{"id":58870,"date":"2020-03-27T09:54:12","date_gmt":"2020-03-27T13:54:12","guid":{"rendered":"https:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/?p=58870"},"modified":"2020-03-27T10:04:45","modified_gmt":"2020-03-27T14:04:45","slug":"coronicas-virulentas-i-expedicion-al-deli","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/2020\/03\/27\/coronicas-virulentas-i-expedicion-al-deli\/","title":{"rendered":"Cor\u00f3nicas Virulentas I: Expedici\u00f3n al deli"},"content":{"rendered":"<p>Hoy fui al deli a comprar ocho cervezas y un par de frutas. Es la tercera vez que salgo desde que nos impusimos el confinamiento, hace ya quince d\u00edas hoy jueves 26 de marzo. Aunque ya hab\u00eda bajado con las chicas al jard\u00edn de atr\u00e1s del edificio el par de d\u00edas que hubo sol durante ese tiempo, no hab\u00eda pisado la calle desde el viernes pasado que fui al supermercado a comprar tres cosas: una caja de botellas de Modelo rubia, un cart\u00f3n de veinticuatro huevos (que no era un cart\u00f3n sino una bandeja de anime o poliesp\u00e1n o nieve acr\u00edlica o como sea le dicen en sus casas a ese material infernal) y una botella de leche de un gal\u00f3n. Una compra peque\u00f1a aunque pesada que en su momento me pareci\u00f3 toda una aventura. Un supermercado, sobra decirlo, es mucho m\u00e1s grande que un deli, y adem\u00e1s est\u00e1 mucho m\u00e1s lejos. Pero aunque ya entonces Nueva York hab\u00eda subido al <em>top five<\/em> de las ciudades m\u00e1s virulentas del mundo, los niveles de alarma no eran todav\u00eda tan altos como hoy. Ya mi mujer, la \u00fanica que maneja en casa, hab\u00eda ido llenando la despensa con cosas esenciales. Digamos que ten\u00edamos comida como para un mes. A m\u00ed b\u00e1sicamente me hab\u00eda tocado encargarme de la curda, cosa que hubiese resultado justa a\u00fan si mi jeva no se hubiese tomado tan en serio lo de no beber, pero la verdad es que no ha probado ni una gota de alcohol desde que nos encerramos. Bueno, mentira: se tom\u00f3 medio vasito de cerveza el viernes pasado, pero m\u00e1s nada. Simplemente no quiere beber y yo no soy qui\u00e9n para juzgarla. El caso es que el de la curda (el de la cerveza, realmente; ca\u00f1a-ca\u00f1a tipo trago solo bebo cuando no tengo otra alternativa) soy yo. S\u00ed me compr\u00e9 una botella de vino por no dejar, pero lo cierto es que yo puedo pasar meses sin probar el vino, mientras que no puedo pasar sino d\u00edas \u2014m\u00e1s bien pocos\u2014 sin tomarme una birra. Tambi\u00e9n soy el que compra otras vainas aleatorias, divinas, ojo, pero que, quiz\u00e1 desde un punto de vista nutritivo, no son del todo necesarias, por ejemplo: m\u00e1s birras, pero de otra variedad, salsa inglesa, k\u00e9tchup, <em>fluff<\/em> (un producto delirante que consiste b\u00e1sicamente en <em>marshmallow<\/em> para untar), Tabasco, mantequilla Kerrygold, pepinillos o cualquier pan cuadrado de esos que duran meses y que con solo verlo el p\u00e1ncreas comienza a trabajar el doble.<\/p>\n<p>Como el deli queda en la esquina, a menos de una cuadra, no tom\u00e9 ninguna precauci\u00f3n especial, m\u00e1s all\u00e1 de asegurarme de mantener mi distancia con los dem\u00e1s. Al regreso, dejar\u00eda los zapatos y la chaqueta afuera. La ropa ir\u00eda toda a la ropa sucia y yo, sin tocarme la cara ni a nadie, me meter\u00eda directamente en la ducha. Ese era el plan. As\u00ed que con mucha entereza y arrojo abr\u00ed la puerta y sal\u00ed del apartamento. Las escaleras crujieron como siempre, como crujen los edificios madera que tiene m\u00e1s de un siglo, como si fuese un d\u00eda normal \u2014una guerra m\u00e1s, una peste m\u00e1s\u2014, como si yo no me sintiera que bajaba las escaleras a un planeta desconocido en el que acababa de aterrizar. Abr\u00ed la puerta sin guantes y sal\u00ed a la calle como si nada, pero lo cierto es que por dentro me sent\u00eda como los se\u00f1ores de Chernobyl. No me sorprende descubrir que el aire no parece haber cambiado: huele igual, sabe igual, se ve igual. No parece haber carros circulando por calle. Solamente en McGuinness Boulevard se escucha cierto flujo de tr\u00e1fico hacia Long Island City. El silencio \u2014que si uno pone atenci\u00f3n es casi siempre un conjunto de sonidos que el ruido no deja escuchar normalmente\u2014 me llen\u00f3 de un culillo terrible, as\u00ed que apret\u00e9 el paso. Quer\u00eda dar la misi\u00f3n por cumplida lo antes posible. Pasaron dos ciclistas rebosantes de salud e instintivamente me pegu\u00e9 m\u00e1s a los edificios. Un se\u00f1or mayor que fumaba un cigarro cruz\u00f3 la calle hacia su casa y yo fren\u00e9 un pelo para no tener que cruzarme con \u00e9l. Finalmente, complacido por mi observaci\u00f3n del distanciamiento, llegu\u00e9 al deli. Ahora ven\u00eda lo peor. Reun\u00ed todo el coraje que pude y empuj\u00e9 la puerta con el codo para entrar a la tienda. Me sent\u00ed afortunado cuando vi que no hab\u00eda nadie sino el due\u00f1o, un tipo un par de a\u00f1os menor que yo, indio, supongo que de Goa, como la mayor\u00eda de sus empleados. Salud\u00e9 por lo bajo y pas\u00e9 directamente a la nevera del fondo, donde con un sentido del prop\u00f3sito apabullante cog\u00ed dos paquetes de Zywiec, una cerveza polaca barata, rica y muy com\u00fan en estos predios polacos del norte de Brooklyn. Despu\u00e9s agarr\u00e9 las tres manzanas y la mano de cambures (pl\u00e1tanos, guineos, bananas, ustedes mismos dir\u00e1n) en la nevera de las frutas y me dirig\u00ed a la caja con mis cosas. Ah\u00ed fue cuando se dispar\u00f3 la paranoia viral en serio: acababa de entrar un chamo de unos veinte a\u00f1os, tranquilo, desenfadado, seguro de su juventud y de su bajo riesgo, sin responsabilidades, sin futuro, felizmente aburrido, negligente y entregado. El carajo comenz\u00f3 a poner en el mostrador las cosas que iba agarrando por toda la tienda, mientras yo, cargad\u00edsimo y muerto de miedo, no me atrev\u00eda a acercarme a la caja. Parado con mis cervezas y mis frutas en los brazos, hac\u00eda lo posible por no revelar mi tormenta interior. Estuve a punto de decirle <em>excuse m<\/em>e a cuatro metros de distancia para ver si se daba por enterado de mi aprehensi\u00f3n, pero finalmente opt\u00e9 por aprovechar para pagar mientras el chamo se devolv\u00eda a buscar otra cosa. A\u00fan as\u00ed, mientras pagaba \u2014veinte d\u00f3lares exactos; algo debe haber subido, no se qu\u00e9 y no me atrev\u00ed a peguntar porque lo que quer\u00eda era salir corriendo de all\u00ed\u2014, regres\u00f3 el indolente ese del co\u00f1o y puso a\u00fan m\u00e1s vainas en el mostrador, yo qu\u00e9 s\u00e9, barritas de cereal, cosas as\u00ed, al lado de mis birras, a apenas un paso de m\u00ed. Me dieron ganas de empujarlo y preguntarle qu\u00e9 co\u00f1o era lo que le pasaba, pero no me hubiera atrevido a tocarlo ni de vaina. Tampoco quer\u00eda que me contestara cuatro cosas: el ingl\u00e9s es un idioma lleno de fricativas capaces de expeler toneladas de virus por un radio de docenas de metros. En lugar de eso, decid\u00ed aguantar la respiraci\u00f3n mientras met\u00eda las cosas en mi bolsa. Lo hice tan r\u00e1pido que aplast\u00e9 uno de los cambures con el peso de las birras. Dej\u00e9 el billete all\u00ed y sal\u00ed soplado de la tienda. Ya afuera, exhal\u00e9 todo el aire del deli y me volv\u00ed a llenar los pulmones del aire de la calle que, cabe aclarar, no estaba totalmente exento de sospechas.<\/p>\n<p>No tard\u00e9 ni un minuto en llegar a casa, pero ni siguiera dentro del edificio pod\u00eda respirar aliviado. Ven\u00eda ahora la tarea de impedir la entrada del puto enemigo invisible al hogar. Primero ten\u00eda que quitarme los zapatos afuera tratando de no pisar el suelo, as\u00ed que abr\u00ed la puerta, me quit\u00e9 un zapato con ayuda del otro y puse un pie descalzo adentro. Despu\u00e9s no sab\u00eda como quitarme el otro otro zapato sin la ayuda del pie que ya estaba adentro, as\u00ed que tuve que usar una de las manos \u2014vuelvo a sentir terror ahora que lo escribo\u2014 para quitarme el zapato antes de poner el otro pie adentro y cerrar la puerta. S\u00ed: ya s\u00e9 que se dieron cuenta. Yo tambi\u00e9n me di cuenta y maltripe\u00e9 bello: ten\u00eda puesta la chaqueta. Me la quit\u00e9 enseguida y la colgu\u00e9 en la puerta, advirti\u00e9ndole a mi esposa y a mi hija que no se les ocurriera acercarse a la puerta. Lo primero que hice despu\u00e9s fue lavarme las manos. Yo no canto nada para poder concentrarme totalmente en la tarea, as\u00ed que sin cantar me lave las manos con esmero, despu\u00e9s los brazos, despu\u00e9s la cara y las orejas. Nuestro lavamanos es un pelo m\u00e1s grande que el de un avi\u00f3n, con lo cual el ba\u00f1o qued\u00f3 emparamado, as\u00ed que que tuve que coger la mopa para secar el suelo. Por si acaso, volv\u00ed a lavarme las manos despu\u00e9s de haber empu\u00f1ado la mopa, y sal\u00ed corriendo del ba\u00f1o antes de poder comprobar si hab\u00eda vuelto a mojar el piso para no quedarme pegado en un <em>loop<\/em> absurdo y eterno. En seguida, regrese a la cocina, saqu\u00e9 los cambures y los met\u00ed debajo del chorro. Se me ocurri\u00f3 que lo mejor ser\u00eda lavar cada cambur con lavaplatos, as\u00ed que me puse a la tarea y lav\u00e9 cada uno vigorosamente, pero con mucho cuidado de no magullarlo. No hay manera de hacer esto sin que a uno le d\u00e9 un pelo de risa, as\u00ed que me re\u00ed mientras lavaba cada cambur y lo pon\u00eda junto a la ventana, al sol, porque le\u00ed por ah\u00ed que los rayos ultravioleta del astro rey matan al virus. Se me ocurri\u00f3 tambi\u00e9n que deb\u00eda replantearme mi relaci\u00f3n con la capa de ozono y su celoso empe\u00f1o en filtrar lo rayos m\u00e1s purificadores del sol. Despu\u00e9s lav\u00e9 las manzanas con la misma atenci\u00f3n, pero una manzana nunca ser\u00e1 tan c\u00f3mica como un cambur. Mientras tanto mi hija de diez a\u00f1os decidi\u00f3 comerse uno de los cambures que acababa de lavar. Le ped\u00ed, quiz\u00e1 a gritos, que botara toda la concha antes que comerse nada y que le quitara las dos puntas por si acaso. Mi mujer me miro con cara de consternaci\u00f3n, pero no dijo nada. Yo segu\u00ed disciplinadamente con mi rutina de desinfecci\u00f3n y deshice los paquetes de birras, bot\u00e9 los pl\u00e1sticos y lav\u00e9 cada lata de cerveza con agua caliente y jab\u00f3n antes de ponerla en la nevera.<\/p>\n<p>Ahora ven\u00eda el cloro: el arma dom\u00e9stica m\u00e1s devastadora contra la amenaza viral. Agarr\u00e9 la botella como me imagino que hubiese agarrado una Glock nueve mil\u00edmetros. Sent\u00ed el peso del l\u00edquido, comprob\u00e9 la respuesta del gatillo y ajust\u00e9 la apertura del aspersor. Luego roci\u00e9 todo el mostrador de la cocina, poniendo especial empe\u00f1o en cubrir el \u00e1rea donde hab\u00edan estado las birras y las frutas. Aprovech\u00e9 para limpiar tambi\u00e9n el pomo de la puerta principal y de la puerta del ba\u00f1o, y a todas estas ca\u00ed en cuenta horrorizado de que aun llevaba puesta la ropa con la que hab\u00eda estado en la calle. Corr\u00ed al cuarto, me quit\u00e9 todo, lo puse en la ropa sucia y corr\u00ed de vuelta a la ducha. (La geograf\u00eda de algunos apartamentos neoyorquinos puede ser muy peculiar). Una vez m\u00e1s me sent\u00ed como el h\u00e9roe de una pel\u00edcula sobre un ataque biol\u00f3gico mientras me enjabonaba con furia bajo un chorro de agua tan caliente como pod\u00eda soportarla. No s\u00e9 cu\u00e1nto tard\u00e9, pero de all\u00ed sal\u00ed limpio y me pareci\u00f3 que mi hija hab\u00eda crecido un poco. Finalmente, ya duchado, me beb\u00ed una de las cervezas en un vaso helado.<\/p>\n<p>Satisfecho, mientras miro por la ventana la apacible hostilidad de la ciudad en calma, calculo que no tendr\u00e9 que salir a buscar birras por unos cuatro d\u00edas, quiz\u00e1 cinco. Al fin y al cabo son latas de medio litro. S\u00e9 que debo beber menos, pero s\u00e9 con mayor certeza que tendr\u00e9 que volver a salir antes de que todo esto haya terminado, y a pesar de la alegr\u00eda que me embarga mientras la cerveza baja por el es\u00f3fago, siento el mordisco de la ansiedad de solo pensarlo. S\u00ed, definitivamente todo ha cambiado. Antes viv\u00edamos en el ombligo del mundo \u2014piensen en su ombligo y dense cuenta de que la met\u00e1fora tiene sus matices: a menos que uno sea una bacteria, una bolita de lana o un \u00e1caro, un ombligo no es precisamente un h\u00e1bitat ideal\u2014, pero ahora vivimos en el ombligo de la pandemia.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hoy fui al deli a comprar ocho cervezas y un par de frutas. Es la tercera vez que salgo desde que nos impusimos el confinamiento, hace ya quince d\u00edas hoy jueves 26 de marzo. 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