“Yo, y mi habitación helada… sin ella”

Ahora que sigo dado por recordar. Y los recuerdos, se quedaron todos juntos en esta habitación. Y este presente extraño, vaciado en la nada, me arrastra tercamente, aun pasado que todavía duele. Esta soledad, libre de ella, de su sutil presencia, me arrastra sin querer, más. Ahora que todavía, tengo todo muy cerca al corazón; y mis latidos duelen en mi ser. Mis recuerdos nacidos aquí y, a cada rato, – en este espacio frio y vacío – recuerdos, cogidos unos a otros, en eslabones como una cadena de hierro… forman reiteradamente su nombre. Me precipito a pensar en esta perdurable bruma, que por mi forma testaruda de ser; no conseguiré olvidarla.

Porque siempre sobreviene así:

Yo camino, y mis pasos que ahora divagan, me trasladan a otros pasos inconscientes, no adecuados a los míos; a esos pasos que me arrastran a su entrañable figura. Es que retorno siempre a su presencia y la evoco… ¡me es insostenible olvidarla!, ya que la llevo tatuada por todo mi ser. Pero he cogido la manía de interrógame: “¿a dónde se fueron las hojas verdes, y a dónde las flores de mayo?”, esas flores y rosas que yo no escatimaba, en despojarle las espinas ponzoñosas para prodigárselas, en algún aniversario nuestro. O sería que ya soplaban los primeros vendavales del soplo otoñal; y yo no advertía que nos envolvía.

Ahora también, que ocultamente las aves del amor, que anteriormente estaban de mi lado, inesperadamente amontonan en su buches sus melodías que ya no desperdigan; consideraran con su mutismo aseverar más mi dolor. Como que de repente, repaso, que nuestro amor, poseyó todos los tonos del infinito cielo.

Y ustedes, paredes heladas de mi habitación, cuando fueron en su tiempo tibias de pasión, aun cuando no nos daba el reverso la felicidad, y cobijaban nuestra ternura; ustedes fueron testigos, de que: ella era intensamente blanca y buena, y mis manos alteradas en secreto la cogían; era blanca y palpitante, y mis labios vehementes con hondura la besaban. Era alba con exageración… un ser alado, escapado por descuido de algún divino paraíso… creo que fue excesiva blanca para mí… pero no sé por qué; aún afirmo que la merecía.

Es que no advirtió, “que sin ella”, el mundo se me entrega difuso, el saber que desistió ser flor en mis manos para transmutase en hiedra, y ahora resido en una vorágine, hecho exclusivamente para mí. Como que siempre con el mismo eco me interrogo; y su juramento veraz, el que me hizo un día: “hasta la eternidad”; ¿en qué parte de su memoria se diluyó?… ¿o es corto la eternidad para tanto amor?; actualmente acierto que el “fin” es lo únicamente eterno.  De ningún modo le exigí nada excelso a ella, porque ella era mi todo, y ahora sin ella me he quedado en la nada. Es que yo creí y así lo conservo dentro de mí que éramos: ella y yo, o yo y ella, o nosotros… ¡si eso éramos!… conjeturé, que nos hallábamos fundidos en un ideal corazón… y parecíamos estarlos.

Pero, ¿dónde te fracasé, amada maravilla?, ¡¿Dónde?! Sería que quizás te saturé con esa expresión monótona de “te quiero”; quizás esas dos palabras, de cantidades maneras repetidas, derrocharon mis sentimientos, se tornaron insulsas y huecas en tus oídos; ¿y qué podía decirte?… si te amaba, hasta no más. Y como podía hacer, por frenarme ante ti; si hasta ahora mi boca  ha persistido con esos profundos apetitos de decirte: “te quiero”, “te amo”, “te necesito”… “eres mi única”.

No recuerdas por ventura, cuando danzaban desnudas y en balada, nuestras manos atrapadas, arremolinando todas las nubes blancas del cielo, y jugueteábamos por las tardes, con candidez,  con las golondrinas que se  desbandaban de los poemas de Bécquer. Y  calcaban como un buen ejemplo que proporcionábamos nosotros, con caricias y profundos besos: las palomas, los gorriones, los canarios; o alguna pareja enamorada como nosotros, en el fondo de algún parque. Y no recuerdas, como nos contemplábamos sin fastidiarnos, en la distensión plena de la naturaleza, o en alguna playa de un mar ermitaño. Nuestros días eran más que días cabales entre los dos. Eras linda, más que linda, con ganas, en todos nuestros instantes. Y nos considerábamos, un destino señalado; innegablemente el uno para el otro. Y estar encomendados por el auténtico amor.

Fueron bellos e inigualables momentos que ya me están moviendo pena repasar, ya que me conmueven sobremanera mi esencia, como un torbellino infinito que envuelve mi razón. Pero persistentemente en crepúsculos solitarios, adaptadas para la abstracción, me interrogo: ¿por qué nuestra afinidad, que no fue platónica se derrumbó?… ¿o sería un castillo de naipes, que se desmorona ante una pequeña brisa inesperada?

Y posteriormente, al tornarse tan largas, infernales y sombrías mis noches, ya sin ella; de ningún modo percibió, como chorreaban mis gritos mesclados con lloros, en la brisa, llamándola… es que ella invariablemente fue mi temible adicción; mi espejismo, de mi insuperable desierto que reniego quebrarlo;  no obstante  sucumba de sed y se deshidrate este corazón con lágrimas y sangre. El hallarme aplastado así, entre el cielo y la   tierra que estruja el aliento y los postreros suspiros. Es que ella tenazmente me hace falta… fuimos una entera naranja, que súbitamente, es partida justo por la mitad. Pero tu mi habitación, tu nuestra habitación, coloreada en tus tiempos, con nuestras gozos, con nuestros besos, con nuestros delirios, con sus blandas palabras, con las mías, con nuestros susurros, con todos nuestros propósitos, con nuestro perdurable amor. Tú nos conociste desde la iniciación; hasta nuestro final, cuando todo se extenuó.

Y esa tarde, siempre recordaré esa pavorosa tarde: inoportuna concluyente y culmínate. Fijé mi mirada a su interesante figura; ella se sintió inquieta y fastidiada. El frío distante de afuera, a través de la ventana quebrada, de cierta manera nos alcanzó. Y ella se  dispersó de mi vista, de mis brazos, de mis labios y se ahuyentó; hasta el otro horizonte, más allá de mí; donde mis sentidos perdieron  su total realidad personal y  definición. Ella, así como sombra indeterminada, se escurrió en el vacío; ello fue el empiece  terminante. En seguida se mantuvo a mi lado tal vez por rutina, o por compromiso. Nos mantuvimos en suspenso sin murmullos. Estaba nuestra relación torcida, y se enroscaba sin cesar. La estaba perdiendo, con desasosiego; y no fui idóneo de remediar aquello.

Al final, ella no sobrellevó, ésta relación perniciosa, y una tarde ya ensombreciendo. Dijo, unas expresiones que solitas tenían que abatir: “por favor ya no te esfuerces”. Y se despidió, sin ningún beso frio en la mejilla o en mis labios, y se fue  eternamente, reseca sin sabia, sin carácter, transportada por algún viento indiscreto, que le determinó otra ruta… reconozco que por esa lapso, nos había alcanzado la hojarasca deseca del otoño.

Y es que yo no sabía, ni tu sabes habitación fría, que en este precipicio sin sentido, invariablemente se afina la dolencia. Y sin ser vate se prosa, con añoranza y angustia. Son períodos espinosos depresivos, subterráneos de nuestro ser. Y este poema que aspire prosear, ella nunca lo sabrá, porque fue hecho en su sombra, en una madrugada fuera del tiempo. Y lo concebí así:

En esta madrugada no percibo

el eco de tu voz en mi memoria                                                                                                                        ni distingo,                                                                                                                                                                  tu semblante                                                                                                                                                              en la bruma tenaz de la distancia.

¡Sólo yo!… sin fuerzas ni voluntad.

¿Qué horizonte lóbrego me aparta?                                                                                                                  ¿Qué destino caprichoso me maltrata?                                                                                              Distancia y tiempo                                                                                                                                              eso es lo que me mata.

Nostalgia fuerte,                                                                                                                                                que en el espacio inflamas.                                                                                                                                Lágrima tibia… sé por qué                                                                                                                                ésta madrugada sangras.

            Posteriormente se ha manifestado la distancia y el tiempo, con toda su realidad. Sé que el sol se ha ocultado en varias sucesiones. Y yo estoy perdido en esto. Ya no hay salida cuando se involucra con entrega todos los sentimientos; así me digo. Sé que transitas tiempo, en mi reloj y en el almanaque; circulas sin rienda y sin límite. Ya la luna de otoño ha cambiado, de fases en la mudez de la noche. De verdad, así igualmente me dicen, que estos tenaces sentimientos cambiarán de rumbo, no sé cómo, pero así será, desgajando todo en mi ser; hasta desasirme concluyentemente de ella, además yo qué ganaría sin amarme más ella. Y dicen que alguna vez, será; como un velo vacío, que ya no me creará daño, así ella en eso se convertirá. Y dicen que allí se manifestará el sentimiento blanco de la aceptación. Cuando me desate de mi pasado. Siempre es así… o así dicen que es…pero por hoy aun existes en mi sufrimiento.

Pero sin embargo me queda la testarudez y reclamo, así lo concibo. Es que eso éramos: ella y yo, o yo y ella, o nosotros. Pero la conjugación, al concluir, todo en mi latido lesionó… siempre es así, cualquiera tiene que perder, continuamente, y esta vez me tocó a mí; una historia tan vieja y repetitiva, como es: “El rompimiento de un primer y profundo amor”.

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Un comentario

  1. xluis dijo:

    Creo que tiene un exceso de adjetivos y eso le quita fuerza al relato, por lo menos eso es lo mas evidente

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