Amardeceres
El negro tomó la última cerveza de la mesa y se la chingó de un solo sorbo mientras yo, que era el menos pedo de los cuatro, pagaba la cuenta en la barra. Luisa y Bárbara salían rumbo al auto ayudándose mutuamente para no tropezar en los estrechos escalones de la entrada.
Era otro de los tantos amaneceres en el puerto de Veracruz, uno más con mi cuate el negro y sus vecinas las Morales. Cuantas pedas con estos cabrones, carajo, siempre empezando en Xalapa para terminar en Veracruz pedísimos hasta la madre en un antro del centro, cantando y bailando en el malecón o en plena carretera junto a las playas del golfo. ¡Qué buenas parrandas chingá!
Esta vez la pinche Bárbara se puso de necia y sentada en posición de flor de loto en el toldo del carro quería ver el amanecer veracruzano. Luisa y el negro trataban de convencerla de que se bajara pero la Bárbara seguía terca y no se bajaba la desgraciada. La observe por un par de minutos pero su necedad me llevó a levantar la voz y a cargar a la pinche flaca.
¡Con una chingada hijaeputa! ¡vamonos!
La subimos al auto a empujones y tomamos el camino de regreso. Al salir de la ciudad Luisa balbuceaba mientras Bárbara ya comenzaba su lucha interna por no vomitar el asiento trasero. El negro aseguraba que había dejado una chela cerrada en el auto y la buscaba por debajo de su asiento.
La encontré justamente donde termina el malecón, estaba sentada en la arena y mirando hacia el mar esperando a que el sol se ocultara. Antes de que huyera le había dicho que por primera vez después de un año en Mazatlán regresaría a Xalapa a ver a mis amigos, pensé que era justo regresar por unos días. Ella no me dijo nada sólo salió de la pizzería con grandes zancadas en dirección a la zona hotelera y recorrió todo el malecón. La tomé del brazo pero no se levantó, me senté junto de ella y entonces tomé su mano. El sol comenzaba a ocultarse y el mar del pacífico lo despedía con un oleaje enérgico exigiéndole su pronto regreso. La miré con la intención de explicarle que sería tan sólo una semana pero su rostro en la atmósfera color naranja obligó a callarme y a tomarle ambas manos. Nos miramos, nos abrazamos y finalmente nos besamos con besos cortos, con besos largos, con besos tontos.
Ya casi con el tanque vacío me detuve en la primer gasolinera, pedí tanque lleno pero para mala fortuna en el momento de despachar se fue la luz y la bomba no trabajó más.
Me lleva la chingada! grité y le pegué a la bomba tirando una lata de aceite que estaba encima. Pedí perdón al encargado.
Decidí esperar unos minutos y para no gastar combustible, el negro y yo decidimos empujar el auto hasta un lugar frente a los baños. No se de donde sacó el negro la cerveza que había buscado y comenzó a beberla, esta vez no la bebió de golpe ya que sólo traía una, me ofreció un trago pero no lo acepté.
Sigue teniendo buen culo la pinche Lisa ¿no cabrón?, vela nomás así en pinoles, ¡ay, ay, ay ! - volvió a beber.
Lo escuchaba sin prestar atención, pensaba en como regresar a México y luego comprar el boleto para volar a Mazatlán ese mismo día. Me acerque a una pequeña barda y al observar el mar este me recordó a Lidia aquel día anterior a mi partida. Por un momento tomé su recuerdo, un recuerdo invocado por un océano distinto, como si el Golfo me comunicara con el Pacífico para decirle que la había visto ahí sentada frente a los hoteles de Mazatlán esperando mi regreso
Encendí un cigarrillo y extrañe que nadie lo arrebatara y me dijera que ya se el mal que me hace fumar estas porquerías, lo apagué. Miré el reloj, eran las seis veintidós, la imaginé dormida del lado izquierdo de la cama, un pié destapado y una mano estirada casi tocando la mesa de noche, lista para apagar la alarma que sonaría a las siete y que la invitaba a dormitar los últimos cinco minutos de la mañana
Un grito me hizo voltear al auto, era el grito de guerra del negro que ya se fajaba a la Luisa en el asiento trasero del carro. Bárbara llevaba la segunda guacareada asomando la cabeza por la puerta y salpicando las molduras del auto. No les hice caso y volví al mar para percatarme del primer rayito de sol en la costa veracruzana. Ahí, sólo ante la inmensidad del Golfo me sentí sólo y más pendejo que nunca
El tipo de la gasolinera me hizo señas y llegó con una cubeta casi llena de gasolina. Con esta llega a la otra gas mi joven dijo alegre esperando el pago y la propina
Vaciamos la gasolina y emprendimos el camino de regreso. Mientras conducía volví a ver el mar a la orilla de la carretera, era el único de los cuatro que lo hacía ya que a mis compañeros los había vencido el sueño y dormían abrazados cariñosamente los tres en el asiento trasero.
Así fue que, de regreso a Xalapa y con el mar como consejero único, esa mañana decidí comprar en México el anillo de compromiso y pedirle a Lidia se casara conmigo. Ese fue el día en que me decidía cambiar todos mis locos amaneceres del golfo veracruzano por uno que otro apacible atardecer en el pacífico mazatleco.
Mazatlán, Sinaloa. cualquier día / de cualquier mes / en cualquier año
-TLACUILO
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