CUENTOS POLÍTICOS 26

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Imagen: Diario "La Prensa", de Lara.

 

Imagen: Diario “La Prensa”, de Lara.

 

La Caraota
A comienzos del dos mil veintiuno, finalizando un enero imposible que parecía nunca llegar a su final, Pedro, volvía a ser pateado por una cajera china. Su voz autómata como de androide, parecía más, un vil regaño, que las preguntas de una simple transacción comercial. Por un amargo instante se sintió en el objetivo de una humillación pública. Y sus compatriotas lo miraban como si nunca hubieran pasado por lo mismo. La altivez intolerante de la china, poderosa desde su pedestal detrás de la caja registradora, lo hacía sentirse como un extranjero dentro de su propio país. Y se lo estaba buscando sólo con el hecho de completar un kilito de caraotas con cuatro tarjetas de débito. Pero qué podía hacer sino terminar en los chinos, que, quiéranlo o no, siempre tienen las vainas más baratas, y bueno, son los únicos que se dan el tupé de vender en bolívares mientras la competencia no tiene más remedio que cobrar en divisas. Todo porque una mano peluda, inasible y endeudada, les había otorgado el monopolio de los víveres y de todas las importaciones que llegan a puerto. Y cómo entonces se iba a sentir Pedrito viendo su dignidad despaturrada como una cucaracha en restaurante exótico. Por dentro, sólo podía lanzar un largo grito inaudible: “¿dónde estarán los bodegueros de mi país, dónde estarán los portus, los paisitas, la gente buena que solía tratarnos tan bien?”
De paso, los granos que se llevaba no eran aquellos de calidad sino de los duros, los que provocan retorcijones. Pero era lo único que podía permitirse en moneda nacional, ya que las caraotas buenas sólo se obtenían misteriosamente a través de los buhoneros y en divisas. ¡A dos dólares panitaaa, para que rellenes las arepitaas! Ese era otro funesto detalle en revolución. Porque los chinos vendían las caraotas en esos empaques como de celofán que se ven muy cuchis en realidad, como un regalito, pero cuyo contenido causa una peorrera increíble. Por eso, sólo a veces, cuando le llegaban algunos verdes que podía usar para alimentarse, Pedrito se las compraba a sus colegas los empresarios de la economía informal.
Pero la vieja Luisa ya estaba obstinada porque sentía que ahora toda su vida se reducía a un billete de dólar. – ¡TOOODO A DÓLAR, SEÑORA… LA HARINA PA’ LAS AREPAS, EL AZÚCAR, EL ARROCITO, EL CAFÉ, TRES KILOS DE SAL POR UN DÓLAR! ¿QUIERE JABÓN?, A DÓLAR, UNA BOMBONA DE GAS, A DÓLAR. REPARACIONES DE CUALQUIER VAINA, UNA CONSULTA CON EL PELUQUERO, EL MASAJISTA, UNA INCURSIÓN AL BAÑO DEL CENTRO COMERCIAL, TAMBIÉN A DÓLAR. Y SI QUIERE RESPIRAR, LE DOY TRES BUCHES DE OXÍGENO POR UN DÓLAR JA JA JA JA
-Y tú Pedrito no me preguntes de dónde saco yo esos benditos dólares, porque francamente son un dolor de cabeza. Hijo, tengo que ponerme a planchar a cocer a hacer tortas para tener alguito, porque tus hermanos me los envían muy de vez en cuando. Sí, todos hablan de dólares, pero son bien difíciles de hacer. No todos están dispuestos a soltarlos porque esos papelitos, al parecer, son lo único que hacen la diferencia en este caos.
La Cangrejera
Pedro abrió los ojos un lunes de restricción. Recordaba la cadena de la noche anterior con una extraña mueca. Un mandatario notablemente preocupado por las nuevas sepas de un virus mortal, mandando a cumplir las normas de prevención y las medidas de cuarentena al pie de la letra, pero, por otro lado, gestionando el regreso a las clases presenciales. Una vaina como surrealista, contradictoria. Y con ese regreso, faltará poco para que obliguen a los empleados públicos a reincorporarse a sus puestos de trabajo, sin un sueldo que les garantice por lo menos los viáticos, y claro, el merecido acceso a la cesta básica que ronda ya por los quinientos verdes mensuales. Pero, quienteconté, ya les había puesto la concha de mango en carnavales, invitando públicamente a disfrutar de playas, parques, plazas y teatros, hasta de los mismos cines. Ninguno podrá poner objeciones a la hora de llamarlos a chambear. Porque, ajá, si pudieron gozarse un roncito en las rocas en playa Pantaletas, o un helado de barquilla con su familia en la Plaza Bolívar, muy bien podrían ir al trabajo a cumplir con sus funciones. Que buena vaina. Pedro sintió los movimientos de la Ingrid, una colega buhonera que de vez en cuando se venía a pasar la noche con él. Era una caraqueña con hermosos rasgos indígenas y muy sensuales; mientras él pensaba en las sandeces que escuchaba en las cadenas y en la problemática general de la pandemia, ella comenzó a entusiasmarlo con una historia que había escuchado en el programa de la doctora Nancy. Se trataba de una mujer que hacía una vaina muy sabrosa con sus genitales y los hombres quedaban extasiados y como encadenados a un círculo vicioso. –La doctora decía que en la mayoría de los países lo llamaban vulgarmente “la Cangrejera”, pero que no era una condición, sino una habilidad que podía desarrollar cualquier mujer. Que por generaciones se pensaba que sólo las haitianas podían dominar la técnica o sólo nacían así o muchos creían que era debido a hechizos de amor. Lo cierto es que las palabras de la Ingrid habían alterado a Pedrito el calvo, que por costumbre, sobre todo en las mañanas, solía ser muy perceptivo. –Ya verás que voy a aprender a dominar la estructura interna de mi tuqui tuqui, le decía ella, mientras surgía de sus sábanas con sus téticas de piña y el chorcito dormilona como de costumbre, metidito entre las nachas haciéndole ese cuadro que lo ponía a millón, como una máquina, sin importar cuanta energía hubiera gastado durante la noche, porque cuando Pedro se traía a la Ingrid al departamento, desahogaba sus insoportables días de soledad, aunque la soledad para Pedro fuera un mal tan necesario. Sobre todo en esta época tan caótica. Y bueno, aunque ella se lo había ganado con esa historia caliente; para él, la Cangrejera, era una especie de sugestión o algo así, y aunque quizás nunca había estado con una haitiana o alguna que pudiera hacer esa vaina tan rica, la Ingrid parecía tener lo suyo. Tanto, que podría llegar hasta creer que ella era alguna clase de cangrejúa.
"Las Medidas"
Compartieron un cigarro mientras miraban las noticias por la tele. Daba la impresión que ese siete más siete estaba funcionando, y todos en realidad esperaban que sí. Ellos habían decidido quedarse hoy, no por la restricción, sino porque necesitaban descansar. No había día que no salieran al puesto. Ingrid vendía tapabocas y Pedro, como hace tiempo sabemos, el café molido, que a veces pasaba por sus épocas de bajas. Lamentablemente, muchos de los que vendían el producto lo adulteraban con otros componentes que degradaban su sabor, y eso le hacía muy mala propaganda; aunque Pedro prefería mantener sus estándares, porque quería que sus clientes regresaran por más. Es conocido que en el comercio es más productivo ganar por cantidad y calidad que por precio, ya que de esa forma se mantiene la clientela. Eso pensaba mientras miraba el televisor y ya la Ingrid se levantaba para hacer el cafecito y las arepitas que quedan tan ricas con las sardinitas esas que llegaron con la bolsa.
Más allá de todo lo que pensaba, su preocupación por los estragos de ese virus pernicioso, crecía. Pero seguía sin entender la política nacional para atacarlo. Comprendía “las medidas” oficiales de flexibilización para trabajar y abastecerse, aún en restricción, pero esos siete días más de flexibilidad para la recreación y otras vainas le parecían absurdas, y más con lo del regreso a las clases presenciales. Y si observaba el panorama internacional, todos los países experimentaban la más rigurosa cuarentena. Pero Pedro sí trataba de cumplir cuando salía a la calle. Trataba de no quitarse el tapabocas ni para secarse el sudor o para hablar, aun sintiendo un ahogo recalcitrante o mareos, porque lo que se respira con ese trapo puesto es puro dióxido de carbono; aunque a su alrededor de cada diez pendejos sólo dos o tres, cuando mucho, cargaban tapabocas, y por debajo de la barbilla. Era tan risible pasar por un local comercial: una charcutería, licorería o uno de esos bodegones que proliferan como ratas, abiertos después de la hora restrictiva, y ver un tipo con una cara de cura en procesión, chupando una polarcita de lo más natural o conversando con el tapabocas de babero. ¿Y la policía? Qué van hacer. Qué se puede esperar de un funcionario en plena crisis ganando menos de sesenta dólares mensuales…por supuesto, Pedro lo vivía siempre cuando tenía qué pagarles una vacuna de dos dólares diarios, o si no, dejarles medio kilo de café como mínimo. Eso era el respectivo matraqueo policial. Por cierto, recordó, mientras llegaba a la cocina con los pies descalzos, que Luisa le había comentado que el Banco Mundial definió a los que ganan menos de sesenta dólares mensuales como indigentes. Fue cuando miró las nalguitas de revista de su Ingrid y la abrazó por detrás, mientras endulzaba el café. -Y qué te parece esa vaina, mi india, yo no sabía eso de que hasta los policías están como indigentes en este país.

 

SOBRE CUENTOS POLÍTICOS: es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

 

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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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