La Ciudad de Cristal

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Capítulo 1

El despertar

Desperté ese día sola en mi cama, recordando toda la discusión de la noche anterior con el, el resolvió irse de la casa y yo opte por dejarlo tranquilo, ambos sabiamos que nuestra relación necesitaba un periodo donde los dos nos separaramos para decidir si valía la pena continuar o seguir cada uno un rumbo diferente. Me levante de la cama sólo vistiendo una camisa blanca y unos mini shorts azules, me arreglé y me dispuse a buscar un marlboro y un encendedor, me sente en un sillón de la sala y empecé a fumar mientras veía como la lluvia seguía corriendo por mi ventana, el loft se sentía vacío y relajante, mi única compañía era mi perro Max, mientras fumaba empecé a sonreir, después de todo había pasado mucho tiempo desde que estaba sola con Max y no recordaba lo bien que me parecía.

Me di cuenta que si él no regresaba no lo extrañaria mucho, tendría más espacio en el loft, no me preocuparía de cocinar a otro, ni de esperar hasta largas horas de la noche solo para enterarme de que mi pareja dormiria fuera de casa, por primera vez luego de 3 años de relación me sentía libre y era bastante reconfortante, termine mi cigarro, subí las escaleras para cambiarme de ropa y me dispuse a sacar a pasear a Max, había terminado de llover, y recorrimos la misma ruta de siempre.

La ciudad se encontraba tranquila esa mañana, la gente me saludaba, los chicos me miraban con interés, los niños jugaban en el parque, los ancianos alimentaban a las palomas, la plaza estaba repleta de gente, el mercado también, aproveché de comprar los viveres que necesitaba, regresé a casa, le serví comida a Max y aproveché de llamar a mis amigos, hablamos, reímos y cuadré para salir esa noche con ellos para festejar al Salón Amatista la mejor discoteca de la ciudad, subí me maquillé, me puse una mini falda de jean, un top negro, unas sandalias negras, me coloqué perfume y fui directo a la camioneta de Juan -un ex novio al cual no había podido olvidar, más sin embargo quedamos como buenos amigos- y arrancamos,  en el camino me quedé observando las luces de las calles y las casas, en medio de la poca niebla que empezaba a aparecer en la ciudad, parecían pequeñas luciérnagas la luz de los faros y la ciudad tenía un aire misterioso y encantador a la ves. Al llegar al Salón Amatista me topé con una desagradable sorpresa…

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