Ednodio Quintero

"Estoy vacunado contra la tentación del éxito"

-José Alexander Bustamante
<[email protected]>


Narrador. Ednodio Quintero realizó estudios de Ingeniería Forestal en la ULA- Venezuela- donde luego ejerció labores docentes. Su dedicación a la producción literaria y a la búsqueda de un estilo le han dado el reconocimiento de la crítica nacional e internacional. Obtuvo el premio de cuentos del diario El Nacional en 1975. Invitado frecuente para dictar cursos de literatura venezolana en la UNAM. Ha incursionado en el ensayo, el guión cinematográfico y el papel de editor.


Su obra cuentística será traducida al francés. Reconoce en Kafka al escritor más representativo del siglo XX y a Rómulo Gallegos como el de la literatura venezolana en dicho siglo.
Admite escribir durante buena parte de la noche. Nació en Las Mesitas, Trujillo (1947). Nos regala una extensa y nutrida entrevista cargada de muchas anécdotas.




Nunca lo tentó algún clasificado que dijera: se busca ingeniero forestal o algo por el estilo.

Quintero: En realidad tuve la suerte de comenzar a trabajar prácticamente recién graduado; en alguna ocasión un Forestal que tenía una empresa muy importante en Guayana (sur-oriente de Venezuela) me preguntaba qué hacía yo ganándome ese sueldo miserable en la ULA, que por qué no me iba a trabajar con él, que me duplicaba o triplicaba el sueldo, esa es la única tentación extra universitaria.


Llama la atención de alguien formado en la parte forestal inclinado completamente a la literatura...

Quintero: A mí se me ha olvidado la parte forestal, me parece que fue otra persona la que vivió esa experiencia, incluso a veces me preguntan el nombre de un árbol o algo así, les digo que busquen a un Ingeniero Forestal. Pero en lo absoluto decir que, no fue importante, tuve experiencias muy buenas...estuve en África, conozco todo el país como forestal, o sea todas las zonas de vida, no los ateneos sino todos los tipos de bosques.


Conversemos sobre su trabajo literario. Es La danza de jaguar lo que usted podría considerar su mejor trabajo o el más reconocido.

Quintero: No, no creo, es decir, en principio si hablamos de lo publicado sí, pero yo tengo una novela inédita, con la cual espero superar esa novela, superarme a mí mismo.


Estuvo diez años que muchos consideraron como un silencio editorial, no sé si fue desánimo o circunstancias... algunas personas le han comentando que pensaban que no volvería a publicar, otros dicen que estuvo encerrado, ¿es un lapso particular en la vida de un escritor?

Quintero: ...Fue entre El agresor cotidiano y La línea de la vida, creo... en todo caso eso no importa mucho porque a veces la marca de los libros no dan la escritura, en realidad sí hubo algo parecido, yo la llamo la década de los ochenta... un vacío en escritura... fue una década de vacío... escribí poco... pero fue una época que leí mucho, muchísimo... hice lecturas completas de mitología griega, por decir algo, de los clásicos griegos y tuve experiencia vitales muy fuertes también, que luego, creo, se traducen en La danza del jaguar... fíjate, antes de La danza estaba escribiendo una novela... que interrumpí en el 87, una novela que llevaba trescientas páginas y que nunca terminé, y... al final del 87 me vi escribiendo La danza del jaguar, y ese fue un trabajo, una experiencia, creo que la más impactante como escritor, yo trabajaba a veces hasta catorce horas diarias, entonces esa es la idea que tengo de un escritor, que esté enamorado de lo que hace y que dedique todo ...


¿Es de trabajar mucho en la madrugada?

Quintero: Soy escritor insomne o nocturno, no sé.. a lo mejor vivo en la China, en la Antípoda, cuando allá están despiertos yo estoy trabajando, es una costumbre casi de estudiante... tengo el sueño cambiado... duermo poco... en lo horarios en que la gente se está levantando...


En los títulos de sus libros hay una fuerte presencia de animales y de la naturaleza, ¿tiene que ver esto con las historias o son frases repentinas? ¿Qué sucede ahí?

Quintero: No sé, eso lo observé a posteriori y decidí matar a todos los animales a futuro... cuando tuve conciencia de eso dije: no escribiré ningún libro que tenga título de animal. Pero de hecho creo que no lo voy a cumplir porque hay un titulo que se impone, de un par de novelitas que empecé en México, que no las he seguido, una se llama El cazador de moscas. No hay manera de escaparse de las moscas, pero eso no es deliberado.. se ve después, no tengo predilección especial por los animales... una vez tuve un perro, pero era como muy cómodo, estaba en casa de unos amigos en un Páramo (en las montañas) yo lo visitaba en vacaciones.


Ha experimentado facetas como guionista, hasta donde sé con la película Cubagua, estuvo como director de la revista literaria Solar, ensayista en otros trabajos, pareciera que el grueso es la cuentística, la narrativa.

Quintero: La narrativa. Fíjate, el año pasado estuve con Juan Carlos Chirinos, un amigo escritor venezolano que reside en España, fuimos invitados a un curso del profesor Diómedes Cordero, yo les confesaba a los estudiantes que no escribo más cuentos, lo he dicho varias veces, ya me agoté como cuentista, en treinta años de oficio o más, como que aprendí la fórmula, ya descubrí el juego, desarmé el aparatico, no me interesa escribir cuentos, pero sí relatos, es decir, no el cuento tradicional de Allan Poe, de final sorpresivo... sino relatos muy libres.. o novelas.


La fase de editor o guionista son oportunidades o quiere experimentar en otros espacios.

Quintero: A mí el cine me atrae mucho, pero creo quizá me muera con esa frustración, con alguna frustración tiene que morirse uno, uno no puede hacer todo, he hecho lo que he querido.. me veo no sólo como guionista, me gustaría escribir un guión y hacer la película... parece que para estos tiempos es una forma más poderosa de narrar; más el cine que, incluso, la literatura, pero uno tiene que reconocer sus límites.


¿Hoy día podríamos decir que se escriben las historias ya desde la imagen en movimiento?

Quintero: No, no necesariamente. El cine para mí ha sido una segunda naturaleza, incluso antes que la literatura, siempre cuento una experiencia de niño que fue muy impáctate. Donde nací era como un imaginario medieval, no había electricidad, no había gas, se cocinaba con leña... no había carros, se llegaba a caballo y de un pueblo a otro era una jornada. A los siete años salí.. a otro pueblo... había cine, vi mi primera película y me impactó mucho, quedé dependiendo del cine casi hasta el presente.. me siguen emocionando algunas buenas películas.. y esa experiencia fue anterior a la lectura, yo ya sabía leer, es decir, yo no podía leer la Ilíada pero si vi la Helena de Troya que fue mi primera película, una introducción a través de las imágenes, pero con la literatura tengo una relación, sobre todo en los últimos años, muy crítica y muy conceptual, es como si supiera bien lo que quiero hacer. Y lo que quisiera hacer es lograr, aunque suene pedante: ser "original". Tengo como un don de armar historias...lo que estoy haciendo es escribir sin ningún plan previo, dos o tres ideas, dejar que haya un flujo de la conciencia que organice todo eso, que lo estructure. De hecho escribo con mucha facilidad, a diferencia de la persona que sufría mucho para escribir, ese era yo mismo hace muchos años, supongo que como buscaba la perfección en la página, sufría, como Flaubert sufría buscando eso que él llamaba "la palabra justa". De hecho prácticamente no corrijo, la cosa queda ya estructurada. Lo que me interesa a mí no es tanto el lenguaje, sino... cómo puede uno capturar el flujo de la conciencia, pero dentro de un formato de narrativa, es una cosa que a mí me suena muy bien, suena bien como proyecto. No quiero escribir una novela más allá de la satisfacción epidérmica y emocional.


La crítica lo considera uno de los más destacados escritores venezolanos, en cierta forma es famoso en los círculos literarios y va más allá. Ahora bien, esa crítica y ese público que lo leen, qué conocen de Ednodio Quintero, ¿qué espera, a dónde le gustaría llevar esa relación?

Quintero: Sé que tengo un grupo de lectores como móviles pero fieles, a veces me sorprende una persona que llega y me dice: he leído todos sus libros. Tengo claro el hecho de que esas cosas no tienen importancia, no me doy importancia a mí mismo. En los artistas y los escritores en general, hay un ego que a veces es insoportable, y ese ego es igual para los buenos que para los malos, o si no tampoco se sostendría, y, en estos tiempos el escritor, por supuesto, no tiene el prestigio que tenía antes, ni prestigio ni poder, y eso no es de la última década, es un proceso que viene desde que la alquimia se convierte en química, ya la palabra no tiene ese poder sagrado... no tiene influencia en la sociedad para nada, en Venezuela en lo particular después que se murió Uslar Pietri no hay ningún escritor que se escuche, que tenga voz, que tenga auditorio. Lo que pasa es que hay la figura del escritor con éxito, sobre todo con éxito y mucho dinero, el caso de los Best sellers... hay caso de autores de cierto prestigio que por alguna casualidad entran en ese nivel, que es un nivel de status privilegiado que te da facilidades de muchas cosas. La cuestión es tener el ego más o menos controlado en ese sentido, por ejemplo, puedo ser soberbio en eso que digo que tengo mucha seguridad en lo que hago, pero actualmente, desde hace como dos años o más, no tengo compromiso con ninguna editorial. Creo que eso me esta ayudando; no tengo ninguna prisa porque eso que estoy escribiendo no es para que salga en la novela del verano del 2003, puede salir en el 2007; pero si es una cosa sólida no tiene tiempo, en ese sentido estoy casi vacunado contra la tentación del éxito, no es que no quiera tenerlo, porque eso me facilitaría otras cosas.


Se que es un gran admirador de Cortázar, también sé que lo entrevistó, me gustaría que contará la experiencia de escribir el prólogo de Rayuela editada por Monte Ávila.

Quintero: Cortázar es un uno de esos autores que no he dejado de admirar; admiro su escritura pero también la de muchos otros, y, creo que en la etapa de la juventud es muy útil tener esos íconos. Con Cortázar tuve suerte, primero porque fue uno de los autores que me hizo descubrir la literatura, recuerdo que de muy joven leí La noche boca arriba, y siempre quise escribir La noche boca arriba; entonces me salían otros cuentos... en los primeros libros donde están mis primeros cuentos, hay muchos cuentos que son Cortázar y Borges, también. Era lector de Cortázar, tuve la suerte de que Cortázar leyera un libro mío, tengo una tarjeta de Cortázar a propósito de ese libro, como una lectura del libro, y él vino a Mérida en el año 1979, en esa ocasión le dije y le agradecí la pequeña carta y me dijo: yo recibo centenares de libros de jóvenes escritores y casi nunca ni los leo ni respondo, pero tuvo que haber sido muy bueno si respondí. Eso fue lo que dijo, con esos antecedentes de la fama de cortaziano, Monte Ávila había comprado los derechos para una edición conmemorativa (de Rayuela), me negué al principio, pensaba que era una broma, primero para qué me van a poner hacer un prólogo a Rayuela, después me di cuenta de que para ciertas ediciones especiales había prólogos. Acepté, releí la novela, recuerdo que fue una lectura alucinante, como en tres días, es una novela que no se puede leer en tres días, tenía que empaparme con todo eso, y luego prácticamente escribí el prólogo de un tirón, en un día o dos lo escribí; es una lectura en realidad de la novela.


Como lector y escritor tuvo una gran influencia de Kafka y Borges.

Quintero: Las influencias primeras son las que uno hace de joven, las que impactan, tuve la influencia de Sábato, la influencia mala de Sábato. Mis primeros textos eran horriblemente adjetivados por la influencia de Sobre héroes y tumbas, es una novela espantosamente escrita, mal escrita, hecha a ese nivel para impactar jóvenes, Sobre héroes y tumbas y sobretodo El túnel es, como decía Hermann Hesse, son novelas para jóvenes, para impactar, creo que cumplen una función muy importante. Kafka sin duda, en el siglo veinte es muy representativo de lo que fue el siglo. Si lees a Kafka como estudiante de letras o como crítico, Kafka parece que no tiene estilo, es neutro, pero su prosa es eficiente, funciona, engancha por su lado existencial, por su condición humana.


Ganó el premio del diario El Nacional en 1975... hay opiniones divididas respecto a los escritores que ganan o no ganan premios...

Quintero: Los premios no le hacen mal a nadie, menos al que se lo gana, creo que los premios, van más allá del estímulo económico, son estímulos; creo que son importantes para un escritor joven, creo que es el único premio que me ha contentado, es preferible ganarlos a no ganarlos.


¿Qué venezolano ha debido alcanzar el Nóbel o con condiciones de ganarlo?

Quintero: Gallegos, no sólo estuvo cerca sino que lo merecía, aunque es curioso que casi nadie se acuerda que Rufino Blanco Fombona fue candidato.


¿Realmente Rómulo Gallegos es el autor representativo de la literatura venezolana?

Quintero: Del siglo veinte sí, sin ninguna duda, si agarras Doña Bárbara, Canaima y Cantaclaro y las lees... tienes la fuerza de Gallegos como narrador, que lo podrías comparar con Faulkner. A lo mejor no es mi autor preferido, el mío podría decir que es Ramos Sucre, y lo incluyo como narrador, pero si quieres buscar el más representativo de lo que es el país, sin duda es Rómulo Gallegos.


Ojos de Serpiente

     El circo se va mañana. El público de la función postrera abandona la carpa. Esta noche es mi última oportunidad. Y si la dejo pasar, me arrepentiré toda la vida. Llevo ya más de una semana dándole vueltas al asunto.

     El insomnio ha despertado mi lucidez y me ha aconsejado una solución terminal: para apoderarme de la serpiente tendré que matar al domador. Utilizo ese término, domador, pues llamarlo de otra manera, por ejemplo, culebrero, sería reducirlo a una condición inferior. Que hablaría mal de él y también de mí -que aspiro a suplantarlo. Y que no se correspondería con el tamaño y calidad de la bestia que le ha tocado en suerte lidiar.

     Sí, creo que no me queda otra alternativa. Dicen que cada cosa tiene su precio. Ser dueño de ese soberbio animal exige la muerte del domador. Sin embargo, para atenuar las consecuencias del acto definitivo que me dispongo a emprender no debo pensar en un crimen sino en un sacrificio. El cumplimiento de un ritual que ni siquiera el Dios de los Cielos podría evitar. El domador será sacrificado, yo actuaré como verdugo. Y la recompensa me pertenecerá a mí y a nadie más.

     Todo comenzó el día que llegó el circo. En este pueblo perdido de la Cordillera Occidental nunca sucede nada.

     Los días transcurren lentos como tortugas e idénticos como gotas de agua.



     Nos levantamos con el alba, laboramos de sol a sol, repetimos gestos, saludos, parabienes: fórmulas gastadas y sin brillo, carentes de significación. Tomamos café tibio, recolado. Vemos pasar las nubes, contemplamos el vuelo de los pájaros. Y al anochecer, luego de una cena insípida y frugal, jugamos tediosas partidas de tres en raya.

     El circo, que se aparece sin previo aviso una vez por cuaresma, representa la única ruptura con esa realidad chata y vulgar en la que estamos condenados a medrar. De ahí que su llegada sea para nosotros una fuente de excitación. El único espacio posible donde nuestros sueños de aldeanos sedentarios alcanzan una dimensión real.

     En esta ocasión el circo nos sorprendió con un número excepcional. Hablo, por supuesto, del espectáculo de la serpiente y el domador. Desde la primera función quedé fascinado con aquel hermoso reptil. Sus ojos, redondos como metras, rielaban como rubíes en la penumbra.

     Parecían tener vida propia, autonomía y voluntad. Juro que se fijaban en mí. Entre la serpiente y este relator se estableció una corriente de empatía, irresistible y compartida.

     Similar, me imagino, a ese insano fenómeno que registran los novelistas románticos: amor a primera vista. Se entenderá, entonces, por qué asistí a todas y cada una de las funciones.

     Se entenderá, entonces, por qué ahora aguardo, agazapado entre la maleza, el instante propicio para entrar como un rayo en la tienda del domador con el propósito de apoderarme de la serpiente, al precio, ya se sabe, de una vida humana. Lo lamento por él.

     Nadie escapa a su destino. Lo entendí desde el mismo momento cuando vi relampaguear los ojos de la serpiente fijos en mí. Comprendí que el sino de la fatalidad estaba inscrito como un tatuaje en los días por venir. Supe, como si lo estuviera leyendo en una piedra grabada, lo que tenía que hacer. Pero no voy a lamentarme por anticipado de un hecho cierto e ineludible que me habrá de conducir a un estado de euforia, y plenitud, muy superior a esa idea que los pobres de espíritu se hacen de la felicidad. Mi vida con la serpiente habrá de ser una sucesión ininterrumpida de instantes de esplendor. Ningún tesoro ni manjar, ni una majada llena de vacas gordas, ni siquiera una hembra relancina asoleándose en un prado serviría como punto de comparación.
     Es cierto que mi existencia anodina ofrece pocos atractivos de los cuales presumir. Durante más de veinte años me he desempeñado como escribiente en el Juzgado, no he faltado un solo día al trabajo. Vivo en un cuarto de soltero, yo mismo cocino, lavo y plancho. Cuido mi aspecto exterior, cultivo una barba no muy hirsuta y entrecana. Me mantengo en forma caminando unos veinte kilómetros al día en el perímetro de la oficina -casi nadie porta por estos predios judiciales, ni siquiera el juez. Los pleitos de honor se dirimen con sangre y las diferencias de linderos se resuelven a balazos. Mi trabajo se limita a registrar en folios amarillentos los nacimientos y los decesos, y, de vez en cuando, la venta de un potrero o el reparto de una herencia.
     También cumplo funciones provisorias de alguacil. Nada memorable, por lo demás. Es cierto que he tenido algunos sueños gratos. Me he visto como líder de una jauría de perros rabiosos, he sido rey de un país lluvioso, he vendido cristos de lata a la salida de una catedral.

     Fuera de esas ensoñaciones pasajeras, mi vida ha transcurrido, por decirlo de alguna manera, a la sombra. Pero esa condición, a la cual el imperio del tiempo ya me tenía acostumbrado, experimentará, a partir de mañana -o de esta misma noche-, un giro radical. Abrazado a la serpiente, los días que me restan por vivir adquirirán sentido. Yo, que nada esperaba de los dioses y menos aun de mis semejantes, seré tocado por la gracia. He sido elegido para un destino superior.
     Todos estos razonamientos pertenecen al mundo de lo posible y resuenan en mis oídos como el susurro grato de un vientecito del sur. Pero su cumplimiento exige el sacrificio de mi rival. A estas horas el infeliz debe estar dormido, sin imaginar siquiera la imposibilidad del despertar. Sí, porque mi plan de liquidarlo cuenta con la complicidad de las tinieblas. Creo que no sería capaz de hundir en su pecho este puñal filoso mientras lo veo a los ojos. No sé si podría soportar esa mirada suya, que imagino odiosa o suplicante. Mirada que siempre esquivé durante las funciones en el circo, desviando la mía hacia alguna grieta imposible en el aire cargado de electricidad, temiendo que el maldito pudiera leer en mis ojos la magnitud de mi deseo.
     Ahora sí llegó la hora de la verdad. Con pasos ligeros abandono mi refugio y me encamino hacia la carpa. Que de lejos y a la luz tenue de las estrellas semeja un gigantesco globo desinflado. Mi diestra ciñe con furia la cacha del puñal. Abro un boquete en la lona envejecida y me adentro en aquel laberinto de tiendas, jaulas, ropa colgada y cachivaches.

     He descartado el uso de una linterna que me podría delatar, y me abro paso entre las sombras, a tientas como un ciego. Por suerte, durante el día, me aprendí de memoria todos estos recovecos.
     Me hice una perfecta composición del lugar. Avanzo como si llevara un mapa a un palmo de mi nariz. No hay posibilidad alguna de equivocación. Y en el instante crucial no debo, bajo ninguna circunstancia, fallar. El primer golpe lo asestaré en el corazón. Todo lo he calculado con precisión y frialdad. Ahora que ya he puesto un pie en el interior de la tienda, pienso con desgano y resignación que ya no podría, aunque lo intentara, dar marcha atrás. La suerte está echada. Ahí voy.
     Como en la lógica que gobierna los sueños, el plan se cumplió a la perfección. Mientras hundía el fiero puñal en aquel montón de trapos sucios tendidos en el camastro, sentía que me estaba deslizando por un tobogán. Un ruido líquido, como de seda desgarrada, acompañaba el movimiento descendente de mi brazo. E imaginaba, en la penumbra, la sangre de mi rival vencido brotando a raudales como un surtidor.
     Ahora me apresto a liberar a la serpiente. Me acerco a la jaula donde me aguarda ansiosa, enrollada sobre sí misma, vibrando de la más pura emoción. Pronto escaparemos rumbo a las montañas color esmeralda, ella colgando de mi cuello, su lengua bífida haciendo cosquillas en mi piel, y yo feliz. Tranquila, muchacha, deja ya de agitarte, aquí estoy.....


   

Otros títulos del autor:

Como cuentista: La muerte viaja a caballo, Volveré con mis perros, El agresor cotidiano, La línea de la vida, El loro de la infancia, Cabeza de cabra y otros relatos Además de La danza del jaguar (novela), La bailarina de Kachgar (noveleta), El rey de las ratas (novela), entre otros.




Coordinación: Gregory Zambrano, Dir. Escuela de Letras Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela.
Diagramación y digitalización: María Angelina Quintero.
Correo: <[email protected]>