Irse al país de la nostalgia

El tema de irse del país vuelve cíclicamente entre mis amigos en Venezuela. Sospecho que emerge entre los pequeños espacios que dejan las crisis de turno. A veces es un conflicto político, otras son apagones generalizados, otros son problemas en el metro, o alguna terrible anécdota que denota que la inseguridad goza de buena salud, y los hospitales de mala.

Yo me he ido de Venezuela dos veces. Una a estudiar y volver. La otra a trabajar/aprender, ya con menos certezas sobre si volveré o no. En ningún caso di un portazo al salir, pero hay quienes lo dan, y lo entiendo. Más bien me han dado portazos a mí. Unos me han acusado de apátrida o de no querer a mi mamá. Se me ha lanzado en cara lo que el país me dio. Otros me gritan que el país es una mierda, y que cómo me atrevo a no decirlo claramente.

Quedarse o irse depende fundamentalmente de que está haciendo uno, de que quiere hacer, y en que quiere gastarse la vida. Por ejemplo, si quieres impactar en una sociedad donde tu esfuerzo pueda producir cambios a corto plazo, quédate en Venezuela. Si quieres leer sobre literatura medieval alemana, y sólo hacer eso, pues quizás mejor irte. Si quieres vivir cerca de una playa que esté siempre cálida, subir todos los fines de semana a la montaña, visitar a tu mamá y a tus amigos de siempre, entonces ni de vaina te vayas. Si para ti es imposible pensar que alguien puede no dar los buenos días al subirse a algún bus, o llegar a una panadería, pues no se vaya. Lo va a pasar mal. Pero si usted es un poco desarraigado, o le gustan los retos, o quiere hacer una cosa que cree le irá mejor por allá, pues vaya e inténtelo. El único consejo es que no putee ese lugar de donde viene. Ese lugar lo lleva consigo. Putearlo es cagarse en un rincón del dormitorio. Puede que se sienta aliviado, pero la mierda queda allí, llenándolo todo.

Conozco a varios a quienes no veo yéndose, por lo que hacen. Unos porque tienen una lucha que se da justo en Venezuela. Otros porque quieren hacer mucho dinero, tener servicio en casa, apartamento en la playa, y un carro por miembro de la familia. Si usted quiere vivir mejor que los demás, mejor quédese en Venezuela. También conozco a algunos muy jóvenes que tan sólo mirándolos, sabes que tienen ese descaro que podría permitirles vivir dónde sea. Puede ser por ganas de comerse al mundo, o por una primigenia distancia respecto a todo, a la familia y los amigos.

Los que nos vamos tenemos que saber que nunca terminaremos de llegar. Que aquel portu que se paseaba por todas las expresiones del venezolano criollo, tiene el mismo problema. A veces más leve, a veces más grave. Nosotros, al irnos, lo tendremos también. No habrá hogar de verdad, porque hemos roto con el hogar primero, y por tanto los siguientes siempre estarán en duda. Se trata, por tanto, de saberse transitorio. De mirar con simpatía esa distancia que hace que uno no termine de entender del todo qué le pasa a esta gente que vive en el país en el que estamos.

Ojalá la inseguridad, el costo de la vida, el caos de la ciudad, sea sólo uno de los varios factores. Buscar sólo la comodidad es preludio de una vida triste. Hay otras cosas. Otra fantasía es la libertad, creer que por allá va a poder hacer todo, cuando en realidad será casi siempre un engranaje más. Si hay mucha libertad, mire bien a su alrededor. Es muy probable que estén dejando a la gente a su suerte alrededor.

Juntarse con los emigrados es visitar un zoológico de nostalgias. Unas son románticas, recordando todo eso bonito que dejaron atrás. Arepas que no engordaban, sol que siempre bronceaba y nunca quemaba. Otras se declaran no-nostalgias, pero en medio de la rabia y las maldiciones, se delata que sólo el amor puede producir tanto dolor.

En realidad, incluso viviendo en el país de origen, uno vive lleno de nostalgias. Uno tiene ilusiones sobre el pasado del país, sobre como era la familia, o la música. Uno mira las cosas como están y sueña con un país diferente. Secretamente lo extraña.

Las calles, las plazas, las peluquerías, los autobuses, están llenos de nostalgias superpuestas. De ilustrados relatos que se sientan uno al lado del otro, y sólo comparten los buenos días, o un pequeño comentario que delata si el otro es de mis nostalgias, o de las de aquellos desalmados.

Por eso quizás emigrar es una oportunidad de hacerse consciente de esas distancias.

Haga lo que quiera y no juzgue. Que las migraciones a largo plazo nos traerán paz, y harán del mundo un lugar más interesante. Si va a dar un paso, pues con fuerza. Bien sea el paso de quedarse, o el paso de irse. Que sean siempre pasos, nunca inercia.

Apareció primero en Rayas y Palabras: Irse al país de la nostalgia.

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5 Comentarios

  1. Daniel Pratt dijo:

    Me gusta la pequeña guía que pones en el tercer párrafo.

    Y el último párrafo es clave: sea lo que sea que hagas, migrar o quedarte (si es que tienes las posibilidades) debe ser un proceso consciente. Un paso adelante.

    Si te vas, más vale que te despidas como debe ser y metas en el equipaje algunas memorias de paz, para que no extrañes con desazón ni rabia.

    Si te quedas, más vale que dejes de quejarte. Porque el amor a veces es así.

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  2. adrianonimo dijo:

    La nostalgia no tiene patria y la costumbre de putear todo tampoco

    Muy bueno Héctor, lo mejor que he leído sobre el tema últimamente

    Muchos saludos

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  3. mirco ferri sette dijo:

    Me quedo con la frase “juntarse con los emigrados es visitar un zoológico de nostalgias”. Como hijo de emigrantes me llega muy profundo. Excelente texto, lo voy a recomendar.

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  4. Martha Beatriz dijo:

    El tema no era polémico en el momento que yo salí de Venezuela, sin embargo la situación política lo ha convertido en tal. No se iba tanta gente, pero se iban unos cuantos por razones tan mundanas como la oportunidad de trabajo o tan personales como salir del closet en un país mas tolerante.

    Es refrescante leer una opinión optimista sobre el tema, que reconoce que la nostalgia es un virus que se adquiere fácilmente y no tiene cura, ni para los que se quedan.

    Y resisto la oportunidad de justificarme, de decir yo me fuí por esto y por esto. Ya Venezuela no es mi hogar aunque muchos de los afectos, que es lo realmente importante en la vida, permanecen en forma de familia y amigos.

    Respecto a “putear”, creo que se hace también en el lugar que se llega. Solo el tiempo reduce la intensidad de estas en ambos lados, cuando se entiende que uno renunció a ser un factor de cambio en la ex-patria y que es cuesta arriba – pero no imposible – implementar aunque sea unos pocos en el nuevo sitio. Pero hay que enteder que nuestra naturaleza lleva implícita la acción de “putear” :)

    Saludos Héctor!

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  5. David Marquez dijo:

    Buen texto felicidades. Pero esta escrito solo desde un punto de vista. Desde el punto de vista de alguien que ama a su patria y me parece valido.

    Creo que la importancia del texto es que es el fenómeno de la emigración es un hecho. Números y vidas dan por cierto algo que no se había visto en VNZ y es el emigrar.
    Por ser un emigrante es un tema con el que SIEMPRE me topo. Cada quien lo vive y lo ve desde su propio punto de vista. Y cada quien sacara sus propias conclusiones.

    Estoy de acuerdo contigo en que las migraciones harán un mundo mas interesante. Muchísimo mas interesante.

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