{"id":16085,"date":"2011-06-29T19:25:38","date_gmt":"2011-06-29T23:55:38","guid":{"rendered":"http:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/?p=16085"},"modified":"2011-06-29T19:25:38","modified_gmt":"2011-06-29T23:55:38","slug":"la-ceiba","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.panfletonegro.com\/v\/2011\/06\/29\/la-ceiba\/","title":{"rendered":"La ceiba"},"content":{"rendered":"<p>El torrencial aguacero cay\u00f3 sobre la ciudad sin previo aviso.  No me qued\u00f3 m\u00e1s remedio que refugiarme en el primer lugar que me viniera a la mano, ya que no ten\u00eda conmigo ni un paraguas, ni un impermeable, ni tan siquiera un peri\u00f3dico con el cual protegerme de la lluvia para llegar a la estaci\u00f3n del metro. Silenciosamente maldije mi suerte: tan cerca (una cuadra) que estaba de la estaci\u00f3n y nada que pudiera llegar a ella. Este inconveniente pod\u00eda estropearme los planes que hab\u00eda forjado desde hace tanto tiempo. Resolv\u00ed tomar el contratiempo con calma; ya conseguir\u00eda un tel\u00e9fono para comunicarme, y posponer la reuni\u00f3n para otro momento. De todas maneras, el aguacero no era de mi exclusiva propiedad, y afectar\u00eda a todos por igual. Ya sabemos que en Caracas no pueden caer cuatro gotas sin que la ciudad colapse. Todos estos pensamientos iban apareciendo en mi mente para calmarme un poco, pero la verdad era que sent\u00eda un vago desasosiego, influenciado por mi natural pesimismo.<\/p>\n<p>Entr\u00e9, como dije antes, al primer lugar abierto, que result\u00f3 ser un botiqu\u00edn de esos que se califican como de mala muerte. Lo que me llam\u00f3 la atenci\u00f3n fue el contraste entre la barra, que si bien no estaba en perfecto estado, era de madera y se notaba que en sus buenos tiempos tuvo cierto atractivo, y el resto del mobiliario, compuesto por cuatro mesitas desvencijadas acompa\u00f1adas por sus respectivos taburetes. La impresi\u00f3n que tuve fue que el due\u00f1o del bar invirti\u00f3 todo su capital en tener una barra acogedora, dejando para mejores tiempos lo dem\u00e1s (claro, los buenos tiempos nunca llegaron). La decoraci\u00f3n del bar consist\u00eda en afiches y banderines de clubes futbol\u00edsticos espa\u00f1oles, en su mayor\u00eda del Real Madrid. La nota taurina, infaltable en estos lugares, estaba dada por una escu\u00e1lida cornamenta, seguramente perteneciente a alg\u00fan novillo malamente sacrificado en una corrida de espont\u00e1neos. Para completar el cuadro, la iluminaci\u00f3n era bastante precaria.  Como podr\u00e1n haberse dado cuenta, el lugar era lo suficientemente s\u00f3rdido como para que yo esperara que escampara lo m\u00e1s prontamente, pero las condiciones atmosf\u00e9ricas me hicieron prever una larga estancia en mi lugar de refugio. Lo primero que hice fue preguntar por un tel\u00e9fono: el dependiente que estaba detr\u00e1s del mostrador me se\u00f1al\u00f3 con un gesto displicente alg\u00fan punto impreciso sobre la barra, y  entornando los ojos pude ver el artefacto que temporalmente me permitir\u00eda paliar la situaci\u00f3n. Utilic\u00e9 el tel\u00e9fono, pues, y al tercer intento logr\u00e9 comunicarme.<\/p>\n<p>M\u00e1s tranquilo, tom\u00e9 asiento en una mesa, que me permiti\u00f3 visibilidad hacia la \u00fanica ventana del sitio. Escog\u00ed ese lugar tanto para darme cuenta cuanto antes del momento en que dejara de llover, como para abstraerme de la fealdad del sitio. Ped\u00ed una cerveza, la cual me trajeron prontamente y tibia. Me resign\u00e9 a mi mala fortuna, y empec\u00e9 a sorber lentamente la amarga bebida. Mientras tanto, me enfrasqu\u00e9 en observar el paisaje que me brindaba la ventana: a trav\u00e9s de ella se pod\u00eda ver una enorme ceiba, de frondoso ramaje. Al fondo, hab\u00eda una iglesia que pudiera ser de principios de siglo. Mientras estaba dedicado a la observaci\u00f3n del panorama, un parroquiano se acerc\u00f3 hasta mi mesa, seguramente en busca de conversaci\u00f3n. Yo no soy muy amigo de conversar con extra\u00f1os, pero la situaci\u00f3n no me daba muchas elecciones. Me resign\u00e9 a entablar una aburrida pl\u00e1tica con el se\u00f1or desconocido.<\/p>\n<p>&#8211; Buenas tardes, se\u00f1or. \u00bfConque escapando del chaparr\u00f3n?, me solt\u00f3 de buenas a primeras.<br \/>\n&#8211; As\u00ed es. Pero si\u00e9ntese, le dije.<br \/>\n-\u00bfNo lo molesto? Mire que nosotros los viejos no nos damos cuenta  y nos ponemos fastidiosos con nuestros recuerdos.<br \/>\n&#8211; No se preocupe. Me imagino que usted es de aqu\u00ed, \u00bfverdad?<br \/>\n&#8211; Si se\u00f1or. Desde cuando tengo memoria, he habitado en esta parroquia.<br \/>\n&#8211; Entonces podr\u00e1 ilustrarme sobre el sitio. Por ejemplo, la iglesia. \u00bfTiene alguna idea de cuando fue construida?<br \/>\n&#8211; Como no. Data del a\u00f1o de 1.900, y no lo se porque yo hubiera estado all\u00ed cuando la construyeron, sino que afuera tiene una placa conmemorativa en donde aparece esa fecha.<br \/>\n&#8211; Lo que mas me gusta de esto es la ceiba que se ve aqu\u00ed enfrente. Es realmente imponente. Seguramente ser\u00e1 centenaria.<br \/>\n&#8211; As\u00ed como es de hermosa es de vengativa, dijo con un dejo de amargura.<br \/>\n&#8211; Ya est\u00e1 que el viejo empieza a desvariar, me dije para mis adentros. Para no parecer descort\u00e9s, le di cuerda:<br \/>\n&#8211; \u00bfComo dice usted, que un \u00e1rbol es vengativo?<br \/>\n&#8211; As\u00ed como suena. Ya que tiene tiempo, le referir\u00e9 la triste historia que tiene como funesta protagonista esta ceiba.<br \/>\n&#8211; Pues para o\u00edr el cuento, le invito una cerveza.<br \/>\n&#8211; Vale.<\/p>\n<p>Solicitamos las dos cervezas, y una vez que llegaron empez\u00f3 el anciano a relatarme lo siguiente:<\/p>\n<p>&#8211; En los a\u00f1os cincuenta, esta parroquia era m\u00e1s tranquila. La avenida que separa este bar de la iglesia no exist\u00eda, estando en su lugar una amplia plaza. En esta plaza se reun\u00edan a jugar los muchachos del vecindario, aprovechando los amplios espacios. Hab\u00eda uno de los muchachos que era particularmente travieso:  mataba p\u00e1jaros con china, viv\u00eda cay\u00e9ndose a golpes,,, en fin, un peque\u00f1o atorrante. Una de las cosas que m\u00e1s lo entreten\u00eda era encaramarse encima de la ceiba. Se sub\u00eda por sus ramas hasta lo m\u00e1s alto, destrozando muchas veces los v\u00e1stagos que empezaban a reto\u00f1ar. Una vez encontr\u00f3 un rollo de alambre de p\u00faas y se dedic\u00f3 a envolver el grueso tronco de la ceiba con \u00e9l. Estando un poco mayor, en la edad de los primeros amor\u00edos, tallaba el nombre de sus enamoradas con una navaja en el tronco del \u00e1rbol. En esas ocasiones, la ceiba  rezumaba un espeso l\u00edquido, como si sangrara por la herida que le inflig\u00edan. El muchacho creci\u00f3, se hizo hombre y consigui\u00f3 novia formal: era una  hermosa muchacha, en la plenitud de la juventud. El noviazgo marchaba en serio, tanto es as\u00ed que a los dos a\u00f1os de amores decidieron casarse.<\/p>\n<p>El anciano hizo una pausa, para tomar un largo sorbo de cerveza. Yo hice otro tanto, y lo inst\u00e9 a que continuara su relato. Notaba que el hombre iba adquiriendo un semblante triste, como si lo que estaba contando lo afectara profundamente.<\/p>\n<p>&#8211; Ya vamos llegando al final. Resulta, como le dije antes, que los muchachos resolvieron contraer matrimonio. Empezaron los preparativos, buscaron vivienda, se casaron por el civil; lo \u00fanico que faltaba era la ceremonia religiosa. El d\u00eda que fueron a la iglesia (la iglesia que ve usted enfrente, precisamente) a fijar la fecha de la boda, al  salir del templo empez\u00f3 a caer una lluvia, tan repentina y fuerte como la que estamos presenciando ahora. Eran alrededor de las siete de la noche, por lo que no quisieron esperar a que escampara, pensando que se har\u00eda muy tarde. Corrieron de la iglesia hacia este lugar, pero hicieron una pausa debajo de la ceiba, seguramente para recuperar el resuello. En ese momento la lluvia  arreci\u00f3 y&#8230;<\/p>\n<p>Aqu\u00ed se le entrecort\u00f3 la voz al se\u00f1or, y dos gruesos lagrimones corrieron por sus mejillas. Se repuso, y concluy\u00f3 la narraci\u00f3n:<\/p>\n<p>&#8211; \u00a1Esa ceiba maldita dej\u00f3 caer unas ramas sobre los novios, con tal violencia que  hiri\u00f3 de muerte a mi hija! \u00a1Ella me la mat\u00f3 para vengarse de los maltratos que le propin\u00f3 su prometido, cuando ni\u00f1o! \u00bfPero, porque a mi ni\u00f1a? \u00bfPorqu\u00e9 no a \u00e9l?<\/p>\n<p>No supe qu\u00e9 decir. El anciano estaba tremendamente conmovido, y sollozaba quedamente. Balbuce\u00e9 unas condolencias, que el hombre no debe haber o\u00eddo. Afuera empezaba a escampar, por lo que aprovech\u00e9 para pagar la consumici\u00f3n e irme.<\/p>\n<p>Sal\u00ed, y contempl\u00e9 por un momento la ceiba. De sus ramas ca\u00edan espesas gotas, que por una ilusi\u00f3n \u00f3ptica, seguramente, parec\u00edan de color rojo brillante.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El torrencial aguacero cay\u00f3 sobre la ciudad sin previo aviso. 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