{"id":24539,"date":"2012-05-12T10:12:36","date_gmt":"2012-05-12T14:42:36","guid":{"rendered":"http:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/?p=24539"},"modified":"2012-07-16T14:43:23","modified_gmt":"2012-07-16T19:13:23","slug":"mi-vida-traves-de-los-perros-xii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/2012\/05\/12\/mi-vida-traves-de-los-perros-xii\/","title":{"rendered":"Mi vida, a trav\u00e9s de los perros (XII)"},"content":{"rendered":"<div class=\"separator\" style=\"clear: both;text-align: center\"><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/4.bp.blogspot.com\/-u3JZthn9Yl8\/Ti4KZsFdrLI\/AAAAAAAAAFY\/RxiRAyOIgFM\/s320\/PERRO%2BASOMADO%2BX%2BCOCHE.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone\" style=\"border-style: initial;border-color: initial;border-width: 0px\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/4.bp.blogspot.com\/-u3JZthn9Yl8\/Ti4KZsFdrLI\/AAAAAAAAAFY\/RxiRAyOIgFM\/s640\/PERRO%2BASOMADO%2BX%2BCOCHE.jpg?resize=450%2C282\" alt=\"\" width=\"450\" height=\"282\" border=\"0\" \/><\/a><\/div>\n<p>Gracias a ese telegrama pude constatar de nuevo el poder de la palabra escrita. A partir de la lectura de esas cortas frases, escritas con imprecisos trazos tipogr\u00e1ficos sobre el papel membreteado de la compa\u00f1\u00eda de tel\u00e9fonos y tel\u00e9grafos, comenz\u00f3 una nueva etapa en mi existencia. Desanduve el camino recorrido unos cuatro a\u00f1os atr\u00e1s, en el mismo veh\u00edculo y con uno de los compa\u00f1eros de viaje, en una alocada carrera que ten\u00eda como prop\u00f3sito llegar a tiempo para ver al otro a\u00fan con vida. Por mi parte, ya no era el mismo muchachito imberbe que transitaba por primera vez los largos caminos de la patria; en ese momento contaba con un bagaje de experiencias, ense\u00f1anzas y aprendizajes, recolectados a fuerza de grandes errores y peque\u00f1os aciertos, que me permitir\u00edan en adelante poner las cosas en una perspectiva m\u00e1s correcta.<\/p>\n<p>Hab\u00edamos hecho un buen trabajo en la reconstrucci\u00f3n del Bel Air; se tragaba los kil\u00f3metros sin dar muestras de fatiga y sin s\u00edntomas de recalentamiento. Puede sonar como una tonter\u00eda, pero el carro parec\u00eda contento al poder rodar, el motor girando a todas las revoluciones de las cuales era capaz, \u00a0por las interminables rectas que atraviesan el pa\u00eds. La angustia, y cierto sentido de culpa, obligaban a mi pie a presionar el pedal del acelerador sin cesar, tal era la urgencia de llegar antes de que fuera demasiado tarde. Los paisajes desfilaban infinitos a nuestro lado, sin que tuvi\u00e9ramos chance de apreciarlos. Toda mi atenci\u00f3n estaba puesta en la carretera; no pod\u00eda darme el lujo de distraerme, hubiera resultado fatal. Hamlet, esta vez en el asiento del copiloto, no parec\u00eda particularmente entusiasmado por el viaje. Se pas\u00f3 la mayor parte del tiempo dormido, salvo en las dos o tres paradas que realic\u00e9 para reponer combustible, usar los sanitarios y telefonear a casa para tener noticias frescas sobre la evoluci\u00f3n de mi padre.<\/p>\n<p>Por fin llegamos a la gran ciudad en donde hab\u00eda abierto por primera vez los ojos a la vida. Y s\u00ed, me pareci\u00f3 grande, imponente, toda una metr\u00f3poli, puesta al lado de la provinciana y adusta ciudad de monta\u00f1a de donde ven\u00eda, y en la cual dejaba cuatro a\u00f1os de vivencias. Ahora Hamlet s\u00ed estaba bien despierto, y parec\u00eda excitado por el fermento de la urbe: el corneteo, el tr\u00e1fico inm\u00f3vil en algunos tramos, los gritos de los conductores lo exaltaban, y asomado a la ventanilla se uni\u00f3 con sus ladridos al estruendoso coro capitalino, como demostraci\u00f3n de j\u00fabilo. Parec\u00eda querer decir que estaba de vuelta a la ciudad que le pertenec\u00eda por nacimiento y por derecho propio.<\/p>\n<p>Las percepciones son enga\u00f1osas: cuando uno llega al peaje final de la autopista piensa que su viaje ha terminado; sin embargo, desde ese punto hasta mi hogar hab\u00eda una gran distancia, medible en tiempo y no en kil\u00f3metros. Estaba a punto de desesperarme, al verme trancado dentro de la marea de veh\u00edculos que simulaban una enorme y sinuosa serpiente reptante por la v\u00eda, pero todo en la vida pasa, y cuando fue el momento me encontr\u00e9 estacionando el Bel Air frente a mi casa.<\/p>\n<p>Sin preocuparme por cerrar el carro corr\u00ed al interior de la vivienda. En la planta baja se encontraban algunos familiares a los cuales apenas salud\u00e9, puesto que mi intenci\u00f3n era llegar a la habitaci\u00f3n en donde reposaba mi padre. Sub\u00ed los dos tramos de escaleras como una exhalaci\u00f3n, y penetr\u00e9 al cuarto. El viejo estaba dormido, peque\u00f1o, como encogido, en medio de la gran cama matrimonial. Su brazo estaba unido por una canilla pl\u00e1stica a la botella de suero. De su pecho sal\u00edan tres cables conectados a un aparato destinado a monitorear su frecuencia card\u00edaca. Respiraba afanosamente, a pesar de estar sedado. A su lado, en una silla, mi madre cabeceaba: era evidente que desde el episodio estuvo instalada all\u00ed, casi sin dormir. Sin decir palabra alguna la abrac\u00e9 y la bes\u00e9 como no lo hac\u00eda desde ni\u00f1o, y algunas l\u00e1grimas aparecieron t\u00edmidas en mis ojos. Las emociones reprimidas durante el viaje se desparramaron en ese instante, y no sent\u00ed verg\u00fcenza alguna de ello.<\/p>\n<p>Cuando pude recobrar la compostura, mi madre me puso al tanto sobre la situaci\u00f3n real de mi pap\u00e1. Hac\u00eda alg\u00fan tiempo hab\u00eda empezado a demostrar los s\u00edntomas propios de una disfunci\u00f3n del coraz\u00f3n: frecuentes dolores en el pecho, palpitaciones, sudoraciones repentinas lo hicieron acudir el m\u00e9dico, el cual le diagnostic\u00f3 una angina de pecho. Pens\u00e9 en reclamarle a mi madre por no haberme informado con anterioridad, pero enseguida reflexion\u00e9 sobre mis circunstancias y comprend\u00ed que no ten\u00eda derecho alguno a hacerlo. Lo cierto es que para lidiar con esa condici\u00f3n le impusieron una f\u00e9rrea dieta y una serie de restricciones, como la prohibici\u00f3n de fumar y de ingerir bebidas alcoh\u00f3licas. Pero el viejo siempre fue proclive a esos placeres, y era un gran fumador; tampoco se privaba de tomarse unos cuantos whiskies como remate a las agotadoras sesiones de trabajo a las que se somet\u00eda diariamente. En suma, no sigui\u00f3 los consejos del m\u00e9dico, limit\u00e1ndose a acatar el tratamiento farmac\u00e9utico. Eso no fue suficiente, y el infarto lleg\u00f3 puntual. En ese momento se encontraba al filo de la muerte. Las pr\u00f3ximas 72 horas ser\u00edan cruciales.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Gracias a ese telegrama pude constatar de nuevo el poder de la palabra escrita. 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