Este sitio se vería mucho mejor con un browser que soporte estándares web, pero es asequible para cualquier dispositivo con navegador de Internet.





La Aldea

Dir: Night Shyamalan. 2004.

La Aldea es, como se ha dicho por ahí, una “metáfora” sobre el origen y el fin de los miedos en la aldea global. Pero a diferencia de lo que muchos piensan,la cinta no hace apología de ellos.Es decir, no los legitima, los justifica y los promueve como el Departamento de Estado. En cambio, los desmitifica en su forma y en su fondo, cual Michael Moore en Bowling For Columbine y F -9/11.

Por ende, la película desnuda la trampa conceptual de todos los cuentos de la cripta, al desenmascarar a sus creadores y promotores, a sus monstruos y espectros, dejándolos al descubierto como en Scream y El Mago de Oz.

De este modo, el terror se revela en toda su manipulación estructural, como una farsa montada por el poder para perpetuar su hegemonía, como una forma de garantizar la cohesión social bajo la coartada de la amenaza fantasma, la defensa del territorio y la alerta máxima contra el enemigo invisible.

En este sentido, el film hace trizas el discurso dominante sobre el terrorismo posmoderno, al revelarnos su principal función en las sociedades democráticas: infundir temor en la ciudadanía para controlarla mejor dentro de un estado de sitio o dentro de un estado de excepción permanente, con las fronteras clausuradas hasta nuevo aviso.

 Por ello, la aldea de la película guarda no pocas semejanzas con las aldeas medievales, aisladas y limitadas por murallas, linderos y barreras, sin contacto con su mundo circundante. Por lo demás, una constante de algunos países del primer mundo, separados de sus naciones vecinas por muros de concreto como el de Berlín.

Con esta película, el director Night Shyamalan sigue ahondando en las profundidades del cine fantástico, después de haber realizado tres películas irregulares, visualmente logradas. Hasta ahora,su gran contribución al género consiste en retomar sus antiguos códigos de expresión, para narrar historias de plena actualidad y vigencia. No es exactamente un cineasta renovador, sino más bien un director neoclásico como Alejandro Amenabar, cautivado por las señales de distinción de sus antepasados. Sin embargo, en su nuevo largometraje parece cuestionarse así mismo, al controvertir sus típicas estrategias de persuasión :travellings imperceptibles, dollys a velocidad neutro, silencios intrigantes, oscuridades misteriosas, fueras de campo, musiquita incidental como de Globovisión, diálogos susurrados a la cámara y puestas en escena de tinte claustrofóbico.

Para ser consecuente con su punto de vista, la estética de la película asume, en principio, la clásica retórica del terror, en un despliegue de golpes de efecto como de Archivos del Más Allá. Sin embargo, hacia el desenlace de la historia, el espanto, los sustos y los brincos pierden gracia y sentido, cuando se demuestran sus dudosas procedencias, y finalmente, sus trágicas consecuencias en el desarrollo del relato.

En resumidas cuentas, La Aldea es una proyección cinematográfica de nuestras aldeas globales, intimidadas por sus propias fobias y encerradas entre sus mismas barreras mentales, como una urbanización franqueada por garitas y cinturones de seguridad, como una ciudad bipolar donde el este y el oeste fueron divididos por un punto y una raya de carácter imaginario.

 

La gente que no conozco

Estoy en medio del preestreno de Punto y Raya, en el cine Tolón. Cuando veo a la gente a mi alrededor, sólo pienso en una frase de Mercedes Odina: la fama en su muy simplificada versión moderna, se ha convertido en un delirio de grandeza tallado a la medida de la clase media. Y para muestra vaya el botón de los asistentes al lanzamiento de la película de Schneider.

Algunas estrellitas te miran como si tú las conocieras de antes, como si supieras quienes son ellas, como si tu obligación moral fuese devolverles la sonrisa impostada o seguirles la corriente. Por efecto contrario, otras luminarias de la farándula local no te determinan, te ignoran y te hacen saber tu condición de anónimo. No eres nadie, ellos son todo. Hablan entre ellos, ríen entre ellos, se aíslan entre ellos. Aparentan despreciar el contacto con la masa, pero necesitan de su atención, para reafirmarse.

Aquella chica de aquel programa se niega a conceder un autógrafo, mientras camina apuradita con su look de Daniela Kosan en preventa de Televen. No tiene tiempo para don nadies, pero cuando se topa con otro de su clase, le hace la visita de hermana del alma, aunque lo conoce desde hace una semana. Intercambian sofismas, autoengaños y falacias, con una facilidad increíble. En dos minutos, hicieron un breve resumen del acontecer nacional. De la primera página saltaron a la de la farándula, para después caer en las cifras rojas, pasando por alto las columnas de opinión, pero comentando los gritos y susurros de Roland Carreño. Estar al día con todo, los hace creer ilustrados. Estar invitados al estreno de Punto y Raya, los regocija, les mantiene la autoestima en alto.

Pero el futuro cine, como voluntad y representación, les vale madre. En realidad, han venido a ver y a dejarse ver, como caramelos de cianuro en pre-show de MTV. También los mueve la envidia, la curiosidad, la falta de perspectivas y la necesidad de establecer contacto. Dentro de la sala hacen lo que sea por un segundo de reconocimiento. Ríen duro, hablan duro, se esfuerzan por caer simpáticos, pero les cuesta un montón, porque son tremendos saquitos de plomo por naturaleza. No tienen gracia pero se creen formidables. Siento pena ajena por sus acompañantes.

En estos eventos, hay mucha gente bruta, desgraciada, aburrida, acomplejada, sin nada mejor que hacer. Casi todos quieren divertirse, pasarla bien. Otros van con expectativas, con la esperanza de descubrir algo nuevo en la gran pantalla. Pero su ilusión se desvanece en cuanto sube el telón, y el proyector comienza a conjurar viejos fantasmas del cine nacional. Desde finales de los setenta hasta Punto y Raya, nada ha cambiado en el celuloide Venezolano, aunque sí a su alrededor o en su entorno más cercano.

En esto días, la gente de cine es menos humilde y sueña con estrenos al estilo de Hollywood. A su favor cuenta con una plataforma mediática, dispuesta a fabricar estrellas por minuto, a cambio de publicidad, dinero y relaciones públicas. En su contra conspira nuestra falta de autocrítica, nuestro conservadurismo y nuestra soberbia.

Mientras sigamos creyéndonos Copolla, Liv Ullman, Pedro Aldomóvar y Mel Gibson en la alfombra roja del teatro Kodak, jamás llegaremos a ser conscientes de nuestra verdadera condición. En realidad, somos el eslabón más débil de la cadena del mercado tercemundista, y para ser más exactos, estamos muy por debajo del nivel de Argentina, Irán y Pakistán. Sin embargo, celebramos a la grande, para camuflar nuestra inmensa desgracia audiovisual.

Collateral

Dir.: Michael Mann. 2004

I

Si usted es de los que prefiere al Tom Cruise villano de películas como Magnolia, antes que al galancito rompecorazones de Top Gun, Collateral de seguro que le va a gustar.

A su favor, cuenta con la mejor interpretación del protagonista de Vanilla Sky, desde su papel en la tragedia coral de Paul Thomas Anderson.

De igual modo, la película se favorece de la acertada dirección de Michael Mann, quien se reivindica tras su fallido intento de reencarnar a Mohamed Alí en la figura del príncipe del Rap.

Con menos pretensiones que de costumbre, el autor se dedica a hacer lo que mejor le sale: un thriller de alta factura formal y de sombrías resonancias estéticas, con una envolvente atmósfera de Film Noir.

Asimismo, el film se beneficia de la presencia resultona de Jamie Foxx, en la mejor actuación de toda su carrera, al incorporar de manera convincente al chofer de un taxi, secuestrado por un sicario de buen porte, con la misión de perpetrar una serie de asesinatos por encargo. Toda una versión retorcida del argumento de Driving Miss Daisy.

Para quienes esperan una cinta de acción con efectos especiales, Collateral los dejará defraudados. En cambio, aquellos que quieran disfrutar de un film de género, a la usanza del cine negro, no deberían desestimar esta oferta, a pesar de lo que prometen sus estridentes avances. En realidad, además de ser una de las pocas sorpresas de la temporada, la última de Mann es probablemente su mejor película en años.


II

Colateral y paralela al daño irreparable del género policial, causado por los tanques de la meca, el nuevo film noir de Michael Mann sortea el terreno minado por Die Hard, mientras evade en un Taxi de Scorsese el camposanto sembrado por los cadáveres de Hannibal Lecter, por los cuerpos ardientes de Henry, por los restos de Seven y por los últimos vestigios de Reservoir Dogs.

Aunque no se dirige a una zona desconocida como Mullholland Drive, Collateral evita, a toda costa, transitar por la misma ruta de Out of Time, tomando un Detour por la carretera vieja hacia las Junglas de Asfalto de Paul Schrader, hacia las babeles de la novela negra, y por qué no, hacia Los Ángeles de Ridley Scott. No en balde, el argumento de Blade Runner y el de Collateral se corresponden mutuamente, amen de sus paralelismos existenciales, metafísicos y filosóficos.

En el aspecto visual, el autor explota el grano de la tecnología digital, para pintar un fresco opaco, desolador y nebuloso de la realidad de la costa oeste. Al mismo tiempo, el realizador sale del acartonamiento de los grandes estudios, para rodar en exteriores como en la era neorrealista del cine americano. Sus años al frente de la serie Miami Vice salen a relucir en algunas secuencias donde la química interracial surge de manera automática, a un ritmo apropiado para la evolución narrativa.

Mientras sus coetáneos se dejan llevar por la ola posmoderna de Memento, en el sentido de experimentar por experimentar con el tiempo, el cine negro de Michael Mann recupera el sublime aliento de los clásicos, para darle una bocanada de aire fresco a la desfallecida generación de Jason y Freddy, asesinos en serie sin conflicto, complejo y tragedia, resignados a aceptar su pena de muerte en un limbo de eternos retornos. Son máquinas de guerra despojadas de romanticismo y destinadas a brindar catarsis a jovencitos reprimidos y homicidas en potencia.

A todos ellos, Collateral los distanciará no sólo de las bellas artes del gore y de los tintes superficiales de la violencia, sino del meaning of life de las ciudades de la furia y de las metrópolis del desafecto.

Como plus o extra bonus de la banda imagen, la película detenta composiciones recargadas de gran polisemia visual, a ser leídas y analizadas en la comodidad del hogar. Mis favoritas son:

A) La escena de los lobos. ¿Lobos esteparios o lobos come lobos? En todo caso, el punto de inflexión en la personalidad del chofer. Un antes y un después en el desarrollo dramático. El instante del cambio de rol, cuando el conductor asume el control del volante, y el tripulante acepta las condiciones del taxi driver o del piloto kamikaze, devenido coyote al acecho de perros de presa.

B) Toda la secuencia del bar de Jazz. Una pieza de antología, en su implacable injusticia poética.

C) El duelo final. Por respeto no lo voy a contar, pero véanlo y compárenlo con el de Kill Bill 2, para ver cuál de los dos les gusta más. Por ahora, me inclino por el de Quentin, pero sí ustedes me demuestran lo contrario, podría cambiar de opinión. Espero sus respuestas en el foro de cine. Hasta pronto, si tuvieron la bondad de llegar hasta acá.

 

Somos la misma vaina

Por hipocresía, por solidaridad automática y hasta por miedo a quedar fuera del gremio, ningún crítico se ha atrevido a poner a Punto y Raya en su sitio. Apenas Alexis Correia ha contribuido a desnudar a la reina Schneider ante la corte del periodismo cultural, inclinado servilmente a los pies del monarca del horario estelar, Edgard Ramírez, y de su bufón con ínfulas de Guillermo Dávila, Roque Valero. Si verlo dándoselas de Eudomar Santos en Cosita Rica, es peor que calarse a Marisa Román haciendo de María la del barrio, escucharlo en frecuencia modulada es como oír un tema de Pedro Castillo, cantado por Fernando Carrillo. Váyanse con sus canciones a otra parte.

 Por desgracia, así como la musiquita nacional se quedó estancada en la generación Halley, para más nunca avanzar, a no ser para reciclar a Sentimiento y a Zapato Tres, el cine venezolano insiste en arar sobre la zanja de la tragicomedia costumbrista, extinguida y concluida como subgénero en los años ochenta, y mil veces resucitada por la televisión y nuestro bochornoso teatro de variedades, para evitar su definitiva muerte como espectáculo, aunque no como concepto, pues descansa en paz, desde hace tiempo, en los guiones de El Aplauso Va Por Dentro y otras muestras de la claudicación del humor al régimen populista de Radio Rochela, cerrado a la experimentación visual y abierto a la tautología verbal.

Asimismo, la chispa de Punto y Raya se enciende en la palabra, como un yesquero mojado, y se apaga en la imagen en movimiento, desaprovechando los recursos del lenguaje cinematográfico. Si el argumento lo hubiese escrito Rafael Azcona, no haría falta gran despliegue de medios técnicos, en función de la sátira. Pero como no es el caso, el libreto por sí solo no se da basto.

 Todos sus chistes rayan en lo obvio, y necesitan con urgencia una transfusión de mala sangre. Una emisión de Qué Locura es cuatro veces más corrosiva y efectiva que Punto y Raya. Y la pareja que conforman Cachito y Cacique tampoco ayuda. Prefiero ver a Servando y Florentino diciendo incoherencias y cantinfladas en una tarima de Primera Justicia. Al menos, en su esquizofrenia displicente, le dan vida al significado del humor involuntario.

Ni que decir de las viejas manías de la directora y del productor de la caricatura, quienes aplican a rajatabla la ecuación sensacional de sexo, melodrama, acción y carcajadas empaquetadas, para una audiencia como la de Amores de Barrio Adentro.

Ellos me subestiman como espectador. Ellos juran que yo me emociono, cuando Dora Mazzone se rasga la vestiduras, y le menea las siliconas a Valero. O que me da risa que Roque quiera armar un tabaquito en medio de la selva. O que me pongo a pensar cuando alguien dice una frase lapidaria del tipo: “nosotros somos tremendo negocio”. O que me parece tripisima que el tema promocional de la banda sonora sea una cantaleta hip hop con un mensaje edificante: somos la misma tierra, somos la misma mierda, somos la misma …Una guindita sónica para terminar de poner la torta al final, como en Huelepega, cuando se escuchaba la tonada de Sandy y Papo durante la sección de créditos: Camina por las calles del mundo, como si fuera un vagabundo…

Esta tradición de componer o usar tracks de promoción, se viene consolidando en los últimos tiempos, dentro de la industria nacional, aparte de ser un requisito de la telenovela Venezolana, en clara sintonía con la pegajosa balada de Vos Veis para Cosita Rica. Del mismo modo, el rapcito de Punto y Raya favorece su mercadeo en radio, y hasta en televisión, pues ostenta su respectiva versión en video clip.

Otros factores indican el carácter especulativo de la empresa, y en contraste, su absoluta falta de riesgo, a cuenta del cuento de la inversión y la garantía. Tal es el miedo a la debacle y al fracaso en taquilla, que se apuesta todo o nada a los numeritos y animalitos de la chabacanería mediática, en vez de jugar, aunque sea un quintico, a la lotería de los objetos singulares.

El guión simplifica su punto de vista al nivel de una raya lineal e irregular, entrecortada por elipsis de unitario. De negro en negro se suceden acontecimientos arbitrarios, sin justificación de peso y con una forzada interconexión entre sí. Ante la inconsistencia del argumento se apela a la mamadera de gallo, dosificada por sketchs de rango medio, bajo el sistema de Bienvenidos: gag + erotismo + chiste incomprensible +situación + enredo +chicas en pelota. Y como en la historietas de consumo masivo, la gracia de la película queda reducida a una edición de Condorito en la selva, cuyos momentos climáticos exigen una mejor explicación, al igual que su simplona reflexión sobre el tema de fondo.

En tal sentido, Punto y Raya llega a la misma conclusión impuesta por el pensamiento débil, desde sus órganos de comunicación social: la fuerza armada, el narcotráfico, la guerrilla y los paramilitares son la misma vaina.

En contraste, la sociedad civil representa los valores de la amistad, la tolerancia y el amor. Por ende, la película sostiene la visión de una ONG en defensa de los derechos humanos. Y en paralelo, respalda la agenda tardomoderna de un mundo sin fronteras, donde todos podamos vivir en paz y en sana armonía, sin intervención de ideologías, narcotráfico y guerras intestinas.

En el mismo orden de ideas, los orígenes y fines de la guerrilla y los paramilitares son totalmente descontextualizados y banalizados, para no herir los sentimientos apolíticos del hombre mediocre, a quien le gustar creer en los sofismas de la gran prensa, así como en el axioma del Plan Colombia: guerrilla = narcotráfico = terrorismo.

Congruente con su ideario moral, la estética del film dibuja a grandes rasgos un ambiente de inseguridad y desequilibrio, por medio de una cámara intranquila y reporteril como la de La Caída del Halcón Negro. Otra especie audiovisual en vías de extinción.

Lejos de representar una alternativa dramática al canon estético de la televisión dominante, Punto y Raya evidencia la subordinación del cine nacional a las pautas creativas de Estrambótica Anastasia y las culebras de la competencia. Por ello y por mucho más, la película de Schneider y la más reciente de Leonardo Padrón pueden corear al unísono: ¡somos la misma vaina!

Eterno Resplandor: en la línea del olvido

Bienaventurados los olvidadizos pues aprovechan sus errores, asevero Niezteche con ironía, hace bastante tiempo. Estas sabias palabras son el correlato de los personajes de Eternal Sunshine, pues aprenderán muy poco de sus faltas cometidas en el pasado. Y por tanto, volverán a repetirlas en el futuro, una y otra vez como en un deja vu sin fin.

Otros versos de Alexander Pope fungirán de referencia de la ficción, cuando sean evocados por una de las figurantes:

How happy is the blameless vestal's lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray'r accepted, and each wish resign'd

En paralelo y en contraste a la poesía del texto, descubriremos imágenes fugaces de felicidad y pasión, sentimientos pasajeros imborrables para el espíritu.

De momentos así, y de no tan venturosos, se configura Eterno Resplandor, una oda a la locura del amor, en un mundo gris, frío y homogéneo, donde la única alteridad la representa una adorable criatura con el pelo rojo de Van Gogh.

Ella trabaja en una librería, es decir, en el archivo de la historia colectiva. Sin embargo, convive en una sociedad sin memoria, donde el pasado se borra como quien aprieta “delete” en una computadora, mientras el presente se glorifica como una vacuna contra la culpa.

De hecho, la permanente renovación de los acontecimientos mediáticos, surge como una formula eficaz de desviar la atención, de hacernos olvidar el ayer, para inducirnos a pensar en el ahora y en el mañana.

Así las cosas, Eternal Sunshine se sitúa en el imperio de lo efímero, para socavar los pilares de su ética indolora: pasar la página a toda hora y evitar asumir cualquier responsabilidad o compromiso de peso.

En tal sentido, el film cuestiona, como pocos en la cartelera, la entidad de nuestra cultura evasiva, escapista y consumista, de comprar y botar todo al cesto de la basura, de canjear y sustituir hasta la pareja como si de tratase de un celular pasado de moda. Es la sociedad del quita y pon en tela de juicio.

En efecto, estamos aquí ante la anti-historia americana de la destrucción de la memoria, para borrar los malos recuerdos, los desamores en tiempos de cólera, y a un nivel más alegórico, los complejos sentimientos de culpa del inconsciente colectivo de Estados Unidos. Un mensaje oculto entre el discurso manifiesto del largometraje.

Eterno retorno de los fantasmas de una civilización fundada sobre el arrase y el exterminio de otras comunidades, etnias y razas. Prohibido olvidar, por ejemplo, el caso reciente de la destrucción de la memoria Iraki, documentado por nuestro Fernando Báez en un libro comprometido y comprometedor para quienes insisten en desconocer la reedición de Fahrenheit 451 en pleno territorio ocupado por los protagonistas de Fahrenheit 9/11.

 Por desgracia, como asegura Charlie Kaufman y la misma Eternal Sunshine, el hecho contranatura de intentar desaparecer una memoria por medio de procedimientos científico-tecnocráticos, acarrea no pocas consecuencias, dolores de cabeza y sobre todo, delirios esquizofrénicos como de Una Mente Brillante o como de Pescador de Ilusiones en río revuelto de Brazil.

Si la intención del guionista en Being John Malovch fue representar el problema de la fama a través de su reproducción mecánica (así como la ambición de usurpar la identidad de otro), en Eterno Resplandor su interés como literato se concentra en describir y sublimar otra fantasía de la sociedad occidental: la aspiración de poder efectuar un exitoso lavado cerebral para limpiar algunas manchas del subconsciente, en un proceso menos deconstructivo que autodestructivo, autocomplaciente y autoreferente. El deseo de un yo por eliminar parte de su ello omnipresente.

En términos de Enrique Lazo, un borrón y cuenta nueva, pero con daños colaterales en vez de festejos hedonistas de divorciada cuarentona. En el lenguaje de David Lynch, una Cabeza Borradora escindida entre el recuerdo de un Corazón Salvaje y la alucinación de una pesadilla surrealista como Carretera Perdida. En resumen, otra resplandeciente especulación del cine independiente sobre el fenómeno de la amnesia, en la tradición de Iris y Memento, siempre bajo la dirección artística del flash back, del flash forward, de las elipsis y de los demás descubrimientos expresivos, dotados para darle forma al significado del tiempo.

En Eterno Resplandor el tiempo es uno solo(circular y no lineal). El pasado, el presente y el futuro convergen en un mismo punto de fuga, caótico, entrópico y apocalíptico como el espiral de Amores Perros, en un espacio indefinido, híbrido y dividido entre la realidad y la alucinación. Una utopía buñuelesca encerrada en un Abismo de Pasión. El extravío neobarroco puesto en escena a la manera de El Discreto Encanto de la Burguesía.

Asimismo, la ciencia ficción ha sido un terreno abonado para la crítica y la discusión de los temas de fondo, planteados por Eternal Sunshine. Desde 1984 hasta la infravalorada Total Recall, pasando por la no menos subestimada Robocop, el género ha denunciado las consecuencias de la manipulación mental en todas sus variantes posibles e imposibles, y a partir de las técnicas más disímiles.

Primero, como programa de control de los instintos en la pionera La Naranja Mecánica. Segundo, como sistema de condicionamiento militar en El Candidato de Manchuria, cuya nueva versión parece justificar la paranoia del poder republicano en nuestra época. Tercero, como arma telekinética de destrucción masiva en Scanners, del mismo director de Videodrome, otra lúcida parábola de la alienación por medios electrónicos. Cuarto, como forma de dominación social en Matrix.

 Quinto, como régimen de experimentación psíquica en la Jette y su remake Doce Monos. Sexto, como tratamiento de conversión ideológica y alteración de la identidad en El Vengador del Futuro. Y finalmente, como servicio de purificación cerebral en Eternal Sunshine, un rompecabezas sobre las tentativas posmodernas de suprimir el pasado por la ilusión del presente perpetuo. Un sueño para quienes decretan el final de la historia. Una pesadilla para quienes viven en el Eterno Resplandor de Una mente Sin Recuerdo.