La puerta en el piso. Página 3.

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-Hay que buscar una forma de…-
Mientras hablaba le miré el copete del cabello cuyos flecos bailaban con el viento.

Y prosiguió:

-Tienes dólares electrónicos?- pregunté.

-Los dólares electrónicos no sirven para nada. Son golosinas, fruslerías… pregunto: te puedes comprar una casa o un carro con los dólares electrónicos? No, verdad que no? Entonces, las monedas digitales, las criptomonedas, todas son un fraude, un bluf, un pote de humo, por decir lo menos…-

-Pero…-

-Mira, hoy, dentro de tres horas iremos al bambú.-

Del bolsillo izquierdo de su pantalón sustrajo un rubí y sonriendo con picardía dijo:

-Muy…-

-Y entonces?-

-Yo soy amigo de la hija de la encargada. Cuando logremos entrar, observamos el lugar y te vas a llevar una sorpresa.-
-Una sorpresa?-

-Sí.-

-Cuál sorpresa?-

En un instante el cierre de mi pantalón tomo la forma parecida a la carpa de un circo en función.

Al llegar al burdel recordé la entrada. Subimos las escaleras y me alegré cuando una prostituta me dijo que me chuparía el pene. Adentro, muy adentro, estaba un chico vestido de negro, absorto, demacrado y despeinado. Más allá, sentado en un mueble rayado de cebra, aguardaba un hombre de aspecto sospechoso.
-Manuel.- dijo Anyer.

-Qué?-

-Ese es Manuel, el que viste de negro.

-Mmm, okey.-

El tal Manuel entró en una de las habitaciones y de pronto… pum, aparecí tirado en la calle. Cuando abrí los ojos, la luna se mostraba partida a la mitad, los oídos tenían el sonido de las turbinas de un avión. El reloj Casio en mi muñeca izquierda marcaba las nueve y treinta y seis minutos. Desorientado y tambaleándome detuve la marcha frente a un hotel…

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