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Carencias

Es de noche y la oscuridad reina... extractos de luz se cuelan entre las ventanas y  las sombras de los arboles semejan figuras fantasmales que se mueven a través del vidrio de la  puerta del balcón. Ella gira su cabeza hacia los lados y  mientras sus rizos oscuros, juguetean en sus mejillas y cuello en cada movimiento, intenta no sentir miedo. No tiene por costumbre salir de su habitación cuando es tan noche, algo la  desveló; un impulso la  bajó de la cama y la llevó hasta la puerta  del cuarto tratando de entender lo que la había despertado.

La pequeña niña está sin zapatos  en el frío piso de granito grisáceo del pasillo que comunica todas las habitaciones.  Se le ha repetido en infinitas oportunidades que no ande descalza para evitar el asma que la acompaña por aquellos días. No hizo caso.

Está allí en silencio despejando sus ojos repletos de sueño y espera en la  oscuridad. De pronto ve la luz de la escalera encenderse y escucha el caminar acompasado de su padre al subir la escalinata de granito que une la planta baja con las recamaras en la casa de Caraballeda. Su corazón empieza a latir muy rápido cuando entiende que es su amado padre el que está llegando.

Se queda en el mismo lugar sin dar un paso... quieta y expectante... Cuando el papá llega a la sala, puede ver la fantasmal figura detenida en la entrada de su cuarto y con sorpresa se le acerca comentando:

-¿Qué haces despierta a esta hora, Yade?- Y su voz pausada, lenta y repleta de aliento alcohólico le hace suponer que es muy entrada la madrugada cuando él decide llegar a casa.

La pequeña Yade le abraza y besa. No dice nada, mientras él la encamina hacia su cuarto con un empujoncito amoroso y cuando está por llegar a la puerta, el papá le comenta: –  Hija, se me olvidaba... ¡Te quiero mucho!- Y abrazándola, se despide.

Repleta de sentimientos encontrados, la niña se va a su cama a llorar en silencio.

 

A pesar del tiempo transcurrido sigo recordando la escena con la misma nostálgica tristeza de aquellos primeros años.

Podría decirse que es un maravilloso encuentro entre un padre y su pequeña hija. Pero no es así.  Lo cierto es que por aquellos días, papá faltaba mucho a  casa y su ausencia hacia difícil verlo. Entre un trabajo de guardias inter-diarias y una vida andariega, libertina y  repleta de placeres paralelos al hogar, su no-presencia era una realidad a la que todas las mujeres de la casa (mamá y hermana mayor) nos vimos en la necesidad de acostumbrarnos. Por otro lado, esa declaración cariñosa resultó producto de una súplica continua e insistente, de meses, en los que le preguntaba si realmente me quería.  No era de extrañar que para la pequeña  de cuatro  años que era yo, en ese momento, hubiera evidentes dudas del aprecio de este señor alto y de cara adusta. La declaración inoportuna lejos de hacerme sentir  segura de su afecto (que era lo que estaba intentando) reafirmó la creencia infantil de que había algo mal en  mi, que impedía que me amara y causaba su abandono.

Jamás he podido exponer esto en el seno familiar. Imponer el comentario puede ser considerado como una actitud excesivamente sensible y rechazada con un categórico cambio de tema.

La dificultad se acrecienta cuando intento comentarlo con mi hermana (la más liberal de todos) encontrándome con la barrera de que tiene una percepción distinta de todo esto... suspiro mirando a la nada...  Reconozco que  los cuatro años que nos separan constituyen una diferencia abismal respecto a la realidad que nos correspondió vivir. Mi hermana fue concebida en la misma luna de miel y esperada. Después, papá, (el gran Leo) decidió que una familia pequeña, de tres miembros era suficiente. A los cuatro años,  llegué, inesperada y quizás objeto de una pequeña triquiñuela materna a fin de mantener unido a un matrimonio que estaba empezando a zozobrar. Dos realidades distintas generan siempre visiones diferentes.

Papá es el hombre más poderoso que conozco. Una constante agitación le inhibe de estar quieto. Como un “caballo de batalla”  jamás cesa el ritmo. Aun cuando esté enfermo o se sienta debilitado, él continua sin detenerse a tomar un descanso porque es un luchador incansable. También es un maravilloso creador de dinero. Comerciante nato, ha salido ileso de mas de una bancarrota producto de su propia  ambición.  No hace otra cosa que trabajar y crear elementos que le generen mucho más dinero. Me resulta admirable esta condición pero no hace  nada para disfrutarlo con placeres que considera excesivamente costosos. No creo que hubiera durado tanto tiempo de casado (papá y mamá han celebrado mas de 30 años juntos) con una persona diferente a mamá que tiene una particular condición paciente y una honorable actitud de martirio.

No puedo negar que pa’ me quiere porque vivo un respetuoso cariño hacia él. Trascendí los días en que peleaba por sus conductas o caras malhumoradas, pero no puedo negar que la incapacidad afectiva de mostrar sentimiento, preocupación o alteración emocional por algún hecho ha marcado mi vida de una forma letal convirtiéndome en esta extraña persona que soy ahora.

Soy exageradamente sensible, mucho mas de lo que puedas leer a través de éstas líneas. Y aceptar relacionarme afirmativamente con esta tendencia interna me ha costado mucho tiempo de aceptación. Era necesario mostrarse fuerte, inteligente y sagaz en la familia de donde vengo.  Siempre  hubo una actitud crítica hacia mis tendencias mas bien suaves y sentimentales. Normalmente requiero mimo y atención. Me gusta ser “toñequeada”. Con el tiempo aprendí que me compete la responsabilidad de proferirme la cantidad de presencia, atención y dulzura que mi corazón requiere y me he convertido en mi primera proveedora de afecto. Sin olvidar esto, voy por allí, pidiendo y regalando abrazos para continuar con el bochinche del amor manifestado, pero solo cuando me siento en confianza; de resto, pretendo ser una profesional escritora circunspecta, seria observadora y guardando estas carencias emocionales solo para mí.

Comprendo que las tendencias familiares de mi infancia, me obligaron a entender equívocamente y muy en lo profundo, que el amor es algo así como una terrible sensación  de añoranza, llena de expectante anhelo y esperanzada decepción. Esta suerte maquiavélica y automutiladora de creencia, me ha convertido en la chica  que atrae a hombres, más bien ausentes, enamorados de sus trabajos y con verdaderos problemas de relación, a fin de que la niña en mí, intente una y otra vez revivir la historia, e inmersa en la Rueda de Sansara, de giros en laberintos oscuros intentando encontrar salida. La Yade “crecida” y un tanto más alerta, se ha comprometido en rescatar a la pequeña, de ese limbo, a veces siniestro y sombrío. A través de un tierno abrazo pretende devolverle una noción más benévola del amor-presencia, en el diario vivir.

Estas líneas me han costado lagrimas  que han impedido, en algunos momentos, ver parte del teclado. Espero de todo corazón que esta apertura de mi estortillado corazón no genere incomodidad en sus personas, al compartir algo tan íntimo por parte de una soberana extraña.

Aunque no se entienda así, este es un reconocimiento amoroso a mi familia. Hoy puedo ver todo lo bueno que han hecho por mí, esmerándose en darme lo  mejor de sí mismos en un caudal afectuoso y repleto de los aprendizajes que tenían para ese momento.

“Amada familia... no hay deudas pendientes y estamos en paz”.

Vaya hasta ellos todo el afecto, repleto de admiración y respeto, que pueda albergar mi ser durante toda la existencia de mi alma.



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