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Las salas del Pánico: los cines de Estados Unidos y Venezuela

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Tan lejos y tan cerca. Las salas de cine tienden a unificarse alrededor del globo. Lo venimos estudiando como fenómeno desde hace algún tiempo atrás, cuando le dedicamos un documental de la serie “Estado Crítico” a la mundialización del formato multiplex.
En nuestro último viaje a Norteamérica, descubrimos la persistencia de la tendencia y su amplificación mainstream. Ello naturalmente mata la diversidad y homogeniza los contenidos, pues el medio es parte del mensaje y del masaje intelectual. Por los lares de la oferta, no hay nada nuevo bajo el sol.
Sin embargo, a segunda vista, el negocio de la exhibición sufre un cambio dramático, a consecuencia del incremento de las políticas del miedo, la paranoia y el sentimiento de pánico generalizado ante la impronta del terrorismo doméstico y extranjero. Procedo a explicarlo con un ejemplo concreto.
Visitamos la cadena Regal en un par de ocasiones. La primera vez advertimos la presencia de un policía armado en la entrada del recinto, quien con su cara de pocos amigos ejercía un efecto especial de disuasión y represión en el público.
A Claudia y a mi nos echó una mirada de Terminator, de arriba hacia abajo al momento de pasar delante suyo por el pasillo principal.
La situación era idéntica a la institucionalizada, a raíz del once de septiembre, en las aduanas y aeropuertos. Pero se trataba de una secuela de la siniestra y terrible masacre perpetrada durante el estreno de “Caballero de la Noche Asciende”.
Paradójicamente, a escasos metros del lugar, un local vendía fusiles deportivos y escopetas de cacería. En el siguiente mall, expendían sofisticados aparatos de defensa personal como si fuesen caramelos y chucherías.
Es el doble rasero denunciado por Michael Moore en “Bowling For Columbine”.
Las condiciones para el acontecimiento de un próximo atentado, continúan siendo las mismas. Por tanto, el esfuerzo del realizador cae en saco roto.
El problema de responderle a la locura de los asesinos en serie, con más esquizofrenia aupada por la fundación del rifle, es la consolidación del círculo vicioso.
Para rematar el cuadro, adentro Tarantino justificaba la venganza, por la propia mano, a punta de plomo cerrado y puño limpio. Es como regar el fuego con gasolina, aunque la culpa no sea de Quentin y su pieza se burle de las cacerías revanchistas del sueño americano.
A la semana entrante, regresamos al sitio. Claudia y yo esperábamos en una mesa ubicada frente a la caramelería.
De repente, comenzamos a discutir sobre la obra de un autor amado y odiado. Ella lo criticaba y yo lo reivindicaba. Como es normal, la conversación cogió calor y elevamos el tono de voz por la emoción. A lo mejor es la costumbre por años de mantener un programa de radio en conjunto. En un instante, Claudia sostuvo el discurso por un minuto y yo me paré del asiento para ir al baño. En el camino, un dependiente, con pinta de agente encubierto, me detuvo y me preguntó: ¿señor está bien, la dama lo está molestando, necesita ayuda? Yo quedé sorprendido por la pregunta y no alcance a responder. Él repitió la interrogante y finalmente pude comprender y replicar: “no, muchas gracias, la dama es mi novia y solo estamos discutiendo”. El hombre escuchó con cara de nada y huyó por la derecha.
Luego se lo conté a Claudia y le pareció insólito.
El asunto se presta a debate. Uno piensa si el remedio cura de verdad la enfermedad o la estimula en el inconsciente. Sea como sea, tiene su lógica muy gringa y pragmática.
A la plazo, constataremos sus resultados. Por lo pronto, refresco una imagen de la ironía. Los chicos salen de la sala y juegan en una maquinita de video, donde matan seres humanos por puntos.
Con Zizek comparto la idea del trasfondo del simulacro virtual. Es una coartada para ocultar y liberar nuestro instinto de destrucción mutua asegurada.
De retorno a Caracas, el panorama no es distinto o alentador. Las salas le dan la espalda a la polis y buscan refugiarse en bunkers de aire acondicionado, vigiladas por sistemas de televisión y guardianes de seguridad. Apenas se modifica la fuente del horror.
Ya no es el pavor a fungir de diana de un polígono de tiro, sino la desconfianza generalizada y la preocupación real de ser víctima del hampa o terminar como un muñequito pintado en la acera. Es fácil concluir con una reflexión pesimista. Yo solo acierto a hilvanar un juicio en bucle.
El estado contemporáneo nos gobierna como un Leviatán de múltiples cabezas y formas mutantes. En Estados Unidos se llama Obama.
En Venezuela recibe por nombre Hugo Chávez.
El régimen despótico de ambos funciona por un simple principio de administración militar del espacio. En sus países, las personas son como lobos y ellos ocupan la silla presidencial, para evitar el caos e imponer el orden. Por desgracia, la promesa de seguridad se les escurre entre los dedos.
Por tanto, el ciudadano escoge la vía rápida y compra su pistola a falta de resguardo. La miseria incrementa el robo. La pobreza la convierte en profesión. Nos conducen lentamente a una escabechina. La transmiten en directo por televisión. La moraleja de “Django Unchained” da en el clavo. Somos protagonistas de una fábula de vaqueros en el lejano oeste. ¿Toca comprarse un hierro?
Dios nos agarre confesados, con el fuco en la cintura.

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