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Tengo el cuarto lleno de sombras (estoy solo). Quiero escribirte un poema, y no se, no se me ocurre que palabras juntar para saber, conocer lo que quiero decirte.

Tengo el cuerpo lleno de tarde (estaba durmiendo). Quiero que quieras ser libre para amarme, y no sé, no sé si el tiempo que no pasamos juntos te aleje de mi, te haga extrañarme como yo te extraño.

Tengo las manos llenas de silencio (estoy recordando). Quiero decirte cosas al oído, meterme en tus ojos, y no se, no consigo un momento en el que estemos solos en un lugar lleno de ti, de mi, donde me des tus labios para comermelos...

Tengo la mirada llena de viento (estaba llorando). Quiero besar tu noche, tus humedades, y no se, no encuentro tu olor en mi cuerpo, en mi ropa, porque no quieres, como yo, morir en mis brazos...

El Che Guevara que yo conocí

Corrían los años cuarenta. Yo acababa de ingresar al Colegio Nacional Déan Funes, calle Rioja esquina avenida General Paz. Claro, en Córdoba, Argentina. Él cursaba el quinto, último año de aquella secundaria. Estaba entre la muchachada, enseguida lo reconocí. Era el Che. Hola, Che, le dije. Sin contestar mi saludo, tomándome de un brazo me llevó aparte donde no nos escucharan. ¿Sos boludo, vos? ¿Cómo me decís Che delante de todos? Nadie debe saber que soy el Che. Pero si yo no te decía Che con mayúscula, sino che con minúscula. Por supuesto, era una mentira. ¿Seguro? desconfió el Che. Sí, sí, vos sabés, en la muchachada todos nos tratamos de che, segurísimo, Che, digo, che. Viste, viste como te equivocás... ¡aguas! No, qué digo, si todavía no llegué a México... ¡ojo, mucho ojo! Si se entera la policía, me meterá preso, y qué le digo después a Fidel, me estará esperando y yo...

Y sonó la campana para la salida de clases, nos fuimos juntos, el Che y yo. En el camino nos cruzamos con Michael Fox y cuadras más adelante con Terminator. ¡Voy a ser Presidente cual nuevo Ronald Reagan! nos gritó. Sí, dijo por lo bajo el Che, tan Presidente como yo Libertador cual nuevo Simón Bolívar. Y seguimos caminando, ojalá me vieran mis amigos; y a todo le decía que sí, Che, digo, che.

Arriesgaré la piel

(para Manuel)

 Desandar la ciudad que me cubre como un manto de timideces nunca bien expresadas y siempre al filo de la sorpresa que estalla, como una copa rota, al girar detrás de esa esquina, casi perfecta, que me encuentre con quien, muy en el fondo, quisiera encontrar.

 Quedar como un suspiro semiconfesado en una madrugada de velas donde se inscribió la pasión y la dureza de un cuerpo que sólo quiere unos bemoles de sobra...

 Guardar el líquido seminal en la espalda. Líquido blanco que se escurre por mi costilla y queda recogido, como en su concavidad insaciable, en la curva de mi columna que se arquéa con la fuerza que vulnera mi cuerpo y lo penetra.

 Espiar de reojo la sombra que las velas proyectan en lo blanco de la pared que en la noche se vuelve un gris nacarado y la sombra sólo un susurro a la indecencia.

 Buscar un cuerpo semipresente, traficado a la blancura de otros gestos y otras madrugadas aún en el vientre indeciso del futuro.

 Bucear mis profundidades internas, las de cuerpo, impregnada de fluido vaginal que no espera nada más que el deseo y la impostura de un hombre de piel morena.

 Quedar tendida después de amar, sin amor, siempre sin amor, como un requisito de cualquier “ismo” que no sea el de la carne, el de un infantil juego con la lujuria de la cual reniego, casi siempre por principio y porque es el lema de otro cuerpo sibilino que no quiso nunca reverberar con mi concupicencia de animal tardío.

 Esperar la luz que subía del sur, la que perdí al marchar, siguiendo la ruta de la madera, del fuego, del pedernal. No queriendo impregnarme de ninguna noción que me imponga reflejos, muros, sensibilidades adoptadas de un tiempo en el que transcurrí lejana a todo devenir de la carne.

 Dejar de pertenecer a la confusa realidad de un placer que nunca podrá ser enteramente compartido en tanto las fronteras del cuerpo son siempre un dato inclasificable, intraducible, más allá de un emocionar que promete sincronía, risas en redondo, que vienen de otros inciertos emisores. Como en una comunicación abierta al sol que ya pronto nace.

 Evadirme de las miles de rejas y sandeces que le grita la cultura a un querer que se solaza en la pureza de la nieve. Siempre y cuando se supere, previamente, el amargo destino de ponerle nombre a las cosas.

 Inventar palabras, invitarlas a entrar a la hoguera de la mente, de la lengua. Porque nunca la emoción dejará de estar transida de verbos que la vuelven una dulce mediación para aquietar la sed de sentido de un alma esquiva.

 Limpiar el verbo de carne. Ahogar el verbo en la carne.

Carta a Jesús Crucificado, con acento

¡Hijo de la gran perra! Porque disculpa, es lengua anfibia.

Porque aquí abandonado, sin derecho al acuerdo mutuo, sin acuerdo al roce efímero, sin azul, sin filtro.

Pero te escucho, ¡oh Jesús!, te escucho una palabra de más.

Porque aquí abandonado con el oro del mundo (aurífero y no de mina!), con el último año del mundo a cuestas.

Aquí, con el nombre del padre operativo, con la duda y el verbo, fatales!, colgando de la boca.

Aquí, con todo el signo interrogativo pregunto, ¡oh Señor de todo!, si el origen de todo es la cantina.

Aquí, sin saber si el clavo de plástico o de goma, si la tierra de tierra o de harina, si la crucifixión, una broma más de la emperatriz romana Agripina.

¿A quién interesa un esqueleto gastado?

Porque aquí abandonado con el sustantivo abandono, con el parto muerto por cesárea, difícil, múltiplo de cuatro, con la sangre espesa de cordón, con la cruz de sangre aún alimentando.

Aquí, con la cruz y el año y el parto cosido a gamadas, a patadas.

Aquí, viejo pedigüeño, con la máquina de grasa de odio anticipando tu epitafio.

Aquí, porque el escudo del soldado no es en vano.

¡Hijo de la gran perra, ingrávido, científico, a ti dirijo deprisa mi vena carótida! Porque disculpa, cada día cumplo años.

Porque aquí abandonado con el campo de trigo arado de barro, de hambre, superior por la opulencia agrícola misma, con la hoja de otoño traviesa, caduca o caduca, porque no hay término medio entre el suelo y el árbol, hoja lenta que llora.

Aquí, con el astrónomo de un género dudoso, tal vez.

Aquí, con mi madre que lo soñaba: quien con niños se acuesta, niño se levanta. Y el perdón se confiesa con la punta de la rodilla.

Aquí, con la rodilla de ligamento, sucia, pelada de niño que juega, que muere, de niño que idolatra; y Dios guía la carrera del eunuco.

Porque aquí abandonado, ¡pedigüeño! Porque disculpa, porque hay un precio tasado en cobre y vagina. Porque la caridad no se compra con bombas, porque se compra con bombas, porque martirio, perdona la seña, es nombre negro de martirio.

Aquí, con el sexo eyaculativo, preciso, con la mar abierta a la ventana, con la piel muda de reptil (es lengua anfibia, es lengua anfibia), asesino!, con el capital armado de valor, porque cuadrada es adjetivo de raíz, de metáfora.

Aquí, quemado por el sol canoro de la guadaña (salve, Char!), por una palabra tallada a traición, aquí con la luna lejana que tú llamas amor, que yo llamo pasos remotos, pasos remotos...

Aquí, ¡oh Crucificado!, con el ruido implícito, con el eco vestigio, con el paso en falso, con el paso remoto.

Porque aquí abandonado con el ruido simple de la madre, es gemido, con el feto ardiendo de feto!

Aquí, con el diente comido por la rata, sucia como la niña rodilla, barata, tan elegante!

Aquí, con la edad cansada de mucho año, y con el día que no sabe nada, y con el daño, ¡oh!, ¡dañado!

Aquí, de cara a la pared, sin púa la espina!

¿Porqué a milímetro pesas el peso de mi médula? Porque disculpa al milímetro, es recto, es recto.

Porque aquí abandonado con la cara túnica de cara, redímete, pide perdón a la arruga mala.

Aquí, porque el aire huele a aire y a un mínimo de piedra, a piedra negra sobre piedra blanca, porque a César pido que le devuelvan Lima, París y el aguacero que le vio morir.

Aquí, con toda una nación, declarada catalana, en huelga; aquí, ante el poema, sufrido, imperdonado.

Aquí, con la mar, ¡oh Neptuno!, mojada de agua

¡Hijo de la gran perra! Porque disculpa, porque dimite de tus brazos y tu ausencia, de tu cruz clavada a conciencia, porque dimite tres días antes de la vida. Encúnate, encúnate!

Porque aquí abandonado con la palabra ignorancia escrita en la pizarra, a hachazos, con la nariz destrozada, con la náusea de estar tres veces vivo.

Aquí, el rectángulo, el triángulo en cepa, el arco celta, la alta ceja, ya no es geometría, es quimera! Porque ahora esta boca es mía.

Aquí, con el impío sol de la guerra! El veneno es de cerca, es de cerca.

Aquí, con la hoguera y el oficio, con la ceniza doble y el muerto, con la barriga de una moral poco fina, con aún el apellido borgia!

Porque aquí abandonado con el brazo de la dimisión, con la mano agalla descubierta en carne, como fiera!, con el cuerpo imposible de tu Dios medido en madera, porque aquí, remando entre un mar grande que rema por su cuenta.

Aquí, esta hiedra que derrotada por la altura no invita el cielo, esta herida que, pertinaz, cura por la herida, es disculpa, es disculpa.

Aquí, con la difícil vida, ¡oh Jesús Crucificado!, con la carta y la mesa de cuatro patas, con el desnudo de la mitra, porque: ¿Dios duerme de espaldas?

Aquí, con la página fría, con el libro a deshora, con el ridículo circo, con la barba afeitada de reliquia.

Porque escucho el remedio en un oído, porque no puedo más oído. Porque amargo despertar, porque evangelio sinónimo de Nicaragua, porque María nombre de muñeca de porcelana, porque doce son demasiados para una silla, porque, ¡oh!, la vida es un poco y más que utopía.

Aquí, abandonado, con la nata a punto líquida, con el Campo Magnético, automático, con el soldado en vano, con la rueda que rueda y con la noria que gira.

Porque mírame, con la tortura que no enamora.

Porque vida es cruz en una pintura, porque vivir invierno mínimo, porque rueda que gira...Porque morir no cuesta nada, pero morir cuesta demasiada vida.

Porque infierno es grado excesivo de temperatura.

Porque democracia dura lo que dura la cola de un verso cualquiera.

Perdóname, ¡oh Jesús Crucificado!, porque ser poeta es el oficio más difícil del mundo.

-Pavel Comores
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