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El Infierno de Amuay


Lo decía Jean Baudrillard. El poder es una ilusión, un holograma, un espejismo asentado en una estructura de simulacros, de mitos y cuentos de camino.
Por ello, el sistema de control le teme a la realidad. Mucho dinero se gasta en manipularla a placer a través de los medios de comunicación.
Pero de repente, surge un evento impredecible, un 11 de septiembre, una catástrofe ambiental o ecológica.
A partir de entonces, la fachada antes descrita comienza a desplomarse, como el muro de Berlín a raíz de la Perestroika, cuando la apertura de una pequeña rendija de luz trajo aparejada la caída de un régimen de sombras y mentiras.
Así es la debacle de Amuay, la crónica de una mala noticia anunciada, donde se desnuda el artificio del dominio de la situación. Nada más lejos de la verdad.
En consecuencia, hemos sido testigos de las peores 72 horas del proceso en mucho tiempo.
Los periodistas del canal del estado pagan caro su pésima formación delante de las cámaras y demuestran su nula preparación para manejarse en momentos de crisis, de contingencia.
A falta de voceros confiables, el chavismo debe apelar a una fila de personajes carentes de credibilidad como Elías, Mario Silva y Ramírez, quienes tampoco saben transmitir calma a la comunidad.
En lugar de ello, se muestran nerviosos, enervados y paranoicos, exacerbando la ola de rumores y la incertidumbre de la gente.
La democracia resulta herida de muerte ante el derroche de improvisación de su clase dirigente. Prepárense porque apenas arrancamos.
Mientras tanto, el vacío se llena con especulaciones, teorías de conspiración y tesis alucinadas, sensacionalistas.
Se suspende el simulacro electoral y se anticipa la suspensión de la elección del 7 de Octubre.
No en balde, Hugo la tendrá cuesta arriba para reponerse en las encuestas después de protagonizar su agosto negro, casi una estocada al final de la faena.
El futuro luce de pronóstico reservado. Compren provisiones y aguarden por la aplicación de una terapia de shock.
En efecto, ya rige una suerte de ley marcial y toque de queda en Falcón, cuyo destino tiende a aproximarse al de una cinta distópica, de ciencia ficción, con saqueos, escombros y zombies.
Una especie de secuela de «La Hora del Lobo», «La Carretera» y «Guerra de los Mundos» en un paisaje colmado de cenizas y memorias calcinadas.
Si el deslave de Vargas tuvo su efecto en el cine, también lo tendrá Amuay. Ojalá no sea necesario esperar por 10 o 12 años para hablar a viva voz de su historia, de su derrumbe estético y moderno.
Salvando las distancias, la foto de los campos desolados y quemados, evoca a las imágenes de la segunda guerra, de Hiroshima, de la zona cero de Nueva York, de Vietnam, de Fukushima, de Chernobyl, de la Divina Comedia de Dante.
Nos faltará la impronta de un género como el manga y el animé para exorcizar y conjurar los ecos del Apocalipsis Now.
Ellos en la red de La Hojilla intentarán minimizar los daños colaterales, anotándole las bajas a la Guardia Nacional. A fin de cuentas, son venezolanos con o sin uniforme.
Otro problema. Los militares son rencorosos y no perdonan. Verbigracia el Comandante en Jefe. Ya le deben estar pasando la factura. El estallido amenaza con escapársele de las manos, como una fuga de gas. La mecha del calvario se acaba de encender.
El mundo al revés. Los culpables y los villanos somos nosotros, los encargados de hacer preguntas.
Prefieren la censura y el silencio.
A los inoportunos nos condenarán a la hoguera.
Buscaremos resucitar de las cenizas.
Debemos solidarizarnos con las víctimas. Acude a tu centro de acopio más cercano.

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