{"id":5223,"date":"2009-10-31T12:30:21","date_gmt":"2009-10-31T17:00:21","guid":{"rendered":"http:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/?p=5223"},"modified":"2009-10-31T12:30:21","modified_gmt":"2009-10-31T17:00:21","slug":"inevitable","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/2009\/10\/31\/inevitable\/","title":{"rendered":"Inevitable"},"content":{"rendered":"<p>El d\u00eda de su muerte, Rodolfo Sanju\u00e1n se levant\u00f3 m\u00e1s tarde de lo habitual, diecisiete minutos luego de las ocho. Era la primera vez en a\u00f1os que se quedaba dormido. Despert\u00f3 con dolor de cabeza y un sabor oxidado en la boca. Mir\u00f3 al otro lado de la cama. Su mujer ya se hab\u00eda levantado, estaba en la cocina preparando el desayuno, el mismo de los \u00faltimos once a\u00f1os: huevos, tostadas y caf\u00e9 negro. Rodolfo salt\u00f3 de la cama, tom\u00f3 una aspirina de la mesa de noche y la trag\u00f3 sin beber agua. Fue al ba\u00f1o, se dio una ducha y cepill\u00f3 sus dientes. Regres\u00f3 al cuarto y en toallas revis\u00f3 el armario. Una docena de opciones no lo convencieron. Decidi\u00f3 vestir la misma camisa de rayas violetas y el traje gris plomo que hab\u00eda usado la noche anterior, cuando le declar\u00f3 su amor a Camila. Ten\u00eda a\u00f1os conoci\u00e9ndola, ambos formaban parte de la misma agencia de bienes ra\u00edces. Lo que comenz\u00f3 como un odio a muerte en la sala de reuniones hab\u00eda terminado la noche anterior en el cuarto de un hotel de la calle M\u00e1rquez.<br \/>\nHoy era el d\u00eda de la huida definitiva. Ten\u00eda poco tiempo para arreglarlo todo. El \u00fanico vuelo a Buenos Aires sal\u00eda a las dos de la tarde.<br \/>\n&#8211; Le aconsej\u00e9 que llevara paraguas, recordar\u00eda despu\u00e9s su esposa Lucia. &#8211; Era un d\u00eda oscuro y me dio pavor que se mojara, pero no me hizo caso. S\u00f3lo me dio un beso en la frente y se march\u00f3 sin decir palabra. Yo me qued\u00e9 paralizada, pero luego que cerr\u00f3 la puerta comenc\u00e9 a llorar. Fue la primera vez en todos los a\u00f1os que ten\u00edamos de casados que no comi\u00f3 mis huevos con tostadas y caf\u00e9.<br \/>\nEl ascensor estaba da\u00f1ado. Rodolfo camin\u00f3 escaleras abajo los ocho pisos que lo separaban del estacionamiento. En el tercero encontr\u00f3 a la se\u00f1ora Herrera. Observ\u00f3 en la anciana un rostro p\u00e1lido y cansado. Ella le pidi\u00f3 ayuda con las bolsas del mercado. A pesar de su prisa, \u00e9l no pudo negarse. Cuando por fin alcanz\u00f3 el auto, intent\u00f3 destrabar la alarma, pero no funcionaba: la bater\u00eda estaba descargada. Un breve escalofr\u00edo recorri\u00f3 su espalda. Subi\u00f3 a pie por la rampa hasta la calle. Ya estaba lloviendo a c\u00e1ntaros.<br \/>\nEn la calle Cervantes un torrente de agua color marr\u00f3n bajaba por la pendiente. Las alcantarillas se hab\u00edan quedado peque\u00f1as para la cantidad de escombros y basura que se desprend\u00eda desde la parte alta del barrio. El tr\u00e1fico estaba completamente detenido. Dos perros callejeros se guarnec\u00edan en la puerta del edificio. Pedro Vicario, el vagabundo de la cuadra, yac\u00eda clavado debajo de la lluvia: con los ojos cerrados y los brazos extendidos hacia los lados, abr\u00eda la boca para tomar el agua que ca\u00eda del cielo. Fue ah\u00ed, mientras lo observaba, que Rodolfo comprendi\u00f3 que ya nunca volver\u00eda a ver a su esposa.<br \/>\nUn estruendo que parec\u00eda partir el cielo en pedazos lo despert\u00f3 de su letargo. Comenz\u00f3 a caminar sin detenerse, como guiado por un control remoto que no ten\u00eda en cuenta el agua que ca\u00eda del cielo o el barro que inundaba la calle. Empap\u00e1ndose, Rodolfo enfil\u00f3 sus pasos por la calle Comercio, hasta llegar al Banco Nasar. All\u00ed present\u00f3 su libreta: -quiero sacar todo mi dinero, dijo, sin siquiera saludar. El cajero, que lo mir\u00f3 con sospecha al principio, pas\u00f3 a un estado de estupefacci\u00f3n cuando cont\u00f3 los ceros acumulados en la cuenta de ahorro. Llam\u00f3 al Gerente, quien trat\u00f3 de convencerlo de las ventajas de dejar su dinero tranquilo, ganando dos puntos m\u00e1s de inter\u00e9s que el mes pasado. Rodolfo escuch\u00f3 sin decir una sola palabra. Cont\u00f3 los siete minutos de charlas sobre fondos de inversi\u00f3n, plazos fijos, planes de pensiones y seguros que necesitaba su patrimonio para fortalecerse. -Quiero todo mi dinero agrupado en billetes de cien, solt\u00f3 como \u00fanica respuesta. El Gerente hurg\u00f3 la determinaci\u00f3n que resplandec\u00eda en sus ojos y orden\u00f3 complacer su requerimiento. Rodolfo Sanju\u00e1n sali\u00f3 con una maleta envuelta en pl\u00e1stico y con doble cierre.<br \/>\nEntr\u00f3 en una cafeter\u00eda y pidi\u00f3 un caf\u00e9 con leche. Mientras lo beb\u00eda, encendi\u00f3 un cigarro. Vio la hora en su reloj: nueve y veinte y nueve. Marc\u00f3 su tel\u00e9fono m\u00f3vil: &#8211; Camila, acabo de salir del banco, voy directo a la agencia de viajes. \u00bfYa hiciste la maleta? Yo tambi\u00e9n estoy emocionado. Ya ver\u00e1s, todo va a salir bien. Nos vemos a las doce en el aeropuerto. Te amo.<br \/>\nLa agencia de viaje estaba a dos cuadras. Ten\u00eda que bajar por Pl\u00e1cida Linero hasta encontrar el cruce con la Avenida Shaium. La lluvia hab\u00eda arreciado. A lo lejos escuch\u00f3 un grito proveniente del Bar Pante\u00f3n, que quedaba del otro lado de la calle. Era Miguel Lozano, su mejor amigo: -\u00a1Rodolfo! \u00bfA d\u00f3nde vas tan apurado? Ven y t\u00f3mate un caf\u00e9 conmigo, le grit\u00f3. -No puedo hermano, se excus\u00f3. Miguel apenas pod\u00eda escucharlo. El ruido de las gotas de lluvia golpeando los techos y la acera, los autos y ventanas, jardines y humanidades que no encontraban donde guarecerse, ya apagaban  hasta las voces m\u00e1s potentes. \u00a1Vamos hombre, pero si est\u00e1s empapado!, fue el desesperado intento final que Miguel hizo por retenerle.<br \/>\nRodolfo se despidi\u00f3 con un adem\u00e1n. Ya ten\u00eda la mirada empapada entre las gotas de lluvia mezcladas con sus propias l\u00e1grimas: -lo siento, luego conversamos, pareci\u00f3 desprenderse de sus labios.<br \/>\nUna m\u00fasica de guitarra y violonchelo empez\u00f3 a retumbar en su cabeza. Era un sonido calmado, que le recordaba a su adolescencia, a su amistad con Miguel Lozano, a las cervezas que m\u00e1s nunca se beber\u00edan. Todo sea por Camila.<br \/>\nRodolfo Sanju\u00e1n sacudi\u00f3 su chaqueta como quien hace un gesto redundante; quer\u00eda eliminar el exceso de agua que ya le chorreaba por doquier. Dobl\u00f3 en la esquina. Ya estaba en la Avenida Shaium. Mir\u00f3 hacia arriba. La lluvia, de pronto, pareci\u00f3 dar un segundo de tregua. Fue un segundo que dur\u00f3 una eternidad. Rodolfo respir\u00f3 el olor de la tierra mojada. Pens\u00f3 que por fin disfrutar\u00eda la vida. Bueno, quiz\u00e1s disfrutar no era la palabra adecuada. Quiz\u00e1s en realidad se trataba de vivir la vida. Hasta ese momento no hab\u00eda sido m\u00e1s que un soldado de la gran milicia de muchachos antioque\u00f1os que hab\u00eda remado sin preguntar a d\u00f3nde carajo es que iban. Hoy no s\u00f3lo ya sab\u00eda la respuesta, sino que hab\u00eda decidido bajarse del barco y seguir nadando por su cuenta. Ni siquiera vio el chispazo que solt\u00f3 el transformador en la base del poste antes de estallar a un metro de donde se encontraba. Eran las 9:57.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El d\u00eda de su muerte, Rodolfo Sanju\u00e1n se levant\u00f3 m\u00e1s tarde de lo habitual, diecisiete minutos luego de las ocho. Era la primera vez en a\u00f1os que se quedaba dormido. Despert\u00f3 con dolor de cabeza y un sabor oxidado en la boca. Mir\u00f3 al otro lado de la cama. Su mujer ya se hab\u00eda levantado, estaba en la cocina preparando el desayuno, el mismo de los \u00faltimos once a\u00f1os: huevos, tostadas y caf\u00e9 negro. 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