{"id":24156,"date":"2012-05-06T12:40:07","date_gmt":"2012-05-06T17:10:07","guid":{"rendered":"http:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/?p=24156"},"modified":"2012-05-07T19:00:27","modified_gmt":"2012-05-07T23:30:27","slug":"caracas-la-posible","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/2012\/05\/06\/caracas-la-posible\/","title":{"rendered":"Caracas, la posible."},"content":{"rendered":"<p><span style=\"background-color: white;color: #333333;font-family: 'lucida grande', tahoma, verdana, arial, sans-serif;font-size: 13px;line-height: 18px;text-align: left\"><br \/>\n<\/span><\/p>\n<div class=\"separator\" style=\"clear: both;text-align: center\"><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/4.bp.blogspot.com\/-UB8bzbVY0yo\/T6aSKS_GX6I\/AAAAAAAAAY8\/CMpIAwVUvbM\/s1600\/540436_3696573608641_1104362471_3491271_97968842_n.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" style=\"border-style: initial;border-color: initial;border-width: 0px\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/4.bp.blogspot.com\/-UB8bzbVY0yo\/T6aSKS_GX6I\/AAAAAAAAAY8\/CMpIAwVUvbM\/s640\/540436_3696573608641_1104362471_3491271_97968842_n.jpg?resize=512%2C384\" alt=\"\" width=\"512\" height=\"384\" border=\"0\" \/><\/a><\/div>\n<p>Cuando peque\u00f1o, habitante de Bello Monte, el hecho de salir a pasear de noche por las calles aleda\u00f1as era algo cotidiano, com\u00fan y corriente. Ten\u00edamos amistades que viv\u00edan en Chaca\u00edto, en la calle Villaflor de Sabana Grande y en la calle Negr\u00edn, por poner unos cuantos ejemplos, y un par de veces a la semana \u00edbamos a visitarlos, regresando a casa a altas horas de la noche. Caminando pues no ten\u00edamos autom\u00f3vil, a\u00fan. Eran los a\u00f1os 60, en sus postrimer\u00edas; jam\u00e1s nos ocurri\u00f3 ning\u00fan evento del cual lamentarnos.<\/p>\n<p>Ya en los 70 las cosas comenzaron a cambiar: los arrebatones en la calle comenzaron a ser habituales, operados por motorizados o por carteristas \u00abde a pie\u00bb. Y en los edificios se empezaron a conocer los atracos. Claro, las entradas no pose\u00edan ning\u00fan tipo de seguridad, y cualquiera pod\u00eda traspasarlas. Creo que fue a partir de entonces que comenz\u00f3 el deterioro paulatino de la vida ciudadana. Poco a poco llegamos a lo que somos ahora: ocupantes de una ciudad abiertamente peligrosa, que nos acecha en cada esquina, y nos hace suspirar de alivio todos los d\u00edas, cuando los familiares llegamos a casa y estamos a buen resguardo (aunque siempre queda la paranoia de una intrusi\u00f3n nocturna en el hogar, algo que no es descartable en lo absoluto). Nos autoimponemos una suerte de toque de queda que se infringe solo cuando es estrictamente necesario. Ya el placer de pasear por pasear de noche se nos olvid\u00f3. La ciudad est\u00e1 fortificada, solo que no para evitar potenciales invasiones de naciones extranjeras, sino para defendernos de nuestros propios conciudadanos. Cada urbanizaci\u00f3n, cada edificio, cada casa, es una ciudad-estado en miniatura; para poder entrar en ellas necesitamos un salvoconducto. Las garitas se han vuelto parte del paisaje urbano, y los vigilantes decretan quien pasa y quien se queda. El derecho al libre tr\u00e1nsito es hoy por hoy una quimera, derogado de facto por la inseguridad.<\/p>\n<p>Eventos como el Festival de lectura nos reconcilian con esta maltratada y maltratadora ciudad. El mero hecho de poder estar al aire libre, de noche, sin sentir desasosiego, y de paso disfrutar de propuestas culturales de calidad, como el mon\u00f3logo de ayer de Leo Felipe Campos, o la presentaci\u00f3n del libro \u00abCaracas muerde\u00bb de H\u00e9ctor Torres, por mencionar dos, es algo que nos saca de nuestros habituales esquemas de pensamiento, sobre lo hostil e invivible de Caracas. Voy a referirme a esos actos culturales: a pesar de que ambas propuestas giraron en torno a la fatalidad, cada una nos dej\u00f3 una ense\u00f1anza valiosa.<\/p>\n<p>H\u00e9ctor Torres sostuvo una amena conversaci\u00f3n con Alberto Barrera, en la cual ambos escritores intercambiaron una serie de ideas centradas alrededor de la tem\u00e1tica del libro que se estaba presentando. Por supuesto dirigidas hacia darlo a conocer pero, m\u00e1s all\u00e1 de eso, pensadas como una especie de redenci\u00f3n de la ciudad. El caraque\u00f1o ha adoptado el recelo y la desconfianza como armas para poder desenvolverse en el d\u00eda a d\u00eda de la ca\u00f3tica urbe, es cierto. Mientras m\u00e1s invisibles mejor, parece ser la norma. Sin embargo existen situaciones rescatables; siempre podremos encontrar la proverbial flor en medio del barro. La lectura de p\u00e1rrafos claves del libro por parte de Alberto Barrera, y los comentarios respectivos del autor, fueron un apetecible entrem\u00e9s que despert\u00f3 la curiosidad de la audiencia. En palabras de H\u00e9ctor, Caracas muerde, es verdad, pero no todos los mordiscos son malos. Quedamos pendientes de adquirir el libro y disfrutar de la amena y cr\u00edtica escritura de Torres.<\/p>\n<p>El acto de Leo Felipe Campos fue una suerte de mon\u00f3logo, centrado alrededor de una idea: lo que no nos mata nos fortalece. Luego de una jocosa introducci\u00f3n a cargo del gran narrador y poeta Jos\u00e9 Tom\u00e1s Angola, quien se deshizo en elogios intencionalmente altisonantes y divertidos hacia Campos &#8211; a quien denomin\u00f3 siempre con el ep\u00edteto de \u00abescritor criollo\u00bb, logrando gran alborozo en el p\u00fablico &#8211; se subi\u00f3 al escenario un visiblemente herido personaje (interpretado por Leo Felipe) quien, apalancado en la obra de Viktor Frankl y sus vivencias en los campos de concentraci\u00f3n de la II guerra mundial, nos puso ante una idea inquietante: si no hubieran ocurrido algunos acontecimientos terribles en la historia de la humanidad no tuvi\u00e9ramos una conciencia colectiva de los l\u00edmites de la maldad humana, y tampoco contar\u00edamos con herramientas para contrarrestarla. El mon\u00f3logo tuvo momentos de tensi\u00f3n, como cuando Leo emplaz\u00f3 a una muchacha de la audiencia a imaginarse como v\u00edctima de una violaci\u00f3n. Hasta que no le sucede algo a uno, es imposible saber. Uno puede imaginar, pero solo la experiencia directa nos pone en contacto con esa realidad, y nos da a conocer nuestro potencial de recuperaci\u00f3n. Acompa\u00f1ado por una botella de Jack Daniels (de vital importancia para el mon\u00f3logo) y libando a ratos un vasito de dicho licor, nos oblig\u00f3 a cuestionarnos nuestras prejuicios y puntos de vista.<\/p>\n<p>\u00c9stos fueron los actos que pude presenciar, pero se que hubo muchos otros; se necesitar\u00eda el don de la ubicuidad para atender todas las propuestas. Este tipo de eventos nos deja una ense\u00f1anza: con un poco de esfuerzo e inteligencia podemos recuperar la amabilidad de nuestra urbe. Aunque podemos hacer una analog\u00eda entre esta iniciativa y los operativos que de tanto en tanto instrumentan las autoridades, signados por la temporalidad y la coyuntura, es un inicio. Como ciudadanos tenemos el derecho de disfrutar los espacios p\u00fablicos sin m\u00e1s obligaci\u00f3n que el respeto al otro, y los servidores p\u00fablicos tienen el deber de garantizarnos dicho derecho.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando peque\u00f1o, habitante de Bello Monte, el hecho de salir a pasear de noche por las calles aleda\u00f1as era algo cotidiano, com\u00fan y corriente. 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