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RUTA 6 – VIAJE N° 5 (E/R/B/I/L/A/D/I/A/C)

Encabezado R65

Feliz. Estoy feliz y aunque no lo estoy, hoy lo quiero demostrar. Sonrío. Nunca nadie me ha visto sonreír en una Ruta 6 porque el simple hecho de que exista es una razón para ser parte del melodrama cultural que sucede dentro de sus cuatro paredes metálicas. Es difuso el recuerdo pero aún persiste, se adentra en mis noches y me pide explicaciones. Algunas veces con resquemor, otras menos elocuentes, me solicita el beneplácito de contarle de nuevo su propio recuerdo. El amor es una vaina que no se mide, no necesita ser algo para molestar los días. Ese día que fingía ser feliz (viajar en mi horno favorito es una de los grandes atractivos de la ciudad), subió en la misma parada que yo una chica de ojos color castaño oscuro, pelo largo, rulo y prominentes tet… técnicamente estaba linda. Buenas proporciones y grandilocuencia. No sabía que las caídas libres se disfrazan de belleza.

Tampoco sabía que por más que uno lo intente, los recuerdos siempre se repetirán desde el último al primero como una forma de soportar las heridas que puedan causar. Esta es mi caída libre hacia una suspensión de las garantías ideológicas de una relación jamás gestada.

NOTA: historia patrocinada por un amigo que me la volvió a recordar en un viaje de Ruta 6 camino a Humanidades (ironías de la vida).

***

Me dio una cachetada que hizo que el cachete me ardiera, ese que siete semanas antes ella había besado pícaramente. « ¿Cómo es posible que me gustes? Ahora sí me volví loca, de panita. ¡Tú lo que eres un mamarracho, escuálido perdedor!» me gritó consternada. «Ahora sí me puse bueno yo. Debe ser que estoy encantadísimo de la vida. Cuando supe que estudiabas una carrera humanista me encantaste mucho más chica. Me enamoraste pues, pero ahora veo que simplemente esta vaina no va pa’ ningún lado con esa mentalidad tuya»  respondí. « ¿Cuál mentalidad?». «Estefanía, ¿es que no lo ves? Esa mentalidad de foca, de ciega, de una chama tierrúa». Sólo sentí el rasgado en mi piel. Las uñas me las había clavado en la cara. Estaba poseída por el espíritu de la Quinta República. Lo que sería la celebración de nuestro primer mes terminó en el final de todo, en la ruptura escandalosa, en el devenir de los insultos, los golpes, la patada en la entrepierna y una botella quebrada en el carro de mi papá. Era 7 de Octubre de 2012. Mala noche para celebrar algo, ni siquiera el Huguito en camino.

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Me clavó las uñas en la espalda, necesitaba aire. Me arrancó el cuero y me bañó en rojo rubor. Sonreía. Yo sonreía de verdad. Estaba feliz. Ella estaba sonriendo con su cuerpo desnudo, cubierto por la luz opaca de la habitación. ¿Qué puede suceder cuando el silencio se convierte en creación accidentada, en adelanto generacional, en pérdida de libertad? El silencio lo colmaba todo y nos desnudaba los secretos y las creencias. Pero de repente vienen las palabras y lo echan a perder todo, a enlodar la belleza, a quemar lo precioso y a diluir lo construido sobre bases de arena. El tema vetado salió a la luz  y nos encandiló los deseos que inconscientemente se convirtieron en odios. « ¿Cómo que partidista chico?» exageró con la teatralidad que ya le había conocido con el pasar de los pocos días. « ¿Ahora no lo puedo ser porque tú lo digas? Estás equivocada. Debe ser que tú no eres partidista». «Yo no, pero sí tengo mis ideas y las apoyo a muerte. Tan buen momento para que vengas tú a decirme que eres partidista. Vístete y te vas chico. No te quiero ver en esta vaina, me cortaste el rollo» dijo a quemarropa y me sacó de la cama. Me vestí con furia, ella ni me miró. Puso VTV y luego Vale TV, se puso a ver una película de Chaplin que se mezclaba con propagandas de los logros de la Revolución. Un payaso tratando de imitar a un comediante pensé. «Aunque sea me debes decir algo Estefanía… creo yo» dije. «Sí, que te vayas. Qué decepción chico». Ya ni los desnudos nos salvaban.

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Nos besamos en secreto, en el pasillo de la casa de un amigo de ella. A media luz le descubrí los labios jugosos, la boca traviesa y el aliento a los extintos chocolates JET. El aliento se le confundía con el sabor a ron con Coca-cola y el cuerpo con superficies bajas que mis manos descubrían con cada acierto de bocas. Ahí, con la necesidad animal de comernos, con la conciencia obnubilada por el alcohol y con poca cosa que hacer nos hicimos novios. Par de pendejos que querían comerse el mundo y que lo único que se hicieron fue devorarse en violencia ideológica cada uno.

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Lo único que discutíamos era lo que ella quería que escribiera en mi columna. Reíamos y nos contábamos las historias, las situaciones comunes y la línea editorial de la columna. Nos gustábamos al punto que nunca terminábamos el trabajo de la publicación. La necia costumbre del atolondramiento romántico nos derribaba las barreras ideológicas hasta entonces desconocidas. Pero pienso que la columna fue el punto de quiebre, el derrumbe de las bases de arena. Aquel día, cuando la conversación derivó en las diatribas ideológicas, ella se resumió a comer los chocolates JET que le había llevado y yo a tomarme otro trago del alcohol que nos había sobrado de la Peña Literaria a la que asistíamos los últimos tres miércoles del mes como “conocidos”. Estefanía y yo simplemente no nos atrevíamos a decirnos las cosas a la cara.

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« ¿Has pensado en la caída libre de las cosas?» me preguntó Estefanía la segunda vez que salimos. « ¿Cómo es eso?». «Yo estudio Filosofía, ¿verdad? Bueno, a nosotros nos pidieron pensar sobre la caída libre de todas las cosas. Ahora yo te hago la misma pregunta» dijo mientras comíamos tequeños en CHOPS. «Cuando dices caída libre pienso que todo está condenado al fracaso, al olvido y a la desidia y eso no me parece bien. Venezuela, por ejemplo, está en caída libre en pleno año 2012. No hay valores, ni agentes que los garanticen ni ley que los respete. Entonces me gustaría hablar, mas bien, de una ascensión libre porque si todo tiene su caída, imagino yo, debe tener también su ascensión, su redención de errores, su fe de errata». A la final, todo derivó en un beso y en el conocimiento de los desnudos como relleno de los esporádicos silencios de nuestras conversaciones. El miércoles siguiente comenzamos a asistir a la Peña literaria que presidía un amigo como “conocidos” y como forma de salir a una cita sin llamarlo de esa manera. Pero esa noche en que elucubrábamos sobre las caídas libres, pensé que el desnudo, la carne y la profundidad lo solucionaba todo, incluida la concepción prematura de una relación en caída libre. Pero me equivocaba: todo en Venezuela va en caída libre.

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El sol arreciaba y me hacía brillar los dientes. La enorme sonrisa se extendía desde una oreja a la otra (cualquiera pensaría que era militante del PSUV). Necesitaba sonreír, o simplemente reír de algo o alguien, de su intelecto, de los errores graciosos, de una forma de comedia endógena llamada debate político. Necesitaba algo y nada a la vez. La chica que subió antes que yo en la parada me miró (qué ojazos tan lindos tenía). Estábamos codo a codo, mano con mano en la baranda y por detrás los contorsionistas otrora pasajeros regulares, que se afanaban en llegar a la puerta de salida. Ella me iba a decir algo pero el tlan-tlan-tlan de un pasajero, sonido que traducido significa en palabras maracuchas “mardito déjame por aquí” nos interrumpe. Y comienza la cuenta regresiva: el conductor no detiene, se escucha un silbido, no hay parada, dos y tres silbidos, llegamos a la esquina de la cuadra y no se detiene, tlan-tlan-tlan-tlan, sigue de largo, el hombre hunde el metal de la puerta dándole patadas para llamar la atención del conductor, éste se para furioso y la puerta cede con dificultad (un autobús con más de cuarenta años de uso ¿o abuso? no creo que aguante tanto) y los insultos van y vienen de todas las partes; desde el pasajero que se bajó dos cuadras después de donde se iba a bajar, pasando por el conductor que “no había escuchado porque no gritó” hasta la cacofonía literaria de la demás fauna transportada. Ella no dijo nada, sólo rio y su sonrisa sincera me hizo sonreír como un tonto (Efecto PSUV lo llaman, pero sólo sucede cuando ven una foto del Comandante sonriendo). « ¿Qué cosas, no? Uno consigue de todo aquí» me dijo. Yo asentí. «Ni te imaginas. Hasta creo que podría escribir una columna» respondí. Ella rio con el comentario. «Sería interesante. Me encantaría leerla. Hazla y vas contando esta locura». «Viajando cada día tengo material para toda una vida. Sería fino, vamos a ver qué sucede». A la final, ella se bajaba en el Banco de Venezuela de Cecilio Acosta y yo cuatro cuadras después. Me dio su número y me dio un beso pícaro en el cachete. Sin duda, no era salivoso como el de Mariíta. Se llamaba Estefanía y pasé por alto la camisa que rezaba ¡Chávez corazón del pueblo!

Pobre de mí que nunca aprendí a discernir cuándo estaba en caída libre hacia algo impropio de un ideal amarillista.

***

¿Habrá una ascensión libre?

¡Hasta pronto!

 

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VIAJE N° 6: FERNANDITO Y EL DRAMA DE LA TERCERA EDAD.

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