{"id":39004,"date":"2013-07-21T12:03:15","date_gmt":"2013-07-21T16:33:15","guid":{"rendered":"http:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/?p=39004"},"modified":"2013-10-03T04:05:21","modified_gmt":"2013-10-03T08:35:21","slug":"mi-vida-a-traves-de-los-perros-lviii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/2013\/07\/21\/mi-vida-a-traves-de-los-perros-lviii\/","title":{"rendered":"Mi vida, a trav\u00e9s de los perros (LVIII)"},"content":{"rendered":"<div class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\">\n<a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/www.srperro.com\/sites\/default\/files\/imagecache\/580x400up\/teddy.jpg\" imageanchor=\"1\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" border=\"0\" height=\"275\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/www.srperro.com\/sites\/default\/files\/imagecache\/580x400up\/teddy.jpg?resize=400%2C275\" width=\"400\" \/><\/a><\/div>\n<p>El aeropuerto, con su piso cin\u00e9tico y su tr\u00e1fico incesante de pasajeros y maletas, fue el escenario de la despedida m\u00e1s triste que hubiera protagonizado en mi vida. Cumplidos los tr\u00e1mites aduanales y entregado el equipaje en la taquilla de la aerol\u00ednea s\u00f3lo nos toc\u00f3 esperar, con ojos que malconten\u00edan el llanto, la llamada a la puerta 17, por donde abordar\u00edan &nbsp;la aeronave que las alejar\u00eda por tiempo indefinido de mi lado. Aurora estuvo sentada en mis piernas todo el tiempo, abrazada a m\u00ed como si fuera el salvavidas en un naufragio. El momento final fue desgarrador, como es de imaginarse: la ni\u00f1a se solt\u00f3 de m\u00ed como si se estuviera desprendiendo de una capa de piel. Helga mantuvo una actitud de cort\u00e9s frialdad hasta el final, cuando al darme un abrazo se desplom\u00f3 por un momento pero luego pudo recomponerse para no impresionar a Aurora. Saber que mi mujer albergaba ese resentimiento hacia m\u00ed me hizo sentir como una basura, pero ya era tarde para reaccionar; mi decisi\u00f3n, mala, terrible, estaba tomada, y no pensaba dar marcha atr\u00e1s.<\/p>\n<p>Las desgracias suelen venir emparejadas: no era suficiente con que se marchara mi familia. Al poco tiempo Byron, que ven\u00eda presentando una cojera leve hacia meses, comenz\u00f3 a dar muestras de dolor al caminar, actividad que al parecer le costaba much\u00edsimo. Lo llev\u00e9 al veterinario y el diagn\u00f3stico fue displasia de cadera, una enfermedad degenerativa y que estaba en un estado avanzado. Eso significaba que el perro sufrir\u00eda dolores intensos hasta llegar a la total inmovibilidad. Y lo peor fue saber que no exist\u00eda cura para ella, sino paliativos para disminuirle el dolor. El veterinario me sugiri\u00f3 con mucho tacto la \u00fanica soluci\u00f3n posible, pero de momento no estaba preparado para otra p\u00e9rdida y decid\u00ed darle largas por un tiempo. Sin embargo el deterioro de mi perro fue tan acelerado que tras un par de meses lo llev\u00e9 otra vez, sabiendo que no regresar\u00eda a casa conmigo. Ese d\u00eda lo consent\u00ed como nunca antes: le compr\u00e9 medio kilo de carne molida, que comi\u00f3 con mucho esfuerzo, y estuve todo el tiempo con \u00e9l, tratando de demorar lo m\u00e1s posible el fat\u00eddico momento. Parec\u00eda entender que algo se aproximaba, pues me interrogaba con la mirada y se me pon\u00eda muy cerca, buscando mi protecci\u00f3n. Cuando no pod\u00eda esperar m\u00e1s, lo cargu\u00e9 con la mayor delicadeza posible, lo acomod\u00e9 en el asiento trasero de la Range, y lo conduje en su \u00faltimo paseo en autom\u00f3vil. Lo entregu\u00e9 al veterinario como se le entrega un condenado a muerte a su verdugo. Byron me mir\u00f3 como reproch\u00e1ndome el abandono, o por lo menos eso me pareci\u00f3 dentro del sentimiento de culpa que estaba desarrollando. Sin embargo era lo mejor que pod\u00eda hacer; dejarlo vivir as\u00ed era absurdo y cruel.<\/p>\n<p>La p\u00e9rdida imprevista de Byron termin\u00f3 de quebrarme: me la pasaba inmerso en una depresi\u00f3n profunda, que no sab\u00eda manejar, y busqu\u00e9 un paliativo en la bebida. La cosa empez\u00f3 de a poquito; al cerrar la tienda, un par de veces a la semana, evad\u00eda la tristeza de llegar a mi casa vac\u00eda de gente pero llena de objetos y recuerdos, y daba alguna vuelta por el bulevar cercano; me deten\u00eda en alg\u00fan local y ped\u00eda una cerveza, al principio. Cada semana el n\u00famero de d\u00edas de evasi\u00f3n aumentaba, as\u00ed como la cantidad de bebida. Termin\u00f3 siendo un asunto cotidiano. M\u00e1s adelante ya no esperaba a que fuera la hora de cerrar: mi rutina consist\u00eda en ir al negocio a la hora de apertura, esperar que fueran las 12 para que comenzaran a abrir las tascas que estaban cerca, e instalarme desde esa hora en la barra de alguna de ellas, a tomar hasta que me echaran, al principio de buenas maneras pero poco a poco m\u00e1s violentamente pues me estaba convirtiendo en un borracho pendenciero. M\u00e1s de una vez despert\u00e9 dentro de la tienda, sin saber c\u00f3mo hab\u00eda llegado all\u00ed, hediondo a licor y a cigarro, a veces pintarrajeado del labial de qui\u00e9n sabe qu\u00e9 mujer que se me atravesar\u00eda en el camino, con la cabeza explotando del dolor, y el remordimiento latiendo adentro, fuerte. <\/p>\n<p>Esta situaci\u00f3n comenz\u00f3 a salirse de control, ya que estaba dilapidando los ingresos de la tienda en ese proceso de autodestrucci\u00f3n. Cada vez mis env\u00edos de dinero a Helga, que hab\u00edamos acordado ser\u00edan mensuales, se iban haciendo m\u00e1s espor\u00e1dicos, y las cartas e incluso telegramas de reclamo se acumulaban en el escritorio. Y mi reputaci\u00f3n estaba cayendo en entredicho, dentro del peque\u00f1o c\u00edrculo de amistades, clientes y colegas que a\u00fan manten\u00eda.Un d\u00eda mis dos empleados me encararon con mucha seriedad, y tuvimos una dur\u00edsima conversaci\u00f3n. Era impresionante la madurez que hab\u00edan alcanzado: me hicieron ver que mi comportamiento era &nbsp;nocivo tanto para mi vida privada como para mi negocio, y que eso los estaba afectando de manera directa. Me pusieron un ultim\u00e1tum: si no cambiaba mis h\u00e1bitos, renunciar\u00edan a sus empleos. Me sugirieron que buscara ayuda en alguno de los grupos que se dedicaban a ello; sin embargo les dije que no ten\u00eda ning\u00fan problema, y que pod\u00eda controlar mis h\u00e1bitos en el momento que quisiera hacerlo.<\/p>\n<p>Por un tiempo pude mantener bajo control mis ansias de beber, o por lo menos eso pensaba hacerles creer. La verdad es que, aunque ya no frecuentaba los bares con tanta frecuencia, siempre ten\u00eda a la mano una botella de licor y me daba un trago a cada rato, a escondidas, como el adolescente que fuma de manera clandestina. Me traicionaba, por supuesto, tanto mi aliento et\u00edlico como mi andar err\u00e1tico. Entonces uno de ellos me llevaba un caf\u00e9 cargado y me reprend\u00eda duramente, renovando las amenazas anteriores. Por supuesto yo juraba que eso no iba a repetirse, y reiteraba mi convicci\u00f3n de poder salir de eso en el momento que quisiera. Pero era evidente que eso era una gran falacia. Solo no iba a poder, necesitaba la ayuda de alguien con suficiente poder moral sobre m\u00ed que me condujera por el camino a la sanaci\u00f3n tanto fisica como espiritual. <\/p>\n<p>Una ma\u00f1ana cualquiera, esa persona cruz\u00f3 el umbral de la puerta del negocio.  <\/p>\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El aeropuerto, con su piso cin\u00e9tico y su tr\u00e1fico incesante de pasajeros y maletas, fue el escenario de la despedida m\u00e1s triste que hubiera protagonizado en mi vida. 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