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Apenas una delgada capa de esperanza

-Héctor Torres
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                    “La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran”
                    -Paul Valéry


El recuerdo es tan preciso, que es la única prueba que puedo esgrimir para aseverar que, en efecto, el alma que ha habitado los diversos rostros del espejo es, y ha sido, siempre la misma: tendría siete años y la aparentemente sosegada vida que se vive a esa edad. Tendría también un carácter melancólico y una abuela perfecta: toda madre, toda regazo, toda enseñanza, aséptica y lejana de cualquier vestigio de sensualidad que podía producir una madre joven. Tendría, por último, escaso contacto con el mundo exterior y un incipiente sistema de afectos y temores, hecho con retazos de ideas prestadas, robadas, adquiridas con dudosa conciencia.

El recuerdo es tan preciso, tan inmóvil, como la imagen que me subyugaba. Colgaba en el cuarto de la abuela, y yo la contemplaba con una incómoda mezcla de placer y terror: una hermosa Virgen, con su blanquísimo e ibérico rostro observándome con serena hidalguía, con su mirada de perdonarlo todo, de comprenderlo todo, con sus labios indiscutiblemente femeninos y con una aureola dorada coronando su cabeza, incrementando su majestuosidad —¿de allí vendrá el hábito de los reyes de coronarse con oro?—; sostenía a un robusto niño en su brazo, aparentando no estar haciendo el más mínimo esfuerzo.

Su cuerpo estaba cubierto por una túnica larga, que la arropaba hasta el final de los tobillos. De la larga tela, como si de un pesado telón se tratara, se asomaba un pudoroso pie; precioso, blanco, llenito (sospecho que esa imagen es el origen del fanático misterio que me inspira esa región de la anatomía femenina).

Ella, con gracia incomparable, flotaba literalmente sobre una nube, ofreciéndome una peligrosa mezcla de sensaciones: protección y sensualidad, reverencia y deseo, calma y desasosiego, todo confuso, todo a una vez. Demasiadas emociones, demasiadas contradicciones para las vísperas de una primera comunión.

Al final de su efigie, allá, bajo su impoluto piececito, y bajo las nubes sobre las que flotaba, empeñado en romper tanta armonía, emergía un amenazante cacho, tan sobrenatural y espléndido como la tranquilidad con la cual ella sostenía a su cría. Y yo, que solía deleitarme en contemplar a escondidas, con placer sensual (sin saberlo aún), su divina imagen, no podía evitar que mi vista, no sin terror, descendiera hasta ese cercano inframundo, para acechar con la misma fascinación esa extravagante arma con la que había sido dotado “aquel” lo suficientemente bajo, lo suficientemente infame como para necesitarla, en ese reino de plácida mansedumbre.


II

Creo que esa fue mi primera angustia vital. Mi primera percepción de que el mal, el terror, acecha debajo de cada momento amable, separado apenas por algo tan deleznable como una nube.

Y no fue sólo mi primer terror, y mi primera impresión de que no todo era corderos en el apacible corral donde pastaban mis siete años. Al comprender que existían los lobos, comenzó a anidar en mí un precario manejo del miedo, y con ello, muy a futuro, muy sin saberlo, una pugnaz intolerancia contra todo potencial peligro.

Yo veía a mi virgen (mi primer póster erótico), y me preguntaba cómo iba a hacer ella, tan blanca, tan bondadosa, tan linda y tan limpia, para lidiar con ese enemigo del que apenas sabía que disponía de una enorme daga natural. Poderoso planteamiento estético que potenciaba hasta el delirio mis pesadillescas fantasías en torno a su desconocido aspecto. Sería de abominable, razonaba, que el pintor apenas se animó a trazar su maligno cuerno desgarrando la nube, como una grosera puñalada.

Porque si ella hubiese tenido dos correas de municiones cruzándole el pecho de acero, mientras sostenía en su brazo, no un bebé regordete, sino una .50, o algún similar artefacto, aunque su imagen hubiese perdido toda sensualidad, toda amabilidad, me hubiese sentido seguro de que el mal estaba absolutamente dominado. Por lo que me insistía la duda, la (para mi fe) peligrosa duda: ¿Sería ella la solución adecuada para la magnitud del problema que asomaba un poderío concreto?

De allí también vendría mi pesimista certeza de que lo bello, de que lo dulce y amable, es tan frágil que en cualquier momento, y en lo que se lo proponga (aunque la esperanza intente persuadirme de lo contrario), el mal, que a todas luces está mejor equipado, podrá imponerse, embistiendo con su aguda malformación ósea, la delicada planta de ese pie angelical, concebido para andar sobre las nubes. Todo esto con la resplandeciente y poderosa fuerza de lo simbólico, esa que sabe adquirir nuevas formas mientras crecemos, adaptándose a nuestros cambiantes temores.


III

Era entonces ese Tánatos el nombre definitivo y último del enemigo de mis siete años, el origen de mis temores, el objeto de mis angustias. Ese Tánatos que me haría concluir que al enemigo no podía esperarse con un descalzo pie blando, que había que adelantarse a su ataque para asegurarse la paz (¿no es eso lo que razona el pragmático vaquero de la Casa Blanca?), que tristemente me había hecho adulto, con los prejuicios, argumentos y temores que signan el final de la inocencia, el ocaso de lo permanentemente posible.

Y allí surgía, para mí, el sentido religioso de la guerra. Toda épica tiene una lectura religiosa: la que señala que el pueblo elegido sufrirá ataques de los enemigos (con mayor capacidad bélica pero con menor bastimento moral), pero que al final, por decisión divina, prevalecerá sobre los impíos, para gloria de Dios. Es decir, la lucha se desplaza, de ser una herramienta política (que el cínico de Ambrose Bierce redujo a un “conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios”), hacia un terreno más sublime: convertirse en un instrumento religioso, celestial.


IV

El porvenir ha estado siempre signado por un fino y ansioso equilibrio entre esperanza y muerte; crecimiento o fin. Es decir, que el Hombre (que no controla su destino), desconoce si se encuentra ubicado al final o a mitad de la rueda de su vida. De allí parte su angustia. ¿Eres feliz? ¿Sí? ¿Tienes idea de cuánto podrá durar tu felicidad? No por importunar la fiesta, pero ¿qué tan lleno estará el tanque? De ese equilibrio entre esperanza y temor nacen sus miedos e ilusiones. Y su capacidad y motivación para la violencia.

En Venezuela, en la hora actual, ese equilibrio, esa balanza, está a punto de inclinarse hacia el miedo desmedido a la muerte, al terror de encontrarse, frente a frente, con el final del camino. Y ese miedo ha tomado forma unánime, leída desde sus dos —idénticas— caras: La intensificación de un proyecto político incierto, que amenaza con cambiar el sistema conocido de vida, por una parte; y un contraataque de la reacción que aleje las esperanzas de existir (al menos en la palabra) para las clases dominantes, por la otra.

El poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, señaló en una ocasión, con indecible finura, que “la guerra se complace en venir como un ladrón en la noche”. Ya el poder supo crear los necesarios dos bandos. Ellos y nosotros. Los buenos y los malos. Lo moralmente reprochable y lo moralmente justificable. Y creados los bandos, triste, fatalmente, la contienda, aguijoneada por el miedo, luce inevitable. Ojalá nadie obligue a vestir con botas la dulce blandura de ese apacible pie que adoré a mis siete años. Los siete años de entonces. Los siete años de ahora.



   

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