{"id":29488,"date":"2012-09-22T09:50:37","date_gmt":"2012-09-22T14:20:37","guid":{"rendered":"http:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/?p=29488"},"modified":"2013-10-03T04:08:11","modified_gmt":"2013-10-03T08:38:11","slug":"mi-vida-a-traves-de-los-perros-xxv","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/2012\/09\/22\/mi-vida-a-traves-de-los-perros-xxv\/","title":{"rendered":"Mi vida, a trav\u00e9s de los perros (XXV)"},"content":{"rendered":"<div class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\">\n<a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/us.123rf.com\/400wm\/400\/400\/fjvsoares\/fjvsoares1011\/fjvsoares101100047\/8253742-hombre-con-perro-al-atardecer.jpg\" imageanchor=\"1\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" border=\"0\" height=\"213\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/us.123rf.com\/400wm\/400\/400\/fjvsoares\/fjvsoares1011\/fjvsoares101100047\/8253742-hombre-con-perro-al-atardecer.jpg?resize=400%2C213\" width=\"400\" \/><\/a><\/div>\n<p>Como es de imaginar, los d\u00edas siguientes estuvieron signados por un estado de \u00e1nimo terrible. Entre la depresi\u00f3n, la rabia, el desenga\u00f1o amoroso. El guayabo, en t\u00e9rminos caribe\u00f1os. Pero no lo somet\u00ed a la manera cl\u00e1sica, a fuerza de aguardiente y canciones desgarravenas; ese clich\u00e9 no funcionaba conmigo. Lo hice de otra forma, m\u00e1s constructiva: le met\u00ed el pecho al trabajo, y al proyecto que me estaba faltando por culminar, mi nueva casa. Por la \u00e9poca del a\u00f1o la construcci\u00f3n estuvo detenida, ya se sabe que en diciembre es tradici\u00f3n que el personal que labora en esos menesteres toma sus vacaciones colectivas, y no se consigue quien ponga un clavo en la pared. Pero ya estaba por culminar enero, y convoqu\u00e9 una reuni\u00f3n de emergencia con los contratistas. Les puse un plazo perentorio: a m\u00e1s tardar en junio quer\u00eda esta mudado. No era una meta inalcanzable, en lo absoluto: ya la parte estructural y los servicios estaban culminados, faltaban solo los acabados. &nbsp;En realidad eran dos viviendas: una, peque\u00f1a, en una primera terraza, destinada para mi madre: apenas una salita &#8211; comedor, un cuarto con su ba\u00f1o y una cocina, del tama\u00f1o adecuado para garantizar su comodidad sin necesidad de mucho trabajo. &nbsp;La otra casa estaba en la terraza inferior del terreno, y en ella no escatim\u00e9: en tres plantas distribu\u00ed cinco habitaciones con ba\u00f1o, un ba\u00f1o para las visitas, un sal\u00f3n, un comedor, una cocina sumamente amplia, un cuarto de estar, para la televisi\u00f3n y la m\u00fasica, un cuarto de juegos, y la joya de la corona: una biblioteca que ocupaba toda la planta superior de la casa, con estanter\u00edas en las paredes laterales y la del fondo, y un inmenso ventanal a todo lo largo del frente, en donde la vista hacia el valle era impresionante. Ese fue el espacio al cual le puse mayor esmero, pues era en el que pensaba estar la mayor parte del tiempo libre. En el exterior de la casa, un caney para las parrillas domingueras, y las perreras, amplias &nbsp;y c\u00f3modas.<\/p>\n<p>(De vez en cuando me llegaba una postal de Luc\u00eda, cada vez de una ciudad distinta: solamente una fecha y su nombre, escrito en letra de imprenta, grande, pero impersonal; casi como decumentando su estad\u00eda en los Estados Unidos. Al principio me aferraba a ellas como un na\u00fafrago del \u00faltimo salvavidas que flota solitario en las heladas aguas del oc\u00e9ano, pero poco a poco fui acostumbr\u00e1ndome a la situaci\u00f3n y me contentaba con ojearlas una vez y depositarlas en una gaveta de la oficina).<\/p>\n<p>A pesar de mi exigencia inicial, no me entregaron las casas en junio, sino en agosto. Ya la impaciencia me estaba comiendo, pues la situaci\u00f3n de hacinamiento en el peque\u00f1o apartamento me ten\u00eda los nervios crispados, e incluso mi madre estaba dando se\u00f1ales de incomodidad. Ella, que raras veces se quejaba por algo, me re\u00f1\u00eda por cualquier futilidad. Pero como todo en la vida esa etapa tambi\u00e9n concluy\u00f3, y ya en septiembre est\u00e1bamos instalados en nuestra nueva posesi\u00f3n. En alg\u00fan momento repar\u00e9 en que tal vez hab\u00eda sido demasiado impulsivo y hab\u00eda actuado bajo unas falsas premisas; no contaba con la situaci\u00f3n de Luc\u00eda, y ahora me encontraba con un caser\u00f3n inmenso y vac\u00edo, 800 metros de construcci\u00f3n para una sola persona. Me imaginaba vagando por los corredores, en tinieblas, con una copa de brandy, cual personaje de tragedia shakesperiana, y no me causaba ninguna gracia. Por ese motivo le propuse a mi madre que por los momentos se instalara en la casa grande, tomando alguna de las habitaciones disponibles. Pero ella fue inflexible: se hab\u00eda hecho a la idea de vivir sola, y esa posibilidad la hab\u00eda seducido.<\/p>\n<p>No hubo nada que hacer, y me toc\u00f3 instalarme en la enorme casa, acompa\u00f1ado por mi fiel Hamlet. Las perreras, estaba visto, fueron un gasto innecesario. Tanto Hamlet como sus dos hermanas decidieron que ese lugar no era apto para caninos, y se negaron de plano a usarlas. En el d\u00eda se la pasaban retozando en los amplios jardines que bordeaban las viviendas, o en el barranco que limitaba al terreno hacia el norte, espantando a la inmensa cantidad de aves, reptiles y dem\u00e1s criaturas que habitaban el semiboscoso lugar. En la noche, en cambio, se instalaban en donde les diera la gana en el momento. Hamlet por lo regular lo hac\u00eda en mi cuarto, a los pies de la cama, acompa\u00f1\u00e1ndome en mis ratos de insomnio. Ya el perro estaba entrando en sus a\u00f1os de declive: se acercaba a la edad fat\u00eddica de los 10 a\u00f1os y, como su vida hab\u00eda sido tan plena en situaciones azarosas, su salud comenzaba a comprometerse. Aunque yo esquivaba el tema, sab\u00eda que en cualquier momento iba a morir, y esa posibilidad me aterraba: ese animal me hab\u00eda acompa\u00f1ado durante los a\u00f1os m\u00e1s significativos de mi vida, hab\u00eda sido el mejor amigo que nunca tuve, y el mero hecho de pensar que un d\u00eda ya no estar\u00eda conmigo me aterraba. Tan fuerte era el lazo que me un\u00eda a Hamlet. En esos momentos lo abrazaba con fuerza, y \u00e9l restregaba su hocico contra mi cara, como queri\u00e9ndome decir que todo estaba bien, que no me mortificara. Pero poco a poco fue apag\u00e1ndose; sus salidas al jard\u00edn eran cada vez m\u00e1s espor\u00e1dicas, y cuando lo hac\u00eda parec\u00eda estar realizando un esfuerzo tit\u00e1nico, pues caminaba con dificultad y se echaba cada tanto, resollando y emitiendo ladridos lastimeros. Lo llev\u00e9 al veterinario, pero su diagn\u00f3stico fue muy sencillo: &nbsp;el perro estaba senil, no ten\u00eda ninguna enfermedad en particular por lo que no estaba sufriendo, pero por otro lado no hab\u00eda nada que pudiera hacerse para prolongarle la vida. Simplemente, esperar y darle todo el confort posible.<\/p>\n<p>Un d\u00eda de diciembre, fr\u00edo y neblinoso, ocurri\u00f3 lo inevitable. Cuando me par\u00e9 de la cama, me extra\u00f1\u00f3 que Hamlet no estuviera ya despierto, mir\u00e1ndome fijamente como lo sol\u00eda hacer. Estaba en el piso, en una posici\u00f3n innatural, como si hubiera sufrido un espasmo. Lo llam\u00e9, pero no respondi\u00f3. Cuando lo fui a tocar, not\u00e9 que estaba helado. Hab\u00eda muerto en la noche, durante el sue\u00f1o. Me ech\u00e9 a llorar como un chiquillo: mi tercer perro hab\u00eda dejado de existir, y otra vez sent\u00ed el mismo vac\u00edo, ya familiar, que dejaban esos seres en mi interior, cuando les llegaba la hora de partir.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Como es de imaginar, los d\u00edas siguientes estuvieron signados por un estado de \u00e1nimo terrible. Entre la depresi\u00f3n, la rabia, el desenga\u00f1o amoroso. El guayabo, en t\u00e9rminos caribe\u00f1os. Pero no lo somet\u00ed a la manera cl\u00e1sica, a fuerza de aguardiente y canciones desgarravenas; ese clich\u00e9 no funcionaba conmigo. 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