{"id":30757,"date":"2012-10-13T10:24:58","date_gmt":"2012-10-13T14:54:58","guid":{"rendered":"http:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/?p=30757"},"modified":"2013-10-03T04:07:03","modified_gmt":"2013-10-03T08:37:03","slug":"mi-vida-a-traves-de-los-perros-xxvi","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/2012\/10\/13\/mi-vida-a-traves-de-los-perros-xxvi\/","title":{"rendered":"Mi vida, a trav\u00e9s de los perros (XXVI)"},"content":{"rendered":"<p><\/p>\n<div class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\">\n<a href=\"http:\/\/t0.gstatic.com\/images?q=tbn:ANd9GcS0CLw-RI1RiNc-pZO16PhOUxM0C7vbztkz0Z7oyu1_KprSOy8mSy0nxYmHjg\" imageanchor=\"1\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" border=\"0\" height=\"299\" src=\"http:\/\/t0.gstatic.com\/images?q=tbn:ANd9GcS0CLw-RI1RiNc-pZO16PhOUxM0C7vbztkz0Z7oyu1_KprSOy8mSy0nxYmHjg\" width=\"400\" \/><\/a><\/div>\n<p>\nLo malo de la soledad es que llegamos a acostumbrarnos a ella, se vuelve habitual. Por lo menos eso me ocurri\u00f3: ese a\u00f1o perd\u00ed tanto a mi novia como a mi perro, los dos \u00fanicos seres que realmente me importaban en la vida, a excepci\u00f3n de mi madre, quien &nbsp;para ser totalmente francos hab\u00eda levantado una especie de muro entre nosotros, tal vez para darme la privacidad que supon\u00eda yo ansiaba, pero tambi\u00e9n (y c\u00f3mo me pesa ahora) por mi culpa, ya que nunca hice nada para darle a entender lo contrario. Me volv\u00ed un ser bastante hura\u00f1o: mi vida se resum\u00eda en atender la tienda y encerrarme en la biblioteca, con una frugal cena y de vez en cuando una copa de brandy, a leer alguno de los cientos de vol\u00famenes que ella albergaba. Destinaba los raros fines de semana que no iba a trabajar precisamente a enriquecer esa biblioteca, pero ni siquiera esa actividad entra\u00f1aba contacto social, pues hab\u00eda decidido no hacerme asiduo a ninguna librer\u00eda, sino que las variaba siempre; no acud\u00eda a los libreros sino que me guiaba por mi instinto. Si alguno de ellos se me acercaba, abandonaba de inmediato el local. Hoy en d\u00eda entiendo que fue un grave error, y que si me hubiera dejado guiar por ellos mi colecci\u00f3n de libros ser\u00eda mucho m\u00e1s interesante e importante. Pero as\u00ed era yo en esos d\u00edas, y no puedo echar para atr\u00e1s el tiempo. &nbsp;En cuanto a los perros, decid\u00ed que m\u00e1s nunca iba a tener otro, pues el dolor que me hab\u00eda causado la p\u00e9rdida de Hamlet fue demasiado hondo, casi f\u00edsico.<\/p>\n<p>Durante un par de a\u00f1os me volv\u00ed una especie de monje tibetano, un asceta en la esfera de los sentidos. No volv\u00ed a relacionarme con mujer alguna; no sal\u00ed a locales de moda para tratar de conocer gente; las raras veces que sal\u00eda a cenar era en compa\u00f1\u00eda de mi madre, quien lo hac\u00eda a duras penas pues no era amiga de derroches innecesarios, cosa que en ese momento era risible pues los negocios iban viento en popa &#8211; tal vez por mi dedicaci\u00f3n exclusiva a ellos, ya que me met\u00ed de cabeza en la gerencia e introduje innovaciones que lograron captar una gigantesca clientela, la cual aprovechaba el momento de bonanza del pa\u00eds para equipar viviendas y renovar guardarropas. Mi mam\u00e1 se espantaba al ver los precios en las cartas de los restaurantes, y ordenaba los platos de menor precio para gran diversi\u00f3n m\u00eda, que por mi parte hac\u00eda todo lo contrario. Para molestarla ped\u00eda las cosas m\u00e1s inveros\u00edmiles en esa \u00e9poca, y de esa forma llegu\u00e9 a probar alimentos desconocidos, algunos muy sabrosos, otros francamente desagradables. Esas veladas transcurr\u00edan plagadas de silencios, interrumpidos muy de vez en cuando por un comentario sobre el servicio del lugar, alguna noticia aparecida en los peri\u00f3dicos, o informes de la tienda. Pero nunca escarbamos lo m\u00e1s importante, los hechos \u00edntimos de la familia, los sentimientos. Esos temas estaban t\u00e1citamente vedados de nuestras conversaciones.<\/p>\n<p>As\u00ed transcurr\u00edan mis d\u00edas, todos iguales, con pocas novedades qu\u00e9 destacar. Una monoton\u00eda cadenciosa como un aguacerito pertinaz y constante. Y lo peor es que no hac\u00eda nada por cambiar ese estado de cosas: la abulia se hab\u00eda instalado en m\u00ed y la dejaba gobernarme. Sab\u00eda en cual \u00e9poca del a\u00f1o nos encontr\u00e1bamos por las temporadas que se suced\u00edan en la tienda: carnavales, semana santa, fin de clases, vacaciones escolares, inicio de clases, navidad. Esos eran los acontecimientos relevantes en mi vida. Me hab\u00eda convertido en una m\u00e1quina de trabajar y acumular dinero, sin otro fin que el de mantenerla en funcionamiento. Era un ser est\u00e9ril y seco. Pero un acontecimiento vino a remecerme los cimientos: mi madre comenz\u00f3 a perder peso de manera alarmante, y una visita al m\u00e9dico confirm\u00f3 las sospechas que me hab\u00edan surgido: hab\u00eda contra\u00eddo c\u00e1ncer. No dur\u00f3 ni 3 meses, se fue extinguiendo lenta e inexorablemente como un cirio de iglesia. Su muerte fue tan repentina que no me dio tiempo de asimilarla, ni de ajustar cuentas con ella. Las \u00faltimas semanas las pas\u00f3 entre atroces dolores e inyecciones de morfina, que ya al final eran ineficaces. Llegu\u00e9 a pedir que su muerte se acelerara, tal era su estado. Ese deseo se me cumpli\u00f3, y una ma\u00f1ana amaneci\u00f3 muerta, en su cama. Por fin logr\u00f3 el descanso; una sensaci\u00f3n de placidez sal\u00eda de su imagen, parec\u00eda una larga y flaca mu\u00f1eca de trapo en el medio de una cama demasiado grande para tan poco cuerpo.<\/p>\n<p>Otro funeral, otro carrousel de visitas de familiares lejanos y amistades olvidadas o -en muchos casos &#8211; desconocidas; un aturdimiento que me hac\u00eda ver las cosas como a trav\u00e9s de un velo, o como si estuviera viendo a distancia mi propio cuerpo compartiendo con esos desconocidos, recibiendo palabras de p\u00e9same y sin entender mucho. Luego el entierro, y por fin la soledad completa. Volver al enorme caser\u00f3n fue duro; aunque en la pr\u00e1ctica viv\u00eda solo, por lo menos antes sab\u00eda que a poca distancia se encontraba mi madre, y que en cualquier momento, cuando se me antojara, pod\u00eda aparecerme en su casa para que me preparara una taza de caf\u00e9, o me diera un poco de la sopa que siempre manten\u00eda en el fog\u00f3n. Los peque\u00f1os detalles que hacen la cotidianidad empezaron a hacerme falta, y en ese momento comprend\u00ed que la vida est\u00e1 hecha precisamente de eso, las cosas en apariencia insignificantes pero que en conjunto construyen la existencia.<\/p>\n<p>Comprend\u00ed que estaba llevando mal mi vida, y tom\u00e9 dos determinaciones: reanudar\u00eda mi vida social, y conseguir\u00eda otro perro.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lo malo de la soledad es que llegamos a acostumbrarnos a ella, se vuelve habitual. 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