Soy un aburrido…

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Sí, amor, soy un aburrido…

 

Puedo ver tu retahíla de bostezos que claman en silencio por el cese de mis divagaciones reflexivas que castigan sin piedad a tus anoréxicas neuronas. Puedo ver tu confusión, que es acompañada por una molesta indigestión cerebral que te deja en estado catatónico. Yo que insistía, yo que te daba el beneficio de la duda y racionalizaba el asunto, convenciéndome con la mentira autoinfligida de que no eras tan básica, de que el motivo de tu déficit de atención era el agotamiento por el desarrollo de tus actividades diarias. Luego comprendí que dormir y ver televisión no genera agotamiento alguno.

No salíamos mucho, ya que mis sitios, no eran los tuyos. Pero yo era más pendejo: los tuyos, intenté hacerlos míos. Las ocasiones en las que me aventuré a compartir contigo en una discoteca, tu hábitat favorito, fueron más ridículas que mi primera masturbada de preadolescente: juraba que me orinaba, pero más bien se trataba de una eyaculación de aire que finalizaba con una débil burbuja formada por un intento fallido de semen. Te complacía, y siendo condescendiente, ejecutaba esos movimientos pélvicos tan aceptados y reforzados socialmente.

Realmente reconozco el aporte del baile como activador de procesos lubricantes de órganos reproductores; pero también reconozco que es muy alto el precio que cobra por ofrecer llegar húmedo, caliente y sudado a la penetración: escuchar reggaeton y bailar como zombie un triste misionero vertical con ropa. Sí, tuve que abortar rápidamente esa condescendencia que te regalé. Decido alejarme, decido dejar de hacer el ridículo bailando como reo que no ve a una mujer desde hace años; decido sentarme en un sofá del local y ver como mi hombro sirve de almohada para un desconocido borracho que perdió el conocimiento con su trago en la mano. Él, ahogado en el alcohol; yo, ahogado en el aburrimiento, mientras veo como se estrellan testículos sobre tu vagina resguardada por una fina tela, al ritmo de canciones que invitan a abandonar el recinto, para así concretar en silencio la copulación. Yo lo abandonaba… pero no para copular; más bien para ir decepcionado de ti a reencontrarme con mi computadora en la tranquilidad de la casa. Eras un fraude de novia.

Solamente tu madre te veía con orgullo… Pero bueno, ¿qué madre no lo hace? Hasta en las noticias veo madres llorando, gritando ante las cámaras de Globovisión que su hijo no merecía haber sido asesinado por esos quince tiros y treinta puñaladas que le propinaron; por supuesto, aclarando que él no era un azote de barrio como decían las autoridades, más bien era un muchacho deportista, sano, que no se metía con nadie y que estaba a punto de culminar la Misión Robinson, ya que su sueño era ser Ingeniero Aeronáutico. Así era tu madre, y recuerdo lo insistente y obsesiva que se ponía con el tema de tener nietos, los ansiaba con locura. Creo que son las secuelas del divorcio en edad avanzada: querer un gato, querer un nieto, oír noticias todo el día con el trasero enterrado en un sofá, ver a Locatel como un Centro Comercial.

No me molestan los niños en lo absoluto, pero, sí me molesta imaginar que son míos y que su origen fuese tu vientre. No confío en ninguna hija de puta, y la genética forma parte de ese grupo. La imagino observando desde lo alto, como un ser omnipresente, soltando carcajadas mientras ve cómo arruina la vida de muchos futuros padres. En nuestro caso, seguramente se fumaba un cigarro, al tiempo que veía con sadismo el preámbulo de nuestras relaciones sexuales, cruzando los dedos, esperando que el condón se rompiese y así obsequiarme una hermosa niña que llevaría tu germen maldito de sed de reconocimiento social y hambre de convertir su cuerpo en una vitrina con descuentos.

Tomé cartas en el asunto. Comencé a aplicar mi neurótico método de la “bombita de agua seminal”: luego de eyacular, te dejaba tendida en la cama, y con la excusa de quitarme el condón para limpiarme, me encerraba en el baño, llenaba el condón de agua generosamente y le hacía un nudo. Tomaba esa resbaladiza granada de látex en mi mano, la apretaba firmemente y la elevaba en dirección al bombillo del techo, pudiendo ver en cámara lenta como mi esperma se ahogaba agonizando, mientras yo asentía con la cabeza, mandando un claro mensaje de superioridad intelectual a la genética. Nunca descubrí a algún condón traidor, y de haberlo hecho, no quedaría otra que invitarte a tomar una “pastilla del día siguiente”, posiblemente indicándote que se trataban de pastillas para combatir la celulitis o reafirmar los glúteos. No hay duda, te las tomarías. Y si no aceptabas, pues creo que me obligarías a usar mi implacable método del gancho de ropa con el palo de escoba. Ése no te lo explicaré.

Sé libre, busca tu millón de amigos y vuela alto en los cielos de la banalidad, la hipocresía y la estupidez; del comer hoy pero morirte de hambre mañana. Aunque pensándolo bien, no hagas mucho rollo del futuro, no es de preocupar: tu especie es muy numerosa, y cuando se te caigan las tetas y las nalgas sean dos bolsas de hielo seguramente encontrarás un compañero que hable tu mismo vacuo idioma, siendo incapaz de juntar palabras con armonía y coherencia por más de dos minutos de conversación. Serán el uno para el otro.

Debes aprovechar estos meses que se avecinan: aumenta tu tasa de apertura de piernas y, bajo ningún concepto, permitas que tu víctima se proteja con condón, ya es hora de que regales a tu mami ese hermoso nieto que tanto anhela. No tengas miedo, sé que lo harás estupendo. Además, recuerda que los bebés ya vienen con el pan bajo el brazo, de hambre no morirá el pequeño. Si tu retentiva está de suerte, puedes intentar elevar una plegaria al cielo, pidiendo que te salga una linda hembrita como tú. La crianza se te hará sencillísima, serán buenas amigas. Desde aquí puedo imaginarlas rumbeando juntas, compartiendo un trago bien cargado de vodka, para luego soltar un grito de regocijo al techo mientras se toman de las manos para hacerle un “sanduchón” a algún ingenuo practicante de baile precoital que se emocione al verles el tamaño de las tetas.

No cabe duda de que es excitante la situación, el lesbianismo, por sí solo, es un imán para nuestra atención. ¿Te imaginas madre e hija, desnudas en plena acción? Un incesto digno de porno, una invitación a la masturbación.

Sí, amor, soy un aburrido sin justificación, y desde que me dejaste, ha empeorado esta situación.

Gabriel Núñez

www.conidayvuelta.com

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4 Comentarios

  1. Para que Gabriel, te felicito y me ha encantado… no me siento identificado con mucho del artículo, pero sin duda lo del baile que denotas es algo que me ha pasado mucho… cuantas veces ni siquiera abre disfrutado de una fiesta por que todo era regueton y la mierda…

    Pero bueno excelente tu artículo, espero tus próximos trabajos

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  2. No sabía que también publicabas aquí…
    :S Mucho despiste.
    Tu técnica de “ahogamiento” no me parece muy segura todavía ¿los espermatozoides seguirán funcionales en el agua?Algunos de ellos al menos
    Tú experiencia en las discoteca me dan ganas de llorar…se acercan las vacaciones y tendré que trabajar en una, cosas de la supervivencia. Épico el final incestuoso. No podía ser más acertado.

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  3. buenísimo-cínico!! me preocupa el holocausto a los espermatozoides, mejor guárdalos hasta que les encuentres una buena mamá, una con “tasa de apertura de piernas” menos frecuente y malintencionada :D

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