Este sitio se vería mucho mejor con un browser que soporte estándares web, pero es asequible para cualquier dispositivo con navegador de Internet.





Top-5 dibujos animados (comics, historietas, series infantiles, etc.) que me enseñaron algo de la vida.

Top-5: s. Lista arbitraria, extremadamente personal, hecha por un colaborador de Panfleto Negro.

Omitimos algo? ¿Quieres escribir tu propio TOP-5? Visita el foro de panfletonegro haciéndo clic aquí

Próximo Top-5: "5 sitios que no existen pero que quisiera visitar"


O.

Aprendí muy poco sobre la vida de las comiquitas e historietas educativas. Érase una vez un hombre, Petete, la comiquita del indio que abria la bocota y sonaba un tren... cuando fui suficientemente grande como para entender de ciencia e historia, ya era muy tarde y las encontraba aburridas. Hoy mataría por volver a verlas. Hay una excepción La calle es libre, era un cuento ilustrado para niños muy a la manera de la revolución bolivariana (sí, antes de la revolución bolivariana, Bolívar y la reforma agraria y la tierra para quien la trabaja y primero nuestro arte, todo eso, ya existía) que me enseñó de manera indeleble la triste génesis de esas curiosidades urbanas llamadas barrios.

Mazinger Z, Sawamura y Grand Prix, entre otros animés, me enseñaron que los japoneses son los mejores en eso de los dibujos animados. Que los americanos lo intentan, pero no son tan buenos y que los europeos nunca lo lograrán. Además, enseñanzas menores como que azul rojo y blanco es la mejor combinación de colores que se puede usar en un carro o que si juegas a los puños atómicos en medio de la clase de matemáticas debes hacerlo en voz baja o serás sometido a la vergüenza más triste frente a todos tus amiguitos de segundo grado.

Candy candy me enseñó, sí. Qué me enseñó es algo que no sabría precisar, pero mi primera referencia erótica, por ejemplo, es esa escena en la que Terry toma a Candy por la cintura mientras ella baja la escalera de su palacio y se congela la cámara mientras una femenina voz en off nos explica lo que sucederá entre ese momento y mañana a la misma hora, momento en el que probablemente Candy salga vestida con ropa de dormir cantando mientras prepara el desayuno de palacio.

El vuelo de los dragones, esa versión épica de los juegos de rol, me enseñó todo lo que se debe saber antes de irse de casa acerca del bien, el mal, el heroísmo, la cobardía, el poder que genera el amor, el odio que generan la impotencia y la injusticia, la realidad, la fantasía, la ciencia, la magia, Dios y Satan. Pagaría mucho por tener una copia, aunque fuera en VHS.

Finalmente pondría a Mafalda como el personaje que más me ha enseñado sobre la vida. Que más me sigue enseñando, creo. Hay un aprendizaje colateral que se remite a la versión animada de Mafalda: todo mensaje tiene un formato, un lenguaje. Lo que puede ser brillante en un libro de historietas, puede ser un absoluto desastre en dibujos animados.

<[email protected]>

Pedro Enrique Rodríguez

5. Los picapiedras. Estaba sentado en el piso, comía una merienda, veía los picapiedras con el hipnotismo de los desamparados. Entonces ocurrió un estallido. Comprendí por qué Pedro y Vilma dormían en camas separadas. Entendí que, desde la óptica de los adultos,  la infancia debía ser tratada como territorio púdico y aséptico. Fue, tal vez, la primera lección práctica de lo políticamente correcto.

4. Mafalda. Durante meses ejercí la previsible, fatua actividad de reproducir los dibujos de Mafalda en un inmenso cuaderno de espirales. Suponía (no sé si con razón), que esa actividad era un tributo, un homenaje y, además, un claro matiz de una mentalidad progresista. Al llegar a la mitad de esa empresa comprendí por qué Quino se obstinó de ella. Eso, a la larga, fue lo más notorio de esa educación sentimental.

3. Marcos. Vi el estreno. Oscurecía en el rectángulo de una ventana donde se dibujaba el cielo rojo sobre una vasta planicie. En el televisor, era un hermoso día en un pueblito del mediterráneo. A mitad de ese primer capítulo comprendí que se tramaba un engaño. Lloré amargas lágrimas adoloridas (y creo ahora, innecesarias) en la escena de la despedida en un puerto italiano. Oscura, dolorosamente, comprendí que la vida también podía ser así.

2. Viaje al centro de la tierra, en historieta. Mamá me lo compró en una librería de una ciudad donde, a lo lejos, se podía ver la nieve. Lo leí en un autobús gris en el que los abetos se dibujaban en las ventanas con la velocidad de un tren aletargado. Era, supongo, algún intento por introducir los clásicos de la literatura en las mentes infantiles. Me sirvió para el modesto pero decisivo descubrimiento de que podía leer un libro completo.

1. South Park. Es valioso que la adultez pueda contar, todavía, con un lugar donde la óptica de las comiquitas puede adaptarse a unos lentes de astigmático, a una barba incipiente de tres días. Sirve para comprender que estamos lejos del lugar de donde venimos. Pero que aún así se insiste, se insiste. Una variante de la voz de Jules Winnfield  en Pulp Fiction: «but i’m trying, Ringo. I’m trying so hard».

<[email protected]>

Yadelcy Hamber Machado

Aparte del hecho intimidador de estar al lado de los grandes colosos de panfleto negro, esta es “mi primera vez”, así que ruego paciencia al lector.

5. Popeye “El Marino”: Mientras pensaba en este Top-5 y caminaba por Los Palos Grandes, rumbo a casa, fue ésta la primera línea que viajó a mi mente. En mi familia nadie creía que consideraba a Olivia la chica más casquivana que jamás hubiera conocido. Con ella aprendí, a temprana edad, que las mujeres podíamos ser verdaderas cuaimas y aunque la desprecié admiraba su poder para jugar con las emociones de un tontuelo como Popeye mientras entusiasmaba a Brutus con la seguridad de que cuando éste se volviera apasionado (lo que solía ocurrir) estaba el pasjuato de Popeye allí, con su lata de espinacas, para caerle encima al otro. Par de tontos marionetas de una larguirucha, escuálida, hipócrita y socarrona. Nunca entendí de quien era Cocoliso. Yo, Popeye, hubiera tenido mis dudas, respecto a la  paternidad de ese pequeño, con tan libidinosa mujer al lado.

4. Mafalda: La conocí por intermedio de mi hermana, quien de avanzada la trajo de la universidad. Ante la continua insistencia de mi familia y los comentarios de sobremesa que se hacían sobre ella comencé a leerla y fue mi perdición. La asimilé de memoria. Aún hoy recuerdo algún hecho cotidiano y rememoro algún comentario de Miguelito (él más sagaz de todos) y me invita a comentarlo, pero no todo el mundo siente el mismo aprecio o ha tenido la maravillosa oportunidad de leerla, así que se pierde la gracia del chiste o lo guardo para mí. Con ella profundicé que los adultos somos niños grandotes y que los niños suelen ser adultos en potencia con ideas más brillantes que las nuestras. Me quito el sombrero ante Quino.

3. Archie y sus amigos: Tanto en comiquitas como en historietas, me las tripié de lo lindo. Aprendí de Torombolo que te puedes comer 500 hamburguesas, 13 perros calientes 100 malteadas y un paquete de papitas y entender que lo que te hizo daño fue la última Papita. Nunca entendí que le veía Archie a Verónica, pero jamás he entendido el gusto de los hombres y allí comprendí que sería un misterio eterno para mí.

2. Scooby Doo, ¿Dónde estás?: Me encantaba y con ellos comprendí, que a las historietas nunca le dan ganas de ir al baño cuando van en carretera, aunque se la pasen comiendo dentro de la misma o estén aprensivos ante la posibilidad de un seguro misterio. Experimenté que los enigmas generan en mí una ansiedad que me da hambre. No podía ver Scooby Doo, sin desear comer “algo” . ¿Cómo descubrían los misterios y casualmente?, Jamás lo entendí, pero me cautivaba.

1. Candy, Candy:  Asimilé en mi pre-adolescencia, que una mujer podía enamorarse de cuanto hombre conociera y mantener el mismo aspecto angelical, juvenil y tierno para seguir enamorando a cuanto hombre conociera. Fue la segunda definición de “casquivana fina” que aprendí, después de entender que la chica en cuestión era una tonta-gafa con buena suerte. Pero no puedo negar, que la primera vez, desfallecía por ver cada capítulo; si hubiera sabido (como lo sé hoy) que la iban a pasar todos los años, no me hubiera enrollado tanto. Mientras crecía  se volvió cursi y monotemática con el AAAAAAnnnnnttthhhhhhhhhhoooooonnnnnyyyyy.

<[email protected]>

Luis Nouel

Las mujeres no son fáciles (Candy Candy)

Mis hermanas la seguían cada año a pesar de mis burlas. Para mí, cualquier programa que carecía de explosiones o persecuciones de carros era una pérdida de tiempo. Sin embargo la alfombra roja de la niñez se acabó, y al caminar sobre los afilados pedruscos de la adolescencia, aquella serie llena de flores y reflejitos de sol se volvió una ventana hacia la feminidad, ese misterioso mundo que llamaba mis atenciones y frustraba mis intenciones. Candy era una rubia que deambulaba por el mundo supeditando la lógica al romanticismo con un mensaje contundente: las mejores parejas son las que nunca logran estar juntas.
Hicieras lo que hicieras, no había ninguna garantía de quedarse con la chica. Terry, por ejemplo, era un malo pendejo que lo único que logró fue una cachetada. Anthony era bueno, pero tampoco obtuvo los favores de la protagonista.
Un efecto colateral de esta serie es que cuando me he topado con alguna de esas animaciones en las que aparece una chica follando y su expresión de placer tiembla en inmensos ojos típicos de los dibujos japoneses, hay un aleteo en mi mente que siempre me remite a Candy. Y me queda claro que ya se cumplió mi fantasía de verla hacer lo que nunca se hubiera atrevido. Al fin Candy se dejó alcanzar. Sé que son cuatro rayas pintadas en un papel, pero esa conexión entre la niñez y la adultez me ha condenado a que no pueda ver una película Manga sin que me sobresalte un cosquilleo bajo el pantalón.


El Enmascarado es tu hermano (Meteoro)

Además de los viajes y las carreras de Meteoro, en esta serie había un personaje oscuro: El Enmascarado, un detalle que le daba a los personajes una porción de debilidad y humanidad inusual en una comiquita que solo pretendía chocar carros. El hermano de Meteoro, Rex, se había ido de casa tras una fuerte discusión con el padre, y esa se había convertido en la zona de vértigo de la familia: la madre temía que el otro hijo se fuera también por los arranques del padre, el padre asomaba la culpa cada vez que podía, Meteoro trataba de impresionar a su hermano porque sospechaba que lo veía desde algún lugar. El equilibrio familiar es precario, y si se tensa demasiado, se revienta como una guitarra barata.


Todo lo que brilla es oro, si quieres creértelo (Goldar)

Goldar era una serie japonesa sobre una familia de tres cohetes-robots que vivían en un volcán y cada semana salvaban al mundo de los monstruos que enviaba Rodak. El protagonista, era un niño que cuando se veía en peligro podía llamar a cualquiera de los tres robots con un pito: un soplido para el robot-niño, dos para el robot-mujer y tres para el gran Goldar, un robot que resultó dorado cuando llegó la televisión en colores.
Hasta para un niño de siete años como yo, resultaba evidente que aquellos cohetes eran yesqueros, que lo que quedaba de los compinches de Rodak cuando los mataban era gelatina de limón, que Goldar, a pesar de su apariencia áurea, tenía un cierre en el traje, y pelo de muñeca barata. Lo sabía pero no me importaba. Me encantaba la serie y todo lo que quería era montarme en esas naves para luchar contra los monstruos. Descubrí que somos capaces de creer en cualquier cosa, por idiota que sea, si la idea nos seduce. Me comenzó a fascinar esa posibilidad que tiene la cámara de engañar con tan poco, y me convertí en un admirador del truco, de la realidad inexistente del cine que día a día rogamos que tenga menos vergüenza.


Marcas de tinta para adultos (La Señorita Cometa)

Takeshi y Koji eran dos niños que “adoptaban” a una inexperta institutriz extraterrestre con poderes mágicos capaces de arreglarles o hacerles imposible la vida. En cada capítulo los niños se llevaban algún coscorrón de los maestros o familiares; pero la que casi siempre salía mal parada era la mismísima Señorita Cometa, a la cual “El Director”, su maestro, siempre acababa poniéndole como castigo unas “x” de tinta en la cara. Esta especie de Mary Poppins japonesa fue la primera que me mostró, en la televisión de blanco y negro de los setentas, que el mundo de los adultos era mucho más caótico, inseguro y ridículo de lo que ellos se empeñaban en hacerme creer.


De los Apeninos al Cunaviche (Marcos)

A mis ocho o nueve años mi tío me llevó a Apure a pescar pavones y a cazar patos, todo un viaje de apuntalamiento de la hombría. A orillas de un río acampamos con varias familias y unos baquianos apureños: una pareja y su hija. El hombre nos llevaba a los sitios de pesca, nos decía cómo cazar, y sobre todo estaba alerta a que ninguno de los citadinos fuera a meterse en un lío por ignorante. La mujer ayudaba a cocinar en el campamento y la chica se aburría como una ostra hasta que yo, el único niño de su edad, volvía. Ahí, arrastrando las panzas por el fondo del río, pasábamos las tardes comparando a las criaturas del Llano con las de Caracas. Una vez ella me dijo de cerquita que le gustaban mis dientes de conejo y aunque me agradó escucharlo, no supe qué decir. Más tarde me pidió que le cantara una canción y sólo se me ocurrió: “En un puerto italiano, al pié de la montaña…” La chica me escuchaba encantada. Me pedía que la cantara una y otra vez. Decía que no tenía televisión y quería saber todo sobre ese tal Marcos. Yo trataba de recordar la mayor cantidad de detalles para hacer mejor la historia y me esmeraba por mantener su interés. Aquella versión de la comiquita debe haber sido el primer cuento en el que quise que las palabras tuvieran un efecto. Era increíble que a esa chica le parecieran más emocionantes mis frases de lo que yo encontraba la historia original. Y me invadió un suave deleite que sólo se ha repetido en escasas ocasiones, aquellas en las que he escrito un cuento que me ha satisfecho plenamente.

 <[email protected]>

Daniel Pratt

5. Meteoro. En un episodio, una parte de la vía se derrumba por la lluvia y los corredores deben hacer suertes para determinar el orden en el que cada auto salvará el vacío para llegar al otro lado (sí, estúpido, pero así era). Con cada salto, la superficie de aterrizaje se iba achicando. A Meteoro le tocó de último y al corredor X de penúltimo. El escuadrón de la muerte logró pasar pero ellos dos se desbarrancaron, quedando Meteoro ciego y Rex con las dos piernas rotas. De allí en adelante corrieron juntos en el Mach 5, Rex dando las instrucciones de giro y Meteoro conduciendo sin poder ver. Una clase magistral, cuatro elementos trascendentales en un solo capítulo: 1) Los malos también tienen derecho a ganar, 2) ambos corredores aceptaron su destino, sin importar las maneras de sus archienemigos, 3) El corredor X es antagónico pero no malvado (¡Que avant-garde!) y 4) Aunque sean rivales, está bien que dos corredores terminen la carrera juntos.

4. El Correcaminos. Los más ingeniosos o inteligentes nunca ganan, los que ganan son los más hábiles, o los más rápidos. La explicación de por qué los gringos gobiernan al mundo.

3. El increíble Hulk. Puedes querer salvar al mundo, pero si no tienes una buena maquinaria de relaciones públicas, la gente puede pensar que pretendes exactamente lo contrario.

2. Los Simpsons. Aprendí tantas cosas viendo los Simpsons que es difícil inventariarlas. Sin embargo puedo enumerar 3 así por encimita: 1) Vivimos en una época en la que reciclar nuestra propia cultura está bien, 2) no todas las comiquitas son para niños y 3) si quieres cambiar al mundo, bombardea a la gente con referencias y cuando estén mareados, hazlos reflexionar a través de la mofa.

1. Mafalda. La mas naif y memorable de las luchadoras sociales del cómic me enseñó que la mejor forma de criticar al status quo y otras formas de poder es enfrentándolo a sí mismo. Que se haya acabado por cansancio de su creador o por presiones políticas me enseñaron que 1) una comiquita puede ser algo más que una simple comiquita, 2) el éxito no siempre es bueno y 3) el poder de los mentecatos tolera las alabanzas pero es bastante alérgico a las críticas, aunque estas vengan de una simple comiquita.

 <[email protected]>

Jesús Nieves Montero

1)Neon Genesis Evangelion: en mi trabajo como asesor metodológico uso frecuentemente el término “operacionalizar” aplicado a las variables, lo cual simplemente significa que una vez que uno sabe qué va a medir es necesario proponer la forma y la escala de la medición. Evangelion, entre otras cosas, operacionalizó una forma consistente de la idea de la muerte de Dios y, más excitante aún, la muerte de Dios y su suplantación por la tecnología.

2)Blue seed: me enseñó (concepto que como escritor, lector y espectador me asombra) el punto donde Candy, Candy y Evangelion pueden encontrarse. Esta miniserie que mezcla los primeros amores de la protagonista con un panorama apocalíptico regido por la mitología japonesa, muestra con menos filosofía y más melodrama cómo reaccionan ante el fin del mundo personas diferentes.

3)Los Simpsons: debería estar de primera, pero la serie sabe que no debe dudar de mi aprecio y que mi enumeración no expresa juicio de valor. Entre las tantas cosas que he aprendido de la serie de Matt Groening tienen un lugar especial las 3 respuestas que, al borde de la muerte (que después, claro, no se consuma) Homero lega a Bart para que “triunfe en la vida”: a)Buena idea, jefe; b)Eso estaba así cuando llegué; c)Yo no lo hice

4)Ren y Stimpy:  me hicieron saber que mi umbral de resistencia al bombardeo escatológico es muy, pero muy bajo

5)Rugrats: no la veo tanto pero, en general, los capítulos que veo me dejan asombrado y me recuerdan que la imaginación, el ver el mundo, como dicen los gringos, larger than life, es un derecho y, también, un recurso personal, innato e inagotable.

<[email protected]>

















Próximo Top-5: "5 sitios que no existen pero que quisiera visitar"