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Otoño, 1983


-Pedro Enrique Rodriguez
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   El hombre leyó con un inglés difícil la planilla de alta y firmó. Al otro lado, en el amplio pasillo pulido, donde las luces del techo reflejaban una luminiscencia aséptica e irreal, la mujer permanecía sentada, jugando con un hilo que sobresalía de su bata de casa color azul. Al fondo, un ventanal dejaba ver el cielo plomizo del otoño, el movimiento acompasado de una hilera de abetos. Una enfermera de blanco desteñido, con el cabello rizado, a la moda de los primeros años de los ochenta recibió la planilla, cotejó los datos y dijo algo que el hombre no entendió muy bien. Decidió dejarlo así, sujetó a la mujer por el brazo y caminaron en silencio hasta el carro. Cada cierto tiempo, la mujer se detenía, tomaba aire, fruncía el ceño en un gesto de dolor. Los días de hospitalización dejaban en su cara un tono pálido que no correspondía con la belleza de su piel en otros tiempos, cuando él fijó su imagen en las tardes quietas del caribe. Su semblante semejaba el de las mujeres que recién han dado a luz, pero su caso era el extremo de la situación. Venía de un aborto espontáneo que la mantuvo al borde de la muerte.

   Llegaron al mustang color verde. Con dificultad, el hombre le ayudó a ubicarse en el asiento. En cierta forma, la mujer parecía una muñeca de goma que manejaba con torpeza el volumen de su cuerpo. El hombre pensó en lo difícil que serían los días venideros, en el vacío irreal de la última semana.

   Subió al carro, encendió el motor y manejó a muy baja velocidad entre los árboles tristes del invierno, con el pensamiento fijo que un movimiento brusco, un frenazo, podía afectar de algún modo el estado de la mujer. Después, recordó que tales previsiones correspondían con un hábito que recién comenzaba a adquirir en las últimas semanas. El hábito de pensar que la mujer estaba embarazada, la precaución de no hacerle ningún daño al niño. En algún lugar de sí existía la confusión, el vacío.

   ¿Te sientes bien? Preguntó el hombre, mirando alternativamente el rostro de la mujer y la carretera. La mujer se levantó un poco en el asiento e hizo un gesto rápido con la cabeza. Entonces él encendió la radio y escuchó una canción de los Bee Gees que comenzaba a estar de moda en esos días. La mujer hizo un gesto de contrariedad y el hombre, al comprenderlo, apagó el receptor. Siguieron un rato en silencio.

   Tengo que parar en una farmacia, dijo el hombre. La mujer volvió a asentir. La ciudad estaba oscurecida por las nubes de borrasca. A lo lejos, una de esas nubes dejaba caer una densa capa gris de lluvia. Estacionó frente a una farmacia de los suburbios, con una vitrina limpia y despejada. Parecía más bien un lugar al que no se va cuando se está enfermo. Diseñada para personas que sólo sufren por asuntos pequeños o enfermedades imaginarias. El hombre entró, caminó entre los estantes y tomó algunos artículos menores. Después, entregó la lista a la dependiente, una rubia pecosa, muy flaca, con los ojos grises.

   -¿Qué ampolletas? -preguntó la dependiente.

   El hombre hizo un gesto de indecisión, miró hacia el carro, donde su esposa permanecía con la cabeza echada hacia atrás.

   -No sé, las que sean.

   -Le daré estas -dijo la dependiente, mostrando unas inyectadoras cubiertas por un papel azul intenso y una cruz blanca.

   Iba a pagar la cuenta cuando vio, en un estante junto a la caja registradora, algunas Selecciones del Reader's Digest y bolsas de malvaviscos y Chiclet's. Tomó algunos y lo enseñó a la dependiente.

   -Dulces -dijo la dependiente, con un tono significativo que el hombre no logró entender. Apenas si sonrió con una mueca y salió de la farmacia.

   Subió al carro y entregó el paquete a la mujer. Mira, te compré malvaviscos, dijo, sacándolos de la bolsa. La mujer sonrió y acarició su cabello con un gesto triste. El resto del camino a casa ambos fueron en silencio. Cada cierto tiempo, la mujer sacaba una malvavisco de la bolsa y lo llevaba a la boca del hombre. No sentía deseos de comer, pero de algún modo, completar esa rutina era un modo de retomar el curso de la vida juntos, el tiempo en el que la amenaza, el estupor estaba lejos de ellos.

   Vivían en el segundo piso de una casa bordeada de abetos, en un anexo de unos pocos metros, pagado a duras penas con los recursos de la beca y una que otra remesa intempestiva enviada desde Caracas. El hombre estacionó junto a la escalera (esto siempre les traía problemas con su casera), le dio el brazo a la esposa y le ayudó a salir con la misma dificultad.

   Subieron los escalones de madera sin hablarse, sujetándose los brazos con fuerza, hasta el punto de crear rosetones ampliados por las cuchillas del frío del otoño. Al abrir la puerta, la mujer sintió un olor a casa antigua y pensó que, después de todo, ese era su hogar, que estuvo a punto de no volver nunca más a él. Pensando en esto se echó a llorar.

   En algún lugar de la casa, entre papeles, informes, libros de electrónica, debían estar unos escarpines comprados en las semanas anteriores. El hombre pensó en eso, dejó a la mujer en la cama, entre sollozos, y se dispuso a buscarlos. Comprendía que debía esconderlos, comprendía que cualquier objeto que pudiese traerles la corroboración material del aborto era una mueca retorcida que debía borrar, suprimir, aniquilar. Al fin los consiguió sobre la mesa, envueltos en un papel satinado. Ni siquiera los abrió. Caminó hasta el trasto de la basura de la cocina y los dejó caer pensando en catafalcos, criptas, panteones familiares.






   



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