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MTV Music Awards 2011: Puñaladas Traperas y Crímenes Imperfectos


«Los Video Music Awards, un día al año cuando MTV pretende que todavía le importa la música. Dibujaré una línea en la arena. Púdranse, VMA».

Adam Levine, vocalista de Maroon 5.

Las críticas contra los MTV Music Awards 2011 comenzaron a llover temprano desde diversos flancos de la prensa tradicional y la red social. Nunca como ahora, la industria y el mercado de consumo lucían tan fragmentados, atomizados y polarizados, alrededor de la entrega del premio. Parte del conflicto se proyectaría sobre el desarrollo de la velada y el seguimiento de la misma por medio de la plataforma de los 140 caracteres, entre enemigos declarados e incondicionales de la iniciativa.

Para los primeros, fue una noche llena de hipocresía corporativa, donde Viacom se lavó la cara, como en un “Teletón” de caridad por la música, mientras hacía un reparto políticamente correcto de su botín comercial y publicitario, sin terminar de decantarse por nadie en especial, salvo por su oligopolio estético de Divas, a la gloria de Katy, Gaga, Adele, Beyonce, Britney, Nicki Minaj y Amy. Puntas de lanza de la estrategia populista de la compañía, concentrada en la reivindicación económica de la demanda y la oferta femenina,al gusto de la dominación masculina.

Para los segundos, la jornada supuso el mejor barómetro y termómetro de la cultura pop y mainstream, para descubrir las modas y tendencias del momento, a favor de los intereses de lucro de los dueños del negocio. Los varones y señores de las sombras escondidos al fondo de la cortina, frotándose las manos por los pingües beneficios a recibir antes, durante y después de la celebración del “reality show”.

En ambos casos, el espectáculo garantizaría un espacio, una vitrina, para atestiguar y comprender el estado actual del fenómeno sociológico de la época. Es decir, la domesticación de la juventud y sus expresiones al servicio de la mafia, de la Gomorra, de los carteles del gremio, cuyos “Padrinos” manufacturan el disenso a la manera de un “Deathmatch” o de un circo romano para estrellas, bajo la promesa de erigir y cincelar la tabla de salvación del público adolescente, en su afán de conseguir sentido a través de la señal y el sermón de la colina de sus ídolos americanos de usar y tirar, de sus tigres de papel.

Por consiguiente, presenciaríamos el último reciclaje oportunista de las vanguardias posmodernas condenadas a reñir y a batirse a duelo, por obtener un mínimo pedazo de la pequeña torta de rating asignada por la VIACOM para tales fines. Por supuesto, los organizadores acabarán concediendo la mayor porción de su migaja anual a los principales títeres de las disqueras, en perjuicio de los verdaderos creadores y representantes de la movida alternativa, al margen del second life.

De la alfombra para adentro, MTV no le reconoció ni le cedió un centímetro a sus competidores de youtube y el resto de los canales.

Por tanto, ello se reflejaría en el devenir de los “perfomances en vivo”, de la escogencia de los invitados y de la ruda selección natural de los ganadores, a merced de la dictadura de los ejércitos y rebaños de chicos lobotomizados por el método conductista impulsado por la regencia de la golosina auditiva.

En consecuencia, Gaga abrió fuegos con su pegajoso y empalagoso disfraz de Joe Caldorne, para hacerle promoción al contenido de su placa,vertido y resumido en el video de “You and I”.

Llegando demasiado tarde a principios de desenfado surrealista y dadaísta, la replicante de “Madonna” volvió a apelar al recurso del carnaval del cambio de identidad, para aterrorizar al “Discreto encanto de la burguesía” conservadora. Irónicamente, es el blanco más vulnerable a comprarle su técnica instrumental de provocación controlada. Al principio, nos causó cierta simpatía verla con un cigarrillo y vociferando un manifiesto de guerra digno de las introducciones intimidantes de Marilyn Manson y Eminem.

De inmediato, tocaría el piano y buscaría el acompañamiento de Brian May, en un guiño al juego de las apariencias de Freddie Mercury para Queen.

Parecíamos recobrar la intensidad malsana de las ediciones de los ochenta y noventa.

Pero lamentablemente, el chiste se agotó y la gracia mutó en morisqueta por el efecto de la repetición de su mensaje. Al final, Lady Gago dejó de ser divertido y hasta molestó cuando intentó robarle un beso a la Britney, para asegurarse un lugar en el podio de las primeras planas.

En un acto de lucidez, Britney le negó la oportunidad a su Némesis de alardear a costa de su imagen de homenajeada accidental y prematura. Muy atrás quedaban los tiempos de aquel roce de labios con la reina del género. Por lo demás, nadie alcanzaba a justificar lo del tributo a Britney, considerando su edad. John Manuel Silva lo deconstruiría en una sólida frase: “recuerden que Britney también está muerta”, en alusión al segmento dedicado a Winehouse por su desaparición física, a quien la resucitaría un predecible Bruno Mars enfundado en un traje desgastado de clon de James Brown.

El insoportable, cursi y egocéntrico de Ruseell Brand escarnecería la memoria de la fallecida, al hablar de su rollo con el alcohol y la droga, según un punto de vista harto moralista. Tu eres la única enfermedad, esposo de Katy Perry. A veces debemos callarnos la boca y evitar las explicaciones.

De regreso a la cronología pautada, a Britney Spears le regalan la estatuilla del mejor video pop. Un robo descarado. La interesante Jessie J abre y cierre los cortes, con su pata enyesada. Una situación embarazosa, aunque involuntariamente afortunada. Es tragicómico y agradable a la visual, contemplar a la muchacha defendiendo su cuota de dignidad.

De facto, Jay Z y Kanye West demuestran sus dotes como raperos. Sacan una bandera a la usanza nacionalista y proletaria de Bruce Springsteen. El remedo del numerito carece de impacto político. ¿Es un empujoncito para la campaña de Obama?

No hay oposición seria en la categoría del metal y Foo Fighters la usurpa con comodidad. Cero sorpresa. El líder invita a no perder la fe y la esperanza en el Rock. Por desgracia, lo dice con igual espíritu de trámite y hastío, al de su victoria anunciada. Paz a los restos del Heavy en el contexto de marras.

Nicki Minaj continúa por la senda del despropósito y el saqueo de materiales ajenos. También sustrae la bóveda de Mejor video de Hip Hop con otro trapo diseñado con las tijeras de Gaga. Todas la imitan por inercia y convierten su guardarropa en foto fija de un fashion desprovisto de originalidad, fuerza semiótica y contundencia. Es un desfile de modelitos kistch de muñequitas infantiles de Galeano.

Perry arranca con su hegemonía y logra acaparar tres hombres de la luna. Comparte número y protagonismo con Adele. Su participación es monocorde, melodramática e intenta complacer las exigencias del target “adulto contemporáneo”. Yo me aburro como una ostra, cuento los minutos, como chocolate, bebo Coca Cola y pienso en las ridiculeces solemnes del Oscar. En su descargo, me simpatizó el plano secuencia programado para rodearla con la cámara.

De facto, le toca a Pitbull interceder por su raza de latinos exiliados y expatriados. La voz de Armando Pérez es imposible de escuchar y sus pasos de baile son tediosos. Su éxito es inflado y no se sostiene en el proscenio. A la porra con él. Para rematar el insulto, Justin Bieber sustrae impunemente la caja chica de mejor video masculino. La estupefacción de los entendidos no es normal. Propios y extraños se sienten estafados.

Lo de Chris Brown en el aire peca de piroctécnico y reencauchado. Es idéntico a su propuesta de danza de siempre. Constituye el guiño Usher de la función. Al menos supo sacarle el jugo a la locación con su puesta en escena de Cirque du Soleil de Las Vegas. Las luces y los rayos laser hieden a cliché, por ratos.

El tributo a Britney semeja un homenaje a sus intervenciones pagadas por El Club Disney. Puro tufo a maternidad, a retiro anticipado y a protocolo de Sábado Sensacional.

En paralelo, Tyler The Creator rompe con el ritmo previsible de la ceremonia de etiqueta y cobra la herencia más justa de la velada: la de Mejor Artista Novel. Mereció el del video año, por su demoledor trabajo en “Yonquers”, apenas rozado en genialidad por el de los Beastie Boys. Sin embargo, la aplanadora edulcorada de Katy Perry los barrió con la absoluta complicidad de los orquestadores de la cura al insomnio colectivo.

No por casualidad, la melcocha de Bruno Mars interpretó “Valerie” para Amy Winehouse, en vez de Tyler, un candidato indicado para la ocasión. En “Yonquers”, Tyler fantasea con apuñalear a Bruno Mars. En los MTV Video Music Awards, Tyler y los auténticos músicos fueron acuchilleados por la espalda, en sintonía con el triunfo de “Fireworks”, un especie de encubrimiento y de tapadera del asesinato de la música por culpa de la entronización de la fórmula del “teenage dream”.

A comparar con el predominio de «Eclipse» y «Crepúsculo» en la cartelera de cine.

El guasón terrorista de Lil Wayne aspiraría a clausurar el cotejo con su pesadillesca versión del audio-tune. Era una patada, una pataleta de ahogado. A la altura del epílogo, nadie podía revertir la conquista de la tiranía del happy ending, del Hollywood bussines.

El Odd Future aguarda, paciente, por su turno.

Esperamos por su revancha ante las evidencias del crimen imperfecto.

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