Mandujano y su espejo
Mandujano era un hombre solo, vivía retraído en su piso santiaguino, en su habitáculo infecto de muebles y cachivaches. Era un ser que había nacido para las cosas, almacenaba en bolsas plásticas todo lo que llegaba a sus manos y no quería deshacerse de nada. alguna vez tuvo una novia que le impulsó a botar todo lo que no le servía pero él había preferido terminar con ella antes que hacerle caso.
De joven, Mandujano había sido médico, un extraño internista que cumplía horario en un hospital y que luego disfrutaba su tarde durmiendo siesta. No siempre había sido un solitario, había llegado a la soledad poco a poco. dejando de llamar a los amigos, algunos ya habían muerto.
Mandujano sobrevivía a sus años a maltraer. No cocinaba sino que compraba arroz y, una vez a la semana, algún plato en el restaurante chino de abajo de su piso.
Una noche que estaba encargando chapsui de ave y arroz chaufán una niña cartonera entró al negocio donde él esperaba. Era otoño y la niña vestía harapos, una camiseta fucsia deshilachada y sucia y una falda mal puesta, su pelo era liso pero estaba enredado. Miró a Mandujano con dos hermosos ojos negros y le pidió al hombre una moneda. Mandujano, acostumbrado a no hablar, había mascullado un para de vocablos por supuesto que negando cualquier “aporte solidario”.
La niña pronto había sido expulsada y Mandujano habría quedado libre de polvo y paja si la pequeña no hubiese olvidado una pequeña caja de metal en el mostrador del negocio.
No había nadie alrededor y ya sabemos que Mandujano era un “objetista”, le gustaban las cosas. Tomó la caja y la guardó en el bolsillo de su chaqueta. Tomó la comida que ya llegaba y se la llevó para cenar en su habitáculo.
Cuando llegó a su piso abrió rápidamente la cajita y se encontró pequeñas fotografías, tamaño carné, de una serie de personajes que nunca antes había visto. Ninguna de las fotos era de la niña, pero sí había una mujer con los mismos ojos negros de la pequeña. tal vez la colección de imágenes no hubiesen alterado a Mandujano si este de verdad hubiera estado muerto en vida por dentro, si de verdad la soledad hubiese enfriado, de veras, su corazón. Pero no, quedaba una llamita encendida. se enterneció y esa noche Mandujano lloró. Lloró por su aislamiento, lloró por no tener a quien abrazar de noche, lloró por no saber de risas compartidas, por no tener a quien hacer callar, ni a quien calmar. Lloró por la niña, que andaba recorriendo las calles, juntando cartones, con una serie de fotitos en una caja como si se pudiera llevar a cuestas nuestro “mapa de redes”.
Los afectos de una niña cabían en una caja, los de él estaban desparramados en su mundo de cosas. no quedaban afectos entre sus objetos, ahí había disfrazado inventarlos, pero dentro suyo estaba hueco. Sin embargo, las lágrimas que habían brotado le hablaban de que tal vez fuera tiempo aún para recobrar miradas.
-alejandra
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