CUENTOS POLÍTICOS 22

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El fraude

Luisa no quisiera despertar de tantas preocupaciones que se le vienen. Tal vez ni siquiera ha dormido bien de tanto pensar. Desde que se le murió su viejo estira el brazo en el lado de la cama donde él dormía para tratar de materializarlo con la imaginación y así no sentirse tan solita. Aunque por otro lado le da gracias a Dios de que Antenorio, el viejo, no esté aquí para presenciar la destrucción del país que le dio tanta dicha y felicidad. La verdad es que éramos tan aventajados y no lo percibíamos. Hasta el más humilde de los trabajadores podía hacer su buen mercado y llegar hasta final de mes sin dolores de cabeza. Es que para todos, el salario, siempre fue una cuestión de dignidad. Es un principio hasta bíblico: “…y comerás con el sudor de tu frente.” Por eso Luisa no podía entender cómo muchos de sus compatriotas habían aceptado que la revolución les quitara la dignidad y se las trocara por bonos politiqueros y bolsitas mensuales de comida. Es que si en la cuarta república había fraude, el de las dos últimas décadas, era el mayor de toda la historia. En un arrebato de rabia, que la había llevado a morder una de las puntas de su almohada, pensó, que si este régimen quería hacer algo realmente inteligente por la gente, tendría que dolarizar los salarios. Porque era una salvajada que se permitiera la libre circulación de la moneda extrajera, y los comerciantes les cobraran en dólares a los empleados públicos, cuando éstos no tenían la capacidad de hacer frente al gasto. ¡Es que nos están matando!, gritó en lo más profundo de su ser, mientras le clavaba otro mordisco al cojín. Luisa empezó a retorcerse de amargura en esa cama llena de sudores. El sol de las nueve de la mañana entraba por la ventana calentándole la sábana hedionda de malos detergentes. Un mosquito rojo de sangre empezó a fastidiarle la oreja y se ocultó debajo de la tela. El ambiente se le volvió como un microondas. Se quitó la sábana de sopetón y trató de sentarse con sus achaques de vieja. Tanteó sus cholas con los pies y se levantó para agarrar la Biblia de la peinadora. Leyó el salmo 91 “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente…” Pero de pronto le vinieron con más ímpetu las preocupaciones. Sus hijos. Sus nietos. Todas esas caritas juntas tratando de ocupar el mismo espacio de su mente. Estaba más calmada por los que vivían afuera, aun en medio de la pandemia. No sé, se dijo, como que los cuidan más… Así le explicaban cuando la llamaban por wasap: “Fíjate mamá, que ahora que no podemos salir a la calle a trabajar, por el riesgo del virus, todas las semanas del mes nos entregan una bolsa de comida por cada hijo que tenemos, ¿eso no es una bendición? Y no es un cotillóncito como el que les entregan a ustedes cada mes y medio.” “Aquí estamos mejor, vieja, aun siendo extranjeros, por lo menos lo poco que cobro nos cubre la comida del mes. Tenemos mejores hospitales, y hasta los médicos venezolanos los están contratando aquí, ¿qué ironía, verdad?” ”Mamá, ni muerta nos regresamos pa Venezuela, con todo y la xenofobia, tenemos mejor calidad de vida, los chamos están en sus escuelas, y cuando se gradúen, van a tener por lo menos empleos bien pagados, eso los estimula, allá no querían ni estudiar. Te lo digo mami, si mis hijos se quedaban allá, iban a tener que colgar sus títulos y convertirse o en buhoneros o malandros.”

Por eso Luisa se arrodilló y comenzó a orar por los que se quedaron. Ay mi Dios, ayuda a Pedro para que pueda vender su café molido sin problemas, que no tenga que pagar tanta vacuna. Líbralo de persecuciones. También ayuda a Carlos porque desde que lo despidieron de esa clínica, sólo cobra esa miseria en el hospital, que no le permite mantener a su esposa Viviana que está embarazada, y aunque es empleada pública, el salario no le va a permitir ayudar a su esposo en la manutención del bebé. Ay Señor, también fortalece a mis hijas Scarlet y Lucy, que tienen tiempo diciéndoles a sus maridos Agustín y Ramón, que dejen de estar haciendo fraude con las bolsitas de productos originales, para llenarlos de otros de inferior calidad. Ellas me cuentan que muchos clientes se han quejado, y están muy nerviosas de que en cualquier momento se metan en un problemón. Ahora no sé diosito, porque los funcionarios están muy contentos con ellos, y ni los tocan; según mis hijas, todos los días pasan por el negocio y se meten en un cuartico con ellos, y luego salen muy risueños dándoles palmaditas en la espalda. Y te pido encarecidamente por mi toñequito, Antenorio, ya sabes, el sub-inspector, ese muchacho sigue de pendejo con la revolución, y perdóname la expresión, Señor, pero es que me molesta su fanatismo a pesar de que todo el país se está cayendo a pedazos a su alrededor. Dale sabiduría a mi yerna Tatiana, esa muchacha le soporta tantas cosas… Y lo que me da más tristeza es que últimamente Antenorio le ha venido lavando el cerebro con lo del bloqueo económico, como si toooda la debacle financiera del país y el deterioro de nuestra moneda, fuera culpa de los gringos. Ay Dios mío, dale lucidez a ese hombre, yo lo críe con todo el amor del mundo. Nunca pensé que se me fuera a perder de esta forma… Y antes de que se me olvide, dame sabiduría para hablar con mis yernos, ¿los del fraude, recuerdas?, porque resulta que me vendieron ayer un cuarto de café Fama de América y cuando lo fui a colar me di cuenta que no era propiamente café. Y qué terrible, Señor, porque estaba bien empaquetadito. Sólo tú sabes cómo lo hicieron. Gracias por escucharme, ahora me voy rapidito para arreglar el asunto. Ojalá me lo cambien por café bueno, o van a saber lo que es una suegra atravesada. Más vale que se lo hubiera pedido a mi hijo Pedro. ¿Dónde estará el tapabocas?

SOBRE CUENTOS POLÍTICOS: es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

 

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