CUENTOS POLÍTICOS 21

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Obra de Julián Bernatene (Croquis en el Quirófano)
Obra de Julián Bernatene
El VIRUS

Viviana entró al cuarto y lo miró sentado en la cama sudando chorros y con esa mueca en el rostro que le hizo advertir que había vuelto a tener pesadillas -Pobrecito mi gordo, nojose, ya tienes varios días en eso. Se le acercó para darle un besito sobre su cabello desmarañado. -Qué broma con esta operación, Catira, que me tiene los nervios desbaratados. -Pero gordo, tú sabes que vas a estar bajo los efectos de la anestesia. O por lo menos parcialmente; de la mitad del cuerpo hacia abajo no vas a sentir ni el aire acondicionado. Y lo bueno es que te lo vas hacer por el seguro, y tú sabes que en las clínicas hay de todo, a pesar de cómo están las cosas en el país. –Tienes razón, chica, tú sabes que ayer estaba hablando con Raulito, el vecino de la cuadra de atrás, el que se la pasa vendiendo vainas para sobrevivir. –Sí sí, yo sé quién es… – Bueno, a él también lo aperaron de una hernia en la ingle, pero a los días fue ingresado de emergencia al Clínico Universitario. El tipo tenia días sin poder ir al baño. Parece que experimentaba retorcijones terribles en la parte baja del abdomen. Según sus propias palabras, eran como entuertos de parto, imagínate, un hombre con esas vainas… Cuando por fin lo abrieron, le consiguieron como medio kilo de gasas, una tijera quirúrgica, los guantes de látex del médico y hasta una colilla de cigarro. –Y cómo puede ser eso gordo, ay pobrecito. Qué irresponsabilidad, ¿y dónde lo operaron, en qué hospital? –Ese fue el problema, Catira, que no fue en un hospital de verdad, el pendejo ese se metió en un dispensario administrado por cubanos, y lo embromaron.

A pesar de que Carlos tenía el estómago revuelto de la preocupación, el hecho de que Viviana le hubiera preparado su platillo favorito: pasta larga con pollo bañado en un guiso de papas, calabacín, zanahorias y vainitas, acompañado con tajadas y un vaso de coca cola, le resucitó el alma. Habían pasado tiempos duros como el resto de sus compatriotas, pero a pesar de que la economía seguía en terapia intensiva, al graduarse de odontólogo, pudo conseguir trabajo en una importante clínica y cobrar en dólares. Viviana, igual, logró graduarse, aunque su profesión de socióloga no era tan comercial y por eso prefirió cuidar a un anciano malamañoso de ochenta años, con tal de ganar en dólares. Eso era lo más sensato cuando la propia comida te la cobran en divisas.

El hecho de alimentarse tres veces al día y por lo menos disfrutar de dos raciones semanales de carne, usar champú y dentífrico original, poder pagar un servicio de internet y cable privado, y de vez en cuando darse sus gusticos de chucherías; el hecho de contar con el seguro médico de Carlitos, sus conexiones en la clínica donde trabajaba (y donde por cierto lo iban a operar de su pelotica), les hacía sentirse en ese uno por ciento de venezolanos que estaban exentos de las penurias. Que no dependían de los sueldos del sector público y su moneda en estado de desnutrición, ni de la bolsita de comida que les vendían por la comunidad cada mes y medio infinito.

Carlitos comía con disfrute sorbiendo el refresco entre cada bocado, pasando su dedo índice por la circunferencia de su boca, el borde del vaso, las cejas, los bigotes… Pero Viviana lo conocía. Sabía que cuando se empecinada en ciertas manías era que en realidad estaba preocupado. Por eso le habló de su papá que siendo un hombre de la tercera edad también lo habían operado, y de dos hernias (una en cada lado).–Tu no tienes esas desventajas, además, eres doctor. Por eso no entiendo cómo puedes estar asustado con una simple operación ambulatoria. –Mira, Catira, yo sólo soy un especialista de dientes, no un cirujano. Y una vaina es meter el bisturí, y otra que te lo metan. –Ay, vale, y ese chinazo gordo… -No, es en serio, a los médicos se le hace más difícil abandonarse a las manos de otro médico. Y creo que es porque lo vez desde el angulo de las vulnerabilidades del sistema, las deficiencias técnicas de otros médicos, el conocimiento de la factibilidad en la operación, entre otras vainas. Por eso te vuelves más receloso, desconfiado.  ¿Sabes cuál es la preocupación mía, Catira?, que yo no sé quién es el carajo que me va a operar. Porque el mejor para mí es el doctor Ricardo, que es incluso el jefe de cirugía, pero él no me dio seguridad, me dijo que me iba asignar a Andrade, que es pana también, pero que le gusta echarse palos, y a veces cuando hemos hablado en la cafetería he visto como si le temblaran las manos. He llamado varias veces a Freddy, otro cirujano serio que conozco, pero parece que está recluido en su casa por lo del Covid. –Ay, pobre Freddy, pero mira gordo, créeme, es una operación súper fácil. Segun mi papá te adormecen el área, hacen una mínima incisión vertical, ubican la pelotica, cortan, suturan, y listo. Mi mamá dice que le dieron de alta el mismo día. Lo ingresaron en la mañana y se lo dieron a las nueve de la noche. –Catira no lo compares conmigo, ese viejo tuyo parece Superman, levanta pesas, sube al Ávila a cada rato, se la pasa corriendo en los parques… Así que no es de extrañarse que se recupere rapidito. En cambio yo, el único ejercicio que hago es correr detrás de los camiones de gas cuando pasan cerca de la casa.

Viviana montó una ollita con Malojillo, lo endulzó exprimiendo dos limones. -Tan bella, soltó Carlos, siempre pendiente de su gordito. Haciéndole su malojillo para tranquilizarle la tensión. Ella comenzó a moverse coqueta por la cocina. Sus ojos parecían decir cosas impúdicas cada vez que volteaba a mirarlo, mientras fregaba los trastes. Comenzó a bailar una música imaginaria dentro del viejo camisón. La base de sus senos sobresalían con los movimientos. – Estás buena catira, le soltó sin tapujos. -¿Buena?… ¿buena para qué? –Estás buena para todo lo que se me ocurra, pero sobre todo porque siempre has sido muy buena conmigo, nunca te gustó verme triste. No sé si lo recuerdas, pero desde que nos conocimos en las manifestaciones de la universidad, era como si adivinaras mi malestar. Mi inconformidad con el mundo, con la vida. Yo siempre he pensado que deberías haber estudiado psicología.

Mientras Carlos devoraba su segundo plato de pasta, ella le sirvió el té y se sentó frente a él para detallarlo. Le gustaba notar la expresión de su rostro mientras comía, apoyando su mentón sobre las manos, mientras los codos buscaban el cómodo equilibrio en la superficie socavada de la mesa. Sus ojos parecían alimentarse con sus expresiones al masticar. Carlos desaparecía rápido el botín del plato. Ella le ofreció más refresco pero él prefirió agua. Se paró de buen modo, tomó una jarra de la nevera y llenó un vaso, luego volvió a la postura inicial. -¿Te gusta, mi rey?, soltó emocionada. –Claro Catira, como siempre, riquísimo, si hasta pareces una chefa mi vida. Pero te voy a decir algo… Carlos había dejado el plato casi limpio, daba la impresión que le hubiera pasado la lengua. Había dejado de inclinarse con esa pose jorobada para ahora apoyarse por completo sobre el espaldar.  Entrelazó las manos sobre la mesa, como si se preparara para dar una confesión. –Y ahora qué te pasa, chico, pensé que la comida te iba a quitar la preocupación. Deja de pensar en la operación, a penas hoy es sábado. ¿No te intervienes el lunes, pues, todavía faltan dos días? – Yo lo sé pero, es que ya no es sólo la operación, es el virus ese que está destruyendo el país. Se enfermó Freddy, fíjate, y no dudo que otro médico o personal de la clínica, esté infectado, ¿te imaginas que el que me vaya a operar tenga también el virus?, podría ser catastrófico para mí. Estaba leyendo que los que padecen enfermedades crónicas están fregados con esa vaina, y yo soy hipertenso…

Viviana se le quedó mirando y sonrió, ay gordito, tú si eres payaso, yo pensé que tu madre era la más dramática de la casa, pero veo que tú naciste con una porción extra. Por cierto, llamó ayer para regalarnos todas las harinas que le vinieron en la bolsa. – ¿Mi madre? -Sí, chico, tú madre, la vieja Luisa. -Pero no entiendo, si ella no es de la que botan la comida. -Bueno, así serán las bichas esas de malucas. Supuestamente enriquecidas con hierro y ácido fólico, será ácido sulfúrico. Yo no se las acepté. Si nosotros mismos se la regalamos a la familia esa que vive en el basurero de por aquí. Es que no compactan ni con cemento, no sirven para hacer arepas, que es su función primordial. Pero vente, papi, vámonos pal cuarto… tenemos que gozar todo lo que podamos, porque lo único que no te he dicho es que después de la operación, a mis padres casi les da un ataque, tenían que esperarse un buen tiempo para poder hacerlo. Carlos le clavó la vista en el vaivén de sus nachas mientras ella se iba subiendo la dormilona. Dominado por ese subyugante deseo consideró que el virus más contagioso de la tierra no era el Covid19, sino esa mujer…

 

SOBRE CUENTOS POLÍTICOS: es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son productos de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

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Escritor venezolano nacido en 1973. Egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Profesor de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos portales literarios y la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor del libro de cuentos Al borde del caos, por la Fundación “El Perro y la Rana” y Más de 48 horas secuestrada en (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014). Administra el blog personal historietasyotrasveleidadeswordpress.com

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