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El mejor de los ridículos

No sé en qué idioma escribirte para que me entiendas. Es más, ni siquiera sé si fue una buena idea escribirte. Porque yo soy tan cursi, tan idiota; y tu tan inteligente, tan condenadamente inteligente y sensible. Porque yo soy tan simplón y tú a la final siempre tienes la razón.

Porque yo acabo de salir hace tres meses del colegio y tu te graduaste hace dos años.

Y tú ya leías a los poetas malditos, y antes de dormirte siempre tenías en tu mesita de noche a Octavio Paz, y a mi no se me ocurrió otra cosa que decirte que estaba leyendo un librito llamado ‘Ami, el Niño de las Estrellas’. ¡Qué torta! Creo que sólo ahora capto la agresión que se escondía, para mis ingenuos oídos, cuando decías que me parecía al protagonista de ese infame librito.

Porque yo no conocía Caracas y tu sí, porque tú ya manejabas y yo no. ¿Cómo se me ocurría decir que Cumbres de Curumo es una zona céntrica? Pedrito, céntrico es Altamira, donde yo vivo. A mi no me quedaba otra que recurrir a la aclaratoria de que me parecía céntrica en comparación con el monte donde yo vivo ahorita. Y a ti no te quedaba otra que resoplar con impaciencia sentir un poquito de vergüenza ajena.

Porque tu viviste sola un año en Nueva York – o sencillamente, viviste – y yo lo máximo que puedo decir es que celebré mi quinto cumpleaños en Miami con mi papá y mi mamá. De ahí también que tu tengas plena autoridad para hablar fluidamente el inglés y yo balbuceo dos palabras y ya me muero de vergüenza.

Porque tu sabes tanto de cine y tanto de Lynch y yo la última película que vi fue E.T, o algo así por el estilo.

Porque tu tienes amigos que son tan buenos músicos y yo apenas puedo juntar un par de acordes que inevitablemente suenan a pop ochentoso y malazo. Porque tu escribes una poesía tan profunda y yo te presento unos versitos míos y te parecen tan pavosos y te destornillas de la risa. Porque estoy de acuerdo contigo en que la única explicación para el hecho que yo haya salido mejor en matemáticas que tú en es que yo soy un fajado y tu más intuitiva y sensible.

Porque mi pueril y naïf optimismo y mi fe en el amor y la solidaridad y todas esas cosas, que son objeto de tus despiadados ataques, no han evolucionado hasta el despertar al mundo real e hijodeputa que sólo se logra con tu pesimismo hobbesiano y tu cara de circunstancia con un cigarrillo en la boca y la pollina rojiza tapándote la mitad del rostro mientras te quejas de algo.

Porque no te gusta que te muestre mi cariño tan abiertamente. Porque al fin y al cabo siempre querrás al tipo ese que está en Estados Unidos.

Pero yo ahora estoy en la parada del Metrobus, y con la escasa iluminación de las seis y media de la tarde intento leer un libro que trata sobre los sofistas, que son más como tú, porque yo soy más como Sócrates, según como lo describen en el capítulo anterior. Y me detengo en un pasaje de Gorgias Leontinos en donde éste se muestra escéptico ante todo menos ante su propio escepticismo, y me maravillo de que nadie, en todos estos años haya podido refutar sus tesis. Y ahora cierro el libro y me doy cuenta de que he tratado de parecer indiferente, y, lo que es peor, que mi parada ya pasó y que tendré que caminar de más preguntándome por qué habré sido tan franco mientras siento un nudo de marinero en plena garganta.

Y al día siguiente no te vi más y ya me estaba burlando yo mismo de mi fe en el amor y la solidaridad y todas esas cosas. Y juré que no escribiría un verso más. Y perjuré que jamás tocaría nada que sonase a pop ochentoso y malazo. En fin, si la vida le sale a uno con ironías uno tiene que volverse más irónico aún.

Pero el tiempo se multiplica y se ramifica y las miradas se hacen de hielo y de cartón y todavía quedan compromisos que cumplir. Todavía quedan transacciones por efectuar. Y cómo dejar de pensar que te tenía que decir muchas cosas. Que aquella canción de Fito no se hizo sólo pensando en ti, sino que también tiene un pedacito de mí. Que no me parezco al protagonista de la película de Subiela pero tu tampoco te pareces a la muerte. Que a fin de cuentas por lo menos algunos de los comentarios ácidos habían sido actos de extraño amor, y que a la final bien podría decirse que habíamos pasado dos meses de extravagante solidaridad. Y además, podría agregar heroicamente que en toda utopía se encuentra el germen de la antiutopía, que en todo verso cursi se encuentra el principio de su parodia, y que no hay acto más irónico, en presencia de tu cara de circunstancia con un cigarrillo en la boca y la pollina rojiza tapándote la mitad del rostro mientras te quejas de algo, que seguir creyendo en la solidaridad y la felicidad y esas pazguatadas. Porque a la final todo es la misma vaina. Ya no puedes seguir ignorándolo porque te lo estoy diciendo. Y no es que me he vuelto postmoderno, porque aquí la postmoderna y la que puede comentar a Lyotard eres tu, siempre un paso adelante, o atrás, porque es lo mismo.

Y contemplando lo sucedido desde mi atalaya de sobreviviente, te seguiré agradeciendo que seas tan aguda, tan inteligente, porque, aunque jamás pueda, ni quiera, negar que soy un ridículo o un simplote, tu tampoco puedes negar aquello que, y así lo creo, tácitamente convinimos, y es que, sin lugar a dudas, soy el mejor de los ridículos.



   

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