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Matrix Recargado
(por fuera, no por dentro)

Dir.: Wachowski Bros. 2003.

“Un film de explotación es aquel cuyo objetivo es la ganancia rápida, sin importar la calidad, y donde los elementos de la intriga – los interpretes, la peripecias argumentales- se subordinan a una serie de condicionamientos promocionados a un primer plano. Los efectos especiales en determinada ciencia ficción adquiriría tal categoría”.

-Ramón Freixas.



    Una matriz digital sobrecargada de efectos especiales, de plomazos en ralenti, de diálogos presuntuosos en negritas, de golpizas de Mortal Kombat, de Hombres de Negro y Superamigos con superpoderes, de pixel y vatios, para dar a luz a la secuela mesiánica de la temporada veraniega.

    Estratégicamente su renacimiento coincide con el cambio de estación. Reaparece después del resplandor bélico de Bagdad y antes de la refrigeración del microondas musulmán.

    En el umbral del frío y calor, cuando la temperatura sube y baja a discreción, retorna el elegido de la ciencia ficción, para encender el termostato de la gran recaudación.

    Recargar las baterías del calentador de la taquilla estival, fue pan comido para la nueva versión del reactor matricial. Apenas bastó y sobró con subir los decibeles de la música incidental, multiplicar los niveles de energía exponencial, incrementar la frecuencia de los ciclos de acción y reacción, dilatar al paroxismo los tiempos de evolución, y quintuplicar por ordenador la reproducción mecánica de la mano de obra.

    Los rendimientos de la operación, a corto y a largo plazo, saltan a la vista del especulador. 45 millones dólares en el día el estreno, deslumbran al inversor. Empero, los efectos de la superproducción opacan el resultado de la transacción.

    Para romper récords en el box office, para cautivar a la generación explosiva e implosiva, Matrix derrocha 300 millones de dólares en batería bélica de alta redefinición. El presupuesto, como en la gestión de Bush, se destina en mayor porcentaje a la destrucción que a la deconstrucción, a los simulacros que a las verdades trascendentales, a los juegos de guerra que a la puesta en escena.

    Paradójicamente el guión insiste en cargar las tintas con meditaciones solemnes sobre el porvenir de la realidad en un mundo virtual, mientras el andamiaje industrial y digital prefabrica ilusiones a la carta del menú popular.

    En dos platos, el significante contradice el significado. En castellano, no estamos en presencia de un film contra la matriz de la alienación, sino a favor de ella; en términos cinéfilos, no la esteriliza sino que resurge de sus entrañas, como un alien robustecido por la peor estirpe de la ciencia ficción. Esa donde el héroe mesiánico acapara la atención.

    Neo es un ave, un avión, un Cyborg monosílabo como Terminator, un karateca como Van Damme, aunque con hábito de monje y porte de Jedi. Viste religiosamente de negro, usa gafas oscuras como Men in Black, tiene visión de rayos x, y vuela como David Coperfield. Es un X-Men con propulsión a chorro.

    En su primer viaje, le deja las plumas al hombre duplicado, después de intentar borrarlo de la lista de espera. El tipo despega en el medio de un round de lucha libre, donde todo es tan increíble como en las peleas de Yokosuna y el Enterrador. Signos de interrogación se dibujan en la platea.

    En su segundo periplo con incierto destino, arranca de un castillo como de Batman, para salvar a Morfeo en un acto de acrobacia. La cabriola del dúo dinámico es todo un éxito, y el público se arrebata. La galería pide otra, y el encapotado la complace en el último acto. Antes de reseñarlo, recapitulemos otros cinco despropósitos conceptuales en escala descendente.

    5) Montaje alterno entre fiesta rave y sexo seguro al calor de las velas, entre bailoterapia multicultural y candela erótica. ¿Video Clip a la usanza de Lenny Kravitz? ¿Por qué lo llaman cine de autor cuando quiere decir porno soft por MTV?

    4) Diálogos informativos que surgen de gratis y llegan a la nada “¿Y quién ese?”, pregunta Neo. “Ese es el novio de Niobe. Niobe es la ex novia de Morfeo. Morfeo no quiere al ex novio de Niobe, pero todavía quiere a Niobe.”, responde Trinity. Neo agrega con cara de primicia: ¡Aaahhhh!
La incapacidad de los Wachowsky para redactar una conversación medianamente decente, se complementa con su presunción para incluir revelaciones pseudofilosóficas en las conversaciones más anodinas. De gratis, como el propio desarrollo de la película, los parlamentos van de lo anecdótico a lo especulativo, de lo superficial a lo hinchado de complejidad, de lo trivial a lo rebuscado, intentando llenar con palabras huecas el interminable vacío de las escenas, pretendiendo elevar el discurso con citas remanidas y reflexiones elementales, en la tradición retórica de los demagogos nacionales. ¿Será por eso que Morfeo se parece cada día más a González González cuando brama incoherencias en Plaza Altamira?

    3) Si hablamos de estética for free, la escenita de Monica Belluci roza lo burdamente caprichoso. Bomba mediterránea al fin, el papel de calienta bragas le viene como anillo al dedo, aunque no pegue ni con cola en el entramado del argumento.

    2) Estas películas fantásticas se parecen demasiado entre sí. Se copian mutuamente, se plagian, se remedan hasta perder identidad. Son producidas en serie, estrenadas en serie, clonadas en secuelas y promocionadas como revoluciones de la cultura de masas. Desplieguen similares medios para obtener un solo fin. Compiten en el terreno de las recaudaciones, arando en el mismo surco de Las Guerras de las Galaxias. En todas hay un Luke Skywalker, un bien y un mal, arquetipos colectivos y tropos históricos, con los cuales se garantiza una identificación inmediata de las grandes audiencias. Más que largometrajes, o negocios seguros, son la expresión cultural de una voluntad de poder, donde priva la forma sobre el fondo, donde Spiderman, Neo y Hulk pueden brincar de país en país, de nación en nación, bajo la aprobación del consenso mundial.

    1) Si la banda sonora es el eco de la banda imagen, la monorritmia de la música de Matrix es la reverberación del único pensamiento reiterado: el deja vu del artificio abigarrado.
Finalmente, y sin más preámbulos, los dejo en presencia del momento más esperado. Para cerrar con broche de oro, Neo repite la hazaña milagrosa de Christopher Reeve en Superman I. Entre toga y birrete, rompe la barrera del sonido, y más allá, para atajar en el aire a la terminatrix o dominatrix de la función.

    Como la Luisa Lane está mal herida y fallece en el acto, nuestro Clark Kent la revive en el colmo de lo injustificado. No retrocederá el tiempo, sino que intervendrá, sin anestesia, el corazón abierto de su enamorada, en un desenlace quirúrgico a lo E.R.

-Sergio Monsalve
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Irreversible

Dir.: Gaspar Noe. 2002.

    Por un instante, vamos apartar a la ética de la estética. Hablemos primero de arte y después de moral, aunque sean inseparables.

    Doce planos secuencia, fundidos a negro, conforman el metraje de Irreversible. Del inaugural al postrero se relata una historia en sentido inverso, partiendo del final hacia el principio como en Memento. Cada uno, por separado, describe momentos previos y posteriores a una brutal violación, que constituye el acontecimiento climático o el punto de inflexión de la narración.

    Antes del suceso, los protagonistas son escoltados por un cámara parsimoniosa, sosegada y equilibrada, que llega a pasar desapercibida en los ciclos de total distensión. Muy al contrario, después del feroz incidente, la cámara pierde progresivamente la estabilidad hasta dejarse arrastrar por el tiempo que todo lo destruye.

    Desde entonces, las imágenes en movimiento asumen el punto de vista del novio de la víctima, un ángel vengador ofuscado por el odio y el ajuste de cuentas. Al igual que los planos, las disonancias de la banda sonora interpretan el desconcierto del personaje principal.

    El audio y la propuesta visual se complementan para constituir una de las apuestas más personales y ambiguas de la temporada, un film odiado y amado a partes iguales, una película maldita que despierta en el público toda suerte de reacciones encontradas, paradójicas y contradictorias.

    Unos la ven como un revelación del arte y ensayo, como una estimulante reivindicación del personaje femenino, como un apasionante ejercicio de estilo, realizado con pocos recursos y muchas ideas.

    Otros la perciben como un síntoma inequívoco de la reacción conservadora del continente Europeo, como una manifestación del renacimiento de la xenofobia y la homofobia en territorio Francés. Nosotros preferimos, en vez de condenarla o glorificarla, dejar que sea el tiempo quien la juzgue… ese tiempo que todo lo destruye o reconstruye según su conveniencia.


-Sergio Monsalve
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Mentiras que estafan

    No podía faltar en este país de empresarios corruptos, tecnócratas especuladores,terroristas financieros, aspirantes al trono de Ramiro Helmeyer, burócratas robolucionarios, ejecutivos estafadores y maulas de cuello blanco, la desgraciada figura del cineasta embaucador, charlatán y farsante como el Espartaco Santoni de los fraudes medulares de nuestra industria del entretenimiento.

    Los ejemplos sobran y bastan para rellenar no sólo numerosos expedientes, sino para abarrotar de directores piratas a las colonias móviles de “El Dorado”.

    Con gusto y verdadero placer, más de un pobre inversionista engañado firmaría el auto de detención de los pillos de siete muelas de Bolivar The Liberator, aquella superproducción promocionada con bombos y platillos por Gilberto Correa en el programa “Flash”, o “Flas” como a él le gustaba llamarlo.

    También, con fruición y alevosía, más de un luminito traicionado, más de un cargacables engañado, más de un “asistonto” de producción, testimoniaría en contra del clásico director mala paga, que roba, huye y escapa con el presupuesto de la película, antes de concluir el rodaje, al mejor estilo de nuestros banqueros prófugos.

    A Espartaco, a los pillos del plan Bolívar The Liberator y a los “autores” intelectuales del típico gran escape, ahora se les une una nueva clase de bandido largometrado, un nuevo arquetipo de nuestro inconsciente corporativo, otro ilustre americano: Alvaro Planchart, el primer Venezolano en ostentar un Oscar virtual, uno de juguete, y recibir a cambio el tratamiento mediático de un ganador real, de un Tom Hanks con doblete. ¿No lo creen? Vean la siguiente foto, y después lean la reseña de El Universal.

    “Ahora por vías de la tecnología, un Venezolano, Alvaro Planchart, se acerca al podio de la Academia mañana sábado cuando se realice la Ceremonia del Oscar al Mérito Técnico, un honor reservado a quienes son responsables de las innovaciones que han permitido el avance y el progreso de la industria del Séptimo Arte.

    Parte de un equipo amplio de diseñadores industriales, animadores y técnicos que participó en el desarrollo de un sofisticado software de nombre Maya, Planchart ha sido invitado a compartir el honor del reconocimiento con la empresa Alias /Wavefront, tutora del programa”.


    En excelente reportaje firmado por Alexis Correia, la calumnia de Planchart fue descubierta. Aunque la historia es un poco larga, vale la pena recapitularla por lo absurda, por lo reveladora de la insigne labor de la gran prensa nacional.

    Alvaro no sólo desfiló por la redacción de los periódicos con un Oscar de esos que rematan en Disney a treinta dólares la unidad. También apareció con una de esas fotos trucadas que hacen en Universal Studios, en cualquier parque temático, o hasta en un centro comercial como El Sambil, donde por cierto hay un centro especializado en este tipo de montajes digitales.

    Por apenas diez o doce dólares, usted puede figurar al lado de Bill Gates en la portada de Fortune, dedicada a los dos hombre más ricos del mundo. Por menos, Alvaro compuso el momento kodak de la infamia, un plano de conjunto donde exhibe el premio de la Academia en compañía del mismísimo Tom Hanks y de la frente brillante, Ron Howard. Apartando el hecho de que Ron y Tom jamás asistieron al evento, la imagen es tan verosímil como un collage de la revista MAD, pero sin su sentido del humor.

    Del lado izquierdo de la foto, destaca el plano medio de un Tom Hanks muerto de la risa. En el mero centro de la estampa, codo a codo con Forrest Gump, descuella nuestro amigo Alvaro con una mueca de satisfacción, muy similar a la de Bubba. Más a la derecha, medio agazapado, no descubrimos al Teniente Dan, sino al subalterno de Zemeckis y Spielberg: Ron Howard. De telón de fondo sobresale no la deslucida cortinita de los foto estudios, con la cual nos arropamos para las tristes instantáneas de carnet, sino el velo de la ABC, dispuesto para la ocasión de los Oscar.

    Pues bien, vista así, la foto es un total disparate que no soporta una evaluación seria. Las miradas no concuerdan, las figuras se intercalan a la fuerza, todos están juntos y revueltos como en un pequeño trencito de la emoción, hay demasiada confianza para el poco tiempo en que se conocieron, y la mano que sostiene el Oscar es más grande que la cabeza de Alvaro.

    Muy a pesar de sus palpables defectos, la imagen convenció al competente tribunal de la imparcialidad nacional. Probablemente se dejó persuadir no tanto por la imagen como por el verbo del acusado.

    Así las cosas, armado con el soldadito de plomo y la instantánea intervenida en Photoshop, Alvaro defendió y declaró su versión de los hechos ante la plana mayor de la inquisición mediática. De cajón, el comité de censura, dispuesto a silenciar verdades del tamaño de una avenida, decretó informar la mentira, como si fuese un 28 de diciembre. Naturalmente, todos caímos por inocentes.

    El mensaje era una buena nueva en el medio de las malas noticias, el testimonio incuestionable de la iniciativa individual, la evidencia del mito del self made man. Su intención comunicativa era bastante clara: contrastar con el resto de las miserias informativas, legitimar un rostro del éxito,consolidar la imagen de cierto liderazgo mesiánico, comparar el éxito extranjero del ingenio particular con el fracaso local de la gestión colectiva. De esta manera, lo público y lo privado chocaban de frente en otra manifestación velada de nuestro sempiterno conflicto de intereses.

    Defensor absoluto de la ideología dominante, el cuarto poder destina sus páginas a la representación mitológica de la realidad social, resaltando los triunfos de la “clases altas” en la mayoría de los cuerpos, y destacando la pobreza, la desdicha ,la necesidad y la criminalidad de los “pobres” en las crónica rojas.

    Este discurso racista impide reconocer el talento de la cultura popular, pero a la vez, permite descubrir las victorias y conquistas de la inteligencia divina, sean reales o virtuales. Gracias a una superestructura tan condescendiente para con los miembros de su gremio, Alvaro fue un tubazo y un gran negocio.

    En efecto, bajo la legitimidad de la noticia, el “ganador del Oscar al mérito técnico” organizó un taller millonario para desarrollar una miniserie de animación con el software Maya. El cómic digital, supuestamente, estaba vendido a 132 países y sería traducido a 32 idiomas .El monto de la inscripción ascendió a una cifra inverosímil.De buena fe, jóvenes y adultos pagaron el sacrificio. Era su puerta de entrada a Hollywood, al Oscar, a la fama. Hoy, tras la abrupta suspensión del curso por razones de fuerza mayor, ya no sueñan con posar al lado de Tom, sino con borrar de su memoria al hombre que los engañó.



-Sergio Monsalve
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Maid In Manhattan

Dir.: Wayne Wang. 2002.

    Jeniffer Lopez perdió el sentido de la orientación a partir de Enough. Desde entonces, deambula sin rumbo y dirección por los meandros largometrados del folletín, merodeándole a Salma Hayek en la cueva del soap opera.

    De tumbo en tumbo, del timbo al tambo, la mulata de fuego reconquista para Hollywood el mercado vital del melodrama latino, ofreciendo su imagen al servicio de la recesión económica.

    El negocio redondo garantiza taquilla por un lado, y balances estéticos en rojo, por el otro. Del divorcio del efectivo con la calidad, del comercio con el arte, del cash con el brain, queda un hijo bastardo a la deriva: Maid In Manhattan, película a mitad de todo y a final de nada.

    Quiere ser comedia, pero sus chistes son una tragedia. Le jura fidelidad al romance musical, pero le coquetea al juego de lagrimas. Intenta plagiar a Mujer Bonita, pero sin asumir el riesgo de transfigurar el cuento de la Cenicienta. Inversamente proporcional a cualquier atisbo de imaginación, la adaptación de la fábula resulta tan literal como la de Disney. A fairy tale is death.

    En vez de marcar la diferencia, los pequeños cambios perjudican al guión. El arquetipo del príncipe azul recae sobre la conservadora figura de un odioso Senador Republicano. J Lo rinde tributo al estereotipo, entregando cuerpo y alma a la interpretación de “la muchacha de servicio” en cuarto de hotel.

    Obviando el antipático trabajo de reconstruir el amor a primera vista o de describir el vestido de la novia a lo Roland Carreño, la nobleza del oficio obliga a explorar el subtexto, el trasfondo y el anverso del discurso oficial.

    Como muchas de películas del presente, Maid in Manhattan se propone reivindicar al personaje latino, redimiéndolo de su pasado de trata de blancas, lavado de dinero, cuchillos filosos y armas de alto calibre.

    Ya no se trata de rebajarlo al nivel de caracortada, sino de encumbrarlo a las alturas de las nuevas coyunturas geopolíticas. ¿De qué forma? Por un lado, remodelando su proporción estética, y por el otro, regenerando su configuración ética, en un drástico cambio de look y mood, personificado por las estrellas iberoamericanas del momento: Antonio Bardem, Antonio Banderas, Penelope Cruz, Jeniffer Lopez, Salma Hayek, Alfred Molina, Gael García Bernal y Benecio del Toro; los nuevos midas del mercado hispano.

    Son seres intercambiables, fichas mutantes del monopolio eurocéntrico de la representación cinematográfica, logos de una factoría cultural. Incorporan toros sentados con peluca, absurdos muralistas chicanos con pinta de pedro picapiedra, símbolos sexuales y valetinos de nueva estirpe. Todos hablan el inglés de Ricky Martin y Gloria Estefán, del Gordo y La Flaca.

    Imitan el estilo de vida autorizado, repiten como loros el vocabulario permitido, contraen el perfil sugerido. Son reflejos serviles del emperador amarillo en el país de los espejos. Encarnan la concepción neocolonial del mestizaje global. Cabalgan el caballo de Troya del ALCA.

    Si todo lo que tocaran no se convirtiera en oro, probablemente no existirían, o al menos no sobrevivirían en la meca del cine. Por fortuna para ellos, y por desgracia para el séptimo arte, su presencia ocupa las fronteras subjetivas del patio trasero, sembrándolo de mitos y supersticiones, de quimeras y falsas esperanzas, de anhelos de integración y desarrollismo.

    Siempre optimistas y resueltos, estos estandartes del boom latino llegan eventualmente a nosotros como una comunidad de misioneros con un baúl lleno de recuerdos, importados del extranjero.

    El último desembarco de la temporada contiene una reliquia, Maid Manhattan, cuyo brillo deslumbra pero no opaca la triste realidad de la minoría social. En compensación a tanta disimulo, esperemos que algún día nos regalen una verdad, aunque mal pague en taquilla.


-Sergio Monsalve
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El Núcleo

Dir.: Jon Amiel. 2003.

    “Si tuvieramos que describir la película en pocas palabras sería como Armaggedon sólo que en vez de ir al espacio, se van al centro de la tierra, pero mucho más aburrida.”
-Miguel Torralba Martínez: El Criticón.


    “Cuando Julio Verne escribió Viaje al centro de la tierra no se imaginó que cientos de años más tarde le saldría un imitador de pésima calidad. Me refiero a Cooper Layne guionista de este filme que escribió esta historia, inspirado en el celebre libro y en un viaje a la volcánica isla de Hawai, en donde se le ocurrió una historia que depende de un grupo de científicos que deben llegar hasta el centro de la tierra para salvar a la humanidad.”
Sección cine de Terra.com


    El cine de catástrofe le hace honor a su nombre en este yacimiento de calamidades pixeladas, donde emergen las peores imposturas de la ciencia ficción republicana, con ideología de Donald Rumsfeld.

    Para los que andaban buscando una metáfora del nuevo orden mundial, aquí está El Núcleo para complacerlos con una versión contrapuesta de Teléfono Rojo, donde los postulados de Kubrick se invierten por completo, para enseñarnos a querer y amar la Bomba, sin complejos de culpa,sin ningún atisbo de ironía y sarcasmo. Desde luego, el humor involuntario es el gran agasajado de la función; pero nada más serio que El Núcleo y su filosofía de hormiga atómica.

    Más cercano al Día de la Independencia que a Mars Attack, este largometraje de Jon Amiel guarda sospechosos parentescos con la estética belicista de C.N.N, al difundir imágenes de alto impacto, al transmitir paralelamente diversas catástrofes globales, y al exhibir como símbolos del orden mundial, como únicos conjuradores del caos universal, a los voceros y estandartes de las grandes potencias.

    Al tiempo que el tercer mundo no figura en el casting, los protagonistas de la trama son esperanzas blancas de la ciencia y la armada norteamericana, con licencia para disparar ojivas radioactivas contra la fuerza misteriosa que desestabiliza a la tierra, y que se esconde en lo más profundo del subsuelo, como cierto conejo de la suerte que responde al nombre de Osama Bin Laden.

    Símil o realidad, espejismo o certidumbre, y fuera de cualquier broma, la moraleja de El Núcleo es tan diáfana como la política unilateral de Bush: para acabar con la transpolítica del mal, representada en el orbe por destrucciones inexplicables, la transparencia del bien debe destruir el corazón del desequilibrio universal o el centro del lado oscuro de la fuerza, como en la guerra de las galaxias. Sucede en las películas, sucede en la realidad.


-Sergio Monsalve
<[email protected]>

   

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