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Sobre “Pliegues” de Ytaelena López

Podríamos estar leyendo un relato de Ytaelena donde seres vacíos presencian el Apocalipsis con los pies bien puestos sobre la tierra: la tierra de un cementerio de ballenas. O viendo uno de los performances que la hicieron conocida en los círculos culturales jóvenes de Caracas, en los cuales utilizaba pintura corporal y máscaras no para esconderse, sino como amplificadores de las imágenes que desarrolla en su cabeza. Pero, en realidad, estamos ante su libro de poemas “Pliegues”.

 Y la poesía es la tortuga y quien quiera hablar de ella será Aquiles, condenado a perseguirla y no existirá accidente, coyuntura o proeza que permita cubrir la distancia de separación. Porque la poesía es otro lenguaje, así que, al escudriñarla para buscar en ella lo explicable, lo analizable, lo fatal será el fracaso.

 Sin embargo, hay que aceptar los retos. Tenemos las imágenes corpóreas. Dice Yta (o la voz poética de la escritora): “Me voy a almorzar un músico”. O dice Yta: “Un verso mordió mi nalga”. Nos habla también de “un monstruoso carnaval de Babel guardado/tras ese cinturón de castidad”. Y es una mujer: intensidad de mujer, voz de mujer, preocupación de mujer, cercanía o distancia de mujer (y senos, vagina y útero) el vehículo de estas imágenes.

Pero tenemos también al ser, un ser muy femenino pero íntimamente híbrido, que busca la cara opuesta de la castidad, de la religiosidad persiguiendo orgasmos bíblicos, practicante de una lujuria devota y una forma de comunión donde copulan espíritu y cuerpo.

                                         “Padre Nuestro

A quien oro de rodillas con el sexo seco
Sólo para demostrar que mi cuerpo
No es más que amor”

 

Y el amor, en estos versos, es una condena, una tortura, es sangre contaminada de veneno corriendo lentamente y dejando marcas por todo un organismo, esperando el nivel de acumulación que hará mortales los efectos. Los vínculos de amistad, fraternidad, el vínculo del matrimonio parecen pertenecer a una categoría de respuestas sociales artificiosas e insuficientes para ocultar, para enmascarar brevemente nuestra soledad.

¿Es una visión pesimista? ¿Es un asunto de pesimismos y optimismos? Nunca lo ha sido. No se trata más que de sentarse a observar la vida en valor absoluto y descubrir que, efectivamente, bajo la promesas publicitarias (sean de empresarios, políticos o científicos) de un mundo mejor, se esconden las mismas tragedias que los griegos contaron y recrearon en el tiempo antiguo.

 Entonces es, simplemente, una cuestión de realidades. Que no están en relatos ni en actuaciones coreográficas sino en lenguaje poético que siempre será una dislocación de las formas racionales de comunicación. Es Ytaelena López mostrando los pliegues, los dobleces y los reversos del mundo que observa.

¿Cómo lo hace? Queda la incógnita. Yo propongo una hipótesis: lo hace con la distancia de quien partió sin destino fijo y en un tránsito sin límite temporal, espera. Por eso, con este libro, Ytaelena parece hacer suya una frase de su maestro, Sael Ibáñez: una vez que tuviera la firme convicción de que necesitaba partir, y además muy lejos, comprendí que no hay lugar más lejano adonde marcharse que irse al fondo de sí mismo, a ese final de mundo donde sólo convive uno consigo mismo. Ahí me fui, a la espera de que mi corazón se rompiera o se hiciera de bronce.