Violeta
-Pedro Enrique Rodríguez
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Una lluvia filosa se desgajó de una nube plomiza. Se estrelló sobre la calle, hizo crujir los techos de los carros, rodó aparatosamente contra los parabrisas, dio pié a una danza extática entre las plantas de las jardinerías; se escurrió con voluptuosidad sobre los frontispicios de las casas vecinas; después se hizo sorda, neblinosa y se tomó toda la calle para ella; se dejó descolgar por las aceras, se incrustó con fruición por los tubos del drenaje, gorgoteando, traqueteando, haciendo tanta bulla. Se lanzó sinuosa por los agujeros negruscos de los sumideros, se concentró en las calles, se dispersó entre los arbolitos, se coló por los tejados derruidos de las casas más viejas, y entonces se dejó caer, gotica por gotica, sobre el piso de algunos áticos improbables, sobre las baldosas de los cuartos amarillentos de los segundos pisos.
Para cuando comienzan las lluvias, Caracas es una animal infinito que despierta oloroso y pude ser sobado sin premura en cualquier parte, en el filo de cualquier acera. Entonces se declara el reino voraz de la neblina y los cachitos de las nubes se cuelan por los cerros, se incrustan blandamente en las luces de la noche, se dejan caer al menor ruido del trueno y lo empapan dulcemente todo, lo envuelven todo en su misterioso ámbito niquelado. En la época del tiempo de lluvia, Violeta suele acercarse a la ventana mientras el chaparrón carga con todas las hojas de la calle y arremete con fuerza, con desmesura, sobre la vidriera de la joyería del frente, las santamarías empapeladas de la farmacia, los teléfonos monederos de la esquina. Violeta ve con unos ojos inmensos cómo la calle se va inflando de agua, de pedazos de troncos, de papeles volantes y cajas de cigarrillos, se infla y se infla y ya no tiene reparos en formas crestas voluptuosas, remolinos inverosímiles. En esos tiempos Violeta está más contenta que nunca y se suele quedar horas y horas de cara a la ventana, viendo caer alfileres, monedas, brújulas, ribetes y caracoles de las nubes algodónicas; entonces todos en casa la miran y piensan que Violeta parece estar dilucidando ciertas razones a propósito del chisporreteo de los chaparrones, al tiempo que es como si no pensase propiamente en nada
A veces, hay trajinar en la casa, movimiento de muebles, llegada de invitados imprevistos, cargados de paraguas, impermeables, risotadas acuíferas; entonces Violeta se muestra complaciente con todos, hace sus gracias de siempre, se deja ver con una coquetería mal contenida. Gurururu, Violetica, guruguru. Al primer descuido de los invitados se vuelve hacia la ventana y sigue tras las pistas del material fantástico que baja con la lluvia. A veces no llega nadie, pero es la abuela quien pasa por la sala, enemistada con alguno de sus fantasmas habituales, o despintándose las uñas con algún aceite mal puesto; o pasan Lucia y Francisco cargando algún paquete, llevando y trayendo una tasa del cuarto a la cocina, de la cocina al cuarto en un juego monótono que se repite una y otra vez todos los sábados y domingos. Entonces es posible sorprender a Violeta moviéndose alegremente, saltando, dando tumbos, felicísima observadora de la lluvia, el chaparrón plomizo, el aguacero tropical.
Por eso, mientras la lluvia se derrama sobre la ciudad, uno no puede dejar de preguntarse en qué estará pensando Violeta que nunca dice nada, que siempre está en su mutis infinito, en su burbuja protectora; que parece saberlo todo, sospecharlo todo, sentirlo todo. Y eso que jamás ha salido del universo redondo y diminuto de su pecera.
