era lo tuyo?

Yo no me di cuenta, mi mamá se dio cuenta e inmediatamente me introdujo en clases de canto. Pero el momento definitorio para mí fue cuando una caroreña me empezó a dar clases de cuatro en Barquisimeto, donde vivíamos. Desde ese momento fue como si un bicho malo me picó. Para mí fue una compulsión y más nunca salí de ella.

¿Qué te impulsó a irte de Venezuela a Estados Unidos a probar suerte allá como músico?

Mi mala conducta. Mi mamá y mi papá me mandaron a un internado, aunque, honestamente, yo también me quería ir. En realidad, si lo piensas, fue una cuestión mutua, necesitaba encontrar un rumbo. Y lo encontré: he estado tocando música desde que llegué allá. He cantado en la calle durante veinticinco años. Desde que llegué sentí que la calle es muy importante por la audiencia, ya que nadie tiene que verte, si alguien se para y lo hace es porque realmente quiere oírte. Las emociones son muy diferentes. Y, además, es una práctica, no es lo mismo practicar sola en casa que hacerlo frente a las personas.


Te diste a conocer como bajista y vocalista del proyecto
Sweet 75, formado por Krist Novoselic, luego de la muerte del vocalista de Nirvana. Cuéntanos un poco la historia de esa agrupación. ¿Cómo se formó y cuales fueron sus influencias?

Yo viví en Seattle durante muchos años, y durante el apogeo del movimiento Grunge yo estaba chama, tenía veintipico de años y tocaba en las calles. Los músicos del movimiento nos conocíamos. No éramos amigos, pero sí nos conocíamos. Cuando Kurt cometió suicidio la esposa de Novoselic, quien me había visto tocar en las calles, me pidió que tocara en el cumpleaños de su esposo que fue sólo unas semanas después. Krist estaba muy deprimido. Fui a la casa de ellos con un amigo, Christopher “Cris” González, un músico mitad mexicano y mitad gringo. Allí tocamos unos temas míos que son todos en español, y luego tocamos el Polo margariteño, La vaca mariposa, Juan José… Algunos temas muy emblemáticos de la música venezolana. A los pocos días él me llamó para pedirme que grabara lo que había cantado en su fiesta. Me llevó para un estudio que se llamaba La lavandería y allí grabé dos temas: La vida, compuesta por mí, y mi versión de El polo margariteño.

Después de eso seguimos en contacto, me pidió que fuera a su casa porque estaba componiendo una canción que al final fue Oral health, que terminó siendo el primer tema de Sweet 75. Empezamos a tocar y ya al final de año éramos una banda. El año siguiente firmamos un contrato con Geffen records.

Nuestras influencias fueron muy variadas. Yo no sé mucho de las influencias de él, aunque obviamente venía con todo el material que había trabajado en Nirvana, bandas de rock alternativo y un poco más pesadas. Yo, en cambio, escuchaba a Nina Hagen, Yoko Ono, Black Flag. Nuestra música era una mezcla de Punk con Folk, Grunge y alguna otra cosa que se colaba por ahí.

¿Por qué se separan?

La realidad es que él estaba en proceso de editar todas las cuestiones de Nirvana, y a la hora de la verdad ése es el negocio para él, lo que le va a dar dinero de por vida. Además, a la compañía no le interesaba darnos mucha promoción porque iba a pasar lo mismo que pasó con Foo Fighters. Al final, la falta de promoción nos dolió demasiado. A nosotros nos dieron un avance muy grande, y nos lo gastamos viajando. A veces pasaba que llegábamos a un sitio y nadie sabía que íbamos a tocar. Eso fue muy duro para él y también para mí, siendo primeriza, primeriza estrella de rock (risas)… ahí yo creo que se me quitaron todas las ganas de ser una estrella de rock. En realidad no paga, es muy duro. Yo escuché muy buenas críticas sobre mi disco, pero me bastaba escuchar una mala crítica para que eso me deprimiera y sintiera que no valía la pena. A esa edad todo te pega mucho, sobre todo siendo mujer.

Sweet 75

¿Qué proyecto abrazaste después?

Toqué después en The Stinky Punk Bitches, ahí tocaba guitarra. Yo tenía una banda a principio de los ochenta que se llamaba dos mundos, después pasó a ser tres mundos. Con ese grupo tocaba sólo música venezolana.

¿Qué te trae a Venezuela?

Yo vine a Venezuela a ver a mi familia, a mi papá que está enfermo por su avanzada edad. A eso fue que vine, pero quería aprovechar para promocionar mi disco, I Was Born in a Place of Sunshine and the Smell of Ripe Mangoes (Yo Nací en un Lugar con Brillo de Sol y el Olor de Mangos Maduros), que acaba de salir. Es una compilación de toda la música que he hecho durante lo que va de siglo XXI. Es un disco que produje por partes, a lo largo de estos doce años. La primera parte la hice en Seattle, entre 2002 y 2003, y el resto lo terminé en Chicago hace unos dos años.

¿Por qué te apropiaste de las tonadas venezolanas? ¿Por qué no quedarte sólo con el rock?

Porque yo soy venezolana y eso es lo que toco, es lo que siempre he tocado en los Estados Unidos. Cuando yo comencé con Novoselic yo tocaba esa música. Lo que pasa es que aquí sólo me conocen por eso. Es un problema y un estigma.

¿Has pensado trabajar en algo aquí, con algún músico venezolano, un poco para quitarte ese estigma de ser sólo una cantante rock?

Es que ni siquiera es que estoy encasillada en el genero, sino que lo único por lo que me preguntan es por el bajista de Nirvana. Sólo eso.

Ahora, en realidad es ahorita, desde hace año y medio, que he empezado a conocer gente y músico venezolanos. Estamos en contactos por redes sociales, por Facebook, porque francamente he estado desconectada de todo lo que se hace aquí desde hace mucho. A pesar de eso, sé que hay mucha gente aquí que sabe de mí, pero los medios no divulgan mi trabajo.

Háblame un poco de tu trabajo con el colectivo World beat children of revolution.

Ese fue un colectivo de música del mundo. Tocaban flamenco, salsa, música de Turquía, música griega… En principio fui invitada especial de ellos, pero luego fui parte de la banda. Fue una gran experiencia que me permitió conocer a músicos increíbles que venían de todas partes del mundo.

De todas las canciones que has compuesto, ¿cuál ha ido la que consideras que expresa tu escencia?

Yo creo que la canción que más se parece a lo que soy es Tonadas y cantos, que es una recopilacón de los versos que yo recuerdo, que son versos populares, más otras cosas que yo añadí en algo que yo no llamaría rap, sino más bien declamación.

De lo que has visto, ¿qué opinión te merece la movida venezolana en comparación con la que hay en Estado Unidos?

No he tenido mucho tiempo de ver que hay aquí, pero el show que tuve el martes en Discovery, acompaññada de músicos venezolanos, fue increíble. Todo el mundo dio la talla. Me parece que tienen tanto como los músicos de allá. Creo que en todas partes es lo mismo, la música nos va a salvar a todos.

¿Qué opinas de las descargas de música por Internet, cómo afecta eso al negocio de la música?

A mí el dinero no me importa. Y si me importara tendría mucho dinero ahorita. Yo sé que no soy una de las elegidas, de las que se va a hacer millonaria. Y en realidad no me interesa el dinero mucho, me interesa que la gente tenga la música. Yo pongo mi disco en Internet para que la gente se lo baje.

Y finalmente, ¿cómo te ves de aquí a cinco años?

Yo me imagino que seguiré haciendo lo que el cuerpo me deje. Y también seguiré fusionando todo.

¿Algo más que quieras añadir?

Eh… Sí: ¡Me encanta Caracas! (carcajadas).

 

Créditos.

Entrevista: Noelia Depaoli.

Redacción: John Manuel Silva

Fotografías: Mérida Marquina.

Un especial agradecimiento a Ernesto Soltero quien hizo posible este encuentro.

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