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Mejor no dormir

A A.L.A., evidentemente

    Me despertó tapándome el oído con el metal frío -lo supe enseguida- de una pistola. No era una caracola, no oía el rumor del mar. Y también supe inmediatamente quién estaba por manejar el gatillo. Y la pistola, en su mano, como el muñeco de un ventrílocuo,

- Hola

Meneándose en la oreja como tratando de echarse, como buscando acomodo. Vi, con la cabeza aún en la almohada de los brazos, sobre el escritorio, cómo nos miraba impávido Sir Arthur Conan Doyle, el gato callejero que apareció un día enroscado en el sofá, okupándolo, y cerré los ojos, inmóvil e insoportablemente triste. Aunque mi vida nunca había valido nada en ese momento valía aún menos. Bostecé, entonces, sin querer, resignado. Y mi exmujer, hurgándome el oído con aquel bastoncillo tan pavoroso como áspero.

- No seas maleducado con las visitas, aunque sean inoportunas o imprevistas y, sobre todo, no te muevas y no te hagas el imbécil, no me infles las tetas. Estoy decidiendo si destaparte los sesos ahora o mejor, cuando me des toda la pasta que sacaste ayer en las carreras.

Intenté sonreír y no pude de ninguna manera. Me imaginé entonces sentado en el infierno, cariacontecido, mientras sus amigotas, las guarras golosas, me sorbían el poco cerebro que tengo, por el agujero de la bala, con pajitas de colores. De pronto me apetecía volver a dormir, olvidar, rebobinarme para apagar mi vida, previsor. La muerte, pensé, tal vez, quién sabe, podía no estar del todo mal y arreglar algunas cosas, algunas, no había que ser demasiado optimista o avaricioso. Y yo, contrito, cansado y deseando sacar una bandera, una sábana, una carpa blanca de circo ondeando en un palito

- Dispara, lo mismo hasta me haces un favor, fíjate

Había leído recientemente esa frase en una novela y la dije casi como un personaje. Eso me gustó. Un personaje. Ella se rió como una burra demente, odiándome con minuciosidad. Noté cómo le temblaba la mano. Un tirito bien tirado no es nada, pensé, casi dándome ánimos. Sobre mi cara estaban los folios que había garabateado esa tarde, antes de dormirme sin darme cuenta. Imaginé los poemas manchados de sangre, mi cabeza despachurrada encima de ellos, guarreándolos. Aposté, casi desesperado, que la pistola debía ser una Veretta, no había mucho que perder y era la única clase de arma que recordaba. Y yo, estúpido

- Es una Beretta, nena.

Incrustó el cañón aún más como si quisiera atracar directamente al cerebro. Casi se podía oler la pólvora. La gente por aquel tiempo se mataba por dinero, por un coño de categoría o por fastidio o aburrimiento. Y yo sabiendo ya cual de los cuatro motivos había elegido para difuntearme sin más

- Creo que entonces, como le iba diciendo, esta incómoda situación quizás sea producto de un malentendido...¿perdón, señora o señorita? Y ella, con rechifla

- Señorita, por supuesto. Lo sabes bien y por experiencia: lo mío es juntarme. No sentaré nunca la cabeza. Me lo decía siempre mi querida y ya muy podrida mamá.

No le veía la cara pero sabía perfectamente que la sonrisa de aligator debía de estar arrellanándose en su boca excesiva de rouge chillón. Al gato, con un ojo, si seguía viéndolo. No se había movido, seguía echado, mirándonos como aburrido, pareciéndose cada vez más a un forense. Y yo, que me dolía, por este orden, el cuello, la espalda, el corazón, la cabeza, los huevos y el alma, me imaginaba echándome sobre un féretro barato de tablas

- Si no te importa me gustaría mucho sentarme bien, cariño.

No dijo nada así que me fui incorporando lentamente, hasta tocar con la nuca el espaldar del sillón. La herramienta dejó la oreja, pero seguía husmeándome con su hocico. Y ella, con su habitual mononimia

- Eres un sucio cabrónborracho. Y me hace falta la pasta, querido. Sabes, creía que a estas horas ya estabas empinando el codo o haciendo el idiota por la calle. Pensaba esperarte a que volvieras. Acuérdate de que aún conservo mi llave. Pero resulta que te quedaste en casita, conversando animadamente con el gato, haciéndole la pelota para que bajara los cinco pisos y volviera a subirlos cargado con cuarenta y seis latas de tu cervecita preferida. Por supuesto eres un artista y jamás se te ocurriría salir a buscar trabajar un poco, aunque fuera reciclando y vendiendo al peso el papel de wc de los tugurios donde te metes. Has tenido suerte de encontrarte aquí, cabroncete, así no he tenido tiempo extra de pensar en modalidades de ensañamiento.....

Era verdad, aquella tarde no bajé a beber a la borrachería de la esquina, ni bajé a juntar mierdas de perro, mi hobby preferido. Siempre era igual. Encontraba una y la mierda

- Estoy sola, nadie me quiere.

Y yo a gatas por la acera, borracho, buscándole amigotas, encontrándole novio, acariciándola, zalamero. Y la mierda, ronroneando de gusto:

- Gracias

Y yo entonces subiendo a mi cuartucho, tambaleándome, silbando, contento por haber realizado la buena acción del día

- Soy el mejor

Era cierto, la cosa es que se me fue la olla escribiendo o, mejor dicho, cavilando sesudamente plagios, maquillando con suma destreza versos y estupideces de otros.

- Al carajo ¿Se puede saber a qué coño has venido en realidad?

- Ya te lo he dicho. Tengo deudas y vicios que pagar. Y me dejaste tirada ¿No te acuerdas, cabrón?

Me dieron ganas de estropearle totalmente la nariz, de un solo golpe, certero, pero lo único que hice fue mirar de reojo por la ventana. Nada. En el aire del cielo de Mayo no había nada donde agarrarse, ni a una nube, ni a un pájaro siquiera. Y mi boca, por su cuenta

- Me cansé de que fueras por ahí libando cojones.

Y la de ella, también por la suya

- Fue mi carácter samaritano, pobrecitos los hombres solos en los bares. Y para salvarles la puerca vida había que hacer algo. "Semen retentum venenum est" ¿no?

Qué disparate vivir, pensé, harto de su voz y de mí y del día y del mundo y el gato.

- La primera vez - prosiguió -, te puse los cuernos emocionantemente, por gusto. Luego todo fue ocasión de aceptar copas gratuitas e ir rellenándote la cabeza poco a poco ¿no? La risotada de bruja se debió oír en toda la ciudad y parte del extrarradio. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba ebria o drogada. La pistola pendulaba entre mi cabeza y los huevos en un vaivén fastidioso. Y de pronto oí click, la puta apretó el gatillo y por unos segundos se quedó el mundo entero en silencio. Encogido, abrí con curiosidad un ojo y vi el banderín con la palabra BANG escrita, colgando del cañón de guasa. Y ella, como remedando la voz de la niña del exorcista

- Te encadaveré para siempre, la espichaste cabrón, mañana mismo sin falta te llevan corriendo al enterratorio a engordar gusanos.

Me enderecé, me atusé el pelo, indiferente, como si en realidad quisiera mesarle la testa, uno por uno, a los piojos aterrados y también aproveché para acomodarme la polla que empezaba a dar señales de vida cual caracol sacando los cuernos tras un susto. Y los huevos, recibiendo mis palmaditas de ánimo

- Uf, tío, qué susto

Y yo, vacilón otra vez, como siempre

- Nena, deberías enseñarme el coño e inmediatamente después invitarme a una copa. Creo que necesito un trago

Y fue justamente entonces cuando descuidó el arma, ensimismada como estaba en conducir, en hacer derrapar con pericia y deleite una ventosidad por las curvas peligrosas de su tripa. Y el pedo, contundente, haciendo acto de presencia al llegar a la meta de su culo

- Buenas

Actué rápido, aprovechando el estruendo y los gases lacrimógenos. Le aplasté el hígado de un puñetazo y me hice con el arma, tan fácilmente que cuando la tuve en la mano no supe qué hacer con ella. Pero no lo dudé

- Manos arriba, puta

Y enseguida le apunté y sin pensarme dos veces disparé a quemarropa. La bala no salió. Lo único que salió fue un chorrito tímido de agua, casi como el pis de un can, que le mojó la cara, le camufló las lágrimas de dolor y le estropeo de paso todo el montón de rimel. Mierda. Y ella, arrodillada, estupefacta, agarrada al estómago como si abrazara un peluche. Y reiterativa, casi sin voz

- Cabrón

Alcé una ceja y sonreí. Lastima que no había un espejo para mirarme la jeta de cinemascope y admirar el papelón que estaba haciendo. Me hurgué entonces placenteramente la nariz, saqué un par de caquillones del calibre nueve milímetros parabellum por lo menos y los pegué al tambor. Lo hice girar como en una ruleta rusa. Apunté esta vez cerrando un ojo y con la punta de la lengua asomando entre los labios, de testigo, a un lado de la boca. Y esta vez sí, hostias, aquello armó –nunca mejor dicho- un ruido tremendo, sonó como un arma de verdad, como en las pelis, con dos cojones. Y el olor a pólvora era de verdad. Y hasta parecía estar muerta de verdad, era increíble, con su agujerito en la frente por donde salía despacio, como ensimismada, la sangre. O el kepchup, no estoy seguro. Mire el cañón. Humeaba, qué bestia. Miré el tambor. Quedaba un caquillón, sentado, haciendo puñetas mientras esperaba su turno. Abrí la boca. Le dije con la mano adiós al gato. Y el gato, alzando el rabo

- Adiós, compadre

Y mirándome expectante por si la cosa volvía a funcionar. Cerré los ojos a la postrera sombra que me llevare el blanco día y apreté los dientes y mordí el cañón y estaba por apretar el gatillo cuando algo se quebró en un crujir de galleta y noté algo en la boca y saboree entonces el chocolate, ummm, muy bueno y el relleno de crema de licor. Y me senté en el suelo, contento como un niño con una piruleta, a comerme la pistola de pastelería. Y las carcajadas del gato, sobre el sofá, muerto de risa. Y yo, por fin

- Esto es vida