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Muñeca Rota

La habitación era pequeña y fría, las tristes paredes sostenían el rastro de los clavos que allí estuvieron colgados. Ni los directos rayos de sol que entraban con vigor por la ventana calentarían ese ambiente allí contenido. La cama estaba destendida, con la apariencia de llevar así muchas semanas.

Sobre el lecho la muñeca rota tenía sus brazos de tal manera distendidos, que hacían espacio a la ausencia de alguien; su rojiza cabellera ya no irradiaba calor, ni quedaban vestigios de lo flameante que antaño era, la proporción de sus medidas parecía tan matemática que su simetría era molesta.

Desnudo su torso, descalzo y vestido con un jean descolorido estaba Nelson, proyectando su sombra sobre la cama.  Con medio cigarrillo entre sus torcidos dedos índice y pulgar, fumaba con la paciencia que le caracterizaba; era tal su lentitud entre bocanada y bocanada, que se diría que ordenaba a cada músculo involucrado cual debía ser su función, y cual su velocidad para inhalar el humo que luego se dibujaría en espirales iluminados, a través de los rayos del sol que invadía la ventana.  La inocencia de su rostro recordaba con nostalgia la mirada de su muñeca inflable, en aquella época, cuando recién empezaban su pasión.

Anamorfosis

Hola, mi nombre es Ana, mido apenas 32 centímetros y hoy cumplo 68 años. Desde el lugar en que me encuentro es difícil lograr una imagen amplia de lo que me rodea, especialmente porque el líquido en el que me encuentro suspendida no permite que mis ojos consigan ver con claridad las cosas. Durante el día vienen muchas personas  a observarme, como turistas de lo extraño en búsqueda de una curiosa maravilla. Ahí, parados frente al estante donde me encuentro se inclinan a leer la  etiqueta  que describe el que ahora será para siempre mi único nombre: For. Caso -DR.548S.  

Desde el otro lado del cristal puedo sentir el asco y la nausea cuando fijan  sobre mí su mirada. Oigo sus risas, sus comentarios de espanto y burla.  Siento vergüenza, un deseo imposible  de escapar, porque nada queda de lo que alguna vez fui. 

El constante drenaje de fluidos y sustancias para detener el proceso de descomposición me han transfigurado casi por  completo, han hecho de mí  algo irreconocible, una masa de carne hinchada amplificada por el continuo dolor que me producen las distintas tiras de cuero que me han puesto para disimular la herida más extensa y evitar así el riesgo de que en cualquier momento mi rostro simplemente explote.  

Por las noches, cuando todos los espectadores ya satisfechos se han marchado, me convierto en Ana nuevamente, la mujer, la esposa. Puedo escuchar claramente   la voz de mis dos hijos llamándome una y otra vez. Sin embargo,   vuelve también  el recuerdo de esa oscura hora en la que él entró lleno de celos a mi cuarto, cuando  el ruido metálico del hacha atravesándome el cuello llenó cada espacio. Ese  ruido inolvidable sonando  como una sinfonía triste pero hermosa.

Mandujano y su espejo

 Mandujano era un hombre solo, vivía retraído en su piso santiaguino, en su habitáculo infecto de muebles y cachivaches. Era un ser que había nacido para las cosas, almacenaba en bolsas plásticas todo lo que llegaba a sus manos y no quería deshacerse de nada. alguna vez tuvo una novia que le impulsó a botar todo lo que no le servía pero él había preferido terminar con ella antes que hacerle caso.

De joven, Mandujano había sido médico, un extraño internista que cumplía horario en un hospital y que luego disfrutaba su tarde durmiendo siesta. No siempre había sido un solitario, había llegado a la soledad poco a poco. dejando de llamar a los amigos, algunos ya habían muerto.

Mandujano sobrevivía a sus años a maltraer. No cocinaba sino que compraba arroz y, una vez a la semana, algún plato en el restaurante chino de abajo de su piso.

Una noche que estaba encargando chapsui de ave y arroz chaufán una niña cartonera entró al negocio donde él esperaba. Era otoño y la niña vestía harapos, una camiseta fucsia deshilachada y sucia y una falda mal puesta, su pelo era liso pero estaba enredado. Miró a Mandujano con dos hermosos ojos negros y le pidió al hombre una moneda. Mandujano, acostumbrado a no hablar, había mascullado un para de vocablos por supuesto que negando cualquier “aporte solidario”.

La niña pronto había sido expulsada y Mandujano habría quedado libre de polvo y paja si la pequeña no hubiese olvidado una pequeña caja de metal en el mostrador del negocio.

No había nadie alrededor y ya sabemos que Mandujano era un “objetista”, le gustaban las cosas. Tomó la caja y la guardó en el bolsillo de su chaqueta. Tomó la comida que ya llegaba y se la llevó para cenar en su habitáculo.

Cuando llegó a su piso abrió rápidamente la cajita y se encontró pequeñas fotografías, tamaño carné, de una serie de personajes que nunca antes había visto. Ninguna de las fotos era de la niña, pero sí había una mujer con los mismos ojos negros de la pequeña. tal vez la colección de imágenes no hubiesen alterado a Mandujano si este de verdad hubiera estado muerto en vida por dentro, si de verdad la soledad hubiese enfriado, de veras, su corazón. Pero no, quedaba una llamita encendida. se enterneció y esa noche Mandujano lloró. Lloró por su aislamiento, lloró por no tener a quien abrazar de noche, lloró por no saber de risas compartidas, por no tener a quien hacer callar, ni a quien calmar. Lloró por la niña, que andaba recorriendo las calles, juntando cartones, con una serie de fotitos en una caja como si se pudiera llevar a cuestas nuestro “mapa de redes”.

Los afectos de una niña cabían en una caja, los de él estaban desparramados en su mundo de cosas. no quedaban afectos entre sus objetos, ahí había disfrazado inventarlos, pero dentro suyo estaba hueco. Sin embargo, las lágrimas que habían brotado le hablaban de que tal vez fuera tiempo aún para recobrar miradas.

Es excitante pensar en cómo se desvanece el humo de un cigarro, al quemarse la sustancia, de pronto es visible, de pronto no lo es. Mil horas a lo sumo pasé deleitándome con simplezas de la vida, si bien me enriquecieron, ahora tan solo queda el recuerdo de una imagen, una mirada, un gesto, que como el humo, al paso del tiempo desvanecieron, quedando tan solo el recuerdo, o tal vez, la esencia. El presente es efímero, débil como mimbre, firme es el pasado, que por mucho que lo bambolea el viento se mantiene firme.

Me gusta pensar que si curiosos son nuestros ojos, al despertar cada mañana, más curioso se vuelve el día, que de vernos despertar, nunca se cansa.

Vuelve la vista a un lado, al otro, mantente atenta al futuro que si bien el pasado fuera transparente como si fuera oscuro, no hay nadie ni nada, que pueda cambiar esa fotografía. Piensa bien antes de cruzar, pero una vez que estés en la calzada, no mires atrás que... cielito mío, te van a atropellar. Con cariño.

Diosa Terrena

Ella era bella, esbelta, de ojos color violeta; pero se sentía una “cosa viviente”. Sus admiradores (tenía muchos), antes de mirar su exquisito trasero; la consideraban un “objeto”, algo así, como un árbol frondoso, pero ardiente, lleno de lava. Era dueña de unas largas, y bien torneadas piernas blancas; que al caminar arrancaban suspiros de los existentes. Cuando movía sus caderas, era un vaivén de locura; parecía que se regocijaba el universo. Sabedora de ese poder que otorga la naturaleza a ciertas personas; se sentía un puñado de carne hecha para el amor. Era el placer mismo. La muchedumbre le rendía pleitesía a la dama del ensueño. Las mujeres citadinas la miraban con envidia, y una rara admiración. Pero, Cliceria, así se llamaba la preciosa; se sentía vacía, sola, temblorosa, llena de pánico,... una cosa. Odiaba las lides del amor/ Detestaba ser penetrada/ No le interesaba ser el blanco de las miradas ardientes/ No le gustaba posar sus labios en otros locos de amor/ Le disgustaba los vulgares y elegantes piropos/ A ella, Cliceria, sólo le gustaba mirarse en el “espejo azul”, de su recámara; abrir la ventana, y sentirse una “cosa viviente”, palpitante de tanto ser...