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Allí y así



-Daniel Pratt.
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    Tenía que suceder tarde o temprano, no hay virgen, princesa ni reina que aguante tanto rezo a la intemperie. La estatua se cansó de que la manosearan sin pasión y el día en que el presidente anunció el septuagésimo sexto momento decisivo, la trigésimo novena batalla final, la reina se recostó, harta de las habladurías.

    La estatua de Maria Lionza es el hito más antiguo de la Francisco Fajardo, parte de Caracas como el Ávila; verla rota es equivalente a presenciar las torres de Parque Central a medio derruir.

    Unos días después del suceso pasé por allí y las fotos no me habían preparado para esa avalancha de memoria: la curiosidad cuando me explicaron qué hacia ahí una señora desnuda y escuché por primera vez esa palabra que se dejaba repetir: danta, danta; la reserva que sentí alguna vez por un asunto pacato y mezquino del catolicismo; la maravilla por esa maestría de Colina en las curvas que aprendí a reconocer durante sólo unos segundos de tráfico y finalmente el orgullo de vivir en una ciudad cosmopolita en la que una estatua pagana ocupa un puesto más importante que cualquier iglesia.

    La reina está partida y lo único que se les ocurre a los faunos que tienen que ver en el asunto dentro y fuera de los círculos del poder, es jugar con la papa caliente de la responsabilidad mientras la estatua se llena de agua. Todo pronóstico indica que se va a quedar allí y así, como todo en esta ciudad en ruinas se ha venido quedando allí y así porque nadie negocia, porque a nadie le importa, porque sólo los imbéciles ceden ante la crítica.

    Maria Lionza mirando al cielo, la Danta solitaria en medio de la autopista es una visión más pavosa que un mano a mano entre Chávez y Luis Herrera en cadena nacional de radio y televisión. Al pasar por ahí, carraspeo y digo aaagh, como si me hubiese regañado un palo de ron, recordando el sabio consejo de pellizcar el gemelo izquierdo cuando se pasa junto a procesiones fúnebres, carros llenos de monjas y ahora, estatuas de diosas paganas subyugadas por nuestra desidia.




   

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