Thebäerstrasse
-Pedro Enrique Rodríguez
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Era un dato banal, pero la Thebäerstrasse, desde donde B. telefoneó a H. sucumbía a una ráfaga de granizo falso del verano. Desde la cabina telefónica (un armatoste heredado de décadas pasadas, con obscenidades de furiosos punk que, tal vez ya habrían cambiado el desenfreno por una corbata y una oficina de burócrata), B. esperaba la respuesta al otro lado del teléfono, a una distancia melancólica que surcaba el atlántico y llegaba a una habitación desde la que era posible ver un árbol de Ceiba y, más allá, el silencio de un cerro inmenso, una muralla que separaba a la ciudad del mar. La voz de H. respondió en un aló desgastado por la madrugada.
¿Lo viste? preguntó, en búlgaro.
¿Vi qué cosa? respondió H., en el mismo idioma, a medio camino de un sueño en el que la proa de un barco de madera surcaba el mar de los sargazos con la estatuilla de una sirena.
El paquete. Te envié un paquete.
Al frente, en la esquina, un furgón Volkswagen se detuvo ante la señal de sobrealto del semáforo. B. lo detalló un instante, con la mirada lúcida de lo inevitable.
No me ha llegado ningún paquete, ¿qué paquete? escuchó del otro lado de la bocina, entre el ruido metalizado de la comunicación.
Te llegará. Ahora escucha: allí está todo. Léelo con cuidado.
¿Todo qué, B.?respondió H., con un tono de voz desalentado.
B. hizo una pausa. Era importante. Tenía qué decidir. Dos hombres bajaron del furgón. Uno era alto, con un sobretodo color carne. El otro, más bajo, con el pelo corto al rape, mantenía el brazo rígidamente adherido al cuerpo. «Lleva una escopeta», pensó B., con desapegada objetividad. Se repuso de la imagen y dijo:
No tengo tiempo. Sólo te pido que lo leas. Después, decide.
La imagen del barco de madera, la sirena de la proa, todo, se perdió ante los ojos de H. al tiempo que un relámpago iluminó el mar y la cresta de una ola avanzó contra el maderamen.
¿Qué? preguntó una vez más, pero entonces escuchó un sonido que pareció imitar la caída de un trozo de madera; luego, el golpe seco de la bocina golpeando el aparato telefónico.
Danke, Sie sind aber sehr nett dijo una voz umbría, irónicamente amable.
Después, colgó.

