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Punzada

-Tatiana Sledzinski
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    Tal vez familiarizada con el clima de Puerto La Cruz durante mi adolescencia, no me impresiona gran cosa el famoso calor de Maracaibo. Sólo observo el aspecto de limpieza y orden de sus avenidas planas. Se me ocurre que es una ciudad horizontal, un poco aburrida, en nada parecida a mi Caracas de cielos abarrotados. Luego de dos días de encierro laboral, tengo la suerte de dos horas para un paseo corto.

    -¿Señora, me regala algo?

    A una lata vacía de refresco le sigue la mano, el brazo, y finalmente el rostro bonachón de un niño guajiro: piel morena, cabellos dorados, dientes menudos y blanquísimos. Pienso que podría regalarle mi cansancio, mi calor, mi sueño, tantas cosas que me sobran. Nada de eso hubiera tintineado contra su lata como lo hace contra mi cerebro. Opto por tres o cuatro monedas de cien bolívares. Otros niños también me agarran por la blusa al mismo tiempo: hermoso palomar que levanta el vuelo ante mi negativa.

    La Basílica de La Chinita es mucho más impresionante por dentro que por fuera. Me persigno antes de entrar por la nave izquierda y voy tratando de reconocer santos antes de leer sus nombres. Sólo acierto con San Antonio. Al mirar la cantidad de gente frente al altar me imagino que hay misa; al acercarme descubro que la tabla con la imagen de la virgen está accesible y decido subir los escalones a contemplarla: una madera oscura, casi negra, en la que sólo se detallan bien los retoques de pintura dorada y las dos pequeñas coronas de la madre y su hijo. Los ramos de crisantemos y rosas marchitas dan un grato olor al ambiente refrescado por ventiladores “Tauro”. Una atea declarada suelta a mi lado una plegaria para acertar el Kino de este domingo. No deja de llamarme la atención un par de charreteras dentro del altar, al lado de un relicario contentivo de Dios sabe qué, y un solideo. Salgo por la nave derecha, contemplando las pinturas del techo, admirando el magnífico vestido de terciopelo negro con bordes dorados de una virgen siempre joven al pie de la cruz: llorar con lujo, bello romanticismo religioso.

    De lejos veo el perfil de dos catedrales más, sabiendo que en dos horas no podré ver mucho de lo que en realidad me interesa. Me es antipática la idea de haber perdido la noche inmersa en una piscina de hotel, conversando sobre lo mismo que había hecho en el día.

    Atravesamos cierta zona fancy de Maracaibo para llegar a un parque en construcción, relativamente grande, que aun sin terminar se ve prometedor: el Paseo Vereda del Lago. Las áreas verdes se encuentran en excelente mantenimiento. Cada tanto hay canchas de tenis, parques infantiles con toboganes hirvientes en los que los niños dejarían la piel… Lo que más me gusta es la caminería a orilla del lago, las aguas oscuras como la acuarela azul mezclada con tinta china. Me gusta ver las olas romper contra la baranda y bañar la acera. Me gusta, sobre todo, la manera en que el sol evapora pronto los charcos.

    Es obligatorio el paso por el Puente Rafael Urdaneta. Unos ocho kilómetros de buen asfalto, pintura reciente y tanqueros vacíos a lo lejos. Más acá gaviotas, pelícanos, historias sobre suicidios desde el puente. En mi memoria, Lilibeth Morillo saltando en benji frente a las cámaras de Sábado Sensacional, las cuñas del B.O.D., y la infaltable melodía: “Cuando voy a Maracaibo y empiezo a pasar el puente…” Bella cultura kitsch de mi país, cuyas imágenes desalojan mi cerebro al entrar al Museo del Puente. El parque temático tiene buenas intenciones, pero todavía le falta mucho. El museo, sin embargo, es completo en su concepto. Las fotos de la construcción y reconstrucción del puente luego del accidente del 64 me recuerdan las visitas a Eiffel o al Arc Du Triumphe, sólo que ésta es una exaltación un poco menos pretenciosa que igual cumple su cometido.

    Fin de mis dos horas. Al llegar al aeropuerto todavía tengo tiempo de seguir maravillada con la enorme escultura de piedra en la entrada. Me quedo pensando en la ráfaga de paisajes que disparó mis ojos durante la corta visita: la Avenida 5 de Julio, bien asfaltada y pintada, sus fuentes bañando las esquinas, sus plantas en las islas, la Plaza de la República y su Obelisco. Lamento de veras no haber pasado por el Centro Lía Bermúdez.

    Pero por encima de todo, pienso en Caracas, mi Sultana, mi Cenicienta, mi Dama de las Camelias. Pienso en sus avenidas, tan acariciadas últimamente por ufanas marchas nacionalistas, tan maquilladas con banderas, tan moteadas de basura a las dos de la madrugada… Pienso en sus rincones de venta de licor más allá de las nueve pm, en los diminutos baños que alguna vez me han prestado amablemente las prostitutas de un burdel, en las silenciosas galerías de arte de Las Mercedes, en la vista de la Cota Mil desde el sureste, en las glorias merecedoras de postales: el TTC, las Torres de Parque Central, el Museo de Los Niños, el Jardín Botánico. Pienso que no cambiaría Caracas por nada… y aún así estoy en el avión preguntándome con un poco de amargura el por qué de esta punzada.



   

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