{"id":18292,"date":"2011-10-15T15:02:53","date_gmt":"2011-10-15T19:32:53","guid":{"rendered":"http:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/?p=18292"},"modified":"2011-10-15T15:02:53","modified_gmt":"2011-10-15T19:32:53","slug":"la-justicia-por-su-propia-mano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/2011\/10\/15\/la-justicia-por-su-propia-mano\/","title":{"rendered":"La justicia por su propia mano"},"content":{"rendered":"<div class=\"separator\" style=\"clear: both;text-align: center\">\n<a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/www.zonabyte.com\/wp-content\/uploads\/2011\/07\/blackberry-torch-9800-zona.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" border=\"0\" height=\"324\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/www.zonabyte.com\/wp-content\/uploads\/2011\/07\/blackberry-torch-9800-zona.jpg?resize=475%2C324\" width=\"475\" \/><\/a><\/div>\n<p>Un martes cualquiera, a las 6:30 de la tarde, en la Autopista del Este. Tr\u00e1fico trancado, empezando a caer la obscuridad. En la radio el \u00abamigo del aire\u00bb vocea lo obvio: toda Caracas es un inmenso estacionamiento. Los vidrios del carro subidos, cosa que no evita que un motorizado toque el de la puerta del conductor con la cacha de un revolver, haciendo la se\u00f1al consabida: quiere el celular. El chofer en cuesti\u00f3n, Roberto Silveira, titubea un segundo: ya le han robado 2 en los \u00faltimos 8 meses, y empieza a estar harto. El motorizado no tiene mucha paciencia, y el segundo golpe es m\u00e1s violento. Silveira piensa que la vida vale m\u00e1s que un celular, y baja el vidrio para entreg\u00e1rselo al ladr\u00f3n. \u00c9ste dice: \u00ab\u00a1la pr\u00f3xima te quiebro, becerro!\u00bb y sale disparado.<\/p>\n<p>La indignaci\u00f3n empieza a ser un ente aut\u00f3nomo en su interior: un ente que clama por justicia, y venganza. Esto no puede seguir as\u00ed. Un plan empieza a fraguarse en su mente, un plan de esos que se gestan cuando estamos atrapados en una situaci\u00f3n que no nos permite hacer otra cosa m\u00e1s que pensar. En el trayecto que lo separa de su casa engrana los detalles: no puede esperar a llegar, para hacer las investigaciones pertinentes en internet.<\/p>\n<p>Las pr\u00f3ximas dos semamas son un per\u00edodo de intenso estudio: electr\u00f3nica, qu\u00edmica, telecomunicaciones son sus \u00e1reas de inter\u00e9s. Una vez culminada la teor\u00eda, empieza a preocuparse por la adquisici\u00f3n de los materiales necesarios para su maquiv\u00e9lica invenci\u00f3n: para ello necesitar\u00e1 utilizar algunos contactos que tiene en el \u00e1rea militar, que le ayudar\u00e1n a conseguir la peque\u00f1a dosis de explosivo que le har\u00e1 falta. Ese explosivo se amoldar\u00e1 a la tapa trasera del celular, y estar\u00e1 acoplado a un minireceptor de radio. Simult\u00e1neamente consulta con el experto de telecom en la empresa. Le dice que desea encender las luces de su casa a distancia, utilizando la web y un receptor. El tecn\u00f3logo le dise\u00f1a una interfaz web capaz de activar el env\u00edo de una se\u00f1al de radio, la cual estar\u00e1 esperando el dispositivo que insertar\u00e1 en su celular.  <\/p>\n<p>Al cabo de ese par de semanas tiene todo el tinglado listo: falta hacer una prueba, pero como no le consiguieron suficiente explosivo tiene que ser te\u00f3rica: acopla el transmisor a un bombillo, y manda la se\u00f1al a trav\u00e9s de la interfaz web: el bombillo, como por arte de magia, se enciende por un milisegundo, el tiempo que dura el min\u00fasculo impulso el\u00e9ctrico que es capaz de producir el minireceptor. Su plan funciona, solamente le queda ensamblar su min\u00fascula bomba&#8230; y esperar.<\/p>\n<p>La ocasi\u00f3n se presenta un par de meses despu\u00e9s: Un s\u00e1bado en la ma\u00f1ana Roberto baja a la panader\u00eda a comprar pan y jugo para el desayuno. Un individuo lo tropieza, aparentemente sin ninguna intenci\u00f3n, pero Silveira conoce bien las tretas de los hampones, y enseguida se busca en el bolsillo y nota que no tiene el celular. Una sonrisa mal\u00e9vola se le enciende en la cara: esta vez tendr\u00e1 su venganza. Corre a su casa, se instala en la computatora, accede al sitio web y escribe la contrase\u00f1a: \u00abmu3r3m4ld170\u00bb. Justo al momento de presionar la tecla Enter, ve de reojo a su hijo de tres a\u00f1os caminando a su lado, con un objeto en la mano: su celular, al que hab\u00eda cre\u00eddo robado. El celular repica en ese preciso momento, y Silveira grita cual poseso al ver con horror como su hijo lo lleva a su oido y dice \u00abal\u00f3&#8230; es para ti, papi. \u00bfPor qu\u00e9 gritas?\u00bb <\/p>\n<p>Afortunadamente su supuesto contacto militar result\u00f3 ser un charlat\u00e1n, que le vendi\u00f3 plastilina por C4.<\/p>\n<p>A partir de ese momento Silveira perdi\u00f3 su afici\u00f3n por la electr\u00f3nica y la q\u00faimica, y se dedic\u00f3 al estudio concienzudo de la bot\u00e1nica. Compr\u00f3 libros, por cierto: tampoco le resultaba atractivo el internet.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un martes cualquiera, a las 6:30 de la tarde, en la Autopista del Este. Tr\u00e1fico trancado, empezando a caer la obscuridad. En la radio el \u00abamigo del aire\u00bb vocea lo obvio: toda Caracas es un inmenso estacionamiento. 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