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ECOS

El sonido de los disparos todavía rebota en la habitación del motel. Las ondas chocan contra las paredes pintadas de púrpura, contra el espejo lateral y el del techo. Rebotan y continúan un nuevo ciclo, cada vez con menos fuerza, pero aún se desplazan e interfieren entre sí mismas. Cruzan sus trayectorias con las plumas que brotaron de la almohada atravesada por el plomo y quedaron suspendidas momentáneamente en el aire espeso, pero que luego fueron cayendo como una menuda nieve que desafía la gravedad y baila de un lado al otro antes de continuar su descenso, como si se hubiesen desprendido de las alas del pájaro de la muerte, brillan en la penumbra y se mezclan con el humo de un cigarrillo que ya es mitad cenizas en el cenicero de vidrio sobre la mesita, donde una lámpara con un bombillo de 10 vatios batalla contra la oscuridad para hacerse parte del escenario. Los apagados quejidos del moribundo fueron música celestial para sus oídos, un bálsamo que no calmaba los dolores pero al menos era el placebo momentáneo. Dos horas antes la había detenido en la calle Baker, como si fuese un cliente más. Ella se acercó hasta le ventanilla y mostró todo lo que el push-up podía descontarle al peso de unos senos de copa 32C. El tipo regateó la tarifa y al final hubo acuerdo cercano al veinte por ciento de descuento, tanto por el billete como por el frío de la calle que ya comenzaba a entumecerle las piernas.

 Subió al Impala blanco que olía a humo de cigarro, a restos de bourbon derramado y a comida barata y grasienta.  Quiso romper el hielo preguntándole su nombre o si tenía alguna fantasía en mente. El hombre sonrió ladeadamente sin decir una palabra. Cruzó en la entrada del primer motel 6 que consiguió en la interestatal. Fue a la recepción y pidió una habitación lo más alejada posible de la entrada. Salió con las llaves, condujo hasta la retirada esquina del edificio, sacó una botella de Jack Daniels que cargaba detrás del asiento y subieron hasta el segundo piso. Se quitó la gruesa y pesada chaqueta de cuero y la colocó en el espaldar de la silla. Entró al baño mientras ella lo esperaba en la cama con la TV encendida y le subió el volumen para no escuchar las flatulencias que comenzaron a retumbar detrás de la puerta. En un canal hispano la esposa y la amante le caían a puños y rasguños a un pobre desgraciado que apenas se defendía cubriéndose la cabeza con sus brazos mientras la moderadora hacía su teatro de sorpresa y grito. Salió del baño secándose las manos con una toalla pero aún le seguía la nube de los vapores que habían expulsado de su interior. Le pidió que se desnudara a lo que ella respondió que primero quería ver los ciento veinte dólares. Buscó en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un delgado Colt. La apuntó entrecerrando un ojo y le dijo: soy policía. Arrodillada sobre la cama palideció y dijo mierda, pero para sus adentros.  Desnúdate, fue la orden y ella lo hizo con las manos temblorosas. Primero la blusa y el brassiere, luego la minifalda y la tanga. Mientras el tipo revisaba con la mano libre el bolso, perfecta imitación china de Prada, que había dejado sobre la mesa.  Le sacó el pasaporte.

— Marlene güevara.

— Guevara — Le corrigió ella.

La visa vencida desde hacía más de un año.

— Sabes que te puedo llevar a la migra ¿No?  Pero hoy prefiero divertirme 

Tomó un trago directo de la botella de Jack Daniels, se acercó con la mira apuntando la cabeza de donde un mechón de pelo, pintado de rubio y ennegrecido hacia la base, le colgaba. Le pidió que se acostara y la fue rozando con la punta del arma la frente, los párpados maquillados de color púrpura, la punta de la nariz  humedecida por el miedo. Le restregó una lágrima con la mira del cañón mientras seguía bajando el nivel de la botella. En el extremo del pezón el hierro se hacía tan frío como el hielo y lo hacía endurecerse aún contra el rechazo de cualquiera sensación y el terror recorriéndole todas las nervaduras. El perro reía, bebía y babeaba. Le buscó la boca y la besuqueó, dejándole saliva en el carmesí de los labios. A ella, que jamás besaba a un cliente en la boca, y que ahora movía la suya con asco y repulsión. El tipo continuó bajando con el extremo del arma por el vientre, le dibujó círculos en el ombligo, jugó con los arabescos de un tatuaje encontrado en el camino  y continuó hacia el sexo afeitado recientemente. Llegó hasta los otros labios y hurgó donde los pliegues internos se amontonaban y despertaban unos quejidos involuntarios.  Cuando alcanzó la entrada enrojecida de la carne e introdujo la punta del extremo cilíndrico cargó el gatillo como si estuviese listo para un duelo. Tal vez por el miedo a una vergonzosa muerte o por el eléctrico contraste de la temperatura entre el metal y la tibieza de sus adentros, se orinó del susto y el perro rió, bebió, aulló y se babeó. Sacó el arma humedecida fuera del cuerpo y comenzó a aflojarse el cinturón, a soltarse el botón, a bajarse el cierre y el interior, con la mano libre y sin llegar siquiera a su objetivo se descargó con espasmos enfermizos y jadeos caninos, dejando las entrepiernas y la cama salpicada. Se acostó a su lado aún con bufidos de cansancio, encendió un cigarrillo al cual dio dos bocanadas, lo dejó en el cenicero sobre la mesa, y se quedó dormido.

Ella no quiso moverse por unos minutos hasta que los ronquidos la convencieron que podía hacerlo. Se limpió con una esquina de la sábana. Sin siquiera vestirse le quitó de la mano el revolver al perro que no dio señales de vigilia. Con los brazos temblando y respirando profundo le apuntó al pecho. Pero así no valía la pena, no se conformaría con tan poco. Con el pié descalzo le pateó la pierna que colgaba del borde de la cama y luego de varios intentos el tipo despertó. Pudo verle el pánico y el asombro dibujados en los ojos bien abiertos mientras se cubría instintivamente con una almohada al frente. El primer disparo atravesó sin el menor esfuerzo la tela y el plumaje hasta llegar al plexo solar. El efecto le levantó los delgados brazos a ella y una vez que el peso del arma llegaba nuevamente hasta apuntar a su objetivo volvió a disparar, rasgando las telas de la almohada y atravesando el cuello del perro. El eco del primer disparo y el del segundo se interceptan en la habitación como una ola de mar que se retira y otra que llega. Las ondas agitan levemente las plumas que el ventilador de techo dispersa por todo el espacio y le van cubriendo el cuerpo desnudo hasta convertirla en un ángel que resplandece en la penumbra de una luz débil. Era como la primera nieve que había visto caer en aquel país que no era el suyo y con el que siempre había soñado para ser completamente libre.

William Guaregua

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