CUENTOS POLÍTICOS 24

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Dibujo: Zancudo. (Grafito sobre papel) por David Blanco Zurita

 

Los Zancudos

Daba vueltas sobre la cama. Los zancudos no sólo le fastidiaban el sueño sino que lo tenían como almacén de alimentos. Eran las tres de la mañana y había calor, aunque era tiempo de lluvia. Abrió los ojos y trató de responderse la pregunta: de dónde salía tanta plaga si todos los tobos del baño estaban cerrados y con tapa. Entonces recordó el techo. -¡Aaah ya!, tengo que ir a escurrir la placa. Se levantó de la cama y se puso las cholas. Miró el televisor encendido y lo dejó así. Era más que una maña, era una forma de sentirse acompañado. Las voces de los diálogos lo hacían sentir todo muy familiar. Los costos de la soledad. Pero en un país tan estropeado como el nuestro, la soltería es una forma de evitar más tragedias. Es muy diferente que sufras la pobreza tú sólo, a que la veas en una mujer que has traído a vivir contigo y más si engendras muchachitos. Pedro sacó un Ibiza de la caja que tenía sobre la mesita de noche y lo encendió. Se puso una franela, tomó su celular, y subió a la azotea. Los lengüetazos del viento fueron aliviando su calor.  Efectivamente, el agua que se había acumulado en varios días de lluvia, podía hacerle la competencia al lago de Maracaibo. Con la luz del teléfono pudo ubicar la escoba que tenía para dichos fines. La recogió del piso y empezó a expulsar el líquido por el desagüe; que estaba más elevado que el resto de la placa. Pensó que tenía que mandar a acomodar esa vaina, pero exprimió los ojos de sólo pensar en el costo. En el proceso, su oído comenzó a adaptarse a los ruidos del vecindario. Bullicios de fiestas. Estruendo de motos. Detonaciones. Frenazos de neumáticos que al estacionarse y abrir sus puertas, vomitaban su salsa baúl. Sus orejas captaron una mezcla de voces que surfeaban sobre el viento. Risas de mujeres ebrias, envueltas en el estupor de tipos seductores. Pedro terminó de escurrir el lugar y escupió, el olor del agua empozada era desagradable. Era imposible dejar el concreto seco pero por lo menos no tenía agua acumulada. Un riesgo de filtración y de cultivo para el Aedes aegypti, principal transmisor del dengue, Zika, Chikunguña y otras endemias tropicales. Miró al cielo despejado y con una luna llena que alumbraba mejor que los bombillos de su casa; por cierto, comprados en los chinos. La majestuosidad del cielo lo asustó haciéndole ver lo diminuto que era, lo intrascendente que podía ser un bachaquero de café, frente a la creación de Dios. Fue cuando vio a la familia de militares que vivía al final de la acera de enfrente (su edificio tenía casi doscientos metros de fachada y abarcaba dos calles), descargando otro camión de cajitas de comida. Las recibían los primeros días de cada mes. –No sé si será la perra envidia, se dijo, pero esa vaina me pone como una caldera, tanto que uno se mata para comprar comida, y esta gente la recibe como si fuera agua, por cantidades. Es que se nota la preferencia del gobierno: una casa de cuatro plantas. Varios carros. Las parrilladas que hacen todos los sábados. Sin contar el sueldazo quincenal que seguro les depositan. Y claro, también este despilfarro… Pedro lanzó la escoba de mala gana, se frotó las manos contra la franela para secarse, y buscó su Ibiza encendido, que había dejado sobre el tanque. Qué bueno que no se cayera con el viento. Se recostó del mismo tanque a lanzar bocanadas de humo mientras miraba a las carajitas que salían en camisón, para ayudar al señor de la casa, un teniente coronel que ni le sabía el apellido. Desde que se mudaron al sector, habían mantenido un extraño distanciamiento en la comunidad. Su doña estaba asomada en el balcón de la segunda planta, luciendo sus simétricas prótesis mamarias en una dormilona rosa como de satén. Pero no había qué confundirse, ella también era otra digna teniente del ejército revolucionario. La pareja había tejido en su entorno una pequeña red de beneficios que se había consolidado con los ascensos y su fidelidad al proceso. Pedro le dio una profunda chupada al cigarrillo y su rostro quedó mirando hacia arriba. Justo encima de él, una estrella amarillenta titilaba como si quisiera buscarle conversación. – ¿Y qué dices tú de todo esto catira? Porque como dice mi vieja, en este proceso la igualdad es para los pendejos. Es que con razón, si esa gente no se puede poner en lugar del pueblo y menos defenderlo, si es que lo tienen todo… ¿Tú lo harías catira?

Comenzó a descender por la escalera. A medida que se acercaba al cuarto, escuchó las voces del televisor. Repasó con la vista la máquina moledora y los tres paquetes de café en granos que estaban a un lado de la cocina. -Trabajo parejo tengo mañana, susurró. Ojalá que no me lo quiten los tombos. Si me suben la vacuna otra vez, ya no voy a poder pagarla, y en ese caso, ¿qué vaina puedo hacer…? No sé porque me viene al pensamiento, la vieja, ¿será que se está acordando de mí, será que le pasa algo?  Según el celular faltaban ya cuatro minutos para las cuatro. –No, qué va, esa ya debe estar en el quinto sueño. Yo la conozco, siempre se acuesta temprano y nunca se trasnocha. Mañana la llamo… Pedro que se tumba sobre la cama y se queda dormido, y su teléfono se ilumina, es Luisa con un mensaje de texto: –Mijo, he estado muy preocupada, cuídate. Llámame o pasa por la casa mañana, que tengo que contarte un sueño…

El Sueño

-Era como una conejita, porque era rosada y tenía dientes y orejas grandes. Supuestamente tú viniste a enseñármela, mijo, porque te la habías encontrado y estabas contento, ya que tú vives sólo y te iba a servir de compañía. Total, que esa conejita te empezó a dar suerte y empezaste a vender mucho, pero luego te encontraste a su verdadero dueño y comenzó a perseguirte, al final, tú te convertías en otro conejito blanco que corrías por una pradera llena de lobos y en eso me desperté. Fue un sobresalto amargo, cómo me costó volverme a dormir. –Cónchale, vieja, usted sueña unas cosas tan espantosas que debería donarlas al cine. No sé si serán las cuatro tazas de café que me tomé esta mañana, pero tengo el corazón como acalambrado. –Mira, Pedro, yo no me la paso soñando todo el tiempo, pero cuando lo hago, suelen cumplirse; es como un don de familia, mi madre lo tenía, mi tía Patricia también, y creo que mi bisabuelo. Y fíjate que tu hermanita Deisy, también lo tiene, lo que pasa es que ella no le para a eso. Pero cuídate, mijo, de verdad, por algo te lo digo…

Las Clases 

-Por aquí le dejo una bolsita de café, es como un kilo, para que lo rinda para todo el mes. –Ay, eso es mucho para mí, yo no tomo tanto, déjame menos, mira que eso es para tu negocio. Pedro cambió la bolsa por una de medio kilo y la puso sobre un anaquel de la cocina. –Me voy, vieja… Voy a seguir trabajando. –Espérate, para contarte la última…  ¿quieres otro cafecito?, le voy a echar un poquito de leche en polvo que me regaló la Tati. -Usted sabe que yo nunca me niego a un café. -¿No escuchaste lo que dijo el mandatario sobre los salarios de los educadores? –Cuénteme, pues, que me tiene en ascuas… –Bueno, tú sabes que a los activos les depositan una verdadera miseria, imagínate a nosotros los jubilados… Con ese sueldito nadie come, sólo basta mirar a cualquiera de mis raquíticos colegas para verificar las consecuencias del maltrato. Y ahora, en medio de la pandemia, pretenden comenzar las clases presenciales para el quince de septiembre, no señor, y si eso es lo que quieren, nadie lo va hacer. Lo ha dicho el mismo gremio por las redes sociales. Los activos prefieren seguir como el año pasado, que es lo lógico, a distancia. Chico, el gobierno no nos asegura la alimentación, ¿y ahora tampoco nuestra salud? Pero además, no escucha nuestros reclamos salariales, y menos sobre la dotación de equipos tecnológicos, que es para poder cumplir nuestro trabajo. En estos días el que te conté, estaba diciendo que para los docentes, la vocación es primero, y que el dinero nunca ha sido una limitante. Como si el sistema digestivo de nosotros procesara sólo vo-ca-ción en lugar de carne, huevos, plátanos… Mira, cuando yo daba clases en el Luis Espelozín, tenía mi carrito, humildemente, comprado con el ahorro de mis quincenas y aguinaldos, yo no era rica, pero tenía mi tarjeta American Express. Y cómo si fuera poco, les compraba a ti y a tus hermanos, todos sus estrenos de diciembre en el MAXYS de Bello Monte. Hoy pregúntale a cualquier venezolano qué es un estreno decembrino. –Sí, vieja, yo lo recuerdo clarito, cómo me gustaban esos caramelos de colores de las máquinas del centro comercial. Y los tremendos helados que nos compraba. –Bueno, sabes también lo que dice…, que sólo unos pocos asisten a los paros convocados por el gremio, y yo te digo ahora a ti: ¿ y cómo lo vamos hacer, si manipulan a la gran mayoría que son los interinos, y no tienen cargo fijo. Para colmo, mijo, suponen que toditos los educadores tenemos  wifi  libre, y esos sendos teléfonos que le vemos a ellos mismos, cada vez que hacen sus espectáculos en cadena nacional. Ya basta, chico, es que nos lo están metiendo pero bien dobladito, y todavía algunos no se dan cuenta… –Bueno vieja, no diga eso que se escucha como feo, ¿no?. -Es que estoy muy molesta con el comportamiento de esta gente, estoy echando chispas. –No, usted tiene razón, en estos días yo abrí una cuenta Twitter para el negocio, sabe, y estaba mirando por ahí… y me topé con una información del actual ministro de educación, de cuando era docente, y comenzaba a trabajar en el sindicato. Parece que la publicaron adrede, porque hoy en día el tipo ha sido una piedra en el zapato para beneficiar a sus propios colegas. Bueno, eso parece que fue como en mil novecientos ochenta y cinco. Y como tengo buena memoria, me aprendí el texto: “El docente que es incapaz de defender sus derechos, no puede ser ejemplo, porque es un cobarde.” Eso decía cuando era un educador raso, imagínese… –Ah, te fijas el gran ejemplo que tenemos en el magisterio… Por supuesto que eso fue antes de que se comprara el yate… ¡Ay váyase pues mijo!, que lo veo con esa cara de apurao, ya sabes, no apagues tu teléfono, es lo que yo estoy diciéndole a tus hermanos, para mantenernos conectados. Estamos en una Venezuela peligrosa. Mucho juicio tú que andas por la calle, acuérdate del sueño, no confíes en nadie. Dios me lo bendiga.

La Conejita

Y allí estaba Pedro caminando por la calle, no estuvo mucho tiempo trabajando. Daba la impresión que el tiempo en la semana de restricción pasaba más rápido que en la de flexibilización. O de pronto sólo eran vainas de percepción psicológica. Aun así, hizo como siete dólares. La carretilla le pesaba más que otros días, claro, estaba algo trasnochado. Le tomó como una hora escurrir la azotea en la madrugada. Se detuvo un instante al cruzar una de las calles para descansar y entonces lo abordaron los policías. Cuando estaba a punto de entregarles los siete dólares, un vehículo militar se detuvo y salió una mujer de uniforme. Era evidentemente un oficial superior y se acercaba con varios guardias armados. Increparon a los funcionarios y estos se fueron de inmediato. Fue cuando Pedro la reconoció, era la mujer de la dormilona rosada, la que estaba asomada en el balcón cuando descargaban la mercancía por la noche. -¿Y usted no se acuerda de mí?, soy su vecina. Creo que nos hemos visto en el vecindario. Pedro asintió y agradeció el gesto. -Sí, la recuerdo bien, muchas gracias por intervenir, casi me quitan lo que vendí hoy. -Gracias de qué, siempre es un deber ayudar a los vecinos. Ella envió a los guardias otra vez al camión y le estrechó la mano, le dijo que podía llamarla Alondra, y que estaba a su orden. –Lo vi en la madrugada escurriendo su platabanda, y ahora que sé que es comerciante me gustaría proponerle un negocio que le dará mucha plata, pero primero tengo que hablar con mi hermano. –Ah, yo pensé que el señor que vive con usted era su esposo. –No, él es mi hermano, y las muchachas son sus hijas, es viudo. Pero si quiere, para conocernos mejor, lo invito a mi casa este sábado. Vamos hacer otra parrillada… Pedro sonrió porque se acordó del sueño de Luisa. ¿Sería mucha casualidad que esta sea la conejita rosada, la conejita con la dormilona rosada? ¿Y si empiezo a comer parrillas en ese edificio, y me hago amigo de ellos, me convertiré en enchufado? Qué va… Esos fueron los pensamientos que lo desvelaron esa noche, y lo hicieron gastar su cajetilla de cigarros, mirando por la ventana los celajes de las personas que se movían dentro de aquel edificio, imaginando lo que pudiera pasarle el sábado.

 

SOBRE CUENTOS POLÍTICOS: es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

 

 

 

 

 

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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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