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Sumario (y restario)

Este mes te tengo El Exorcista, en tono moralista, te tengo una entrevista con un terrorista, para que pienses que soy fascista, te tengo unas notas sueltas sobre el Festival de cine Español, que este año como que vino mejor, te tengo una reseña sobre la Japonofilia, que parece escrita para Fashion Magazine, y te tengo una criticona de Torremolinos, que es como el Quijote contra los molinos de la serie Z. Malvado, aprovecha la ocasión que hoy estamos de farmaofertas, con precios y gangas que no volverán …hasta el mes que viene.

El Exorcista IV en cuatro tiempos

Al mal tiempo, viejas caras

El mal fue el temor a lo desconocido. En el Exorcista Cuatro, el mal es un bien de consumo harto conocido, cuya capacidad de infundir temor se ha reducido al mínimo.

El porno es el grado cero del erotismo, y de igual modo, el gore por el gore es el grado cero del terror; una forma psicopática de terrorismo, sadismo y crueldad.

En su ultimo libro, Jean Baudrillard demuele la tesis Lipovetsky sobre la ética posmoderna, al contraponerle una apología a la inteligencia del mal. En su nueva película, Rene Harlin le falta el respeto a la inteligencia del espectador, al obligarlo a consentir y tolerar ( de manera pasiva) la brutalidad del mal.

El mal, como sentencia el slogan del film, es “complejo”,pero desgraciadamente El Exorcista Cuatro lo rebaja al nivel del maniqueísmo campante y sonante en medios de comunicación.

Su primer antepasado no fue, por supuesto, un dechado de virtudes conceptuales. Traficaba una moralina de catecismo entre un llamado de atención a la familia. El mal provenía y se hacía fuerte en un “hogar destruido”, conformado por una madre medio liberal y una hija con serios problemas de afecto, en el despertar de su sexualidad.

El desarrollo físico de la joven se sublimaba de una manera bastante burda y tópica. La cara se le llenaba de granos, se revelaba contra todo, y había que amarrarla a la cama para que no se anduviera masturbando con lo primero que consiguiera a la mano.

Acabábamos de salir de la contracultura, y los puritanos ya se frotaban las manos porque era inminente el regreso de los conservadores. Atrás quedarían el sexo libre, las comunas y los sueños de la era hippie. En adelante se reforzaría el individualismo, las pequeñas empresas y los sueños neoliberales de los Chicago Boys.

En paralelo, todas las instituciones derribadas por los chicos malos de San Francisco, comenzarán a ser remozadas y reconstruidas por los viejos reaccionarios. Y Hollywood se adaptará muy bien a los nuevos tiempos, al dedicarse a producir películas como El Exorcista, cuyo objetivo comunicacional se concentrará en dos frentes. Por un lado, demostrar que el diablo tomó posesión de la juventud americana por culpa de unos malos padres, que se olvidaron de las tradiciones cristianas. Y por el otro, apuntalar la imagen del clero, cataputándolo como garante del orden y la paz social.

Con todo, el film correrá con la gran suerte de ser dirigido por un monstruo del cine norteamericano: William Fredklin. Y el resto es historia conocida. El intro de la película figura entre las mejores escenas del cine de terror, por su ingenioso montaje analítico. El contraluz de la llegada de Merrin supone uno de los momentos más vigorosos del género. Ninguna película de su estilo volverá a reunir un casting semejante. Los diálogos entre Carras y Reagan destilan agudeza, ironía y suspicacia. Las secuencias en la clínica son tan espeluznantes como las de la casa. Y lo dejó hasta aquí para no seguir desviándome del tema.

Lo cierto del caso es que entre El Exorcista y El Exorcista Cuatro existen grandes diferencias de estilo, mas no de contenido. Es decir, podemos comparar sus significados, si hilamos muy fino, pero sería una locura hacer lo mismo con sus significantes, porque la cuarta carece de todo lo que le sobra a la primera: rigor dramático, originalidad expresiva, lirismo, dirección de actores y profundización en los personajes.

 Al final da lo mismo que El Exorcista sea o no sea El Evangelio de una época restauradora como la de hoy, pues el conflicto de los protagonistas siempre se termina de imponer por sobre las dobles lecturas, por sobre el subtexto, por sobre nuestros prejuicios. La ideología pasa a un segundo plano, cuando nos logramos identificar con la aflicción de Carras y la integridad de Merrin.

Ahora con la cuarta entrega, la humanidad ha desaparecido y los caracteres se desenvuelven como monigotes de feria en un teatro de gran guiñol.

Tiempos Violentos

A la producción del Exorcista 4 le cayeron encima todas las plagas de Hollywood, sin embargo, su mala suerte no se tradujo en un sonado fracaso de taquilla como el de Gigli. Aun así, detrás de su astronómica suma de recaudación, se sigue escondiendo una de las historias más sombrías del cine contemporáneo. Un cuento de terror a la altura de la propia película.

Para empezar con mal pie, su primer candidato a hacerse cargo de la dirección, el veterano John Frankenheimer, murió antes del inicio del rodaje. En su lugar quedó como responsable Paul Schrader.

Tras concluir la fase de edición, los productores de la película no le dieron el visto bueno a su montaje final. Ellos pedían más sangre que en Gladiator, y él les propinó una contenida trama de horror psicológico, en la tradición de Repulsión.

La ocurrencia le costo a Paul Scharder el puesto, el derecho de autor y la posibilidad de firmar su final cut(supuestamente su versión saldrá la mercado en formato DVD).

A partir de entonces, El Exorcista 4 volvió a filmarse desde cero, bajo la dirección de un verdadero charcutero sin complejos: Rene Harlin, creador de Duro de Matar 2 y Pesadilla en la Calle del infierno IV, un antecedente de El Exorcista 4.

Entre baños de tinta roja y golpes de efecto, la cuarta entrega de la serie nos retrotrae a los años mozos del Padre Merrin, tras el fin de la segunda mundial, durante su estadía en el África, donde enfrenta por primera vez a Lucifer.

Tiempo de comparaciones(odiosas)

Para competir con el Miss Venezuela, RCTV estrena el Chupacabras, la película, un unitario del canal de Quinta Crespo. Ambos programas coincidirán no sólo en el horario estelar de la televisión Venezolana, sino en la mayoría de sus mapas de pensamiento.

Las dos producciones asimilarán el patrón de belleza occidental con una forma civilizada de nobleza espiritual, mientras equipararán la fealdad con una representación del subdesarrollo, la barbarie y el atraso.

La simetría será exaltada como valor humano; y la asimetría, denigrada como maldición del tercer mundo, a combatir, bien sea a través de la cirugía plástica (en el caso del concurso de Belleza), bien sea por medio de su destrucción física(Chupacabras).

Naturalmente,El Exorcista Cuatro comparte las mismas premisas argumentales. El bien es blanco y su función consiste en exorcizar el mal del continente negro, donde occidente se envilece, se degrada y se comporta a la altura del salvaje colonizado, en un proceso involutivo similar al del coronel Kurtz en Apocalipsis Now. Con ello se refuerzan dos sofismas: el contacto entre culturas desfavorece la salud física y mental del hombre caucásico, pero aun así el norte tiene la obligación moral de redimir al sur de su penosa condena.

Para ello, la ciencia y la ilustración carecerán de cualquier utilidad. Un personaje femenino de la película funge de médico, y permanecerá de brazos cruzados, en estado de inercia y resignación, ante la manifestación de síntomas incurables. Los rituales de las etnias residentes tampoco podrán conjurar la peste. La única salvación, la única esperanza para expulsar al mal de la tierra, será la fe ciega del Padre Merrin. En tal sentido, El Exorcista Cuatro podría entenderse como una continuación, por otros medios, de La Pasión de Cristo; y el Chupacabras, como una versión de bajo presupuesto de la cuarta entrega de esta serie.

Tiempo de regresiones

La guerra no la ha hecho bien al cine norteamericano. Lo ha retrocedido a tiempos superados de intolerancia, propaganda, racismo, fanatismo y xenofobia. Es insólito pero cierto: hemos regresado a la era de El Nacimiento de una Nación. Y los directores y productores parecen disfrutarlo en grande.

El Exorcista Cuatro, para decirlo en cristiano, le confiere legitimidad a la destrucción del medio oriente, justificando indirectamente su intervención armada, cuya labor de devastación y genocidio tiene precedentes en la páginas más oscurantistas de la historia.

 Mientras tanto, en Venezuela se llora la caída de Colon, a un año de celebrarse con jolgorio la de Sadam; y de negarse a reconocer la devastación de los patrimonios culturales de Irak. Qué iconofilia tan iconoclasta.

 

Entrevista con Asoma Bin Dalen, director de los videos terroristas de la Red alQaeda

Para comenzar me gustaría confesarle que en mi país le admiramos mucho. Fíjese que seguimos a diario su trabajo en el canal del estado, gracias al programa Dossier, producido por nuestro premio nacional de periodismo, Walter Martínez.

-Sí, ya sabía que el señor del parche de pirata sentía un gran afecto por mi videografía, y que mi trabajo gozaba de una gran popularidad en su país. De hecho, uno de sus compatriotas me contactó para pedirme permiso para transmitir una serie de mis obras maestras en un ciclo sobre cine y resistencia en el tercer mundo.

-Es cierto, pero además de eso, hay un grupo de jóvenes promesas del video nacional, autodenominados El grupo GRATATATATATATA, que hicieron un audiovisual inspirado en su estilo. Y ni hablar de nuestra Leni Riefensthal, Patricia Poleo, que ha dirigido varios cortos que se parecen a los suyos, o sea, que tienen todas sus marcas de autor: hombres encapuchados, planos frontales, sonido inaudible..

-¿Y no hace decapitaciones en vivo?

-No en vivo, sino en papel.

-Bueno pero por ahí se comienza...

-Y hablando de eso,¿cómo comenzó usted?

-Bueno, yo comencé como comienzan todos: cargando cables, pegando tirro en el piso, sirviendo café, sacándole filo a los machetes que usamos para cortar cabezas…

-¿Y cuál es su fuente de inspiración ?

-Bueno, yo me nspiro en los clásicos del gore y en las obras maestras de Ruggero Deodato: Holocausto Caníbal, Caníbal Holocausto, Caníbal Feroz, Blood Fest..

-Tiene alguna película preferida?

-Cómo no?, antes de hacer cada trabajo sucio, veo Sardu,El Teatro del Miedo…Su slogan es una maravilla: diviértete con la diana humana, con la extracción del cerebro…tu sensibilidad no podrá aguantarlo.

-Realmente maravilloso…Ahora explíqueme una cosa, ¿cómo uno se hace tolerante a la sangre, a la violencia explícita ?

-Como los doctores, uno se acostumbra. Al final yo lo que estoy grabando es algo así como una operación con un machete oxidado. Nada del otro mundo, en realidad.

-Y no duele.

-No vale, es como si te cortaran una uña. Ni se siente.

-Pasando a otro tema, ¿usted es de los que le gusta improvisar en el plató, o de los que prefiere ceñirse a un guión de hierro?

-Aquí todo está fríamente calculado, no se puede dejar nada al azar. Nuestro trabajo es meter miedo con la menor cantidad de recursos a la mano. Apenas contamos con una high 8, tres metralletas de utilería, tres banderas, ocho capuchas, tres machetes y una silla. Todo tiene que parecer de bajo presupuesto, algo clandestino, chimbo, antiestético, más descuidado que la escenografía de la Hojilla. El poder de nuestra puesta en escena reside allí, en la apariencia de precariedad, de austeridad…Aunque manejemos sumas astronómicas, aunque tengamos miles de millones para hacer lo que hacemos, no podemos darnos el lujo de proyectar bonanza y prosperidad en nuestras películas. Al contrario, se nos paga para crear imágenes feas, descuidadas, formalmente chapuceras, como de hard core.

-¿Hay algo de porno en sus trabajos?

-Todo es full porno, pero de un porno absurdo, fantástico, delirante, surreal…Alguien lee una proclama a cámara, estiramos el momento, controlamos el tiempo, el suspenso…Los actores no son profesionales, pero se les tiene que ver serios, inseguros, secos, resolutivos, parcos, sin emociones, como máquinas de guerra…Y después el gran final, con gritos, alaridos, horror, no me maten por favor, help me, help me y san se acabo.

-Por último, y ya para concluir, quisiera mandar un mensaje al pueblo Venezolano que tanto lo admira.

-Preferiría no hacerlo.

-En ese caso, ha sido un placer entrevistarlo.

-El placer es mío.

 

Notas sueltas del festival de cine español

Nadie quiere desentonar en el concierto hueco del cine iberico. Todos visten igual, de gala, de etiqueta y a la moda. El informalismo se ha descartado, se ha dejado atrás como un recuerdo imborrable de la movida madrileña, cuando destaparse estaba in. Out han quedado las posturas radicales, el deconstructivismo, el abstraccionismo y hasta el surrealismo. Incluso, el inconformismo de Almódovar ya no intraquiliza a nadie. Su contracultura ha devenido cultura oficial para el auspicio y la promoción de sociedades filantrópicas.

La Mala Educación es más de lo mismo en la carrera del autor. Su forma destila manierismo en cada fotograma. No hay cambio de programa y la puesta en escena apela mecánicamente a una cultura neobarroca para la exportación.

Otros síntomas de decadencia se manifiestan en el melodrama español, una sensiblera prolongación del periodismo de denuncia, hecho allá y acullá. Los temas y las maneras de encararlos son idénticas. Únicamente varía el medio de expresión. Entre un reportaje de Vanesa Davies contra la violencia doméstica y Te Doy Mis Ojos de Iciar Bollaín, las diferencias son de estilo. El trasfondo es el mismo y el significado también.

Ante la hegemonía de la ficción en el Festival, cabe preguntarse por la ausencia de la no ficción. ¿Por qué no traen documentales, si adquirir sus derechos no cuesta nada al lado de importar La Mala Educación? Si la idea es mostrar cine de calidad, lo mejor de lo mejor, por qué no hacer el esfuerzo de conseguir un par de copias de lo último de Juaquín Jordá o de cualquier genialidad de José Luis Guerín.

Entre tanto, españa mantiene sus clásicas cuotas de pantalla: 15,8% en el 2003, con respecto al 13,3 % del 2002. Sin embargo, ha perdido miles espectadores en el curso del mismo período. Esta tendencia negativa se refleja en las siguientes cifras: 140 millones de espectadores en el 2002, frente a 137 millones de espectadores en el 2003, un tres por ciento menos que en la temporada anterior. Se calcula que las películas que más han contribuido a revitalizar el mercado español, son las comedias como El Otro Lado de la Cama. De ahí que el Festival apueste todo por ellas, antes que por un cine menos convencional. Y de ahí también que el logotipo del festival sea un arlequín, un bufón que define la muestra como una apoteosis de lo lúdico. Es decir, el cine como pasatiempo, esparcimiento y entretenimiento de masas.

 

Japonofilia

Desde la fiebre por el anime hasta la nostalgia tarantinesca por el cine de artes marciales, desde la Kitanomania hasta el furor de Perdidos en Tokio, la sociedad occidental, y la nuestra por extensión, se ha rendido a los pies de la cultura del sol naciente, en aras de absorber el calor y la luz de su energía posmoderna.

En esa extraña pero irresistible seducción por la alteridad nipona, la cinefilia caraqueña asiste de manera puntual y ritualizada a cuanta selección de cine japonés tenga lugar en la capital.

Indudablemente, las películas más demandas por los fanáticos de Mazinger Z, son las obras maestras de la Toei Animation, así como las sucesivas entregas de Dragon Ball.

Por su parte, los más adultos y los menos obsesionados por el futuro de Pokemon, prefieren una buena muestra del talento de Takeshi Kitano, o en su defecto, una imprescindible reposición de los clásicos de Kurosawa, Mizoguchi y Ozu.

Entre las grandes películas japonesas, vistas en Venezuela a lo largo de los últimos años, figuran El Viaje de Chihiro de Hayao Miyazaki, Audition de Takeshi Mike(en DVD), y la sensación del terror asiático Ringu, cuya versión americana pervierte el espíritu independiente de la original.

Por razones de mercado y por la lógica expansionista de la globalización, Hollywood ha intentado competir con la industria nipona en su propio terreno, haciendo copias, remakes y adaptaciones de viejos mitos del celuloide oriental, con el fin de ganarse el afecto de los espectadores japoneses. El resultado no ha podido ser peor en términos estéticos, si tomamos en cuenta este par de despropósitos:

1)    El Godzilla de Roland Emerich, que no le llega ni por las patas al de la versión animada.

2)    The Last Samurai con Tom Cruise, que gracias a dios que fue el último.

Y a propósito de bodrios seudonipones, no debemos pasar por alto la contribución nacional al subgénero (o al degenero): Tokyo Paraguaipoa, otro chiste incomprensible de Leonardo Henríquez, con el hijo de Shoko Sato, Adolfo Cubas(el mismo de la Guerra de los Sexos), y Eileen Abad en plan estelar, y al desnudo como Dora Mazzone en Punto y Raya.

Sea como estilo, moda, marca, fetiche o mala fotocopia, la japonofilia se contagia a la velocidad del virus I Love You, causando epidemias y enfermedades de difícil curación. De hecho, el consumo indiscriminado de Hentai es tan sólo uno de sus síntomas.

 

Torremolinos 73

Dir.: Pablo Berger. 2002.

El protagonista de Torremolinos es como un Ed Wood español, en medio de la larga noche franquista, que en vez de idolatrar a Orson Welles, le rinde culto a la obra de Bergman, al punto que le hace un pequeño homenaje en su film cumbre: una versión blandiporno del clásico El Séptimo Sello, obra capital de eso que llamamos, por costumbre, el “séptimo arte”.

El guiño al film del director Sueco, no es producto de la casualidad, de las improcedentes fusiones posmotarantinescas y almodovarianas, de las obsesiones cinéfilas a lo De la Iglesias, o de las ganas de desacralizar a un mito del celuloide. Por supuesto que hay mucho de ello en el fondo del asunto, pero básicamente se busca otra cosa.

Pareciera, más bien, que se pretende establecer una analogía entre el personaje central de la película y el protagonista de la obra maestra, para decirnos que los dos viven en una época oscura, asediados no sólo por los fantasmas de la nada y la muerte, sino por los espíritus de la represión, quienes al igual que los productores de Barton Fink, cuartarán la libertad creativa de nuestro artista, de nuestro pequeño Cervantes en un mundo Quijotesco.

Cervantes es el nombre del hotel donde se filmará la versión censurada de El Séptimo Sello. Tal elección tampoco luce como una casualidad de la vida. Y es que el antihéroe de la película, cual hidalgo de la Mancha, se apasionará a extremos alienantes no por la literatura de caballería, sino por las películas de autor.

Su obsesión lo llevará a enfrentarse con los molinos de viento de la producción, en compañía de su adorada Dulcinea, quien lo secundará hasta el final de su aventura como si fuese un auténtico Sancho Panza.

Parejas y tandems inolvidables nos ha legado el cine español (Buñuel y Dalí, Pedro y Antonio, Bigas y Bardem, Mortadelo y Filemón), pero pocas, muy pocas como el matrimonio de Torremolinos 73. Hasta que la muerte los separe, cabalgarán juntos en la ola del eurocore primitivo, más por necesidad que por afición. Serán unas estrellas en el extranjero, en circuitos clandestinos de serie Z, pero nunca se les reconocerá en su tierra natal porque son profetas de un arte marginal y marginado por la censura oficial.

Dice el mito que cada autor tiene una gran revelación en su vida, que lo marcará para siempre. Buñuel entendió que la existencia era sueño, y partir de entonces se enguerrilló en contra de la realidad y sus convenciones, al igual que Dalí. Goya descubrió que los sueños de la razón producen monstruos, y sus pinturas negras así lo representarán. Finalmente, el realizador de Torremolinos comprenderá, en el último día de su carrera como pornógrafo, que su género de experimentación es un instrumento de la dominación masculina, donde desaparece el lado humano de la mujer, y donde las libertades de expresión se reducen a la voluntad del mercado, del espectador vouyerista y del poder. Es lo que Frank Baiz Quevedo definió ingeniosamente como “la esclavitud de la mirada”. Esclavitud de la cual se emancipará el personaje principal al final de la historia, para dedicarse a filmar bodas de familias pequeñoburguesas.

Algunos han visto este desenlace como una conclusión reaccionaria y moralista, en contradicción con el resto del largometraje. Otros como un final feliz irónico, por el detalle del niño sueco*. En lo personal, ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario. De onanista y todo, de superficial y tal, no me interesa cuál es el trasfondo oculto de la última escena. Su sencillez casi neorrealista me ha conmovido, me ha parecido totalmente conveniente para el resolver el guión. Y no busco otra cosa en una película.

Por lo demás, y como extra, el film garantiza además de buen humor negro, una infrecuente reflexión de la era franquista, desde el enfoque de un Marco Ferreri, de un Fellini de clase baja, o para ser más exactos, de todo un Jess Franco, el padrino del X hispano, a quien alude (sin querer queriendo) Torremolinos 73. En cualquiera de los casos, y sin duda alguna, uno de los mejores estrenos del 2004.

* Como decía Nietzsche: Hay que tener un caos en un mismo para dar a luz una estrella...